martes, 31 de enero de 2012

Bienvenidos al Norte

A veces, yendo en el Metro, me topo con una de estas personas que recorren los pasillos pidiéndote una moneda. Lo curioso del caso es que dicho individuo procura ganarse la voluntad de los viajeros realizando un exhaustivo (y progresista) análisis de la crisis que vivimos. A voces y con criterio meridiano. No puedo menos que empatizar con él: yo me siento igual de brasas dando vueltas a la misma noria, hoy sí y mañana también, desde este blog. Además, ambos cansinos pedimos lo mismo al público que nos aguanta: la voluntad. En mi caso, la voluntad de que alguien me lea y piense sobre lo leído.
Pero no es el único ser vivo con quien me ha dado por empatizar últimamente. En lo más profundo de mi ser está naciendo un cariño verdadero hacia Islandia, aquel país que en su día fue ejemplo de evolución y bienestar para, en cuestión de horas, pasar a ser todo lo contrario, una muestra de hacia dónde puede llevarnos la ruina global en la que andamos metidos.
Los islandeses, viendo que su nación se iba a la deriva gracias a un endeudamiento marciano propiciado con alegría desde su sistema político y financiero, tomaron la más drástica de las decisiones: dejar que los bancos se hundieran en su montón de heces (hipotecas basura, creo que las llaman) sin arrojarles ni un parcheado salvavidas. A fin de cuentas (qué expresión tan oportuna, por cierto) eran las entidades quienes, en última instancia, habían conducido al país a la debacle y, como muchos intuimos tras ver nuestra primera peli del Oeste, lo mínimo que se merecen los malos es ser abandonados a su suerte, en el desierto y sin una gota de agua. Así que los ciudadanos, que en ningún momento asumieron las culpas de una situación originada desde los poderes fácticos, dejaron que los bancos quebraran sin el más mínimo remordimiento. Es más, empeñados como estaban en ejercer de shérif, denunciaron a quienes ellos consideraban culpables de semejante despropósito y hoy hay un puñado de banqueros que purgan su delito entre rejas. Que nadie me diga ahora que no desearía ser islandés o, al menos, parecerlo.
Los vecinos del muy al Norte, acostumbrados a salir de rebote en los mapas, permanecieron ajenos a las amenazas de los mercados y le hicieron una señora peineta a las agencias de calificación. "No nos hacíais ni caso cuando éramos buenos estudiantes y ahora, que hemos fallado en las ecuaciones, queréis expulsarnos del cole. Pues va a ser que no", pensarían. Así que, tras renegociar un ratito con el FMI, comenzaron su peculiar recuperación social. Una recuperación que se fundamentó en no permitir que el sector público asumiera las pérdidas de los bancos y crear la conciencia nacional de que el sistema financiero debía ser construido desde cero.
Por supuesto que hubo ajustes y no faltaron los recortes; también subidas de impuestos, aunque acompañadas de considerables bajadas, por ejemplo, en el impuesto de sociedades, justo el que favorece la creación de empresas y la reactivación de la economía. Y, sin embargo, a pesar de ir a contracorriente, de negarse a bailarles el agua a los organismos económicos de más enjundia y de mirar para otro lado cuando de acatar órdenes internacionales se trataba, Islandia sigue siendo una isla que campa, a sus anchas y a sus largas, allá por el hemisferio Norte. Sus habitantes no se mueren de hambre ni miran al continente con la mano extendida soltando la letanía de "dame algo". Vale, es evidente que tienen paro, una deuda externa de no creérsela y un fantasma de las Navidades pasadas que se les aparece cada cierto tiempo en forma de deuda gorda, pero ahí están, mirando hacia el futuro y en pleno ejercicio de su inocencia económica y fiscal como sociedad capacitada para la toma de decisiones. Es cierto que el país no pertenece a la Unión Europea y, por tanto, no tiene a sor Merkel ni al padre Sarkozy flagelándoles el trasero en cuanto se dan la vuelta. Envidia que dan algunos. Pero no es menos verdad que han demostrado una dignidad y una rebeldía de facto que ya la quisiéramos para nosotros en fechas tan señeras como, por ejemplo, el bautismo de la próxima reforma laboral que Rajoy tenga en su gloria.
Podemos ganar competiciones a montones, el festival de eurovisión y hasta el Oscar si Almodóvar se encuentra inspirado, pero hoy, yo quiero ser islandesa. Mañana será otro día.

lunes, 30 de enero de 2012

Astillas y palos

Vemos estos días un anuncio de chorizo en la tele donde una pareja observa, contrita, como sus dos hijos adolescentes prefieren salir con sus amigos antes que quedarse a cenar todos juntos al calor de la lumbre. Despechada, la madre toma la vía rápida y opta por prepararles a los churumbeles unos buenos macarrones con chorizo que hace que los chavales, chico y chica, extasiados ante el manjar, prefieran pasar la tarde con sus progenitores antes de salir por ahí a quemar las calles. ¡Qué bola más bien contada!
Bromas aparte (adolescentes, amigos y chorizos forman una ecuación muy poco cándida), la historia no se sostiene. Más que nada porque es ley de vida que los adolescentes se alejen de sus padres y que estos, en el mejor de los casos, se queden de brazos cruzados, esperando a que se les pase el trastorno. Por supuesto que siempre van a correr al olor de tu pasta, pero no de la que se cocina, sino de la otra. Y tampoco hay que clamar al cielo por ello, meter la cabeza en el horno ni flagelarse con las cuerdas de tender. Todo proceso tiene su preparación, y si mantenemos a nuestros hijos acurrucados bajo nuestros ropajes desde que nacen, es muy probable que para ellos sea un trauma salir al mundo y, para nosotros, verlos partir.
Decían el otro día unos cuantos sesudos pedagogos que a los niños hay que permitirles ya cierta autonomía a partir de los nueve o diez años. El concepto autonomía engloba desde ir solos al colegio hasta hacer recados. Todos estamos de acuerdo en que el crecimiento masivo de las ciudades no facilita precisamente los juegos callejeros ni la sociabilidad al aire libre, pero eso no debe impedir la madurez del individuo y el desarrollo de propio yo como elemento independiente y capaz. Debemos buscar otras formas. Los padres tienen miedo de soltar a los hijos y con ello están formando criaturas emocionalmente dependientes, acostumbradas a vivir sobreprotegidas de todo mal, a hundirse con el insulto y no saber reaccionar ante la traición. Pero también criamos niños caprichosos, hechos siempre a ganar e incapaces de asumir el perder como una experiencia de vida. Como se suele decir, hay que ser grandes en la victoria, pero más aún en la derrota. Jugando se aprende y, cuando digo jugar, me refiero también a arriesgar, aunque a priori tengas todas las de perder, pero no mirando el final como una debacle, sino como el cúlmen de una vivencia a la que seguirá otra, tal vez mejor o, por lo menos, abordada desde la lección aprendida.
Creo que formar niños autónomos, capaces de resolver sus problemas y encantados de saltar obstáculos, da como resultado adolescentes más confiados y menos problemáticos. La adolescencia ya resulta una etapa bastante difícil de por sí como para llegar con lastre. Es lo que tienen los procesos intermedios, ésos de que algunos no parecen querer salir nunca. Ahora mismo empiezan a surgir estadísticas de una nueva generación perdida: la de chicos (sobre todo ellos) que, hace muy pocos años, dejaron sus estudios para abrazar las mieles de la construcción. Compensaba más trabajar que hincar los codos. Pero la bonanza se acabó, y hoy los tenemos ahí, sin posibilidad ni ganas de reengancharse a una educación ilustrada ni de reciclarse en una actividad distinta porque, aunque suene fatal, no saben hacer otra cosa. Lo lógico, dentro del entramado social, es crecer profesionalmente a través de la formación, pero a este grupo se le ha negado hasta eso, con lo que tenemos un parón evolutivo que nos vamos a tener que merendar. Las posibilidades de exclusión social son tétricas, pero ahí están, paseándose de la mano de la crisis, como novios que no se quieren aunque se toleren.
Claro que siempre nos quedarán visionarios como Ana Botella para solucionar éstos y otros problemas y poner a esa panda de chavales desocupados a trabajar por la patilla -perdón, con carácter voluntario- en asociaciones y centros culturales. Para qué gastarse el dinero en hacer contratos cuando podemos disponer de alegres muchachotes y parados ociosos que nos resuelvan la faena sin pedir nada a cambio, ¿verdad, alcaldesa? ¿Cuándo se convencerá usted de que esto no es USA y de que el concepto de "comunidad" estadounidense no es el mismo que el patrio? No deje que su marido le pase más filminas de sus viajes, por favor. En fin, una gran propuesta social la de doña Ana, que en su deseo de ser santa nos va a convertir a todos en mártires. Tiempo al tiempo.
P.D.: Otra de las mías. Hace unos días oí, en una de ésas tertulias de televisión, una frase mítica. No la transcribo literalmente porque no sabría, pero más o menos venía a decir que "nadie conoce a una mujer de más de 40 años que resulte atractiva a no ser que se haya hecho retoques estéticos". Y todos los presentes asintieron. Al final va a ser verdad lo que siempre he dicho (en broma, pero ya no estoy tan segura) de que, después de determinada edad, solo te queda la posibilidad, como en épocas más antiguas, de retirarte a un convento. Yo les preguntaría a los hombres si es cierto eso de que no conocen a ninguna mujer de más de 40 que esté de buen ver sin haber caído subyugada por las inyecciones o haber pasado por el cirujano. Y como sé que es muy poco probable que este modesto blog reciba comentarios al respecto, me gustaría que alguien colgara la pregunta en facebook o lo que fuera y me contara cuáles han sido las respuesta. Yo, mientras tanto, voy gestionando lo de la vida conventual. Por si acaso...

domingo, 29 de enero de 2012

De mentes

No puedo congratularme más de que La 2, la cadena televisiva de mis amores (si el PP no la destruye) reponga Frasier. El spin-off de la serie Cheers (a la que, por cierto, y debo de ser la única, recuerdo sin pena ni gloria, tal vez porque me pilló demasiado joven) tiene la virtud de seguir haciéndome reír con las desventuras de ese psiquiatra snob y su engolado hermano, siempre a punto ambos de caer en el abandono de un trastorno psicológico severo. Adoro a ese Martin, el padre de familia, un tipo normal, fan por igual del deporte, las cervezas y la mala leche, al que le ha tocado bregar con dos hijos intelectualoides y bastante cursis a quienes la mayoría de las veces no entiende pero al que les perdona todo. Me hace gracia Daphne, cuya misión es atender a la familia y poner palote al hermano de Frasier y a la que los guionistas le han colocado las frases más sensatas de toda la comedia. Con mucho, el personaje con más sentido común de los ahí descritos, sin desmerecer al perro Eddie.
De todo este cuadro flamenco mi preferido, sin duda, es Niles, el hermano de Frasier. Me gusta cuando se pone nervioso, cuando da rienda suelta a sus muchas fobias y, sobre todo, cuando discute con su mujer, Maris, esa pijaza a la que nunca vemos pero cuya sombra high class envuelve toda la serie. Tengo tanta debilidad por Niles como la que le profeso a Barney, de Cómo conocí a vuestra madre. Quizás porque los actores que interpretan a ambos personajes tienen mucho en común. No sé. A lo mejor necesito yo también hacérmelo mirar...
Y, sin embargo, desde aquí, y al margen de filias incontrolables, declaro mi rendida admiración por Kelsey Grammer, el protagonista, un hombre que, en la vida real, si no se ha vuelto loco, no ha sido por falta de motivos. Tal vez pocos hayan reparado en ello, pero su hermana pequeña fue, allá por el 75, víctima de uno de esos crímenes que soliviantan de vez en cuando a la pacata sociedad americana. Vale, no estamos ante un caso tan morboso como el de la Dalia Negra, sobre todo porque, en aquel entonces, ni Kelsey era actor ni su hermana conocida, pero el asunto tiene su miga (podrida). Según cuentan los diarios, Karen Grammer, entonces de 18 años, se había tomado un año sabático tras acabar el instituto y antes de comenzar la universidad. En el ínterin, había decidido mudarse a Colorado Springs, donde vivía un chico que le gustaba. Una noche, al salir de un restaurante, fue secuestrada, violada y asesinada por un tal Freddie Gleen, asesino confeso que hoy cumple cadena perpetua por éste y otros delitos similares. El encausamiento y la posterior condena de semejante carnicero no han impedido que el actor, a lo largo de todos estos años, se haya sentido y se sienta culpable por, según sus propias palabras, "no haber protegido a su hermana lo suficiente". Imagino muy difícil vivir con semejante culpa que, seguro, es tan irracional como imborrable. Entre esto, el asesinato de su padre y la muerte de otros dos hermanos en un accidente de buceo, no me resulta nada extraño que Kelsey haya quedado pelín perjudicado. Y no lo digo yo, lo cuenta su biografía en la que, así, sin profundizar mucho, nos encontramos con varias detenciones por posesión de drogas; la denuncia en contra de una de sus ex mujeres por maltrato físico; la acusación de haber violado a una niñera menor de edad; un -al parecer- intento de suicidio al estrellar su coche contra un árbol mientras iba puesto de casi todo, etc. Y digo etc porque todavía hay más. Quien sienta curiosidad, que se le pregunte a Google, que debe de tener a Grammer en sus altares de tanto como destaca.
No es extraño que, con tantos demonios interiores, el actor esté inmenso en la serie Boss, un papel por el que acaba de ganar el Globo de Oro. Kelsey se pone en la piel de un alcalde que ya venía corrupto de serie, pero al que la vida se le complica por una enfermedad neurológica degenerativa que se ve obligado a ocultar a sus allegados. El despendole que ello origina en su gestión sobre el ayuntamiento y la ciudad es de traca. Tanto que, tras ver un par de capítulos, uno acaba preguntándose si quienes nos gobiernan no estarán también medianamente tocados del ala. Una serie muy seria que, sin embargo, y a pesar de sus innegables cualidades, no ha visto ni el Tato. Tal vez porque Estados Unidos no es país para pensadores. Yo recomendaría fervientemente al mundo, y sobre todo a los políticos, que le echaran un vistazo sin cortarse. Piratas a la mar porque, señor@s: hay vida después de Megaupload. Tan segura estoy de ello como de que existe alguna que otra neurona dentro de su macarra y, en ocasiones, muy demente creador. La realidad siempre, siempre, supera la ficción.

sábado, 28 de enero de 2012

Caras duras

Me parece casi un acto de terrorismo social juzgar a alguien por su físico. Ya no solo rechazarlo por los defectos que creemos ver, sino adorarlo por no encontrarle más que virtudes externas. Creo que todos merecemos, al menos, una primera oportunidad, y estoy de acuerdo en que el aspecto de la mayoría es cuestión de los padres que le han parido y, por lo tanto, tiene todo el derecho a declararse no culpable.
Y, sin embargo, pienso en mi madre de pequeña cuando decía aquello de "ya se le ve en la cara que tiene". La mujer sabía muy bien quién era la persona que tenía delante tras echarle un primer vistazo. Lo curioso de esto es que, mientras yo he sido testigo de ello, no se ha equivocado ni una vez, síntoma irrefutable de que algo hay que nos lleva, incluso de forma inconsciente, a aceptar o rechazar a alguien solo porque sus facciones nos resulten más o menos agradables. Y con agradables no quiero decir ni bonitas, ni perfectas. Todos nos hemos sentido atraídos, en uno u otro momento, por gente que no pasaría ni el primer corte a Míster o Miss y que, sin embargo, ahí están, actuando como imán capaz de derretir nuestro polo. Un rostro nos repudia o nos encanta, sí o sí, sin necesidad de agarrar un metro y empezar a calcular la distancia que hay entre ambas orejas. E insisto en que no solemos errar en nuestras apreciaciones sobre la cruz que acompaña a semejante cara.
No obstante, creo que en toda estas facultades paranormales, algo debe de haber que nos hace captar elementos dispares unos de otros. Una cosa es la apreciación individual y otra la subjetividad global, que tal vez esté íntimamente relacionada con el hecho de que no todos miremos de idéntica manera ni busquemos lo mismo. Si no, por ejemplo, no entiendo cómo se han podido producir expedientes x tan marcianos como la elección de Camps para ejercer y envilecer la presidencia de la Comunidad Valenciana. Basta echarle un vistazo, con traje o sin él, para intuir por dónde va. Lo mismo ocurre con su colega Costa, que aun no siendo desagradable a la vista, en cuanto hace un gesto de los suyos o mira de soslayo (si abre la boca apaga y vámonos), te entran ganas de invadir Polonia. Y, a pesar de todo, siendo conscientes de que sus caras son el espejo de unas almas bastante roídas, han conseguido reunir a su vera a un montón de acólitos. Misterios tiene la vida. Igual de misterioso que podría ser el no ver qué tipo de ser humano es y era Aznar. Un cosa es no querer aceptar lo que se intuía -nos suele ocurrir mucho, paradójicamente-, pero bien a la vista estaba.
Siguiendo con este razonamiento de todo a 1 euro, estoy de acuerdo con Javier Marías en que la cara de Chacón, aparte de su facilidad para hacer pucheros y mohínes, lo que es a mí, no me dice nada. Asimismo, pienso que Esperanza Aguirre tiene el rostro de maestra mezquina, capaz de expulsarte una semana del colegio por no darle los buenos días. Y que Ana Botella da siempre la impresión de no enterarse de dónde está ni por dónde pisa y, lo que es aún más peligroso, querer ser otra persona.
Porque lo que sí se ve, se nota, se siente, es la gente con complejos. Uno se da cuenta cuando está con alguien dueño de una inseguridad muy marcada aunque se empeñe en ocultarlo. Yo siempre he dicho que me da mucho miedo que se le otorgue poder o ascendencia a gente que no ha sabido asumir o solucionar sus complejos. Más que nada, porque, una vez asentados en una posición que les resulte más o menos cómoda, van a buscar su redención a través del castigo a los demás. Es como un niño al que han pegado en el colegio de pequeño; cuando se sienta más alto, más grande y más dueño de sí mismo, abandonará el papel de víctima y pasará a ser agresor. No se trata de una ley cien por cien demostrable, pero estoy convencida de que la casuística avalaría esta teoría. Es más, hagamos un acto de reflexión interna y comprobaremos que, en algún momento, hemos sido parte damnificada en un conflicto con alguno de estos especímenes.
También parece innegable que todos hemos tenido en algún momento algún complejo. Pero lo más curioso es que hubiéramos seguido ajenos a ello si alguien, maldita la hora, no se hubiera empeñado en que observáramos y penalizáramos un detalle que hasta entonces no nos importaba tanto, convirtiéndolo en un señor complejo. Si a una niña le dices de pequeña que tiene los dedos de los  pies muy grandes, ella empezará a reparar en sus extremidades y hasta es posible que, de mayor, se niegue a llevar sandalias. Lo mismo ocurre con las parejas: es más habitual de lo que pensamos que un hombre salga corriendo asustado por no dar la talla ante la supuesta inteligencia de una mujer. En lugar de sacar provecho de estar al lado de una persona que le puede aportar visiones nuevas, mayor cultura o lo que sea, le nace un complejo que no es capaz de controlar. Y lo peor es que los complejos tienen el mal vicio de crecer y nutrir nuestro lado más inmaduro. En este caso, el tamaño importa. Mucho.
Me pregunto si Rajoy, con esa manía suya de parecerse más a un cuadro pintado en la pared que a un político de raza, tendrá algún complejo. Aparte del de empollón, me refiero. Porque si lo tiene, que no me extrañaría, apañados vamos. No quiero ser agorera, pero, en mi opinión, uno de los hombres más acomplejados que España tuvo la mala suerte de padecer fue Francisco Franco, y ya sabemos todos cómo transcurrió y acabó la tremebunda historia: con un señor llamado Juan Carlos I coronado rey. ¿Otro acomplejado? Por las reseñas que he leído del libro de Pilar Urbano se intuye que sí.
El que no sé si tiene complejos pero estoy convencida de que se ha agenciado una cara más dura que los alerones de una aeronave es Ferran Soriano, presidente de Spanair. De la noche a la mañana, y en cuanto la Generalitat y los árabes le han negado los dineros, el hombre ha decidido cerrar el chiringuito. Para qué luchar.... total, solo vamos a dejar en la calle a más de 6.000 personas, entre trabajadores y subcontratas. Las malas lenguas dicen que Soriano ha sido tentado por el mundo del fútbol y quería hundir la flota rápidamente para dedicarse con esmero a hundir a algún club. Me quedo hipnotizada viéndole hablar en televisión, sin mover un músculo, ajeno a toda compasión, y pienso que seguro que mi madre ya lo hubiera calado, dedicándole alguno de los epítetos más floridos que guarda en su devocionario. Seré rara, pero no me acostumbro a semejantes rostros pálidos. En mis tiempos, los capitanes eran los últimos en abandonar el barco; héroes literarios alumbrados por un genuino sentimiento de lealtad, hombres de acción que asumían cada padecimiento con fortaleza y gallardía. Ahora, el único sufrimiento que parece asolarles es el dolor de cara por ser tan guapos. Ejem.... ¡Más nos valdría encomendar nuestras vidas a las ratas!

viernes, 27 de enero de 2012

Quemados

Estamos que lo tiramos. Mejor dicho, que tiramos la toalla. Después de contemplar cómo ese dúo cómico formado por Camps y Costa se iba de rositas de los tribunales con los trajes puestos, son muchos los que se han declarado en España huérfanos de la justicia. No me extraña. Es descorazonador ver a la parejita, los Morancos del Banquillo, reírse de los tribunales en la cara y dar gracias a Dios por los servicios prestados cuando lo que deberían hacer es agradecerle al jurado (im)popular que, faltas ortográficas aparte, les haya otorgado el título de mártires de la ley y los sobornos.
Entre absoluciones como ésta y sentencias tan benévolas como la del caso Marta del Castillo, es lógico que los españoles desconfiemos de la justicia y de quienes la ejercen. Sin embargo, intentando abstraerme de todo este ruido mediático, opino que habría que sacar reflexiones con un poco más de sustancia. No creo ni por un momento que los jueces de ambos casos estén comprados, sometidos o chantajeados por una red de corruptos que campa a sus anchas por la piel de toro clavándole banderillas dónde y cómo les da la gana. Pienso que estos señores han actuado conforme a lo que tenían, a los medios (entendiéndose por ello no solo las pruebas sino los procedimientos) que la ley les otorga. Y que a lo mejor no han llegado a una conclusión más deseada por todos porque eran las propias normas las que se lo impedían. A mi entender, la raíz del problema no reside tanto en la forma en la que el hombre imparte en justicia, sino en la debilidad y carencias de los instrumentos que se le han otorgado para ello. Quizás tengamos un sistema judicial que necesita una revisión, adaptarse a otros tiempos, a otros delitos y, sobre todo, a otra opinión pública, pero no nos toca a nosotros culpar a un profesional cuando lo que falla es el entramado laboral del que forma parte.
Por ejemplo, siempre he dicho que a mí esto del jurado me parece muy pintón para las películas americanas, aunque de dudosa eficacia en la práctica. No sé los demás, pero yo me considero incapaz de emitir un juicio sobre alguien. Primero, porque no sé de leyes; segundo, porque probablemente acuda al tribunal con una actitud preconcebida sobre el acusado y, tercero, porque, en una situación así, es muy difícil que la responsabilidad por hacer un buen papel no te pueda y acabe distorsionando tu raciocinio. A fin de cuentas, en situaciones de nerviosismo y toma de decisiones tenemos la subjetividad a flor de piel. Y ya sabemos que la subjetividad no siempre enseña lo mejor de sí en los momentos importantes. En resumen: opino que darle la potestad de decidir sobre el castigo a gentes que no tienen o tenemos ni la más mínima idea de cuestiones de Derecho debería ser, al menos, objeto de revisión. Si para poner un tornillo necesitas hacer un cursillo de tres semanas, no entiendo cómo, cuando se trata de decidir la culpabilidad o inocencia de alguien solo puedes armarte de tu conciencia y honor y unas notas a pie de página. Así, sin haberte matriculado en un máster ni nada. A mí que me lo expliquen.
Comprendo que todos estemos como estamos: desmotivados, decepcionados y pasotas. No nos damos cuenta de que nos hemos convertido también en jueces de sofá, sin la presión de un jurado sentado en una sala, por lo que nos creemos capacitados para dictar sentencia sin habernos leído el sumario, escuchar a las partes o saber un mínimo sobre los diferentes códigos que nutren el derecho español. Y, no obstante, estamos convencidos  de que la razón nos acompaña porque tenemos algo más evidente y mucho más cabal que la mayoría de las leyes: el sentido común. Ese sentido común nos dice que las cosas no deben ser así y que hay que encontrar la manera de corregir los renglones torcidos de semejantes sentencias absurdas, antes incluso de presentar el obligado recurso a instancias superiores. Creo firmemente que, cuando el sentido común se convierte en conciencia pública y casi universal, algo falla en este modo justiciero de aplicar la justicia. Ahí es donde tendría que empezar a actuar el poder reformador de quien lo ostenta. No quiero señalar, pero miro de lejos a Gallardón y otros chicos del montón.
El siete de febrero empieza la ronda de manifestaciones que, sin duda, convocarán los sindicatos este año. No veo yo que haya un ánimo de protesta enérgico y vinculante. Muy al contrario, percibo tanto hastío que me dan ganas a mí también de meterme en la cama, dejar que se me pase el gripazo que tengo encima, y amanecer en primavera con flores a María. O después del fin del mundo, para escuchar el concierto de arpa que nos tienen preparado los sufridos querubines alados.
El otro día, leyendo una nota sobre los perfiles de los nuevos concursantes de Gran Hermano, no vaya a ser que un día necesite hacer un post al respecto, recogí unas líneas referentes a uno de ellos que quiero reproducir aquí. No recuerdo el nombre del interfecto (llamémosle X), pero la persona que escribía lo definía como: "Chico que no parece haber hecho jamás el mínimo esfuerzo por conquistar a una mujer. En realidad, parece que no hubiera hecho nunca un esfuerzo. Y punto. De momento va por donde le marca el viento, con una mezcla de pasotismo y despreocupación que puede beneficiarle hasta el momento que empiecen a surgir conflictos importantes. Entonces veo posible que no sepa responder a la exigencia de un mínimo compromiso". Una de esas personas, imagino, que, sex appeal aparte, se adaptan al medio pero que no son capaces de reaccionar cuando el medio se vuelve hostil intuyendo su propensión a arrimarse a la mejor sombra. Un comportamiento que me merece todo el rechazo del mundo porque, seguramente, soy capaz de despejar la incógnita y ponerle nombre (o nombres) al personaje. Es más: estoy convencida de que todos conocemos a alguien así; el mismo perro aunque con distinto collar. Por favor, no nos contagiemos de su empeño en caer bien aunque sea a costa del dolor de los demás. Ni mucho menos de su desgana, de su insistencia en hacerse el héroe de boquilla y agachar la cabeza cuando tiene un contrincante al que considera superior, aunque no lo sea moralmente. Participemos de la vida pública, exijamos que se cumpla nuestro derecho a ser beneficiarios de una justicia impecable y certera y pidamos que el caballo del malo llegue el último como corresponde. Y, mientras tanto, y que nadie se asuste por lo que estoy a punto de soltar, no esperemos mucho de otro caso mediático, el que tiene como protagonista a Urdangarín. Lo digo con convencimiento y con unas ganas enormes de estar equivocada. Que conste en acta.


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miércoles, 25 de enero de 2012

Parte y reparte

Se nota que Obama ya está preparando su batalla presidencial con el mimo que merecen las grandes gestas. Alentado por los líos y desvaríos que se traen las huestes republicanas y, sobre todo, por esa oportunísima bajada del paro y el tímido repunte de la economía, el presidente de allende los mares se ha puesto el traje de gladiador y ha dicho que está en su propósito subir impuestos a los más ricos. Al margen de lo que decida hacer con las rentas más pobres, esto suena mucho a aquello del novio entregado y su "prometo hasta que la meto y cuando la meto, ya no prometo". Lo de siempre, vamos. No digo yo que Obama no sea un hombre de palabra, pero todos tenemos en mente la desagradable experiencia de las campañas electorales, donde los cuentos son de princesas rubias y príncipes encantados, para luego acabar con el culo al aire en las fauces del dragón. Del año del dragón, quiero decir.
A mí esto de buscar el equilibrio y la igualdad me suena a milonga. De repente, hasta el más lerdo sienta cátedra e, independientemente de su ideología, se pone la casaca roja y adopta el sueño del tío Marx, moldeándolo a su gusto para hacer ver al mundo que cree que todos tenemos los mismos derechos y deberes. Las utopías se formaron precisamente en aras de eso: de organizar sociedades igualitarias donde sus integrantes compartieran la propiedad y vivieran en paz y armonía. Lógicamente, no todos los utópicos pusieron énfasis en los mismos puntos, pero por ahí va la cosa.
Sin embargo, hete aquí con el capitalismo hemos topado y, amigos, el capitalismo y sus compañeros de farra, el liberalismo, mercantilismo y demás ismos, asientas sus nobles posaderas precisamente sobre el concepto de desigualdad. Tiene que haber unos ricos que, a través de empresas, corporaciones bancarias etc creen otras empresas que sustenten la llamada clase media, encargada a la postre de alimentar a la clase baja y retroalimentar a la alta. Nada nuevo bajo el sol. Por lo tanto, la pervivencia de las diferencias resulta esencial a la hora de mantener al sistema brillante y listo para revista.
Todos sabemos y entendemos que la justicia social consiste en apretarles las tuercas a las grandes fortunas, pero no nos paramos a reflexionar que ésta es una idea hermosa donde las haya, aunque difícilmente llevada a la práctica salvo exterminio directo o indirecto del sistema. No hay que mosquear o cabrear al monstruo. Porque si el monstruo despierta y no le gusta el desayuno, lo primero que puede ocurrir es que nos devore a nosotros y, lo segundo, que se vaya con su cueva y sus tesoros a otra parte, algo que, sin duda, dejaría indefenso al pueblo y a merced de los enemigos del reino.
Durante algún tiempo (desconozco si también ahora), en Grecia se debatió sobre la posibilidad de obligar a los fortunones del país, esos mismos que tanto se afanaban en evadir impuestos, a cotizar por los dineros reales en su haber y no por los imaginados. Y es que los datos no le cuadraban al gobierno heleno: según las estadísticas, 6 de cada diez ciudadanos cobraban menos de 12.000 euros anuales, cifra por debajo de la cual no se pagan impuestos. Las evidencias venían a decir que gran parte de esos pobres de solemnidad eran en realidad ricos de avaricia que había convertido la trampa en su hobby más querido. Por eso reaccionaron como reaccionaron ante las amenazas de los políticos: si tenían que pagar, se llevaban sus cosas del país, y allá os hundáis con Partenón y todo. Conclusión: nadie ha sido capaz de hincarles el diente. Demasiado caradura para tanta caries.
Una vieja reivindicación, enarbolada hace poco por los chicos del 15M, pedía la desaparición de los paraísos fiscales, algo que yo, en su día y con toda la humildad que me caracteriza, definía como imposible en tanto en cuanto se trataría de una injerencia en los asuntos internos de un país. Incluso, a lo mejor, establecer normas de este cariz vulneraba más de un tratado internacional (lo desconozco, pero lo intuyo). Conclusión: el problema de la división social hay que arreglarlo en casa. Y mucho me temo que los más ricos, por tener, tienen hasta la sartén por el mango. Ahora mismo ningún gobierno se puede plantear el atarles en corto porque los necesita, igual que ellos necesitan a los políticos para continuar lucrándose con esta crisis que, a gran parte de esta panda de lujosos y lujuriosos, les ha venido mejor que bien.
Es cierto que los ricos de Estados Unidos pagan menos impuestos que cualquier persona que ahora mismo esté leyendo este blog, sea cual sea su sueldo. No estaría mal igualar un poco las diferencias fiscales, pero, a la postre, se trata de un propósito tan fantasioso como una Seguridad Social gratis para todos en los estados de la Unión. Otro bonito deseo que iluminará la campaña electoral como estrella de Belén y que se apagará en cuanto a algún lobby le de por soplar las velas. El único problema está en elegir el momento adecuado para hacerlo, enalteciendo a los suyos y jorobando al contrario. Sincronicemos nuestros relojes.

P.D.: Me estoy aficionando yo a esto de las posdatas... En fin, hace un tiempo hablaba de la triste historia de Demi Moore, con la que es difícil no empalizar. Ahora, al parecer, la actriz se encuentra ingresada por ingesta de sustancias. Las sustancias y el desamor son amigos íntimos. No le voy a dedicar grandes palabras, solo decir que entiendo cómo se puede sentir, pero que después de ese momento big bang en el que te estalla en la cara el amor, el odio, la pasión, el rencor, la tristeza y las ganas de venganza, todo a la vez, toca reconstruir la casa, siempre por los cimientos, nunca por el tejado. Y que supongo que el único consuelo al que te puedes agarrar es aquel que dice que la vida es sabia y acaba poniendo a cada uno en su lugar. Y ojalá quien te hizo tanto daño encuentre algún día a otra que le haga lo mismo a él, momento en que al fin conseguirá ponerse en tu lugar, mirarse al espejo y sentir una enorme pena y vergüenza por lo que ve en él. Es mi deseo para todas las mujeres del mundo que han sufrido, sufren y sufrirán por la inmadurez, indolencia y estupidez de hombres que no las merecen. Ése y el de que suban los impuestos a los ricos. Por pedir....

martes, 24 de enero de 2012

La mala reputación

En estos dos días, ya fuera por una cosa o por otra, he tenido que oír bastantes cotilleos sobre alguien que así, a bote pronto, me importa un carajo. Una de esas personas que se ha labrado con ganas, tiempo y, sobre todo, mucho mérito, una enorme y oscura mala reputación.
Desde mi perspectiva de ser humano que de vez en cuando piensa, hasta hace algunos años me resultaba casi increíble que pudiera existir un ente así: carente totalmente de empatía, sin ningún talento, con unas deficiencias culturales absolutamente abrumadores, una falta total de escrúpulos y unas ganas de figurar que, a mi parecer, resultaban digna compañía de esa imagen de persona intrascendente, vanal y absolutamente prescindible que puede llegar a proyectar. Pero hete aquí que apareció ella, con todas sus merecidas inseguridades, su mala educación y sus nulas capacidades, dispuesta a trastocarme la vida. A mí y a unos cuantos. Porque, cuando crees que la estupidez humana ha alcanzado ya su límite, mediante un atrevido juego de astutos malabares, va y lo supera. Un segundo personaje, tan hueco como este animal casi irracional, tuvo la ocurrencia de ponerle a dirigir equipos, algo así como meter un caníbal a dar clases de cocina en una guardería. No voy a entrar a detalles porque no vienen al caso, pero el argumento de esta historia de guerra sin paz es muy fácil de imaginar.
Uno se hace una opinión muy clara de las personas que pasan por su vida. He de reconocer que, a veces, equivocada. Pero incluso en estos últimos supuestos, más temprano que tarde abrimos los ojos y nos damos cuenta de que las joyas que veíamos no son más que un deforme amasijo de baratijas. Sin embargo, el caso que nos ocupa no engaña a nadie. De hecho, con el tiempo, no he conocido a una sola persona (y estoy hablando de un número elevado de gente) que tenga una palabra amable para este diamante bruto. Ni una referencia a la inteligencia de la que presume, a la generosidad de la que alardea, al sex-appeal que dice tener... Al parecer, nadie ha reparado en estas tres características sino más bien en la falta de ellas. Tanto así que dudo que, ahora mismo, aparte de su familia, ningún ser humano le guarde el más mínimo cariño; ni siquiera los que se dicen sus amigos, cuyo único mérito es arrimarse al sol que más calienta sin protección.
Esta persona se ha labrado su mala reputación con muchas ganas. Y lo que me llama la atención es que no se de cuenta de la aversión que despierta en quien la ve. Que no sea capaz de entender que, el que la mira a los ojos, no está viendo la cara de Dios sino la de Godzilla. Ahí sigue, tan campante, creyéndose capaz de encantar a las serpientes y resucitar a las plantas, teniéndose en posesión de la verdad, la eficacia y los dones físicos e intelectuales que jamás le han acompañado ni le acompañarán.
Muy a mi pesar, me han llegado noticias de que, en el último mes, ha tenido algunas trabas judiciales de los que no ha salido, digámoslo, feliz. Ya hay que ser torpe porque, al menos, una de ellas podría haber sido un paseo (es lo que ocurre cuando te enfrentas a alguien capaz de rivalizar contigo en cualidades positivas). Pero, claro, si te rodeas de gente igual de mema, no puedes esperar que las autoridades, que van a lo suyo, reparen en la maravilla que crees ser. Hay personas que se limitan a realizar su trabajo y no tienen la obligación de hacer la pelota. Ni ellas ni, por lo visto, nadie con la cabeza medianamente bien amueblada.
Pero ahí sigue la estrella de este post, reputando y disfrutando de la protección de no se sabe quién, derivada de no se sabe qué. Y creyéndose que el mundo le profesa admiración y cariño sincero. No dudo que los dueños de las plantaciones pensaban lo mismo respecto a sus esclavos: después de todo, les daban comida y un mugriento techo bajo el que criar a esa ristra de sucios mocosos ¿no? Es de bien nacido ser agradecido. Tampoco me extrañaría que más de uno y una, ahora mismo, sufriera un profundo aborregamiento y ya no reparara en semejante demostración de vacío e idiotez. La vida es así de loca y de todos es sabidos que muchos de los esclavos, una vez liberados, no supieron qué hacer nunca con su libertad ni consiguieron recuperar la capacidad de pensar. Control mental, que le llaman.
No me gusta ninguno de los actores de esta opereta sin gracia y mucho menos verme obligada a pensar en ellos de vez en cuando; sobre todo en aquellos secundarios que me mandan mensajes por terceros para que vea lo bien que les va la vida y lo mucho que están saboreando el haberme puteado tanto y tan bien. Me producen dolor de muelas. Por eso mismo, quiero aligerar un poco el tema y no me resisto a terminar sin hacer hincapié en que, con lo que cuesta ganarse una reputación, no entiendo cómo algunos acaban frivolizando con ella. Me refiero, por ejemplo, a don Eduard Punset a quien tanto respeto profiero... a veces. Señor Punset, me resistí a decirlo en su día pero se lo digo ahora: no le hacía falta anunciar pan. Y menos con una escenografía tan pobre. A ningún mozo de varoniles pensamientos se le ocurre presentarse con unas cuantas rebanadas en la casa de una mujer, sobre todo si en ella conviven tres jamelgas de buen ver. Esas hembras están a sus afeites, no le podrían aguantar ni medio discurso y, por supuesto, el único tomate que habría en los alegres juegos de salón sería el de la ensalada. Porque ésa es otra: ¿de verdad cree usted que semejantes pivones se dedican a la ingesta de pan en su horas libres? Hombre, por Dios....

P.D.: Gracias a Lupe por ponerle un final con miga a la historia. Como ves, aprovecho hasta la corteza..

lunes, 23 de enero de 2012

Entre la espada y la pared

Narraba Rosa Montero este fin de semana en El País dos discusiones que le tocó presenciar a cargo de otras tantas parejas. Ambas con el mismo denominador común: mientras la mujer imprecaba y se desgañitaba frente al hombre, éste permanecía impertérrito, con la espalda pegada a la pared y mirando al horizonte, a ver si por fin caía el meteorito que destiñera tan tremendo marrón. Rosa hablaba de la capacidad de verbalizar de ellas y la incapacidad de ellos a la hora de expresas sus sentimientos, para acabar concluyendo que a lo mejor, solo a lo mejor, los protagonistas masculinos de la historia estaban siendo un pelín maltratados. No estoy de acuerdo y ahora explicaré por qué.
Al margen de cuáles sean las circunstancias de cada uno, a solas o dentro de una pareja, es innegable que los dos sexos tenemos una forma muy diferente de expresarnos. Mientras nosotras somos más de comunicarnos, de hablar las cosas, de contarlas, ellos no se muestran muy proclives a analizar los sentimientos y, mucho menos, a expresarlos. De hecho, es hasta habitual que, en el afán de ocultar sus debilidades y lo que verdaderamente experimentan por dentro, no cuenten toda la verdad. "No te quiero de esa forma" o "te quiero demasiado y..." son diferentes maneras de decir "tengo dudas sobre mis sentimientos, pero estoy empezando a notar algo que no me atrevo a reconocer no vaya a meterme en un lío o "esta situación me está empezando a hartar, voy a ver cómo le digo que nos demos un descanso". Si no es algo así, seguro que por ahí van los tiros. De hecho, la comunicación se rebela tan precaria entre hombres y mujeres que juraría que nosotras hemos desarrollado la intuición femenina con el único propósito de adivinar lo que a ellos les cuesta tanto contarnos.
Dicho esto, he de confesar que yo he tenido alguna que otra discusión de ésas de hombre a la pared mujer gritando, pero que solo lo he hecho cuando me he sentido humillada y/o traicionada. En resumen: víctima de una injusticia. Y a lo mejor soy un poco anormal, pero cuando compruebo que alguien que, supuestamente, me tiene cierto afecto, me ha causado daño a sabiendas y sin venir a cuento, me gusta que me diga por qué. Es lógico que acabe enfadada si no vengo cabreada de serie (hay cosas que, de no resolverse en su momento, se enquistan y no se sacan ni con fórceps), pero el que la otra persona reaccione con evasivas, intente cambiar de tema, desvíe la mirada o me salga por peteneras despierta a la bicha que hay en mí. Y cuando, aún después de soltar mi verdad a bocajarro, el contrario se limita a decir aquello de "olvidémoslo ya" me vuelve del revés. La cosa no funciona así: que yo sepa, en caso de afrenta, primero llega la petición de perdón; luego el arduo, difícil y en ocasiones imposible restablecimiento de la confianza; después, la demostración de que uno está dispuesto a rectificar y ya, si la cosa va bien (y tiene que ir muy bien) el pelillos a la mar.
Cuando una mujer le grita a un hombre, normalmente es para pedirle explicaciones sobre algo que éste no parece dispuesto a dar, bien porque no las tiene, bien porque no puede o no quiere reconocer su equivocación. Cuando un hombre grita a una mujer normalmente es para humillarla e insultarla. No pienso que en nuestro propósito esté herirles a ellos, sino desahogarnos, demostrarles lo mal que nos ha podido sentar el desaire para llegar a este extremo y pedirles que nos comprendan, que nos digan que nos calmemos, que todo está bien y que ellos van a estar ahí para cuidarnos y querernos. Y digo cuidarnos y querernos porque este tipo de discusiones solo se producen entre personas con una complicidad extrema.
Reconozco que el autismo emocional de muchos hombres puede sacar de quicio a la mayoría de las mujeres. El tener que estar continuamente jugando al juego de la adivinación no es bueno, sobre todo porque causa mucha inseguridad y bastante desconfianza. Es importante decir lo que se siente, pero nunca a través de esa forma tan masculina de "le digo una cosa para salir del paso, pero luego mis acciones demuestran otra". Eso solo siembra desconcierto, quizás alegría hoy... pero mucha tristeza mañana. Querías quedar como un rey y acabas quedando como un Duque de Palma cualquiera.
Sí puedo entender que un hombre se sienta maltratado ante los gritos de una mujer. Tanto por el hecho de la exposición pública como por el verse obligado a tener que dar explicaciones y sacar de verdad lo que lleva dentro, algo en lo que quizás ni siquiera ha pensado tanto como para alcanzar una conclusión que le satisfaga, ya no a la otra parte, sino a él mismo. Verse obligado a hablar cuando no quiere es algo que, a un varón, le huele a cuerno quemado. Y perdón por lo de cuerno. Pero es que a veces resulta imposible convivir con el mutismo masculino, con el pasotismo sentimental, con el "si eso me llamas tú" porque en realidad tengo miedo a llamar yo y notar que no te importo tanto como tú a mí. Y seguiría, pero como no soy Elena Francis y estoy bastante escarmentada con las historias de amor, no me considero muy buena consejera sobre asuntos del corazón, aunque sí una observadora decente.
No estoy de acuerdo en que el ejercicio de ira que le tocó presenciar a Rosa Montero fuera un ejercicio de violencia. Yo lo identificaría más bien como una traducción pública de la impotencia ante la aparente ceguera y sordera de esos hombres que tenemos delante. Que cada cual arregle su mundo como quiera, pero, a ellos, yo les diría algo que me reconcome por dentro: cada vez que una mujer os demuestre su malestar, no lo achaquéis a lo más fácil (va a tener la regla, está premenopáusica, se ha mosqueado con su madre....), porque, por mucho que nos imaginéis sibilinas hasta la perdición, a veces la raíz del enfado asoma tanto que ya se está convirtiendo en una enredadera. Me refiero a esas ramas de crecimiento exprés que siempre atraen a los bichos. Poned también un poco de vuestra parte e intentad solucionarlo antes de que haya que fumigar y se muera aquello que tanto costó alimentar.

domingo, 22 de enero de 2012

Buenos propósitos

Hay por ahí una campaña de marketing viral ante la que no me queda más remedio que quitarme la diadema. Si la observamos sin entrar en detalles profundos, parece solo una buena acción con tintes de solidaridad, de ésas que te tocan la fibra y te dejan pensando que un mundo mejor es posible. Me explico: al parecer, 500 directivos de Danone, de los de traje, corbata y portátil, emplearon su convención anual, llamada también jornada outdoor, en ayudar a restaurar y reconstruir un pueblo español y hacerlo más sostenible. Que nadie me diga que esto no es bonito. Ver a un puñado de jefes (por cierto, ¿de dónde sacan tantos?) dándole a la azada, con la brocha gorda en mano o pasando el mocho es como para que se te caiga la lagrimita de la emoción. Y si encima el objetivo es dejar al municipio de Avià, en la provincia de Barcelona, alicatado y listo para concursar en el certamen Mejor pueblo de España, apaga y vámonos. El argumento de Qué bello es vivir, al lado de esto, semeja un drama carcelario.
En resumen, mis felicitaciones para el equipo creativo que ha parido semejante idea, y mis besos en los morros al de marketing por sus tejemanejes. Y es que la cuña con los señores y señoras directivos, ataviados con mono y sudando la gota gorda, ha pasado por diferentes programas, incluso los que no tienen nada que ver con información pura y dura. Quiero decir que lo mismo nos lo cuelan en Aída, entre grito y chillido, y nos quedamos, nuevamente, obnubilados. Eso sí es una campaña publicitaria y lo demás, notas a pie de página.
Vivimos en una época en la que trabajar tiene un coste psicológico y emocional. La posibilidad de perder un puesto laboral nos acogota, angustia y amilana, con lo que muchos profesionales se ven obligados a desempeñar trabajos que no les satisfacen al lado de gente que les cae rematadamente mal. Esto pasa y pasa mucho, tanto que ya nos hemos habituado a ver como normal lo que puede ser una auténtica tragedia laboral y hasta personal. Laboral en el sentido de que resulta relativamente sencillo perder la ilusión y el amor por una profesión que un día te pareció la octava maravilla. Y personal porque, lo quieras o no, lo notes o no, una situación precaria, que soportas la mayor parte de la jornada y casi durante toda la semana aunque intentes abstraerte, se convierte en un tsunami que arrasa tu vida íntima. Lo habitual es no darnos cuenta y, por supuesto, no admitirlo; pensamos que nos encontramos a salvo de todo mal y somos capaces de proteger nuestra historia personal de la pesadilla laboral, pero los malos rollos afloran desde el subconsciente y no nos damos cuenta hasta que la tormenta ha amainado, algo que puede ocurrir incluso años después. Quiero decir que, en situación semejante, es tan fácil tomar decisiones equivocadas como no darse cuenta de ello. Y con decisiones equivocadas me refiero a de todo un poco: desde gastos inusuales hasta destructivas huidas hacia delante en busca de la nada pasando por cosas tan habituales como refugiarnos en personas que creemos que nos ofrecen la calidez y el consuelo que necesitamos. Hasta que viene el sentido común disfrazado de lobo y con un soplido tira abajo nuestra torre de Babel que, en realidad, era una caseta de paja. Algo me dice que las relaciones que comienzan a alimentarse partiendo de una desgracia (sobre todo cuando ésta es de índole personal) no acaban bien; fundamentalmente porque en cuanto el problema se va y la cordura vuelve, podemos mirar el asunto con la objetividad que no tuvimos y darnos cuenta de que hemos metido la pata hasta la braga náutica. Y a ver entonces quién es capaz de desandar lo andado, pedir perdón por la locura transitoria y volver a empezar. Para los cobardes será muy tarde.
La crisis tiene esos efectos colaterales. Tal vez dispongas de un trabajo y una nómina a fin de mes, pero, a lo mejor, te pierdes a ti mismo en el afán de conservarlo o, simplemente, dejarte llevar sin alzar la voz. Creemos que, fuera, el mundo nos va a machacar y, sin embargo, no estoy en absoluto de acuerdo con esta apreciación. Personalmente, y hablo desde la experiencia, creo que hay una importante carga de adrenalina en el hecho de buscarse las lentejas, una especie de prueba continua que te hace cambiar, madurar y salir hacia delante. Pierdes el miedo, dejas atrás los complejos, relativizas muchas cosas (y a muchas personas también) y recuperas el orgullo de ser tú. Opino que es una suerte de viaje iniciático, una experiencia diferente, amarga a ratos, placentera en otros, pero que vale la pena interiorizar y descubrir. Y digo esto porque muchas de las experiencias que vivimos no nos sirven sino van aparejadas de una reflexión: podemos cambiar de pareja, recorrer el mundo solos, encontrar otros intereses... si no lo vivimos hacia dentro, hacemos un análisis de lo experimentado, nos preguntamos cosas, seleccionamos lo bueno y lo malo, etc. ninguna de estas, a nuestro parecer, transformaciones, nos servirá para madurar. Yo recomendaría a todo el mundo escribir acerca de lo vivido; releerlo tras unos días es como contemplarlo desde un prisma ajeno. Solo entonces caerás en la cuenta de muchas cosas. Y si no, bueno, siempre podremos seguir en nuestro bucle de experiencias que creemos extremas (en mi modesta opinión pienso que, a veces, puedes sacar mucho más partido de una charla con un amigo que de un viaje mochilero a los fiordos) y entretener con ellas a la concurrencia en una conversación de bar.
Yo sí creo que, en determinados aspectos, no hay que perder la fe. Fe en que existen trabajos mejores y que los podemos encontrar; compañeros encantadores con los que sea facilísimo compartir estrés; amigos a la espera de que se nos pase la pájara y nos decidamos, por fin, a recuperarlos; gente que esté más que dispuesta a echarnos una mano en el camino sin pedir nada a cambio.... En la noticia sobre Danone, los jefes parecen encantados de conocerse, de compartir esfuerzos y de estar haciendo algo por personas que necesitan ayuda. No sé si, una vez de regreso al despacho, lo único que querrán será meterle al de al lado el smartphone por el ojete, pero lo que veo me gusta, quiero creérmelo e, incluso, me lo voy a creer. Por variar pero, sobre todo, porque yo lo valgo.


sábado, 21 de enero de 2012

Venite adoremus

Sinceramente, creo que, distraídos como andamos, no hemos prestado suficiente atención a la muerte de Kim Jong Il, el dictador de Corea del Norte, que el cielo tenga en su gloria, y cuyo principal mérito en vida fue el de no defecar. Sí señor@s: según sus biógrafos, este hombre jamás hizo de vientre; lo que me extraña, visto lo visto, es que no muriera mucho antes.
Aparte de ser un genocida de manual, de conseguir que sus paisanos pasaran más hambre que la estatua de cera de Urdangarín y de aislar a la población para que no supiera absolutamente nada del mundo exterior (sí, como en la película El bosque y que nadie se mosquee por el spoiler), el gobernante máximo de ese país pseudocomunista se hizo preparar una biografía que ya la quisiera Sarkozy para salir a ligar. Entre otras tontadas, el escrito viene a decir que Kim Jong empezó a caminar a la tierna edad de tres semanas y que con cinco -semanas, insisto- ya estaba el chaval preparado para soltar discursos al más puro estilo Fidel Castro. La conversión de espermatozoide en Baby Einstein quizás se deba a que, siempre según la versión oficial, el hombre nació en un volcán, lugar cómodo y, sobre todo, calentito, donde los haya. Y ya sabemos que, en un país con tanto gusto por lo atómico, la lava, sí o sí, tiene que ser radiactiva.
Insiste su biografía en contarnos las verdades del salvador de la patria, un buen puñado de hechos históricamente comprobados como sus increíbles habilidades en el juego del golf, donde no resultaba raro verle hacer once hoyos en un solo golpe. Además, era un literato de pro, hasta el punto de llegar a escribir 1.500 libros en tres años. Como se ve que, entre cuartilla y cuartilla, le sobraba tiempo, aquí el mandatario enemigo se puso a practicar el lenguaje musical y parió seis de las óperas más importantes de la humanidad en un trienio. Qué lástima que nadie las haya representando en occidente, porque apuesto a que quedaríamos maravillados.
Podría seguir y no parar contando las bondades de este singular personaje, pero solo voy a mencionar una más: la maquinaria gubernamental se esmeró muchísimo en convencer al pueblo de que su líder era un icono de la moda. Vamos, que aquellos monos entallados y las gafas de sol constituían una alegría para el cuerpo que no se podía aguantar y que el resto del mundo imitaba embelesado al señor todopoderoso, calzándonos las plataformas y poniéndonos los monos hasta para ir a la piscina. Ya estamos tardando los españoles en hacer trapos el traje de faralaes y la vestimenta de torero para abrazar el supertrendy diseño norcoreano.
Si la propaganda se basó en semejante sarta de estupideces, no quiero ni pensar cómo les puede regir la cabeza a los habitantes del país. El lavado de cerebro debe de ser digno de estudio, pero también un claro ejemplo de que el ejercicio de machaque psicológico, aplicado a diario y con ensañamiento, puede producir un aborregamiento de proporciones épicas.
Todos conocemos a personas, y creo que esto ya lo he mencionado en algún post, que ejercen y han ejercido de líderes de la manada cuando su única cualidad ha sido convertir en mierda a todo aquel que se les acercaba a menos de tres metros. Este tipo de iluminados que, vistos desde fuera, producen mucha desazón, pero contemplados desde dentro deben de ser una especie de gurús de la verdad y felicidad suprema. Tanto es así que, quienes les acompañan, tal vez cegados por la luz que emana el óxido que tienen delante, son incapaces de ver el mundo con objetividad, dilucidar quién de verdad merece sus afectos y quién ha estado a su lado y le ha aportado más y mejores cosas. Es un fenómeno que siempre me ha llamado la atención, porque he visto a buenas personas que se han dejado atrapar en las redes de entes carentes de escrúpulos sin rechistar, hasta el extremo de acabar mutando en masa sin personalidad. Me imagino que es como contemplar que alguien próximo a ti ha sido engullido por una secta y no eres capaz de convencerle de lo pernicioso que es eso para él. De hecho, antes te atacaría a ti con ensañamiento que robarle una gominola a cualquiera de su nuevo grupito de amigos.
Si este fenómeno da entre asco y pena cuando se refiere a personas individuales, no puedo imaginar los lamentables niveles de absurdez que puede llegar a alcanzar cuando se extiende a todo un país. Para empezar, si un líder se esmera tanto en crear, dibujar y diseñar semejante sarta de tontadas para que la población crea en su derecho a dirigirlos es que, en el fondo, se trata de un pobre hombre lleno de inseguridades e incapaz de tomar decisiones sin consultarlo antes con la bola de cristal. Este tipo de personas, que en el fondo son completamente conscientes de no merecer el carisma que les atribuyen, solo pueden relacionarse por medio del terror y las amenazas, inventándose enemigos externos si no los tienen ya y convenciendo a los rebaños de que ellos, y solo ellos, podrán salvarles en caso de ataque. El mismo ataque que, seguro, seguro, se producirá ya no hoy, sino mañana.
Es lógico que, cualquier habitante de Corea del Norte, criado en la amenaza, en el aislamiento y en la creencia de que su líder es un superhombre con poderes mágicos, esté abocado a una vida de sometimiento. Como en los casos de los falsos líderes individuales, empeñados en que adoptemos sus quejas, manías y fobias como propias, la exigencia es siempre la misma: que, al igual que los perros adiestrados por el señor Millán, todos seamos sumisos y tranquilos. A mí, que normalmente solo soy sumisa y tranquila cuando duermo y muchas veces ni eso, me resulta hasta morboso contemplar todos estos fenómenos protagonizados por ídolos de pacotilla. Intento ponerme en la piel de unos y de otros, solo para conseguir que me pueda el desconcierto. Y del desconcierto paso al cabreo en cero coma.
Mi mayor esperanza ahora es que a Kim Jong Un, el heredero, digno sucesor de su padre hasta el punto de que, según cuentan, se ha hecho la estética para parecerse a él (los monos y las gafas vienen de serie; deben de repartirlos en el volcán donde nacen) se le ocurra la brillante idea de abrir su país al turismo exterior. Y si el asunto no le convence, no sé, permitir que se celebre alguna competición deportiva internacional, un encuentro de expertos en parchís... cualquier cosa, inocente en las formas, pero psicológicamente perniciosa en el fondo, que enseñe a los norcoreanos que otro mundo es posible. No solo posible, sino también deseable. Que buena parte del globo no solo hacemos tres comidas al día, sino que estamos hasta hermosotes. No solo eso: también tenemos unas óperas de quitar el "sentío" y, además, las mujeres de vez en cuando nos ponemos minifalda y, los varones, vaqueros prietos. De las bombas atómicas, si les parece bien, mejor hablamos otro día...

viernes, 20 de enero de 2012

Menos mal que nos queda Portugal

Mientras nosotros continuamos macerando la reforma laboral para que quede en su punto, los portugueses han pillado las de Villadiego y ya tienen su nueva legislación laboral lista para ser aplicada.
Por si algunos todavía dudan de la que está a punto de sobrevenirnos, el gobierno luso, con el consentimiento del sindicato UGT, que no es precisamente el mayoritario, les ha cascado una reforma a los de a pie que parece diseñada para el multiorgasmo de los grandes empresarios. Entre los puntos que yo considero más dignos de ser copiados por este nuestro gobierno conservador está el disminuir las indemnizaciones por despido (a este paso, con un beso en la mejilla y un abrazo de la señora de la limpieza iremos aviados) y la facilitación del mismo en caso de extinción del puesto laboral o la "inadaptación" del empleado a su trabajo. Para empezar, eso de extinguir las vacantes a capricho está muy bien, sobre todo si se carga con las tareas a los compañeros del finado, se sustituye a éste por personal sin contrato (los llamados colaboradores externos) o se utiliza como excusa para echar a la rue a alguien y, meses más tarde, contratar a un sustituto más barato alegando que "la coyuntura del mercado lo favorece". Las milongas de siempre.
Claro que para causa estrella del despido ahí tenemos la dichosa inadaptación del trabajador que, traducida a un idioma que todos conocemos, vendría a ser algo así como la justificación del mobbing. Yo no te hago la vida imposible, eres tú el que no te adaptas. E intenta justificar ahora que el jefe te tenía tirria. Un ataque en toda regla a la ética, la moral y la salud física y emocional del trabajador. La inadaptación de marras viene a ser, pues, un eufemismo del despido libre, un echar "porque me da la gana" y a ver quién es el guapo que, en un juicio, demuestra que lo de sus superiores no era desamor sin obsesión. No son listos ni nada estos negociadores a la baja.
Pero la inadaptación no es el único punto polémico. También tenemos en el menú un recorte de los subsidios de desempleo (los dejan en dos años y pico cuando antes tenían tres y algo) y las 150 horas extraordinarias anuales a disposición de la empresa, que es quien decide cómo y cuándo se trabaja. Por supuesto, dicho tiempo, cortesía del currito hacia los de arriba, no se pagará. Lo que en la práctica viene a suponer que te olvides de tu horario de salida. Si eso, ya te lo recordarán otros. ¿A que mola?
La CGTP, sindicato con mayoría en el país vecino, acaba de sacar a los suyos a la calle, esos mismos que, gustosos, se pasarían el documento por donde amargan los pepinos pero que, educados como son, se limitan a decir en alto que la reforma supone "un regreso al sistema feudal". Pues casi que van a tener razón.
Y mientras los portugueses sufren y nosotros contemplamos sus barbas con la pileta llena, la bola del mundo sigue girando y el gordo le toca siempre a quien menos lo necesita. Cuando los gobiernos se miden muy mucho de recortar privilegios a las grandes fortunas para que no saquen su capital del país (échale un galgo a lo ya evadido), señores como este tal Francisco Luzón, alto cargo del Santander, se jubila con una pensión de 55 millones de euros y otros 10 millones en un seguro de vida. A Botín y sus súbditos se les han puesto las canicas de corbata, porque saben que semejante chorreo de billetes puede suponer que parte de la opinión pública se acuerde muy mucho de sus parientes más cercanos. Pero quien hace la ley hace la trampa y el señor Luzón, según los estatutos que esta panda de señoritos trajeados elaboró en su día, tiene todo el derecho a llevárselo calentito tal que mañana mismo o pedir que se lo sirvan en cómodos plazos. Yo votaría por acudir en masa a las puertas de las diferentes oficinas, bien cargados de calimocho, y echarles la pota allá mismo. El derecho al pataleo de toda la vida. El único que parece que nos va a quedar, por cierto...
La noticia pasable del día nos la dan los primos italianos, que han decidido investigar a Standard & Poor's por supuestos delitos de especulación y manipulación de mercados. Con un par de coglioni. Para que no se sientan agraviados, Italia también ha decidido investigar a Moody's, otro partner in crime de esta resaca financiera. Estaremos atento a este cinema verità. A lo mejor, por una vez, el bueno se queda con la chica.
Visto lo visto, y volviendo al principio del post, creo que los portugueses ya deben de estar maquinando un nuevo 25 de abril. Es lo menos que se merece semejante banda de alegres especuladores, ladrones y gentes de mala vida que nos tienen con la vida en un hilo. Y nosotros, como buenos vecinos, acudamos prestos en cuanto nos pidan sal. Incluso, si estamos de humor, ¿por qué no ayudarles a hacer un buen estofado de cerdo? Total, las patatas a lo pobre y la ropa vieja ya se nos dan de maravilla...

miércoles, 18 de enero de 2012

El juez

Asumo mi total ignorancia sobre temas jurídicos. Recuerdo que, en la universidad, estudié algo de Derecho Civil, algo de Administrativo, algo de Mercantil y bastante de Derecho de la información. Y recuerdo también que no me acuerdo de casi nada. Por eso, este juicio al juez, el trasiego mediático que se trae la actualidad con Baltasar Garzón, me produce un mucho de confusión, algo de indignación y un poquito de hastío. Pero, en mi ignorancia confesa, me siento incapaz de callarme mi opinión. Tal vez porque soy como los niños ésos que salen en los programas de la tele, que hablan de todo aunque no sepan de nada. Yo, más.
De siempre he sido muy fan de la separación de poderes. Creo que es algo necesario y fundamental en cualquier Estado de Derecho. Tal vez debido a ello no puedo dejar de contemplar con ridículo asombro esta especie de endogamia que se da entre poderes, cuando los políticos ejercen de jueces, los jueces de políticos y así sucesivamente.
Es lógico y natural que cada persona tenga sus ideas y su modo de proceder conforme a ellas. Sin embargo, en mi ingenuidad, opino que una cosa es practicarlas en privado y otra exponerlas en público cuando una de las condiciones del desempeño de tu oficio es la objetividad. No entiendo que haya tantas problemas con la sindicación de las fuerzas del orden y se consientan alegremente las asociaciones de jueces agrupados según ideología. Cada vez que las dos grandes fuerzas políticas se juegan a las damas la composición del Tribunal Constitucional se me ponen los pelos como escarpias: "ahora me toca poner a mi juez conservador, así que quitas al tuyo progresista". Cofieso que me daría repelús pensar, no que la persona que me juzga tiene una ideología determinada, sino que esté dispuesta a demostrarla en mis carnes. Ya digo que soy tirando a boba.
Respecto al juez Baltasar Garzón, todavía recuerdo que, en su día, me decepcionó bastante que se metiera en política. Lo que no quiere decir que no me sorprendiera. Según cuentan las malas lenguas, Garzón aceptó la propuesta de Felipe González de presentarse en las listas pensando que, en caso de ganar, le haría ministro de justicia. Ganó, pero se quedó sin premio. Mosqueado e, imagino que ninguneado, el bueno de Baltasar retomó su oficio. Supongo que esto será una práctica habitual, pero un profesional que deja la judicatura por la política, significándose en el camino, para luego volver a ejercer una labor de supuesta imparcialidad, me merece bastantes críticas y pocos halagos.
Aunque reconozco que cada uno puede hacer con su vida lo que quiera y tomar las decisiones que considere oportunas, se me nota demasiado que no me gustan nada los jueces estrellas. Me espanta, por ejemplo, el caso italiano, con magistrados que aceptan gustosos el papel de salvadores de la patria (véase el caso de Di Pietro, pro ejemplo). Y, sin embargo, reconozco empatizar mucho, muchísimo con las causas que defienden. Me pasó con el mencionado Di Pietro y me vuelve a ocurrir con Garzón. Asuntos tan sucios -diría incluso que depravados- como la trama Gürtel, el tema de la Memoria Histórica o el encausamiento de Pinochet, me convirtieron en defensora a ultranza de la gestión de Garzón, tal vez porque los malos eran tan malos que merecían, al menos, vivir ciertos instantes de incomodidad. Y así, a la vista de todos. Pero la cosa se ha enredado tanto que el tema de las causas contra el juez me da, sencillamente, dolor de cabeza.
Hace un tiempo, alguien vinculado al mundo judicial trataba de explicarme por qué estaba ocurriendo lo que ocurría con Baltasar Garzón y la visión que de él se tenía dentro de la judicatura. Sería incapaz de repetir lo que me contó, pero lo entendí perfectamente. En resumen, vino a decir que hubo procedimientos en los que se equivocó claramente; pero el problema no estriba tanto en errar sino en decidir si la magnitud de la equivocación merece esta especie de escarnio mediático al que se le está sometiendo. Aquí juzgamos todos: tribunal, políticos y público.
Es evidente que, a raíz de los coqueteos del magistrado con los socialistas, el empeño en escarbar en el asunto Gürtel hasta torpedear la línea de flotación del PP y otras acciones de semejante cariz, los populares se las tienen jurada al juez mediático. No les gusta un pelo el jienense y tampoco se molestan en ocultarlo. Quienes apoyan a Garzón, sobre todo movimientos relacionados con la izquierda y el antifranquismo, hablan de "linchamiento político". Es posible que se trate de un linchamiento, pero lo que es innegable es que todo este embrollo, lejos de ser un asunto judicial es única, expresa e irrefutablemente, un asunto político. Y tiene toda la pinta de que vamos a perder todos. Se siente...

martes, 17 de enero de 2012

Lío en Río

A punto de comenzar en España la edición número 13 de Gran Hermano, va Brig Brother Brasil y la monta. Literal y metafóricamente hablando. Y es que no se puede ser más oportuno ni planeándolo. Para quien el tema realities le traiga al pairo, aquí va un relato, muy resumido, de los hechos: según parece, tras un fiestón de los que suelen organizar las mentes pensantes detrás del programa con el fin de cocer a los concursantes y que éstos den rienda suelta a sus instintos de primates, surgió lo inevitable, definiendo como inevitable aquello que nunca se quiso evitar. Una de las chicas del concurso, Monique, con un pedo mayor que el de Alfredo, se fue a dormir la mona a un dormitorio conocido como La foresta. Ante la visión de la hembra indefensa, y animado por la conversión de agua en vino, la cosa selvática, la nocturnidad y la alevosía, uno de los habitantes, de nombre Daniel, decidió que ya era hora de echar un caliqueño, se tumbó al lado de la bella durmiente y comenzó a demostrarle quién era el príncipe. Así, sin más cuentos. Al parecer, la víctima no se enteró de la misa la media y, al día siguiente, contó en el confesionario que, quitando unos besos, ella no había sentido nada. No sé si esto es bueno o malo.
Todo ello es lo que pareció verse y lo que las cámaras han grabado en una especie de corto erótico que tampoco es un dechado de luces y color. Entre que lo que más se distingue es el verde de la colcha, que el muchacho ya es bastante oscuro de por sí y que los movimientos podrían indicar, yo que sé, desde un autohomenaje hasta una clase altruista de samba, el observador avispado se tiene que dejar llevar más por la suposición que por la evidencia. Y es que si esto es Gran Hermano, cae la noche, vamos como cubas, nos acostamos en la misma cama y seguimos cierto compás, amigos, las pruebas son las que son: ahí ha habido polvo.
La cosa empezó a tomar un cariz tétrico cuando al tal Daniel lo acusaron de violación. La policía entró en la casa en tromba y de Daniel ya solo se recuerda el nombre. Y yo me pregunto: si hay delito, ¿cómo es que los cámaras y todo el personal de guardia aquella noche en la casa de los horrores no se apresuró a socorrer a la inocente dama? Porque si somos testigos de una violación en vivo y en directo, lo lógico es, como mínimo, pedir ayuda. Y no precisamente al altísimo. Quiero suponer que nadie apareció en la casa armado con una faca toledana porque lo que veían no era lo que los demás creímos ver. Quizás jueguen con coordenadas que desconocemos. Eso en el mejor de los casos. En el peor, el supuesto de que fueran consentidores de un asalto sexual a mayor gloria de la audiencia, es como para apagar el ojo que todo lo ve y hacérselo encima... de la cámara.
En Twitter, el asunto ha suscitado un debate que ríase usted del de la nación. El aburrido personal está dividido entre los que piensan que, efectivamente, el acto es constitutivo de delito (la mayoría) y quienes opinan que esto fue una fiesta en la que dos jóvenes se pasaron de la raya y que, mientras la víctima no crea que ha habido una relación sexual no consentida, aquí Sodoma y después Gomorra. Los abogados de las causas perdidas, incluso, se han sacado de la manga una tercera vía: que al pobre Daniel le caerá encima todo el peso de la fama más chunga solo por ser el único mulato de la casa. Es curioso que esta razón se esgrima en un país como Brasil que, durante el siglo XIX y buena parte del XX, se esmeró en hacer creer a la comunidad internacional que jamás había probado la crudeza del racismo. Tanto intentaron predicar con el ejemplo que la UNESCO acudió presta a investigar semejante paraíso, solo para percatarse de que aquello se parecía más a un infierno de andar por casa. De hecho, hubo un tiempo en el que, si tú te declarabas blanco, eras blanco a todos los efectos así tuvieras la piel del color del carbón. No sé cómo estarán las cosas ahora, pero creo que, en el hipotético supuesto de que Obama hubiera nacido en Brasil, no sería considerado negro. Ahí lo dejo.
Entre sexismo, racismo y pasotismo, se nos va la vida contemplando la pantalla del televisión. No sé cómo andará de visitas en youtube el vídeo de autos, pero imagino que éstas deben de crecer a la velocidad de la luz. Y eso que la película no aguanta ni medio Goya: sin diálogo, sin acción, con una iluminación que da como grima, actores que pasan de todo y un argumento de cinta de Cinexin... así no se puede. Esperando a ver cómo resuelve la justicia el entuerto, si es que lo hace (yo abogaría por empapelar a los responsables de la edición carioca o multarles hasta que se les caiga el peluquín), nosotros esperamos nuestro Gran Hermano con fervor catódico. Mientras contamos los minutos, yo le recomendaría al personal que leyera, entre anuncio y anuncio, Crimen en directo, de Camilla Läckberg, donde el enredo televisado conduce al asesinato. Mucho más apasionante que ver si existe o no coyunda entre dos brasileños cuya aspiración es que la gente hable de ellos, aunque sea mal. Por cierto, enhorabuena, chavales.

lunes, 16 de enero de 2012

Lo negativo

Al parecer, últimamente no paro de dar noticias negativas. Pero juro por lo más sagrado (cada uno se entrega a los dioses que mejor le complacen) que yo no soy agorera de natural y es la sociedad la que me ha hecho así. Por mucho que intentemos ver lo bueno, encontrarle chispa a la vida y el esplendor a la hierba, leemos la prensa y se nos cae el alma al pinrel.
Cuando estudias periodismo, más tarde o más temprano te sueltan aquello de que "el que un perro muerda a un hombre no es noticia; lo noticiable sería que el hombre mordiera al perro". Ley de la selva aplicada a la cosa mediática. Y es que lo bueno (salvo excepciones), por mucho que nos empeñemos, no vende: lo que de verdad despierta al monstruo cotilla que llevamos dentro es lo malo, la desgracia ajena y, sobre todo, ver que hay otros en peor situación que la nuestra.
No digo yo que no nos alegremos de las buenas nuevas. Afortunadamente, todavía no hemos perdido del todo la empatía. Pero es innegable que la atracción por el lado oscuro de la información nos lleva alimentando el ADN desde hace siglos y, como diría un sesudo científico forense, ante el peso de la genética, solo queda doblegarse. Pongamos por ejemplo lo que ocurrió este fin de semana con el crucero que encalló en la costa italiana: si todo hubiese ido como la seda y el trasatlántico hubiera arribado a buen puerto, la mayoría, a día de hoy, desconoceríamos la existencia de dicho buque. Ningún periodista partiría la linotipia de su abuelo por contar el desembarco de los pasajeros sin mayor novedad en la pasarela. No obstante, un capitán papanatas y una tripulación que estaba allí para pasar el mocho a la pista de baile, han conseguido que la imagen de este finde sea la de un barco gigantesco, escorado cual Titanic sin Celine Dion amargándole la travesía.
Del mismo modo y por poner un ejemplo así, pegado a la actualidad, la reforma laboral que se avecina empieza a hacer correr ríos de tinta precisamente por eso, porque va a ser cuestión de susto o muerte. Y al igual que con la dichosa reforma, de la que ya hablaremos más adelante si Rajoy quiere, tres cuarto de lo mismo ocurre con medidas, sucesos, pérdidas de balón y otros líos del montón. No es que nos queramos recrear en lo negativo; es que nos lo ponen a huevo.
Varias personas que conozco suelen repetir cual letanía eso tan bello de "la vida puede ser maravillosa" (cortesía de Andrés Montes). Perfecto si no fuera porque entre "vida" y "maravillosa" se esconde el tiempo verbal "puede", equivalente a tal vez, quizás, a lo mejor, es posible que.... Yo "puedo" querer que mi existencia sea jauja y desear hasta con las fuerzas que me dejo cada día en los transbordos del Metro que todo sea paz, amor y la PS3 en el salón. Pero sería muy ingenua si creyera que la maravilla a la que estoy destinada no viene condicionada, en innumerables ocasiones, por factores externos que escapan a mi control. Una enfermedad, un zafarrancho económico, una derrota sentimental... cualquier cosa puede acabar atragantándonos el brunch. Y no pienso que nadie, salvo algún que otro tarado, vaya por la vida procurando que ésta sea la peor de las existencias posibles. Podemos intentar hacerles cosquillas a los demás, pero uno siempre quiere lo mejor para sí mismo.
Por eso opino que sí, que la vida puede ser maravillosa, pero que los verdaderamente maravillosos, sin condicional que lo impida, son los momentos y la gente con la que los compartimos. Es muy fatuo pretender que nuestro devenir se deslice por las sendas de la perfección y del placer; sería como sumergirnos en la irrealidad y quedar atrapados en el fabuloso mundo de Oz, sin más compañía que un peluche, un montón de heno y una aceitera. Pero en esos instantes de felicidad perecedera, incluso las malas noticias semejan banalidades. ¿El resto del tiempo? Algunos vivirán de rentas, añorando y recreándose en lo que pudo haber sido y no fue y otros, los más valientes, no se conformarán y saldrán a buscar más momentos felices. Que los encuentren es otra cosa, pero solo el hecho de perseguirlos es algo así como abordar los preparativos de un viaje: la antesala del placer, en ocasiones, resulta más satisfactoria que el placer mismo.

                                                                     Andrés Montes, in memoriam

domingo, 15 de enero de 2012

Desarreglando el mundo

Siempre me ha parecido que James Bond era un fraude. Primero, porque ser agente secreto, a mi parecer, implica un mucho de discreción y anonimato y este tipo, de discreto, tiene lo que yo de reina de la belleza. Segundo, porque sus oponente suelen ser mujeres de muy buen ver, lo cual incide en lo mismo: un pivón no pasa desapercibido tan fácilmente, ergo la cosa se complica cuando debe ir de "misiones". Y tercero, y no menos importante, el fin del mundo no se detiene a base de polvos, aunque a muchos ya les gustaría, ya.
Al margen de que a este hombre el sexo le pierde, he de decir que mi idea de lo que es un agente con licencia para matar (o, por lo menos, ahogar)  tiene que ver más con los alegres chavalotes de Standard&Poor's que con don 007 y sus artilugios para no ser visto (coches de supercilindrada; armas que se divisan desde el espacio exterior, etc). Me imagino a este puñado de expertos en economía jugándose a las cartas cuál es el país al que bajarán hoy la nota. Y si no lo hacen con el método de la brisca, seguro que no voy muy desencaminada.
Para empezar, el que una agencia de calificación, financiada con capital privado, decida sobre la economía de los países del mundo mundial sueña a chiste malo de los Morancos. No entiendo que creemos cosas tan absurdas como la ONU y no nos reunamos un día para fundar algo más serio, como una agencia de calificación neutral... en la medida de lo posible. Recordemos que los muy entendidos trabajadores de S&P fueron los mismos que, sin cortarse las venas ni nada, otorgaron la triple A (sí, las misma que acaban de quitar a Francia) a las famosas hipotecas basura que tanto dolor de páncreas nos han dado. Asimismo, esta sesuda agencia concedió la máxima calificación como país solvente a Islandia, justo al mismo tiempo que el país se declaraba en bancarrota. Pero eso no es todo, amigos: resulta que los propios países calificados son los que financian semejante invento del demonio, con lo que no quiero ni imaginar el capital que pueden mover los S&P bajo cuerda. Olé sus millones.
Otra banda de golfos apandadores, llena de personajes dignos de estudio, es Goldman Sachs, uno de los grupos de especulación más grandes del mundo. Sí, el mismo al que Michael Moore, en su película romántica Capitalismo: una historia de amor, acusa de crear y dirigir la crisis para beneficiar a los ricos y dar estopa a los pobres. Encantadores, los muchachos Goldman. Tanto que, por su buen criterio y mejor hacer, a día de hoy dominan el mundo. No voy a repasar la lista de los más avispados, porque, entre otras cosas, no me llegaría una vida, pero sí soltaré algunos nombres de ex trabajadores de Goldman Sachs que dirigen nuestros destinos con manos férreas y mucha vaselina. Tomad nota: William C. Dudley es ahora presidente de la Reserva Federal de Nueva York; Mark Petterson es Jefe de Personal del Departamento del Tesoro de Estados Unidos; Robert Hormas ejerce de Subsecretario de Estado de Economía, Negocios y Agricultura; Mario Draghi es presidente del Banco Central Europeo; Antonio Borges fue director del FMI en Europa hasta prácticamente antes de ayer;  Mario Monti es el primer ministro italiano y Lukás Papadimos, el primer ministro griego. Este último no trabajó directamente para Goldman Sachs, pero sí presidió el Banco Central de Grecia en la época en que los Goldman ayudaron al gobierno griego a falsear sus cuentas. Bonito y, sobre todo, muy honrado.
Total, que después de ver cómo se las gastan los agentes de verdad para arreglar el mundo, le he cogido un cariño inusitado a James Bond y esa manía suya de hacer el bien metiéndola donde le llaman. Vale, tengo el defecto congénito de que los hombres trajeados me parecen todos iguales (diferencio mejor a la población asiática), pero prometo hacer un esfuerzo y pillarle el punto. Todo con tal de no pensar más en las manos de quiénes estamos o, mejor, de quiénes nos han puesto. Eso sí es una auténtica pelo de terror.

Aquí dejo una canción para hacer un poco el bien. Por variar, más que nada.

sábado, 14 de enero de 2012

Y dale....

De todos es sabido que durante las fiestas navideñas se come mucho y se bebe más. Y que, a algunos, el colocón les dura ad eternum, sobre todo si lo mezclan con vino de misa (es de sobra conocido el mal maridaje que hacen los gin-tonics con el mistela). Supongo que el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, debe de encontrarse todavía en una situación bastante lamentable porque, si no, no se explica cómo ha podido decir tantas tontadas en tan poco tiempo.
Para empezar, el señor obispo se queja de que el cine, la televisión e, incluso, algunos textos de Secundaria, animan a los jóvenes a fornicar, entendiendo por fornicar un pecado de ésos, de los muy grandes. No digo yo que el cine y la televisión no provoquen ganas de echar un caliqueño, sobre todo por lo coñazo que son a veces (es lógico que, en horario de tarde, uno busque y encuentre mejores ejercicios que ver Sálvame), pero no se me ocurre ningún libro de texto que jalee a los estudiantes para que se froten ombligo con ombligo y pechito con pechito cual primates. Puede que la Educación a la Sexualidad contenga pasajes subidos se tono, pero no más que la Biblia, donde aquello era un auténtico relajo y había incesto, mujeres de mala vida y alguna que otra filia (cuando profundice en la historia de Noé y el arca os lo cuento).
Pero  si se refiere a los textos literarios que los estudiantes se ven obligados a leer, ahí le tengo que dar la razón. Recuerdo que en octavo de la entonces E.G.B, mi profesora de literatura en un colegio de monjas nos recomendó echar un vistazo al Decameron. Aquello sí eran fiestas y no las de fin de curso. Aunque, bueno, como todos los informes concluyen que en este país no se leen ni los nombres de las calles, Demetrio Fernández puede dormir tranquilo.
Insiste el obispo de Córdoba en darnos lecciones de sexualidad, haciendo hincapié en que los solteros no deben fornicar. Vaya por Dios. Si uno espera a pasar por el altar para poder meter algo más que miedo, lo mismo ni se le levanta y ya está el divorcio servido. No le arriendo yo la ganancia a los santos predicamentos de la Iglesia. Asimismo, Fernández, que debe de estar enganchado a las telenovelas como la vieja'l visillo, pone como ejemplo de virtudes a una candidata a Miss Venezuela que, por negarse a pasar por el catre, perdió toda aspiración al título. No digo yo que le falte razón en lo que señala, pero, vamos, una cosa es que no te quieras acostar con alguien por medrar y otra que no te quieras acostar con nadie, a secas. Y si lo haces porque sientes un placer perverso en mantener  el himen niquelado, vale, pero si tus empeños van dirigidos en alegrar a Dios y, de paso, contentar al obispo de Córdoba, lo mismo tienes que hacértelo mirar.
Insisto en que esta manía de la Iglesia por decirnos cómo debemos vivir es una especie de grano que nos ha salido en el culo. No sé cómo se ven capaces de soltar semejantes monsergas y sorprenderse de que, luego, la gente no les tome en serio. Amigos de la curia: nos recortan los sueldo, nos echan del trabajo, nos quitan los ahorros... ¿qué queréis? ¿que encima no follemos? Para algo que sale gratis (a la mayoría)...
Donaría mi última coca-cola a cambio de tener superpoderes y ver al señor Fernández en la intimidad o escudriñar su cabeza y comprobar cuánto tiempo dedica al día a reflexionar sobre el sexo, propio y ajeno. Me da a mí en la nariz que mucho. En parte porque es hombre y en parte porque... es como es. Pues nada, ánimo y a lo suyo. Y ojito con lo que uno se toma, que luego las resacas las carga el diablo...

viernes, 13 de enero de 2012

No me mires

No quepo en mí de gozo. Si tuviera que describir mi estado diría que me siento como Bob Esponja después de intercambiar fluidos con el gel Aloe Vera. ¿El motivo? Pues que me enterado de que agentes cibersecretos de Estados Unidos andan metiendo las narices en blogs que no les importan y, qué queréis, a una le ha dado por sentirse importante. ¿Y si se le han jugado a los chinos y les ha tocado vigilar con ojo de halcón este modesto blog? ¿Y si, ahora mismo, sin enterarme, soy sospechosa de subversión y me enchironan cuando me de por viajar a Miami para comprar un disfraz de enfermera despendolada en Collins Avenue? ¡Qué ilusión, madre mía!
Siempre hemos pensado que no somos nadie si no salimos en la tele. Voy a ir un pasito más allá y diré que tu vida vale lo que diez céntimos de euro si no logras que los americanos vengan y hagan una película sobre ella. Da igual que se te haya derretido el córtex cerebral opositado a santo o a asesino en serie; lo que importa es que haya mucha tensión sexual, una buena dosis de drama, gente que quiera ponerse en pelotas aunque al final no lo haga por el bien de la humanidad, espionaje, revelación de secretos y, a ser posible, un pollo de dos cabezas, que siempre queda muy mono. Hoy en día, lo cierto es que esto de ponernos a la CIA en el cogote en cuanto llamas a la puerta de google nos facilita mucho el otrora arduo camino hacia la fama.
La gloria está al alcance de cualquiera, porque no parece que haya detalle de nuestra miserable existencia que desconozca la autoridad competente. Nos controlan en el trabajo, en la escuela, cuando pagamos con tarjeta de crédito, cuando presentamos el documento de identidad electrónico, cuando chateamos... Por no hablar de esas tropemil cámaras, estratégicamente colocada en calles y callejones, que, según parece, velan por nuestra seguridad. El Gran Hermano nos advierte cuándo nos caduca la tarjeta de aparcamiento, en qué momento debemos vacunar a nuestros hijos y sabe si nos han operado de apendicitis en la más tierna infancia. Como para mentir en una entrevista de trabajo. Con semejante panorama, no me extraña que algunos no puedan ni ligar: por mucho que quieras exagerar ciertos aspectos de tu vida (tu "amistad" con Cristiano Ronaldo; el primo segundo ése que tienes viviendo en las Barbados...), al día siguiente, el objeto de tu deseo entra en Internet y se te cae el teatrito. Si es que ya no nos dejan ni exagerar. Con lo que nos gusta a los españoles cargar las tintas...
Me parece bien el que a Estados Unidos le apetezca saber con quién nos cruzamos emails. Tan bien como les tiene que sentar a ellos el que se la metamos doblada. Porque, señores míos: con toda su tecnología, trajes de Armani y gafas RayBan, les recuerdo que Wikileaks, una red de amiguetes con muchas ganas de fastidiar, les dejó con el culo al aire hasta hace bien poco. Y que hubo que recurrir a cuestionamientos éticos, maniobras jurídicas y sobornos mediáticos para que la lengua viperina de los wikis no llenara de mierda el Capitolio. Lo mismo se puede decir de otras actividades sociales que surgieron cuando quienes nos espían estaban a sus cosas: contemplando la final de la Super Bowl o entusiasmándose con las minifaldas de las chicas de Gossip Girl. Si no, no se explica cómo estos señores y sus colegas de la TIA no supieron prever, por ejemplo, el asunto 15M. Vale, todos hemos salvado los muebles tildando al movimiento de "espontáneo", pero es que ningún movimiento social es espontáneo. Nadie va con dos amigos, se pone a gritar en una esquina, a los cinco minutos se le suma una muchedumbre y juntos toman la Bastilla y decapitan al rey. Detrás de toda acción social hay una organización que, ya sea a la luz del día, o de forma soterrada, ha trabajado durante tiempo en pro de unos objetivos.
Hace poco más de dos años, un sociólogo español predijo que algo fuerte se estaba cociendo en España. Que, a pesar del inmovilismo que se nos achacaba, la tradición del movimiento okupa y el éxito de ciertos grupos antiglobalización, emprendiendo acciones incluso en el extranjero, presagiaban que un fuerte acontecimiento social estaba a punto de producirse. Y no creo que este hombre haya sido bendecido por el noble arte de la videncia. Tan solo observó y vio lo que otros, con toda su tecnología, sus infiltrados y su soberbia no pudieron, ya no ver, que a lo mejor sí, sino medir.
Así que, amigos, está claro que, por muchos que nos observen, como dicen en México, "caras vemos, corazones no sabemos", y que todos tenemos derecho a ser tan apocados en público como subversivos en la intimidad. Que espíen, que controlen, que acechen... ellos en su papel de Mortadelo y Filemón con trajes de Milano (perdón, señor Camps) y nosotros  a lo nuestro. En este Matrix de andar por casa todos somos Neo.
Y, aprovechando que todavía no me ven y que aún (creo) no soy una "sujeta" peligrosa, como diría Bibiana Aído, a los vigilantes que hurgan en nuestras privacidad mi más espléndido y cariñoso... corte de mangas.

jueves, 12 de enero de 2012

Intocables

Hay cosas que conviene no tocar, al margen de las narices y los huevos. Pero esta verdad verdadera no nos impide hacerlo, sino todo lo contrario. Desde que somos pequeños es oír "¡no toques eso!" y correr a manosearlo, sobarlo y lamerlo si es preciso. Se trata de un impulso irreflenable, una atracción secreta y misteriosa que nos conduce hacia lo prohibido cual coyote tras el correcaminos. Incluso, ya de mayores y curtidos en mil botellones, impedirnos el acceso a algo lo convierte en deseo irrefrenable, por cuya realización no nos importaría nada deshacernos de lealtadas y fidelidades. Como diría Oscar Wilde, "logro resistirlo todo, salvo la tentación".
Será por eso que no hay nada más goloso para determinados gobiernos que meter mano en aquello que les es ajeno. Y ya no me refiero solo a que pertenezca a otros, sino a que les resulte extraño o, incluso, estrafalario a nivel social y cultural. Ha ocurrido desde siempre, sobre todo cuando un país emprendía la conquista de otro, con el objetivo de adherir territorios a la causa y someter a la población autóctona. Todos hemos estudiado la colonización en el colegio y los desmanes que se cometieron en aras de la ambición y el poderío económico. También somos conscientes de lo que costó, sobre todo en algunos países de América, llegar a un consenso jurídico, social y político que permitiera la convivencia pacífica de diferentes comunidades. En ocasiones, los conflictos entre los distintos grupos con costumbres opuestas han tardado siglos en recomponerse (muchas constituciones mediante) y hay todavía lugares en los que los problemas subyacen o, directamente, son objeto de debate político, cuando no de desorden social.
Digo esto porque, allá en México, en la zona minera de San Luis de Potosí, existe un lugar sagrado llamado Wirikuta. Se trata de un enclave mágico para los indios wixárika, a donde acuden en peregrinación al menos dos veces al año, que alberga su planta sagrada, el híkuri (peyote para los amigos) y en el que, según sus tradiciones, se originó el sol. Wirikuta es un área natural de más de 140.000 hectáreas protegida desde el año 1994. Con dicha protección se garantizaba que no sería urbanizada, ni explotada, ni entregada a intereses espúreos. Tal voluntad se reafirmó en un nuevo tratado de 2008, el mismo que el gobierno mexicano, con Felipe Calderón a la cabeza, se pasa hoy por los bigotes.
La excusa para saltarse a la torera el chorreo legal es tan encomiable como la que esgrimieron en su día los gobiernos autoómicos en su esfuerzo por cargarse el litoral español: el bienestar general. Entendiendo por bienestar general untarse de millones y dar trabajo a un montón de paisanos que, visto lo visto, seguro que hoy estarán manga por hombro, pero mañana.... ay, mañana... En el caso mexicano, las autoridades han otorgado nada más y nada menos que 22 concesiones a la empresa minera canadiense Firs Majestic Silver, que ya se encuentra sacando brillo a la tuneladora para poner en marcha un buen puñado de minas de oro y plata en la zona. Está claro que a los indios, esto de tener materiales preciosos, siempre les ha perjudicado seriamente la salud.
Va en serio. A poco que hayamos visto alguna película de ésas que echan los domingos por la tarde con tintes pseudoecologistas, sabremos que uno de los daños colaterales de las modernas explotaciones mineras es la contaminación del agua debido a los residuos químicos provenientes de la industria extractiva. Entre ellos, el cianuro, que tanto le gustaba a Agatha Chritie para alegrar las cenas de sus novelas.
Yo me pregunto qué diría Calderón, ese señor tan campechano, y los suyos si, de pronto, Rajoy le propone, ya no cavar un cementerio nuclear en Cuernavaca, sino poner un Cien Montaditos en el altar de la basílica de Guadalupe. Hubiéramos dado salida a todos esas bombas racimo que algún ministro español tal vez guarde en el aparador del salón. Y tampoco creo capaz a Calderón de sugerir, qué se yo, montar una destilería de tequila en La Meca. Sin embargo, aquí lo tenemos, profanando lugares sagrados y subyugado ante el fortunón que le ha plantado encima de la mesa el amigo canadiense.
En mi inocencia, creo que antes que el negocio está el respeto. Y me parece indigno que el máximo dirigente de un país muestre tan poco aprecio hacia las costumbres, seculares y plenamente aceptadas, de una parte de su pueblo. ¿Qué hubiera hecho si, en lugar de india, Wirikuta hubiera sido una comunidad judía o musulmana? ¿Se hubiera achicado? Probablemente. Pero no lo es, y esta costumbre de "dejamos a los indios a su bola mientras no nos toquen los tambores"es muy hipócrita. Porque a los indios los tambores les gustan de siempre y, sobre todo, porque hay cosas que son, sencillamente, innegociables.

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