martes, 31 de julio de 2012

Ataque alienígena

Aunque a este lado del mundo continuamos viviendo precariamente y al borde del susto o la muerte, al otro lado, entre México y Canadá, están ya jugándose los cuartos de la carrera electoral, la que va a decidir si Obama continúa en su puesto de mandamás universal (con permiso de los chinos) o sube Mitt Romney, el flamante candidato del partido republicano que, así, mirando muy de cerca la bola de cristal, tiene todas las de perder.
Mientras ambos se dedican a hacer promesas y declaraciones, a cada cual más peregrina, y Michelle Obama continúa declarando su amor por los deportes allá donde le lleve la delegación olímpica estadounidense, las empresas de encuestas y sondeos se tienen que ganar el pan, así que se han puesto a echar los restos como si se jugaran el oro. Gracias a semejante esfuerzo nos hemos enterado de que, preguntados los estadounidense en cuál de los dos candidatos confiaría si la nación llegara a ser víctima de un ataque extraterrestre, el pueblo se ha inclinado mayoritariamente por Obama, a quien se reconoce que le ven más arrestos a la hora de enfrentarse a hombres verdes. Eso o que le notan más en forma que a Romney, que seguro tiene un buen saque en bodas, bautizos y comuniones pero poco aguante corriendo los 1.500.
Lo extraño no es que Obama haya ganado la contienda por varios cuerpos de diferencia; lo verdaderamente  extravagante es la pregunta en sí. No me imagino lo que pasaría si un español, paseando por la puerta del Sol, se topa con un señor con gafas que le pregunta quién cree que le salvaría más y mejor de una invasión alienígena, Rajoy o Rubalcaba. Probablemente diría que Jorge Javier Vázquez que, por los menos, los mantendría a todos entretenidos contándoles quién es quién  en nuestro mundo del corazón mientras los demás corremos a apurar la última cerveza en un bareto de muerte. Diñarla con la españolidad puesta, que le dicen.
Pero se ve que los norteamericanos creen a pies juntillas que alguien vendrá que les aniquilará. Todas esas películas sobre invasiones extraterrestres con resultado de muerte han calado hondo en la imaginación popular. Estoy segura de que los ciudadanos del país de las barras y estrellas viven convencidos de que los marcianos están entre nosotros y, no me extraña, porque visto lo peculiares que pueden ser algunos de sus compatriotas (basta echar un vistazo a la televisión USA o mirarle a los ojos a Sarah Palin para darse cuenta), no seré yo quien les reproche creer que, cualquier día de estos, nos roza un meteorito tan cerca que nos deja el flequillo al bies y se lleva a Totó muy lejos de Kansas.
Personalmente, me resulta un poco desmedido pensar que, en algún lugar de ésta u otra galaxia, un grupo de desarrapados, tecnológicamente muy eficientes, está preparando un ataque contra la Tierra. Más que nada porque aquí no hay donde rascar. El mayor enemigo del planeta somos nosotros mismos, que cada hora que pasa esquilmamos más y mejor. No necesitamos que vengan platillos voladores a acabar con lo que tenemos; en menos tiempo somos capaces de destruirlo todo con la mayor eficacia posible. Por eso, el tema extraterrestre me parece una historieta muy bonita para meter miedo y otorgar la confianza a un salvador de la patria que, en caso de apariciones extraplanetarias, sabría perfectamente dónde está el botón rojo. Aunque mucho me temo que si algún marciano se acercara por aquí, simplemente para ojear el panorama y ligar en algún club de carretera, los que nos gobiernan serían los primeros en meterse en su búnker y abandonarnos a nuestra negra suerte.
No creo que nosotros lo veamos, pero se conoce que los americanos sí, y por eso han decidido confiar en Obama y mandar a Romney a hacer ejercicios espirituales. Yo de él me pondría desde ya a manejar pistolas de agua y entregar mi vida a un maestro del kung fu, porque si confía en las historias de Hollywood, le quedan dos telediarios. Y es que nos acaban de rebelar que ningún humano sobreviviría disparando las armas de los Hombres de Negro (no hace falta tener un enemigo en frente, darle al gatillo y soltar esas miríada de protones ya mata necesariamente) ni conservaría la vista tras manejar un sable de luz como el que esgrime Luke Skywalker en Star Wars. Así que, compañeros, solo nos quedan los elementos conocidos: tirachinas, sartenes y cuchillos jamoneros. Y si no, siempre podremos sacar de la chistera el plan B: matarlos de aburrimiento. Seguro que se nos da hasta bien.

lunes, 30 de julio de 2012

Retrosexual

Congratulémonos. Todos aquellos a los que nos gusta el hombre, hombre, como diría Gallardón, ése con pelo en pecho y personalidad en vena, estamos de enhorabuena. Entre tanta mala noticia que nos acosa, la vuelta del retrosexual ha sido como ver el arco iris y vislumbrar allá, al fondo, la olla llena de monedas de oro.
Porque si hacemos caso a la información aparecida este fin de semana, dejamos atrás al metrosexual, al ñoñosexual y al asexual para dar la bienvenida al hombre de las cavernas, con aspecto así, como de muy macho, pero bien dotado... de cultura y carácter, me refiero. Un tipo duro en la superficie, aunque con un gran corazón en el fondo, algo que gusta a las mujeres desde antes incluso de que espachurraran la manzana y aprendieran a hacer sidra.
Como ejemplo de semejante diagnóstico, se citan dos nombres, el de Sébastian Chabal, jugador francés de rugby (quien aun no lo conozca que pregunte al sr. Google, porque el tipo no tiene desperdicio) y a Jason Momoa, el actor hawaiano que interpreta a Khal Drogo en Juego de tronos y que, si en la serie está estupendo, así, con vaqueros y camiseta está como para morir por él. A semejante par de ases añadiría un tercer hombre barbado, Christian Göran, el modelo que salía en el anuncio de Trivago y que, por más que le miro y le remiro, no le veo ningún pero. Seguro que necesito mirarle otro poco...
En fin, que una se alegra de que florezcan las melenas, las largas barbas y los machotes de manual, porque desde pequeña me han atraído ese tipo de hombres a pesar de que, en los cuentos, el príncipe azul siempre se aparecía atildado y barbilampiño. Será por eso que no simpatizo demasiado con la monarquía y soy más de Callejeros que de Corazón de verano, invierno o primavera. Para mí, hasta los menos agraciados ganan empaque en cuanto se dejan barba de dos días y amañan un aire descuidado, como de cantautor pasado de rosca. No sé de dónde me vienen semejantes gustos, aunque imagino que del mismo lugar que me lleva a aborrecer profundamente los uniformes, desde el traje de marinero al chándal olímpico. Sobre todo el chándal olímpico.
Y, sin embargo, aunque mis días y noches se hayan llenado de felicidad viendo a estos hombres desfilar por nuestro imaginario, me temo que su reino no es de este mundo y, como tal, pronto volverán a las cavernas de las que han salido para mayor gloria de quienes tenemos ese concepto "desviado" de la belleza. Y lo digo con conocimiento de causa, porque en un mundo mercantilista como el que vivimos, un hombre al que no se le pueden vender cuchillas de afeitar, cremas depilatorias, sérums antiarrugas, trajes de marca, bolsos de ídem o bonos para spas no tiene sitio en la tierra prometida. El metrosexual fue un invento maravilloso, que después de agenciarse un par de abanderados, creó un imperio y, de paso, individuos que tardaban más en arreglarse que una top model antes de una sesión de portada. Nadie va a renunciar ahora a esa parte del pastel y dejar de lado las cremas para concentrarse en el champú de caballo y el jabón Lagarto.
Estos hombretones fugaces ni se pintan las uñas ni maldita la falta que les hace. Y, sin embargo, no creo que ninguno descuide su físico, porque, de una forma u otra, todos viven de él. No obstante, es la imagen que proyectan lo que hace pupa al mercado, que si ya viene enfermo de serie, no va ahora a enaltecer la cana pudiendo honrar a la mecha.
Así que mucho me temo que la gente rara como yo, a quienes los cambios de look de David Beckham o Justin Bieber les traen a la fresca, va a disfrutar muy poco de su momento de pasión. El tiempo que Chabal tarde en hacerse un par de carreras y Momoa en asaetar unos cuantos enemigos, que para eso les pagan. Y en cuanto veamos sus barbas pelar, que los machos del mundo pongan las suyas a remojar... con champú y acondicionador, por supuesto. Y que, por favor, nunca se olviden del sagrado mantra: "donde hay pelo hay alegría".

domingo, 29 de julio de 2012

Ceremonias

Lo confieso: soy de lágrima fácil en las ceremonias. Es ponerme en medio de un evento tan glamuroso como ponderoso y salirme la llorera ridícula que acompaña a todos aquellos a quienes el sentimentalismo les lleva por el camino de la perdición. Me pasa con cualquier tontada menos con las bodas, que me producen una sensación extraña, entre el cabreo y la pena. No es que sienta envidia de la novia, y menos aún del novio: es que esta cosa de sellar el amor ante terceros me produce una sensación de fatalismo total y, como es algo que llevo arrastras desde pequeña, he decidido que va siendo hora de dejar de luchar contra él y resignarme a que, me ponga como me ponga, las bodas y una servidora no casan bien.
Pero como en el resto de las ceremonias mantengo tanto la cordura como la compostura, intento abstraerme de presenciarlas, no vaya a ser que empiece a soltar el lagrimón en el momento menos apropiado. Por esa razón decidí pasar de ver la apertura de los Juegos Olímpicos de Londres, para evitar que contemplando a Pau Gasol me entraran unas ganas incontrolables de regar Murcia o acabar con la sequía del Sáhara. Mi momento ñoño está siempre ahí, esperando con la bandera baja, para dejarme quedar en muy mal lugar y no concederme ni tan siquiera diploma olímpico.
Aun así, por mucho que una quiere hacer como si las cosas no suceden, todo ocurre y fue poner la tele al día siguiente y empezar a recibir petardazos de información: niños, Voldemort, más niños, Mary Poppins, enfermeras, niños otra vez, James Dean, James Bond... Aquello era un no parar de mitos del pueblo. Todo el que ha sido alguien en la Gran Bretaña tuvo su sitio en la ceremonia, incluida la reina, convertida por una noche en chica Bond.
He de decir que a mí, semejantes lugares del imaginario común del Reino Unido (con permiso de Gales, Escocia e Irlanda, que no sé qué opinarán de que los metan a todos en el mismo saco) me resultan mucho más cercanos que, por ejemplo, la escenografía de la penúltima inauguración de los Juegos Olímpicos en Pekín. A esta servidora, por mucho que todo el mundo se deshiciera en alabanzas hacia el milagro asiático, le pareció como si alguien hubiera puesto fuegos artificiales en un enorme bazar chino, esperando a que salieran escopetados el gato de la suerte, la muñeca con purpurina y un ejército de Kens vestidos de lagarterana. Después de presenciar aquel alarde de luces y color, la cosa británica, con niños, historietas, películas, famosos y coreografías, me resultó más parejo a los gustos occidentales, como una representación de fin de curso del cole, pero a lo grande, y con todos los medios del mundo compinchados para convertir el evento en una invocación al sentimentalismo universal.
No quiero pensar lo que ocurriría si esto mismo pasa en el Madrid que nos alumbra y tenemos que montar un fiestón en el Bernabéu o en la Peineta. Tal y como está el sentimiento español y lo modernos que parecemos, imagino que no faltaría el número zarzuelero, Los del Río y Siempre Así cantando unas sevillanas a la amistad, proyecciones de toros y monumentos nacionales y Julio Iglesias entonando un himno ad hoc mientras Norma Duval se descoyunta sobre el escenario vestida de Power Ranger versión porno. Porque, visto lo que ha pasado con el uniforme olímpico (a estas alturas nuestros deportistas no han ganado ni a la brisca, imagino porque les da reparo subir al podium de tal guisa) supongo que la escenografía estaría a la altura de semejante dechado de buen gusto y elegancia, con recreaciones de La cabina (un clásico que nunca falla) y Los Bingueros, y con Santiago Segura, convenientemente caracterizado de Torrente, acudiendo a buscar a nuestro monarca al palacio de la Zarzuela en un Seat Panda, de ésos que llevan el elefante de peluche en el salpicadero. Todo, por supuesto, bien orquestado y dirigido por Juan Antonio Muñoz, el ex compañero de José Mota en Cruz y Raya, que tendría el buen ojo de contratar a Chiquito de la Calzada para tocar el bombo en una orquesta dirigida por Luis Cobos, mientras repasa en flashback sus grandes éxitos cinematográficos (Aquí llega Condemor, Brácula...) y los músicos dan lo mejor de sí mismos en una versión con castañuelas del We are the Champions.
Solo de imaginarlo se me ponen los pelos como escarpias. Será por la sobredosis de alegría. Y estoy segura de que todos mis compatriotas que lean esto soltarán la lágrima en cuanto les llegue una noticia sobre Madrid ciudad olímpica y piensen en las innumerables sorpresas que guardan nuestras autoridades bajo la manga. ¡Así que a llorar, amiguetes! De emoción, lógicamente...

viernes, 27 de julio de 2012

Con pasta y a lo loco


Acabo de leer en El Mundo el supertitular: alguien se ha sacado de la chistera un invento que une a personas adineradas con otras muy guapas para montar un viaje juntos o montárselo en un viaje a medias, que no es lo mismo aunque tal vez sí. Por lo que mis cortas miras han entendido, aquellos sobrados de pasta y aburrimiento costean los gastos de quienes han sido bendecidos por los dones de la belleza, y aquí paz y, por la noche, mucha gloria.
No seré yo quien ponga en solfa negocios ajenos ni ideas brillantes, pero la verdad es que esto de las uniones de conveniencia es más viejo que la tos, aunque quizás nadie lo había patentado con tanto tino. Es como cuando crees que se te ha ocurrido la idea del millón para darte cuenta inmediatamente después, y leyendo la hoja parroquial o el Calendario Zaragozano, que alguien había parido la misma ocurrencia y, encima, la había registrado. Perro mundo.
El maridaje entre ricos y guapos ha sido una constante atemporal, sobre todo porque cuando uno tiene posibles, se lo gasta en comprar cosas bonitas, ya sean animadas o inanimadas. No digo yo que los sentimientos jueguen su papel, aunque sea secundario, pero se trata más bien de la cosificación de la persona, en el sentido de “te lo daré todo mientras estés a mi lado”. O, como algunas madres superfeministas y supermodernas aconsejan aún hoy a sus amadas hijas: “tú caza un marido rico y luego ya veremos”. Su futuro yerno tiene que ser pudiente; poco importa que luego luzca careto y modales de horco y le huelan los pies. El euro es el euro y la cosa está muy malita.
La web que une a viajeros pudientes con damiselas de buen ver (hago esta separación de sexos porque es la más común, aunque no faltan las mujeres ricas en busca de efebos que les expliquen la teoría del Bosón de Higgs al amanecer) la ha montado un tal Brandon Wade, que no puede presumir de ser un adonis precisamente, pero sí de contar con unos negocios y saldo bancaria la mar de boyantes. Se ve que el tipo se basó en su propia experiencia y decidió que sus millones bien valían un risa o dos. Y lo ha hecho con mucho tiento, porque, para evitar la acusación de fomentar la prostitución (malpensado, que sois unos malpensados), él solo gestiona los encuentros de los viajeros, nada acerca de que uno pueda cobrar por otros servicios que no sean la amable compañía y la conversación ingeniosa.
Con semejantes facilidades, si los guapos del mundo no encuentran pareja es porque no quieren. Entre Internet y equipos de fútbol, el mundo es un gran océano en el que apenas necesitas lanzar el anzuelo para pescar las mejores presas. Luego, allá cada uno con sus escrúpulos para ver si se come el cuerpo, la cabeza o las dos. Todo depende del hambre, imagino.
Y, mientras unos se entretienen pescándose y “pecándose” mutuamente, los que no somos ricachones ni deslumbramos al personal con nuestra imperecedera belleza, aquí estamos, viendo cómo las roscas las devoran otros y pensando dónde ha quedado el amor fou por las cualidades internas del individuo. No es que nadie nos entienda; es que nadie nos ve. Ayyyy…


miércoles, 25 de julio de 2012

Y punto.

A veces, cuando te encuentras por ahí con gente a la que le encanta dictar sentencia acerca de todo, una se pregunta para qué se esmera en empaparse de información. Los que somos curiosos (no confundir con cotillas) porque la naturaleza nos ha hecho así, tenemos siempre un ojo delante y otro detrás que, de vez en cuando, mira hacia los lados. Nos gusta leer, cotejar opiniones, saber por qué suceden las cosas... Si no nos sentimos capaces de argumentar acerca de algo corremos a informarnos para tener, al menos, una noción genérica del asunto. Y tampoco se nos caen los anillos ni se nos ensucian los pinreles por preguntar o reconocer que somos absolutamente ignorantes en ciertas materias.
Por ello, cuando te encuentras con esta gente cuadriculada que todo lo soluciona con un "¡esto es así! ¡Y punto!" nos quedamos perplejos y no sabemos reaccionar, porque convencer al contrario a través de la imposición ilógica siempre nos ha parecido recurso de los muy tontos. Cuando te dicen eso de "¡Y punto!", te dan ganas de soltarle un "no, mejor punto y coma. Uy, perdón, que a lo mejor usted no sabe cómo se emplea tan elegante signo". Y quedarte tan ancho. O ancha que, para el caso, da igual.
Es muy difícil convencer a quien no tiene argumentos. Su temor a verse vencido en el duelo dialéctico le lleva a dictar sentencia y esperar que, por el propio peso de la misma, te hayas quedado entre k.o y desfallecido. Y sí, k.o te quedas, pero de la sorpresa que te produce oír semejantes memeces en boca de un ser pensante. Por ejemplo, cada vez que intento entender cómo funciona nuestra sexy y lozana prima de riesgo, me encuentro con foros en los que personajes de mucha raigambre intelectual e inmensa capacidad lógica reducen todo a un "la culpa es de Zapatero". Por muy manida que sea la expresión, al parecer, resume el sentir de todo un colectivo que, como ya tiene el pecador, no se esmera en saber ni la razón del pecado ni su penitencia. Y encima es difícil disentir, porque la culpa sí es de Zapatero, como antes lo fue de Aznar y ahora también de Rajoy. Y de muchos otros, añado. Así de simple les resulta la vida a algunos, amiguitos.
El tener cierta cultura en estos tiempos no es ninguna ganga, porque mientras tú intentas remontarte a los fundamentos del capitalismo, la crisis de los años 20, la creación de las Cajas de Ahorros etc para explicar lo que a todos nos parece inexplicable, el de enfrente te suelta un "esto no pasaría si Franco estuviera vivo" y te quedas bastante perjudicado. Es en esos momentos cuando te gustaría retirarte a un monasterio de las Alpujarras y ensayar cantos gregorianos hasta que el sol se ponga o reviente que, al paso que vamos, ocurrirá en cualquier momento.
Quieres hacer acopio de conversaciones interesantes, argumentos prometedores... y enciendes la tele y ves que el discurso más habitual es ése tan gracioso y chispeante de "coños, tetas y pollas". Tras semejante exhibición de vocabulario, te vas al baño y tiras por el retrete las obras completas de Garcilaso de la Vega. O de Zipi y Zape porque, al parecer, muchos se quedaron en los fundamentos más primarios del pollito Pito.
Yo no suelo tener enfrentamientos dialécticos con gente incapaz de convencerme. Sobre todo porque sé que tampoco podré convencerla a ella y, para eso, mejor no perder el tiempo y ocuparlo en cosas mucho más productivas como hacerme las uñas o pensar a qué huelen las nubes. Pero solucionar los problemas con un "porque yo lo digo", tomando decisiones unilaterales que cortan de raíz cualquier intento de arreglo o es de cobardes, o de niñatos o de gente con educación muy discutible. O de los tres. Y sé de lo que hablo porque en mi familia tuve durante muchos años a alguien que todo lo arreglaba con el "y punto". Más bien lo desarreglaba, porque las ganas que te entraban de declararle tu amor al más puro estilo Corleone eran tan inmensas como abrasadoras.
Las conversaciones no siempre tienen que ser interesantes. Lo habitual es que sean un mero instrumento de socialización. Pero aquellas personas que emplean las reflexiones irreflexivas de otro para alicatar un encefalograma plano no es que conversen, es que, directamente, insultan nuestra inteligencia. Y, sin embargo, ahí las tienes, triunfando a todos los niveles públicos, presumiendo de ignorancia supina y modales arrabaleros. Suyo es el poder y la gloria y solo nos queda la esperanza de que si se arrejuntan unos con otros como es su objetivo vital, no procreen, porque entonces sus hijos seguro que dominarán el mundo. Y punto.

martes, 24 de julio de 2012

Sheldon Cooper

De todos los personajes surgido en el universo televisivo, uno de mis preferidos (con permiso del inimitable Barney de Cómo conocí a vuestra madre) es Sheldon Cooper. Sí, ese tipo tan raro que protagoniza la serie The Big Bang Theory.
Para empezar, Sheldon es un friky (voy a aprovechar que la Academia que limpia, brilla y da esplendor ha autorizado el palabro para soltarlo con alegría). Aun carente de las emociones que a todos nos embargan, resulta entrañable precisamente por eso, por lo raro y nerd que se manifiesta. Es maniático y tiene una tremenda inteligencia teórica que, al parecer, no le ha dejado espacio útil para desarrollar una mínima inteligencia emocional capaz de conseguir integrarle en este planeta. La exageración de todas sus extravangancia ha sido llevada al límite por los guionistas y, sin embargo, nos engancha con sus guiños y porque, en el fondo, todos querríamos poder ser él durante unas horas y decir solo lo que pensamos (cada uno que reflexione sobre la burrada que más le traumatice) sin que los demás nos lo tengan en cuenta ni nos guarden rencor.
Sheldon domina el idioma Klingon, que no sirve absolutamente para nada, pero queda pintón en las convenciones trekkies y en las páginas de Google. Tiene su sitio preferido del sofá, no por motivos sentimentales, sino porque ha estudiado las combinaciones físicas que lo convierten en el lugar perfecto donde asentar posedares durante el verano, el invierno y una reunión de amigos. Le gusta Star Wars y aborrece Babylon 5 (al igual que una servidora; muy majo el chaval) y, cuando está enfadado con alguien, se pone el casco de Darth Vader e intenta estrangularle con la Fuerza. Mira, eso no lo he probado; lo del casco, digo, porque lo de intentar estrangular a alguien con la Fuerza galáctica juro que no da resultado. A lo mejor es porque me acompaña poco.
Sheldon odia a Apple, posicionándose en contra de todos aquellos que consideran a Windows y, por ende a Bill Gates, la encarnación del anticristo. No le importa ir a destiempo porque los tiempos que rigen las emociones humanas se la traen, directamente, al pairo. Para él la única verdad verdadera se esconde en la ciencia y la psicología constituye una falacia patrimonio de los débiles, argumento éste que compartiría una parte nada desdeñable de la población.
Sheldon es una especie de robot muy animado que viene con trastorno obsesivo-compulsivo de serie. Si no fuera por ello y por el tufo a Síndrome de Asperger que siempre la acompaña, sería un tipo magnífico, incapaz de perderse en vericuetos sentimentales a sabiendas de que su razón le dicta siempre la última palabra. Aunque nunca la que los demás esperan oír. El mundo sería más fácil sin que el corazón se batiera en duelo con la cabeza, aunque, claro, también bastante más tedioso...
Sheldon no entiende el sarcasmo... y gran parte de la "gente normal" tampoco. De hecho, alguien decía que la inteligencia de un individuo se mide por su capacidad para practicar y captar la ironía y el sarcasmo. Sin embargo, Sheldon posee un cociente intelectual de 187 y dos doctorados pero, claro, hablamos de un personaje de ficción que, a pesar de sus talentos, sería incapaz de enfrentarse a los piratas que surcan nuestras mareas económicas.
Sheldon quiere a su modo, pero también odia a su manera. Va apuntando las decepciones de la gente y, cuando llegan al tope, los elimina de su lista de afines. Luego les obliga a pasar una prueba para enmendarse. Grandísima idea, por cierto. Todos desearíamos mandar a tomar viento a algún que otro indivdiuo y exigirle luego que pasara una reválida para demostrar que lo suyo es manifiestamente mejorable. Mmmm.... Voy a darle unas vueltas.
En el fondo, Sheldon es un tipo al que envidiar, porque no se complica la vida, no se pierde en decepciones sentimentales, discrimina la realidad y pasa de las variables emocionales que condicionan la existencia de cualquiera de nosotros. Lástima que lo mismo que le enaltece le convierte en un tipo aburrido y hasta odioso, al que ninguno soportaríamos como compañero de trabajo ni, mucho menos, amigo. Nuestros más cercanos son siempre espejos en los que mirarnos, que nos devuelven la mejor o peor imágen de nostros mismos. Comparado con ellos Sheldon sería, directamente, un cuadro de Picasso pasado por la Termomix. Pero, claro, se trata de un invento televisivo que queda muy bien en la pantalla y que jamás va a salir de la ídem para fastidarnos la vida y recortarnos la dignidad. No como otros que, aun siendo también bastante raros de forma natural, a veces se cubren con una pátina de normalidad dando ruedas de prensa y desgañitándose en los palcos de los estadios cuando juega la selección.
Sheldon nos atrae porque es insufrible y esperpéntico, pero no nos hace pupa. Igual que Darth Vader. Tal vez por eso a los dos les he cogido cariño. Voy a tener que hacérmelo mirar...

lunes, 23 de julio de 2012

No es país para mujeres

El desánimo es una emoción que se contagia y se extiende a la velocidad del virus más peligroso. Cada mañana, los españoles nos despertamos con una sensación de vacío infinito, caminando a paso firme hasta el precipicio al borde del acantilado. Todos vivimos en un ay, preocupados por el futuro y mirando hacia un pasado que tal vez no fuera mejor, pero que desde donde estamos sí nos lo parece. Y gracias a los fueres y haberes del Ministro de Justicia, las mujeres de este país nos sentimos más traicionadas y apaleadas cada día que pasa, como si el hacha de la violencia justiciera nos fuera cercenando poco a poco.
Cuando tenemos que soportar y enfrentar la violencia doméstica y sus consecuencias en las generaciones que conviven con ella; cuando nos vemos obligadas a mirar hacia otro lado cuando un hombre cobra más por el mismo puesto; si somos amargamente conscientes de que el desempleo nos sacude en lo más profundo de la línea de flotación; cuando la depresión nos acosa y la hartura nos amarga... va el sr. Gallardón y comienza una cruzada muy particular contra nosotras, que espero y deseo le lleve a las cotas más altas de la ignominia.
Mientras este hombre fue alcalde de Madrid, corrieron muchos rumores acerca de su intensa vida privada y muchas verdades sobre sus desbarres en la gestión del ayuntamiento. Por lo que yo recuerdo, Gallardón se sentía muy a gusto entre mujeres y la cosa era mutua. Supongo que, o detrás de las cejas escondía a una bestia machista e intolerante, acostumbrada a destrozar por donde pisa, o nos considera a las mujeres meros adornos para decorar el otro lado de la cama, o ha sido víctima de la tiranía de alguna fémina desbocada. El caso es que don Alberto ha empezado, poco a poco, su misión redentora al frente del Ministerio de Justicia volviendo a los tiempos de Franco, tratando de convertir el aborto en delito y quién sabe si el divorcio también. Imagino que, para el señor ministro, el deber de una mujer es apretar los dientes y aguantar todo lo que le echen, recuperando aquellos preceptos tan adorados por las feministas de principios de siglo (quien no lo crea que repase los anales), cuando la mujer era, incluso para ellas y por encima de todo, madre y esposa.
No sé por qué la ha tomado Gallardón con el derecho al aborto bailándoles el agua a los movimientos pro-vida de signo ultra, pero este último conejo que se ha sacado de la chistera y, gracias al cual, la mujer no podrá abortar a un feto con malformaciones, amenaza con acabar destrozando a madres y a familias enteras. Vuelven los tiempos en que debíamos acudir a curanderas para llevar a término un embarazo no deseado o pagarnos un costoso viaje a clínicas del extranjero con el mismo fin. Si esto no es un regreso al pasado, que venga el Caudillo y lo vea.
En los últimos años de la República, las mujeres, sobre todo las diputadas en las Cortes, lograron importantes avances a favor del aborto y el divorcio. Muchas de ellas defendían esos derechos aun cuando estaban en contra del sufragio universal, al considerar que las de su género se hallaban supeditadas a la ideología del marido y votaban conforme a deseos ajenos. Se daba la paradoja así de que varias de las más nombradas luchadoras de aquella época ponían por delante el divorcio y el aborto antes que, por ejemplo, el derecho al voto. Imagínese usted, señor Gallardón, lo importante que es para las mujeres, ya no poder abortar o divorciarnos, sino tener la capacidad de elegir si lo hacemos o no.
Tras el estallido de la guerra civil y la posterior victoria franquista, estos avances se perdieron en el olvido, y tuvieron que pasar muchos años, muchas luchas y mucho sufrimiento, para volver a disponer de ellos. Ahora, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que todos estamos a nuestras recesiones, Gallardón, que siempre ha ido de moderno, progre y tolerante, nos escupe en las femeninas caras para, poco a poco, ir reconduciéndonos hasta donde siempre debimos estar: atadas a la pata de la cama.
La misoginia de algunos de los miembros de nuestro gobierno es de libro y da entre rabia y pena. Pero más rabia y pena nos producen sus compañeras de escaño, incapaces de levantarse y dejar a don Alberto con los improperios en la boca en cuanto les falta al respeto como mujeres, pero también como personas. Porque lo que está haciendo este hombre, aparte de constituir una valiosa cortina de humo ante primas e intervenciones, es una vergüenza nacional y también propia. Lástima que Gallardón, endiosado tras dejar Madrid empobrecida y rancia, no sea capaz de ver las bajezas que perpetra. Al final vamos a tener que darle la razón a Esperanza Aguirre en el entretenido enfrentamiento que los desunió, hace ya lo que parecen siglos.
Estas gentes que nos gobiernan pueden vanagloriarse de una cosa: dentro de unos años, si el pueblo no lo impide y se dan las circunstancias generales para la revolución como diría Lenin (gracias, Alfonso), los turistas se confesarán incapaces de reconocer la España que un día disfrutaron. La nueva será en blanco y negro, con coches destartalados paseándose por las carreteras comarcales, autopistas vacías, hambruna en las ciudades y, eso sí, toros gratis. Porque para el PP puede decaer todo, pero la fiesta y las costumbres decentes, ¡nunca!

domingo, 22 de julio de 2012

Muy personal

Todos conocemos personas de ésas que piensan que todas las canciones hablan de ellas, todas las películas se basan en su vida y todos los libros cuentan su historia. Es el yoísmo de andar por casa, el sentir que necesitas ser el centro de atención, que los focos del escenario te iluminen aunque estés sentado en el patio de butacas. Tal vez porque no crees recibir todo el escrutinio público que mereces o quizás porque, efectivamente, eres lo más. O eso opinas.
Hay gente a la que todo lo que ocurre a a su alrededor le parece una conspiración de la que ella es el único objetivo posible y visible ("todo el mundo me odia"). Esta situación, de "el mundo entero está en mi contra" es propio de personalidades obsesivas, posesivas en el amor (que nadie ose acercarse a quien pretenden que sea su pareja o ya lo es) y tremendamente yoístas en cualquier ambiente, a quienes la pena negra les sobreviene en cuanto otro ocupa el papel protagonista que ellos creen merecer, ya sea desde el punto de vista profesional o en los afectos de alguien.
El personalismo tiene que ver mucho con el individualismo, en el sentido de que esos seres humanos que, en el fondo (nunca en la superficie), solo piensan en sí mismos y en sus mecanismos, en realidad viven por y para su propio bienestar, no aceptando o llevando fatal las derrotas y los traspiés. En política, y volvemos a uno de mis temas favoritos, la figura del líder es necesaria (incluso para el 15M, por mucho que a algunos les haga cosquillas el tema), pero una cosa es el líder integrador y otra muy distinta el líder personalista. El primero sería aquel que escucha, reflexiona, decide y emplea su carisma para ser escuchado por la masa; el segundo, quien articula todo el poder y las decisiones en torno a su persona (no quiero decir que no escuche, pero las disensiones se le atragantan) y se siente tremendamente incómodo asumiendo sus errores; de hecho, lo normal es que se los achaque a otros.
En este país tenemos varios ejemplos de liderazgo débil (el mismo Rajoy, cuyo carisma no es precisamente un ejemplo para las nuevas generaciones) y alguno de liderazgo fuerte, como fue el caso de Aznar y, salvando las distancias, lo es ahora el de Rosa Díez, la, en mi opinión, gran beneficiada de esta hecatombe política que vivimos. Ambos serían, además, líderes personalistas, aquellos que articulan la existencia de un partido en torno a su figura, lo cual, en el caso de Aznar, sin carisma aparente y con tantos militantes a los que convencer, tiene su mérito.
En mi humilde opinión, Rosa Díez es una mujer  con muy mal perder pero a la que las circunstancias, paradójicamente, le han dado la razón. A lo mejor es que tiene información privilegiada o una intuición a prueba de bombas, aunque lo que pasó con Zapatero, modestia aparte, lo intuí hasta yo en cuanto ganó las primeras elecciones. La mayoría de las líneas maestras de UPyD, el partido que encabeza, resultan, además, imposibles de rechazar, porque son de sentido común. Para más inri, no sé en qué momento han hecho suyas propuestas del 15M e Izquierda Unida con las que la población está extraordinariamente sensibilizada y concienciada. Punto para ellos.
¿Cuál es el problema de UPyD entonces? El primero, que se han subido a su carro personas que hasta ese momento habían ido dando bandazos de una a otra formación sin un ideario propio, lo que les quita rédito político. Tenemos episodios como el de su único diputado en el parlamento asturiano que, según cuentan, dispone de hasta seis asesores para él solito. Desconozco si se trata de una verdad verdadera o una mentira indecente. En el caso de que fuera cierto, habría que exigirle que, al menos, se lo pensara o estudiara ciertos manuales de ciencia política para conocer el oficio; si se trata de una falacia, indica que UPyD empieza a dar miedito, lo que supondría otro punto para ellos. Pero el principal problema que tiene UPyD es Rosa Díez, cuya persona concentra gran apoyo pero también enorme rechazo, fundamentalmente el de aquellos que hemos visto su actuación antes, durante y después de disputarle a Zapatero el liderazgo del Partido Socialista. Su imagen era entonces la de una mujer autoritaria, rencorosa, en permanente cabreo y enfadada con el mundo que no le daba la atención que creía merecer. Personalismo en estado puro. No dudábamos entonces de que, en cuanto pudiera, iba a ir a su bola, como así ha sido. Y tampoco ha ayudado el hecho de que, tan pronto como la dejan sola, hace unas declaraciones partidistas y ofensivas que ni Esperanza Aguirre delante de sus mejores micrófonos. Ahí es donde más se le ve el plumero o, mejor, la apisonadora que lleva dentro.
El personalísimo construye fantásticas coartadas hasta que empiezas a bajar la guardia o hasta que el rechazo que despiertas comienza a ser mayor que la aceptación. Probablemente, aquel que lo sufre o lo disfruta, tiene una enorme capacidad de trabajo y unos ideales que cree muy nobles, pero es incapaz de encauzarlos bien, hasta tal punto que, en algunos casos, carece de reparos a la hora de practicar el todo vale para conseguir el fin. Y no, no tienen razón y es un pecado dársela, porque jugar con los lego está bien y es muy educativo, pero jugar con la gente y utilizarla únicamente para aplicar la volubilidad del ego o saciar los delirios de grandeza son ya palabras mayores.
Todo este asunto siempre me recuerda a aquel verso que nos enseñaron de pequeños de "Sangre, sudor y lágrimas, el Cid cabalga". Destrucción y horror pero, claro, se trataba de El Cid, el héroe, y no había que cuestionarse nada. Ahora, hasta el mejor de los hombres tendría que dar explicaciones. Y la mejor de las mujeres, también.

viernes, 20 de julio de 2012

Sin excusas

Me molesta mucho que me pongan excusas. De hecho, en una época de mi vida me pusieron tantas que, a día de hoy, me da un pudor tremendo hacer lo mismo. Porque excusarte con alguien puede obedecer a razones de peso o o a un birlibirloque urdido para intentar evitar a dicho sujeto o sujeta. Quiero decir que no es lo mismo soltar un "he quedado con los extraterrestres que me abdujeron el otro día para enseñarles a jugar al cinquillo", así, sin más remilgos, que un "he quedado con los extraterrestres que me abdujeron el otro día para enseñarles a jugar al cinquillo, ¿te parece que mejor nos veamos mañana?". En el primero de los casos existe la voluntad manifiesta de quitarse de encima el tremendo marrón que resulta que eres tú; en el segundo, aunque el motivo parezca muy peregrino, el mensaje no lo es tanto: "lo siento, hoy no puedo, pero me encanta pasar tiempo contigo así que haré lo posible para arreglarlo". La diferencia es, por lo tanto, evidente y manifiesta.
Luego están aquellos que inventan excusas para, simplemente, ocultar la fea verdad. Porque el "no te he llamado porque mi madre está enferma", merece una respuesta con un nivel de encriptación similar a la ridiculez extrema de su planteamiento: "siento mucho lo de tu madre, pero lleva un mes enferma. ¿Me quieres decir que en todo este tiempo no te han sobrado dos minutos para hablar con clientes/amigos/familiares/ligues? Porque si has tenido ese tiempo para ellos, ¿cómo es que no ha sido así conmigo, cuando me insististe tanto en que me ibas a llamar y/o verme un ratito?". A veces no necesitamos ni siquiera hacer acopio de gestos para desvelar la verdad que nos pasa por dentro; nuestras palabras o la ausencia de ellas descubren lo más profundo de nuestros sentimientos aún mejor que si las hubiéramos ensayado. Y lo más sorprendente de todo es que ni siquiera nos damos cuenta de hasta qué punto metemos la pata. Bueno, nosotros no, pero el que está enfrente, poniendo su mejor cara de póquer, seguro que sí.
Ayer mismo, con motivo de la manifestación contra los recortes, el gobierno y un porrón de cosas más, apoyada por CC.OO, UGT, USO, 15M, funcionarios etc, alguien me dijo aquello de "yo no voy a ir porque esta concentración la han organizado los sindicatos". Olé tus partes bajas. Pues sí, los sindicatos están detrás, al igual que otros grupos, y, como ya he dicho en anteriores ocasiones, en casos de flagrante injusticia no importa tanto el agente como el bien común. Entiendo que no vayas a un acto de CC.OO porque no comulgas con sus principios, igual que a mí no se me ocurriría ir a otro del PP en el que me sentiría tremendamente incómoda, pero utilizar a las organizaciones sindicales como excusa para no salir a la calle a reivindicar lo que es tuyo resulta absurdo. Me parece mucho más legítimo y honrado decir "no me apetece", "es que yo me acuesto temprano, "prefiero tomarme unas cañas", "tengo un montón de trabajo que hacer", "creo que salir a la calle no sirve para nada"... cualquier cosa que sea, simplemente, la verdad, por muy poco glamurosa que parezca. Las coartadas improvisadas y absurdas es lo que tienen, que no se sostienen, y cuando las utilizamos para intentar salvar los muebles, en vez de quedar bien, quedamos, como mínimo, regular.
Nuestro querido gobierno que tanto nos ama nos ha utilizado como rehenes de sus recortes y coartada de sus desatinos al decir que la culpa de la negra pena que nos asola es nuestra ya que "vivíamos por encima de nuestras posibilidades". Habla quien tuvo (y tiene), porque lo que es yo, durante los pasados años de supuesta bonanza, ni me he comprado un chalet en la playa, ni un coche de gran cilindrada, ni he contratado servicio doméstico, ni he adquirido acciones, algo que, a lo mejor, muchos de esos políticos que nos han condenado a la miseria no pueden decir alegremente. Y sí, tal vez haya tenido la indecencia de permitirme ciertos lujos, como comprar una vivienda más o menos digna, pero, a lo mejor, lo hice porque los bancos me incitaron a ello, ofreciéndome el oro y el moro si dejaba mi pírrica nómina en sus cajas. Si ellos hubieran tenido la decencia de contarme lo trucos de magia que llevaban a cabo con mi sueldo mensual, lo mismo ni siquiera había osado costearme un techo. Porque lo que se pretendía, desde los sectores más altos y fanfarrones de la sociedad, era que los de abajo consumiéramos para seguir haciendo rodar esa rueda de la fortuna que solo se ha parado en las casillas de unos pocos. Entonces, les recuerdo, era nuestro deber adquirir un coche nuevo cada x años, cambiar los electrodomésticos por otros que ahorraran energía y gastar lo que no teníamos en segundas viviendas para darle salida a toda esa construcción que esquilmaba nuestras playas. Ahora nos utilizan como excusa con el fin de justificar el supuesto derroche al que ellos mismos nos abocaron. Insisto: si nos hubieran dicho la verdad acerca de sus inmensos e indecentes chanchullos, lo mismo ahora tendríamos el dinero guardado en la pared, tras el sufrido tapiz de ciervos. Ah, ¿qué eso tampoco vale? Mil perdones por respirar, entonces.
En fin... Muchas veces, quien pone excusas sin alternativas lo hace simplemente porque le importas una real y señora mierda. Te lo está diciendo a la cara. Y si no nos queremos dar por aludidos es nuestra culpa y nuestra responsabilidad, porque algunas coartadas se derrumban con solo soplar. En fin, allá cada uno con sus verdades a medias y sus medias mentiras; otros vendrán que buenos nos harán.

miércoles, 18 de julio de 2012

Cosas de casa

Nunca me ha interesado demasiado lo que pasa de puertas adentro en el hogar de los vecinos. En realidad, no me ha interesado nada. A mí, la manera que cada uno escoja de vivir su vida es asunto suyo mientras sus decisiones no afecten a mi forma de vida ni a mis necesidades fundamentales. Pero hete aquí que en este país tenemos a una familia cuyas idas y venidas nos están alterando. Más de la cuenta, diría yo.
Me refiero, cómo no, a esa estirpe que usa corona en la intimidad. Hay quien les compadece por haber pasado lo que Su Graciosa Majestad denomina un annus horribilis. Insisto en que algo habrán hecho para que ahora les caigan encima las cuatro plagas judiciales. Porque con la vida regalada que llevaban, muy mal hay que planificar las cosas de la Casa para recibir soberanos sopapos en todos los reales morros. Uno detrás de otro, sin clemencia y, sobre todo, sin audiencia.
Al simpático colega Iñaki Urdangarín no paran de descubrirle escondites donde guardaba los millones que nos estafó en su día. Este mocetón debió de jugar poco a hacer túneles en la arena cuando era pequeño, porque hasta un niño de teta es capaz de buscar mejores escondrijos que los de este cazafortunas, enredado en sociedades, islas y caimanes. No creo que ya le puedan imputar más cosas salvo delitos de sangre, y, aun así, la ciudadanía, ese ente que, según el gobierno, solo sale a la calle para alterar el orden (normal, no vamos a salir a comprar el pan cuando no tenemos con qué) sospecha que don Iñaki se va ir por la puerta del juzgado como entró: en coche privado y con chófer pagado por el suegro.
Pero además es que, al presunto chorizo, la empresa de todas las empresas, Telefónica, le ha renovado el contrato de 1,5 millones de euros que cobraba al año por, suponemos, hacer algo más que correr delante de los paparazzi. Muy mal tienen que habérselas visto César Alierta y compañía para refichar al fichado, aun a sabiendas que el populacho va a convertir a la compañía en prima hermana de Satanás. Obviamente, el negocio no compensa salvo que haya chanchullos, chantajes y chulos de por medio. Qué chusco todo.
Para calmar a las masas, el Rey y su hijo han decidido bajarse el sueldo. Un 7%. Así que este año no podrán ya tapizar las sillas del jardín ni cambiar el rodapiés. Una lástima. Como gesto no está mal; como cantidad es irrisoria, sobre todo teniendo en cuenta que el poder adquisitivo de los españoles no es que baje, es que se hunde. Aun así, hay que agradecerle a la Casa Real que se haya puesto a hacer cuentas y a ajustar dividendos. Tarde y mal, pero menos da un pedrusco.
Si el karma existiera, algo muy tremendo deben de haber hecho los Borbones para que, cada vez que tienen un gesto "humilde" con los de abajo, la vida les sacuda con otro terremoto mediático. Ahora le toca el turno a Letizia, cuya familia tampoco parece un ejemplo de saber estar. Hasta tres miembros del clan están imputados por alzamiento de bienes. Sinceramente, creo que aquí les ha podido la soberbia. Y con razón: si Urdangarín ha cometido delitos más graves y ahí anda, con casoplón pagado en Washington y cobrando millones de Telefónica, ¿por qué no van los Ortiz a jugársela por 20.000 euros de nada? Es lo que nos ocurriría a todos, que de emparentar con el príncipe Carlos, lo mismo pensaríamos que teníamos derecho a pegarle collejas a Camila, pamela mediante.
Creo que, cuando eres una persona pública y, sobre todo, representas a la ciudadanía o mantienes una relación estrecha con quien ostenta deberes de alto copete, tienes la obligación de medir mucho tus pasos y más tus actos. Por problemas con los parientes hemos padecido verdaderas crisis de Estado en este país (¿alguien se acuerda del hermano de Alfonso Guerra?) y han temblado gobiernos. Sin embargo, aquí sigue la monarquía, dándonos una de cal y otra de arena mientras se deja enmerdar por yernos, cuñados, abuelos y demás fauna cañí.
De todos ellos, me quedo con el abuelo taxista de Doña Letizia. El único que parece saber lo que cuesta ganarse el jamón pata negra y al que esto de alternar con reyes, marqueses y pititos le trae más bien a la fresca. Por eso no lo prodigan en los saraos; prefieren confraternizar con otros, más vistosos y también más ladrones. Luego dirán que en todas las casas cuecen habas. Yo insisto en que en la mía, al menos que yo sepa, nadie ha sido imputado por alzamiento de bienes, malversación o evasión de capitales. Pero, claro, también es cierto que nadie se lleva el pastulario de eurazos que se endosa Iñaki; en caso contrario no estaría escribiendo este blog sino haciéndole la pelota cual perra arrabalera.
Señor (juez), líbrame de las buenas familias que de las malas, si eso, ya me libro yo.

martes, 17 de julio de 2012

Objetivo: objetividad

No voy a volver a enrocarme en el tema de la subjetividad y el hecho de que todos vemos la realidad como nos sale de bolo. Ni mejor, ni peor de lo que la ven las demás; simplemente de manera distinta.
Pero una cosa es la subjetividad inevitable y disculpable por razones técnicas transitorias, y otra la falta total de objetividad motivada por mandato divino. Me refiero, cómo no, a esa peligrosa y temeraria desinformación en la que nos están sumergiendo los grandes medios de nuestros país, destinados a sembrar en las cabezas perroflautas el pensamiento único y aleccionarnos cual marmotas en el "día de...", apegados a una sola verdad que, además, es indemostrable.
En un tiempo en que ya nos vamos acostumbrando a ver a ese joven dictador que rige los destinos de la muy hermética Corea del Norte sonriendo, con pareja y muchas ganas de fiesta (a dónde vamos a parar...), en España caminamos para atrás como los cangrejos, convirtiendo la información "veraz" en un púlpito desde el que disculpar las tropelías que hace y deshace este gobierno que la vida nos ha regalado. Con la inestimable ayuda de nuestros votos, todo hay que decirlo.
Entiendo perfectamente que un medio privado esté sometido a los intereses de la empresa que lo ha creado, una especie de guirigay de altos vuelos donde se mezcla el dinero, la política y otras circunstancias de la naturaleza humana. Nadie puede exigirle, por tanto, a un medio fundado por la empresa cual, que hable mal de su dueño Fulanito de Tal. Todos adoramos a la mano que nos da de comer mientras hace lo propio; después, ahí te las den todas.
Pero lo que ocurre con los medios públicos en este país es para echarse a correr sin mirar atrás. La cosa está tan mal montada, los reglamentos son tan inconexos, que se permite que el gobierno de turno haga lo que le pete con las informaciones que nos llegan a los ciudadanos. No sé si con esto ofendo a alguien, pero creo que en tiempos de Zapatero la televisión pública vivía mejor, al menos ideológicamente hablando. Sobre todo porque quienes manejaron el cotarro tuvieron la delicadeza de poner al frente del tenderete a profesionales capaces de hacer su trabajo con rigor y sin tratar a los de alrededor como boñigas en caso de no comulgar con sus oraciones. Sin embargo, ha sido llegar el PP y tirar por la borda el trabajo de todos estos años. Con profesionales y todo, como les gusta. Porque no hay otro motivo más que la persecución ideológica para despedir a Juan Ramón Lucas de su espacio en RNE cuando había conseguido las mayores audiencias del medio; o echar a Fran Llorente de la dirección de informativos de TVE tras recibir no sé cuántos premios a su buena labor. Es de traca.
Para compensar, y por obra y gracia del Dios Enchufe, estos nuestros medios van a estar regidos por gente que sabe lo justito de televisión y radio (darle al on y al off y poco más) y, en el caso de los informativos de la televisión pública, controlados por un periodista que siguió paso a paso las directrices de Esperanza Aguirre durante su etapa en otra televisión ejemplo de objetividad: Telemadrid. Un hombre al que, por su formación, sí creo capacitado para ejercer cargos en un medio, siempre que éste sea privado y se encuentre en consonancia con su ideario. Y pensar que en su día fue delegado sindical... Los caminos de los señores del PP son inescrutables.
Me molesta la casi total carencia de medios objetivos (incluyo a los pretendidamente de izquierdas), que cuenten las noticias cómo y cuándo suceden, que critiquen a quienes son criticables y alaben a quienes lo merecen. La televisión y la radio públicas las financiamos entre todos y yo, desde luego, no pago lo que no tengo para que un grupo de personas me cuenten la realidad que a ellos les parece y cómo les parece, sobre todo cuando, mientras tanto, me asomo a la ventana y veo girar el mundo en sentido contrario.
Me siento como en una película de ciencia-ficción, siendo adocenada y condicionada en aras de un pensamiento unitario que no permite la disensión. En el cine siempre hay un héroe vestido de negro que, tras unas cuantas cabriolas, manda a los malos a freír puñetas y se queda con la chica. Yo tampoco pido tanto; solo que, por favor, haga una de sus llaves de artes marciales y arregle mi tele que, últimamente, la veo así,  como en blanco y negro.

lunes, 16 de julio de 2012

Funcionarios

En mi familia, cosa rara, nadie me empujó nunca a hacerme funcionaria. Reconozco que mi madre hubiera querido que fuera maestra o que hiciera una carrera que le parecía tan rimbombante como la de Medicina. Pero la mujer lo sugería más por la iconografía clásica española (el poder otorgado al cura, al maestro, al alcalde y al médico) que porque pensara que la menda podría cobrar una nómina de la administración pública. Corrían otros tiempos, aquellos en los que un trabajo era para toda la vida (no, no se trata de una leyenda urbana), fuese en lo público o en lo privado.
Mis contactos más directos con el funcionariado fueron, por lo tanto, muy poco estrechos máxime cuando una, en sus años mozos, nunca se cuestionaba que los bomberos, la policía o el médico de cabecera fueran integrantes de este lejano grupo. El funcionario era aquel que salía en las viñetas, un hombre gris sentado detrás de una mesa y, si acaso, la funcionaria asesina de la canción de Alaska que tanto despiporre nos causó en su tiempo.
Con los años, una se va ubicando en su pequeño mundo y hasta le da la ventolera de querer opositar. Sí, me pasó y, como vino, se fue. Entre tanto, a nuestro alrededor medraba la leyenda negra del funcionario español, un ser vago y apático, que chupa de la teta del Estado mientras vive a todo tren sin dar palo al agua. Cría fama y échate a dormir, que dirían muchos.
Imagino que habrá funcionarios que se correspondan, punto por punto, con este cliché de empleado de baratillo. Juro que, en la empresa privada, he conocido a una pandilla de vagos que dejaría en mantillas a semejante personaje: gente que se pasa la vida escaqueándose, quejándose, perdiendo el tiempo y haciendo lo mínimo (mal) para, en cuanto surgen problemas, echarle la culpa a otro. Nunca a la cara, obviamente. Y creo que este tipo de seres parasitarios se da en todas partes, ya sea en un ministerio, una fábrica de tornillos o un monasterio cartujo.
Los funcionarios que yo conozco, al menos, tienen una ética del trabajo que ya la quisieran muchos. Disfrutan con su profesión e incluso se llevan trabajo a casa más allá de las horas de obligado cumplimiento. Les gustan sus deberes, pero también les gustan sus derechos, esos mismos que no han ganado precisamente en una tómbola, sino después de un arduo -y en muchos casos largo- camino.
Me decía hace tiempo un amigo profesor que entendía que los funcionarios fueran siempre los malos de la película por aquella cosa de que tener un trabajo fijo. Y me apuntaba también que, a cambio, ellos están supeditados a los vaivenes y caprichos del Estado: "Si ahora mismo el gobierno dice que nos quedamos sin pensión de jubilación; no hay más que hablar". Obviamente, no se quedaron sin pensión, pero sí se les ha bajado el sueldo y se les ha dejado sin paga extra de Navidad, ésa que nos viene tan bien a todos para poder nadar y guardar la ropa entre subidones de Diciembre y bajones de Enero.
Obviamente, hay funcionarios en España que cobran un sueldo más que digno; pero también hay otros muchos que ganan lo justo. Y a cambio de deslomarse porque, no hace falta que lo recuerde aquí, funcionarios son también los médicos que nos atienden en la Seguridad Social, los profesores que nos han dado clase o se la darán a nuestros hijos, y muchos otros que nos solucionan la vida tras un ordenador. Todos ellos somos también nosotros y, cuando el gobierno opta por la vía fácil, la de estrangular a este colectivo hasta casi desangrarlo, nos está atacando a todos. Personalmente y públicamente, minando la línea de flotación de un país a la deriva.
Estos compañeros de miserias, al menos, le han echado valor al asunto y han salido a la calle a patalear, tal vez porque están curados de espanto y han visto desfilar por encima de ellos a enchufados, gerifaltes de medio pelo y personajillos sin mérito alguno, los mismos que ahora tienen la desvergüenza de decidir sobre sus vidas. No es de recibo que nos quedemos mirándolos desfilar porque ellos, al menos, tienen un trabajo fijo y nosotros no. Están tan vendidos y vapuleados como podemos estarlo el resto. Por dignidad, por agradecimiento y por conciencia deberíamos hacerles la ola. Y que no me digan aquello de "son unos insolidarios; ellos no nos apoyaron cuando nosotros sufrimos y ahora quieren que demos la cara"; yo siempre he ido a las manifestaciones en compañía de funcionarios sin que nuestra profesión fuera impedimento para salir juntos a la calle. El objetivo lo valía, el bien común lo exigía y, ante eso, no hay disensión que valga.
Creo que este país, a pesar de todo, está llamado a grandes gestas. Y no me refiero a las deportivas, o no solo a las deportivas. Tal vez deberíamos plantearnos empezar por la insumisión política. Se lo merecen los de arriba y, sobre todo, nos lo merecemos los de abajo.

domingo, 15 de julio de 2012

Media naranja

El hombre (y la mujer, tal vez en mayor medida) se encuentra en perpetua búsqueda de su Santo Grial de andar por casa. Solo que, en vez de venir en copón de plata, llega en forma de fruta más bien rústica. Y ni siquiera entera, como si la parte que falta se la hubiera comido otro.
Esta labor ingente de búsqueda es algo que tenemos asumido y creemos que controlado, aunque no diría yo que del todo. Si pensamos en la ley de probabilidades, es muy difícil que, teniendo en cuenta los millones de habitantes de nuestro planeta, nos topemos en algún momento con nuestro complementario. Y en caso de que así fuera y los hados se conjuraran para lograrlo, estamos tan a gustito mirándonos el ombligo e intentando convertir a nuestro medio limón en una dulce media naranja, que ni siquiera nos daríamos cuenta.
Porque muchas veces las cosas no pueden ser, no porque no nos las hayan puesto a huevo, sino porque nosotros no queremos que sea. Aun sabiendo que preferimos la tarta de chocolate a la de fresa, nos quedamos con esta última porque la tenemos en la nevera mientras que la otra hay que salir a buscarla. Uff, con la que está cayendo....
Creo que sí existen personas que nos complementan. Pero la misma palabra lo dice: si algo te complementa es porque tiene lo que a ti te falta y tú cuentas con aquello de lo que ella carece. Normalmente, elegimos a los amigos por sus similitudes con nosotros (de ahí esa frase de uno se retrata según los amigos que elige, con la que no puedo estar más de acuerdo) mientras una pareja te acompaña en el camino de descubrimiento, te ayuda a ver el mundo desde otra perspectiva y te acerca a cosas y a personas a las que, de otra forma, nunca te habrías aproximado.
A la media naranja hay que exprimirle el zumo. Al principio ácido, pero seguro que va madurando y haciéndose más dulce (a pesar de que todos nos encontremos pepitas en el camino). Aunque suene como una guarrada, a lo mejor porque lo es, se trata de mezclar zumos hasta conseguir un sabor único y diferente. Es cierto que para encontrar la naranja perfecta hay que cosechar muchas; pero el problema viene cuando la buena ya está en la cesta y nos empeñamos en seguir ahí, subiendo y bajando del árbol como primates que somos.
Por eso, no creo tanto en este esfuerzo sobrehumano de ir por la vida a la caza de tu otra mitad y sí en la inteligencia de tener los ojos bien abiertos y saber reconocerla. O, por lo menos, aquella que sea más parecida a la fruta de tu vida y no a una bebida gaseosa, chispeante, divertida y deliciosa en cuanto la catas pero que, en el fondo, esconde la realidad pura y dura: solo un 2% de producto natural. Se encienden las luces y ahí está, vacía e inútil, como nunca querríamos haberla visto.
Conozco a gente que ha dejado pasar oportunidades fantásticas ante el terror de que aquello fuera, precisamente, lo que parecía: una oportunidad fantástica. La mediocridad tiene eso, que se te pega como un chicle en la zapatilla y no hay forma de sacártela de encima. Y cuando nos empeñamos en que algo no puede ser, no va a ser. Creemos que así ejercemos de rebeldes, aunque la verdadera rebeldía sería echarle un par de bemoles y pensar que sí se puede. Y lo dice alguien a la que las historias de amor le suenan a cuento, pero que pasa bastante tiempo observando las actitudes y las decisiones del personal circundante.
El problema de buscar el complementario denodadamente es que, de existir, tal vez viva en el otro extremo del mundo e, incluso, sea del sexo que menos te conviene. O, como ya he dicho, lo conozcas pero te niegues a asumir que sí, que está ahí y que lleva ahí mucho tiempo esperándote. Pero, bueno, esto entra dentro de las cruzadas personales de cada uno, y ya sabemos que muchos caballeros volvieron se su aventura sin Santo Grial y hasta sin caballo. La historia más grande está hecha de grandes fracasos. Una pena que la historia personal, a veces, también.

viernes, 13 de julio de 2012

Que se jodan

Imposible abstenerme de hablar del que ha sido el tema estrella de los últimos dos días con permiso de recortes y mineros. Todos queremos dar nuestra opinión sobre las tres palabras que han puesto a Twitter en pie de guerra y, aunque la inmensa mayoría estemos de acuerdo en el fondo, tal vez no todos lleguemos a perder tanto las formas como esta señora tan aseñorada llamada Andrea Fabra.
Como decía Warhol, todos tenemos derecho a nuestro minuto de fama. Según esta teoría (o deseo), Andrea estaría a punto de salir de cuentas. Después de semejante soflama popular, solo le queda rendirse o seguir ahí, al pie del cañón, para servir de toro mecánico a quienes se quieran dar un rodeo.
Supongo que nadie es ajeno a la inmensa actuación de la enorme Andrea Fabra: mientras Rajoy estaba enunciando esos recortes que nos acabarán convirtiendo en atenienses, la chica Fabra se desgañitaba con un "¡Muy bien! ¡Muy bien!" como, si en vez del señor de las barbas, estuviera viendo a Justin Bieber recitando la tabla del cinco (sí, ésa de "por el culo te la hinco"). Pero como se ve que esta mujer las cosas las vive intensamente, no le bastó con los aplausos y, cuando su jefe nos acuchillaba lentamente con aquello de que nos va a bajar la prestación por desempleo, Andrea se vino arriba y entonó un sonoro "¡Que se jodan!", tan alto como contundente.
Vamos a ver, querida amiga: viene usted de una famila que no es precisamente del todo ejemplar, hija de un imputado, especialista en ganar a la lotería hasta 9 veces sin quitarse las gafas, y esposa de un señor llamado Güemes al que me cuesta trabajo calificar porque todo en él me da mal rollo. Sí, el mismo que en su día formó un dúo cómico con otra gran reina de la escena de nuestro país, Esperanza Aguirre. Rodeada de semejante clan, le juro que nadie espera de usted que sea un dechado de inteligencia, bondad, educación y saber estar; nos conformamos con que lleve las mechas arregladas y luzca un bonito bolso de marca en honor a Rita Barberá, otra mujer inmensa a la que usted bien conoce. Pero, como ha sido elegida por los españoles, esos mismos bobos que le estamos costeando sueldos, dietas y caprichos cada mes, es lógico que sienta la tentación de significarse en el Parlamento para que nadie la confunda con un jarrón chino. Pero así no, Andrea. Así... no.
Insinuando que los parados se merecen serlo y, no solo eso, sino que son una panda de vagos y maleantes, lo peorcito de la sociedad, vamos, está descubriéndonos que no solo no sabe nada de política ni de caridad cristiana, sino que tiene el alma más sucia que las uñas de la Bruja Avería. Una diputada y un partido que aplauden la toma de medidas insensatas, capaces de venirse arriba mientras condenan a gran parte del país a una vida de miseria, no es que sea ya criticable, es que tendría que estar penado con cárcel. Y si toda esta panda, con la señora Fabra a la cabeza, no tiene la conciencia de pedir perdón primero y dimitir después, es que, definitivamente, estamos representados por delincuentes de la peor calaña, capaces de cometer delitos mucho más sancionables que el robo, la evasión o la falsificación.
Dice Andrea, para sacarse el marrón de encima, que sus bonitas palabras iban dirigidas a la bancada socialista. ¿Qué se jodan? ¿Por qué? Ellos también contribuyeron lo suyo a que estemos como estamos y no creo que los recortes les quiten su condición de diputados. Aquí, los únicos jodidos somos los de a pie y, según su opinión, todavía no nos han dado por culo bastante, que todavía tenemos sitio para más. Lo dicho: la categoría moral y política de esta mujer es aterradora, aunque, claro, a lo mejor la pobre no tiene la culpa; es que en su casa la han hecho así.
Si Rajoy tuviera, no ya un mínimo de decencia, sino un poquito de sentido común, instaría a la rubia a que entregara su acta de diputada. Pero imagino que papá Fabra les tiene a todos bien agarrados por la corbata y que hay cosas, simplemente, que el PP no puede hacer para no ofender y sí defender. Con un presidente cobarde, unos diputados a quienes la supervivencia de los españoles les importa como a mí los roneos de los jugadores del Madrid en los reservados de las discotecas, gentes que ocupan su lugar en el parlamento solo por chupar del bote (nos lo demuestran cada día, que conste), a una le entran ganas de lanzarse a la lucha antisistema o, en un alarde de locura, afiliarme y tirarme de cabeza al ruedo político. Seguro que, a pesar de mis numerosas limitaciones, lo haría mejor que muchos. Menos mal que todavía me queda un mínimo de sensatez y reconozco que es mejor para el mundo que me siga dedicando a mis cosas, ésas que a muy pocos importan. Y, por favor, que alguien le diga a Andrea Fabra que se dedique a las suyas, que imagino tan apasionantes, comprometidas y reivindicativas como las de Pocoyó, la criatura que está dando de comer a su señor marido. Mientras tanto y, por si acaso, nuestros más sentidas palabras para toda esta tropa que tanto nos quiere: "¡Que os jodan!".

miércoles, 11 de julio de 2012

Descontrol

Todos sin excepción nos sentimos raros cuando perdemos el control sobre algún aspecto de nuestra vida. En cuanto nos privan del poder de elegir y de decidir (aunque no lo ejerzamos) empezamos a notarnos incómodos, como si nos faltara esa folclórica encima de la tele que estábamos acostumbrados a ver en casa de la abuela.
Pues así, sin folclórica, sin torito y sin tapiz de ciervos, los tres clásicos decorativos de nuestra infancia, nos hemos despertado hoy los españoles. Al parecer, los profes malos de la Unión Europea han sacado las uñas y le han espetado a este nuestro gobierno que les va a quitar una serie de serias competencias para que las ejerza el Banco Central Europeo. No en nuestro nombre (para nosotros nada; para los demás todo), sino en el de ellos.
Tampoco es que haya seguido leyendo sobre el tema, porque empezar la mañana con una patada en los bajos, sin huevos y sin bacon, es un mal presagio y un despertar demasiado... ¿austero? Me decía un conocido que casi sería mejor hacer un revival de aquel páramo político belga, cuando Bélgica se quedó dos años sin gobierno por peleas de las distintas formaciones y ni se escoró del mapa de Europa ni sufrió invasiones bárbaras. Es más, los belgas estuvieron tan a gustito durante el bienio, libres de políticos díscolos y discusiones de patio de colegio, que a la mayoría de los ciudadanos no le importaría seguir en este estado de bienestar físico y espiritual ad eternum.
A nosotros tampoco. Quiero decir que para un gobierno que solo quita y lo único que da son disgustos, para unas autoridades que parecen más perdidas en los foros internacionales que Cospedal en un instituto (ese Rajoy, intentando aprovecharse de los rescoldos dejados por Monti, es de vergüenza ajena), mejor no tener nada. No creo que disienta mucho del pensamiento de la mayoría si digo que, para esto, que nos gobiernen Merkel y su cuadrilla, toda esa panda de teutones formados en las mejores escuelas con disciplina espartana, que piensa que los españoles somos unos vagos demasiado acostumbrados a pasar las tardes siesteando al sol y bebiendo sangría.
El gobierno continúa empeñado en dar esa impresión de no saber lo que se hace y no tener nada bajo control. Van por la carretera sin luces, sin frenos y en dirección contraria (si chocan dirán que la culpa es del otro). Luego nos acusarán a los demás, con nuestros despertares torcidos, nuestras manifestaciones, nuestros gritos y nuestro apoyo a esos "macarras" de la minería, de ser los que bajamos el nivel del aprecio exterior. Pregúntele usted a cualquier familia, con varios de sus miembros en paro y viviendo de la pensión del abuelo, si esto les importa una mierda. O a algún funcionario de los que cobra mil euros pelados y a quien amenazan con quitarle la paga extra de Navidad y vaya usted a saber cuántas cosas más.
Lo jocoso del asunto es que, además de pedirle al señor Rajoy que recorte como si no hubiera un mañana (y a este paso no lo habrá), la UE le exige que baje los índices de paro. Juro que si tuviera por ahí unas risas enlatadas las pondría aquí mismo. Y, pegada a esta noticia, los diarios, con muy mala baba por cierto, han puesto otra en la que la OIT insiste con mucha lógica en que, si no amainan estas políticas de austeridad, el paro no se reducirá ni un poquito. ¿En qué quedamos? Esto es un sinvivir. Habrá que sacarse de la mano algún tipo de contrato especial, en el que estemos todos empleados cuando vengan los señores de negro a sacar sus estadísticas y nos quedemos en el paro en cuanto se vayan por la puerta a echarse una siesta y beber sangría. Seguro que a nuestro gobierno se le ocurren un montón de imaginativas fórmulas; total, a partir de ahora, cuando los que manden sean otros, van a tener mucho tiempo libre. Y si no, siempre nos quedará Esperanza Aguirre y su ristra de "imaginativas y maravillosas soluciones". ¡Viva!

martes, 10 de julio de 2012

Problemas y soluciones

Cuenta la lógica que a cada problema le corresponde una solución. O más de una. Porque el secreto del asunto no está en el conflicto que debemos aclarar sino en la manera de afrontarlo. Me explico:
Lo principal para conseguir solucionar un problema es reconocer que dicho problema existe. Una vez asumido lo cual, conviene hacer acopio de las herramientas necesarias para llegar a buen puerto de la manera más eficaz posible. Sin embargo, el hecho de afrontar un problema parece muy sencillo en la teoría, pero en la práctica se muestra asaz complicado. Y es que no todo el mundo está dispuesto a reconocer que se ha metido en un lío; cada vez somos más los que preferimos dejarlo pasar y esperar a que la solución venga sola. Ante esto, pueden ocurrir dos cosas: que el problema se enquiste hasta convertirse en una gran bola de nieve que nos arrastre o se lleve consigo elementos que queremos preservar, o que la solución, efectivamente, llegue, pero no de la manera que habíamos pensado y, desde luego, no de la forma que hubiéramos deseado. Es lo que tiene jugarse la vida a los dados y dejar las cosas al azar de las circunstancias: que el azar es caprichoso y muy pocas veces se posiciona de nuestro lado.
En el ser humano, la resolución de problemas encierra aún mayor drama al ir parejo a la emotividad, la culpable de que veamos solo lo que queremos ver, probablemente una parte del conjunto y no el todo. Tampoco es que sea nuestra culpa: todos estamos obligados por genética a aplicar nuestra subjetividad a los acontecimientos: dos personas contemplando un paisaje idéntico no verán nunca lo mismo (cada una se fijará en detalles diferentes y experimentará sentimientos distintos). Por tanto, es cierto que todos vemos la vida de distinto color y puntuamos las cosas según nuestra escala de valores. De ahí que, cuando tenemos un problema, solemos verbalizarlo en busca de apoyo y empatía. El contarlo, además de aliviar, da entidad al asunto, lo convierte en una realidad, el paso primero para la solución. Y, de esa manera, aceptamos la intervención de terceras personas cuya opinión cuenta mucho porque, al menos, daremos cabida en el lote a otros puntos de vista.
Sin embargo, la intervención de terceros también acarrea su propio peligro: el de que ellos pretendan que lo solucionemos a su manera y no a la nuestra. Depende del grado de confianza, amistad, amor, etc que haya, sus criterios serán más o menos relevantes. Podremos emplearlos a voluntad, pero en muchas ocasiones sin darnos cuenta de si se trata de nuestra voluntad o la de otros... hasta percatarnos de que la solución nos plantea más dudas en su llegada que en su ausencia.
De pequeños estamos acostumbrados a que los problemas nos los resuelvan nuestros padres; más tarde confiamos en los amigos, en los jefes o en la pareja. Lo cierto es que conozco cada vez a más personas con una preocupante tendencia a inhibirse cuando entran en conflicto, intentado que el tiempo sanee las cuentas. Y el tiempo pasa, pero no actúa. Es eficaz en el sentido de que permite que ocurran cosas que van relegando las antiguas y restándoles importancia; pero somos nosotros los únicos que podemos cambiar las circunstancias, aunque nos encante utilizar el tiempo como coartada con el fin de dejar fluir situaciones que nunca fluyen sino que, como el agua estampada en los pantanos más chungos, acaban convirtiéndose en una preocupante masa de fango.
A veces no resolvemos un problema aunque sepamos cuál es su solución, pero si dicha solución va a afectar a otras personas de una forma bastante más dolorosa, nos abstenemos de intervenir y seguimos cocinando nuestra angustia a fuego lento. Difícil salir de semejante bucle. En otras ocasiones, vemos el problema de otros pero no somos capaces de distinguirlo cuando lo sufrimos en carne propia. Quizás porque en los demás sí es algo gordo y al padecerlo nosotros pretendemos disfrazarlo de "tontada de nada". La subjetividad, nuevamente.
Y también ocurre que vemos el problema, sabemos cuál es la solución, conocemos las herramientas y, aun así, nos quedamos de brazos cruzados porque intuimos que seguir el proceso habitual acarrearía problemas aún mayores. O quizás no, aunque el "puede" ya es importante y definitivo. Recuerdo la actitud contemplativa del gobierno de Zapatero ante la crisis que todos veíamos menos ellos. Tal pareciera que el problema no era tal y que dejaban en manos de los hados la solución de algo que nos tenía, ya entonces, acogotados y sin respiración. No lo afrontaron, ergo, no buscaron la solución y el conflicto se enquistó hasta alcanzar proporciones épicas.
Ya sé que esto es reducir demasiado un asunto tan importante, pero insisto en que tenemos tanto miedo a perdernos en los laberintos de resolución de problemas que hasta acabamos pensando que no hay solución buena. Y la solución no tiene por qué ser la perfecta, sino la más adecuada para cada entorno y situación. Dudamos antes, dudamos durante y dudamos después. La duda es excelente, siempre que lleve a razonar y no paralice a quien la profesa, a veces, como si de una religión se tratara.
Todos los problemas merecen ser afrontados. No por ellos, por nosotros. Tenemos la capacidad de pensar, de decidir, de ser valientes y de desarrollar criterios propios, luego contamos con las herramientas fundamentales para llegar a buen puerto. Y no creo yo que sea buena política confiar en el azar o esa cosa tan bonita de que los deseos se cumplen. No dudo que así sea, pero siempre que hagamos algo para lograrlo. Porque si nos parece del género tonto quedarse en casa esperando que nos toque la lotería sin comprar el décimo, no entiendo por qué tendemos a pensar que las cosas se van a resolver solas con gran contento para todas las partes implicadas. Sería mucha suerte y la suerte, nuevamente, es patrimonio de quien se la trabaja.

lunes, 9 de julio de 2012

Culo veo

Dicen por ahí que hay hombres de tetas y hombres de culo. Y que, según manifiesten preferencias en uno o en otro sentido, también sus personalidades, objetivos etc serán diferentes. Siguiendo semejante premisa, yo diría que me llevo razonablemente bien con los hombres de culo y no me entiendo con los de tetas. Simplemente por casuística. Si luego me pongo a buscar explicación a semejante hecho comprobado, me entero que los de culo muestran una madurez de las que carecen los otros. Será por eso.
Reconozco que durante mucho tiempo me encantó que me tocaran el culo. Quizás porque era como una sensación relajante y calmante. La misma que deben de sentir los bebés cuando les das pequeños azotes en las santas posaderas. Sin embargo, la vida muchas veces te da la vuelta y ahora mismo ya no me gusta que me toquen nada, mucho menos la moral. Te pasan cosas y si no te fías ni de tu sombra, menos de que quien te toca, aunque sea solo para darte una palmadita en la espalda, lo haga con verdadero sentimiento y no solo por cumplir.
No suelo fijarme en el culo de los hombres. Me dan exactamente igual. Pero sí me parece una zona del cuerpo a la que no se le han dedicado todas las odas que su poesía merece. Y, por favor, dejemos a un lado la escatología para no estropear esta composición tan lírica. Afortunadamente, parece que no soy la única que piensa así, porque un japonés, de los de Japón de toda la vida, ha inventado un culo-robot para que los humanoides aprendan a sentir emociones. Como la vida misma.
Dice Naburo Takahashi, que así se llama la criatura, que la idea de crear un culo se debe a que las nalgas son más grandes y así pueden expresar mejor las emociones. Bueno… hay otras partes del cuerpo que también se alegran según la ocasión, pero parece que el amigo japonés todavía no ha reparado en ellas. En fin, nada como la sonrisa de un buen culo, que diría el artista. El enorme trasero de Naburo, con perdón, muestra un estado de bamboleo en reposo, lo cual denota relajación. En cambio, cuando lo azotas, le da por temblar, porque empieza a sentir miedo. Estoy plenamente convencida que a muchos les encantaría probar esas nalgas y ver cómo se menean a voluntad del que azota. Si Takahashi no consigue colocar a su androide en lo más alto de la ciencia, al menos podrá situarlo en la estantería más elevada del sex-shop.
Así que pronto no solo tendremos a robots que nos deleiten cantándonos La Traviata mientras pasan el mocho; también dispondremos de algunos que muevan el culo acompasadamente para expresarnos sus alegrías y sus carencias. Insisto en que esto es como la vida; estoy segura de que la forma del trasero y sus movimientos dicen mucho de su dueño o dueña. El cómo y cuándo lo resalta o, al contrario, su empeño en esconderlo, no solo habla de kilos de más o de menos, sino de personalidad. Hagamos el ejercicio de fijarnos un poco (yo la primera) y tal vez lleguemos a conclusiones incluso más epatantes que las del señor Takahashi, a quien ya aconsejo que se ponga a trabajar en los vaivenes de unas buenas mamellas para deleite de la humanidad.
Pero lo que más llama la atención de esta historia tan culona es su consonancia con los tiempos: ahora que vamos de culo, no hay como pasar de los rostros y actuar con el trasero. La dictadura de las posaderas. ¿Para qué mirar a los ojos del contrario cuando le puedes tirar una sonora pedorreta? Un cuesco dice más que mil palabras, por algo los niños encuentran tan cómicos todos los chistes relacionados con la parte baja de la espalda. Son casi lo primero que aprenden y lo último que olvidan. Adoran que les toquen el culo cuando son bebés y darían la vida por palpar alguno cuando envejecen. En el ínterin, se pierden persiguiendo quimeras de enormes tetas hasta que con la edad se dan cuenta de que, en realidad, lo más divertido siempre ocurre en la fila de atrás. Científicamente comprobado.

domingo, 8 de julio de 2012

Pequeños pero matones

Esta semana, los diarios recogían la imagen de un niño ataviado con chaleco de combate como prueba de que en el conflicto armado sirio se emplean a niños soldados. La foto muestra como el chaval, entre lo que parecen sollozos, es sujetado por un adulto mientras camina a buen paso. Algunos medios se limitaron a publicar la imagen con un escueto pie de foto; otros, empezaron a elucubrar su propia historia: que si el protagonista tenía 13 años (lo mismo podrían ser 12 o 14); que si lo que hacían era apartarlo del lugar donde había visto morir a su padre (o lo llevaban a otro donde no le apetecía estar...) etc. Las verdaderas motivaciones de esa secuencia nos son desconocidas y jamás las sabremos hasta que el niño conceda una entrevista, si algún día lo hace, pero siempre resulta emocionante añadirle componentes dramáticos con el fin de conseguir que el escenario sea más conmovedor.
¿Para qué? Porque la utilización de niños en un conflicto, en sí mismo, ya es lo suficientemente aberrante como para incluir motivaciones lacrimógenas. Nadie duda de que el problema sirio es una muy cruenta guerra civil y que, en las guerras, todo vale. Incluyendo la utilización de niños (¿acaso nos hemos olvidado ya de los niños y mujeres bomba en la batalla inacabable entre israelíes y palestinos?). Por más que los organismos internacionales procreen documentos y leyes de protección a la infancia, en la guerra cualquier juguete es arma. De ahí que en un mundo ideal, lo perfecto no sería prohibir la perversión física y mental de los chavales, sino evitar el estallido del conflicto social.
Hace poco intentaba buscar un razonamiento antropológico a la trágica historia de los hermanos Htoo, líderes desde su nacimiento de un grupo guerrillero birmano y obligados a tomar decisiones desde su más tierna infancia sobre la existencia de un montón de adultos. Imagino que lo suyo sería como vivir permanentemente en las entrañas de un videojuego, solo que con la sangre salpicándote. En las instantáneas que nos llegaban de estos críos contemplábamos a dos niños muy bajitos con hábitos de adulto y aires de bebés malcriados, lo que, entre su extravagancia y la intrínseca maldad de la historia ponía los pelos de punta hasta al tipo más duro. Imposible explicarle a alguien que un pueblo haya decidido nombrar a dos cigotos señores de la guerra, sobre todo porque la mayoría entendemos que toda criatura debe ser educada para, en algún momento, tomar las riendas de su vida. Necesita tener la oportunidad de elegir y las condiciones y herramientas para hacerlo; negarle esa posibilidad es condenarle. Pero, bueno, también hay lugares donde los lamas (o las niñas-diosas, que también tienen tela) nacen, no se hacen, con el beneplácito del mundo mundial, así que cada cual reflexione un poco sobre sus ideas al respecto.
Un fenómeno muy similar es el que se da en los países de Latinoamérica con los niños de la calle. Y no solo me refiero a los de Colombia (convenientemente retratados por el cine y la literatura) o a los de los suburbios argentinos (hay que ir a ver la película el Elefante Blanco, con Ricardo Darín) sino, por ejemplo, a los de Guatemala o El Salvador, protagonista de esos conflictos que la comunidad internacional decidió arrinconar tras unos acuerdos de paz que supieron a muy poco. Muchos de estos niños se ven condenados a una vida miserable: a la drogadicción más barata, a la prostitución, a la delincuencia y al asesinato mientras la sociedad, "su" sociedad, les observa como si estuviera contemplando una sucesión de fotogramas sin posibilidad de darle al pause. Algunas de las ONG instaladas en la zona cuentan y no paran las vidas amargas de niños y niñas que, desde su nacimiento, fueron utilizados y abusados; condenados a una muerte lenta y previsible desde el mismo vientre de sus madres. Algunas laderas de ésas marcadas por la humedad constante y los desprendimientos sorpresivos son hoy cementerios improvisados de cadáveres infantiles. Ni siquiera les debemos una muerte decente.
En Occidente nos jactamos de nuestros esfuerzos por proteger a la infancia. A lo mejor deberíamos mirar un poco más allá y conmovernos porque otros niños no hayan tenido tanta suerte como los nuestros. Y no digo yo que nos lancemos todos a la adopción y el rescate (Angelina Jolie solo hay una) pero estoy segura de que muchas de las organizaciones que trabajan sobre el terreno necesitan, y también merecen, mucha ayuda. No es caridad cristiana; es conciencia humana.

viernes, 6 de julio de 2012

El canto de las sirenas

Ya sé que lo que voy a soltar a continuación dejará a muchos con las caras desencajadas y unas ganas tremendas de hacer un curso express de espeleología en el retrete de su casa, pero las sirenas no existen. Tal cual. Y no lo digo yo, sino que lo ha afirmado la muy sesuda Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, una agencia de los EE.UU que se dedica a vigilar las condiciones de los océanos y la atmósfera.
Todo porque la cadena Animal Planet, de Discovery Channel, emitió hace poco un documental del que se deducía que las sirenas surcaban los mares sin despeinarse, pero que su existencia se había mantenido oculta hasta que los realizadores de esta obra de arte y ensayo investigaron y llegaron a las profundidades (siempre marinas) del asunto. La teoría de la conspiración de nuevo. No sé en qué geriátrico almacenan los hombres de negro a tanta criatura mitológica como hay por ahí suelta, pero donde quiera que estén, un botellón improvisado entre el Yeti, el extraterrestre de Rosswell y el Chupacabras, amenizado por las melodías de Elvis Presley, debe de ser para verlo.
Desconozco cuál es el argumento del documental de marras, pero recuerdo que hace unos meses vi uno en la tele que, si no se trataba del mismo, era muy similar. De hecho, presentaba imágenes de seres con cola y hablaba de las sirenas como si fueran las vecinas del quinto que, de vez en cuando, llaman a la puerta para pedir sal. Al final hasta yo me quedé con la duda y unas ganas tremendas de zambullirme en el Cantábrico, a ver si, al menos, me topaba con una merluza que diera el pego. Menos mal que al día siguiente ya me había olvidado del asunto... hasta ayer mismo, cuando la agencia en cuestión dijo que no para luego soltar un a lo mejor, preguntándose por qué las sirenas, si no existen, ocupan el inconsciente colectivo de los pueblos marineros. Interroguen ustedes a Papá Noel, que de esto sabe un rato. O acérquense  a Altea, aquí mismito, y sondeen a los pescadores para que se echen unas risas, que falta les hace. O, si les viene mejor, váyanse a Palomares, y, ya de paso, limpien bien la zona de la mierda que soltaron en su día, que ya les toca.
A mí esto de las sirenas siempre me ha olido a cuerno quemado. O a cuernos. De pequeña, cuando oía la historia de Ulises, me parecía que el experto navegante se había inventado el asunto de las sirenas para irse de picos pardos sin que su santa lo sospechara. El pobre, engatusado por mujeres de mala vida que, encima, ni tan siquiera se abrían de piernas... Lamentable. Y la fiel Penélope, allí, erre que erre, zurciéndole los calzoncillos mientras aquí el héroe le narraba lo horrible que había sido que una panda de señoras, con las tetas al aire y el pelo en cascada, le susurraran guarradas al oído.
Mi idea siempre ha sido que, los antiguos, pasándose tanto tiempo en el mar, tenían que sacarse de la manga algo para no estar el día entero dándole al manubrio. Entiendo que uno llegaba a tierras lejanas, veía a hembras en pelotas y, claro, el palo mayor se le ponía contento. Normal que aquellos marineros pasaran meses y meses reconociendo nuevas tierras y plantando semillas. Lo que ya me parece de traca es que luego volvieran con el cuento de que habían visto sirenas. Y que sus mujeres creyeran sus historias de "yo no quería, pero...". Me pregunto qué habrían dicho ellos si sus señoras llegaran una noche a casa, alborotadas y sin bragas, diciendo que se habían ido a lavar la ropa y Neptuno les había dado jabón con tridente y todo. Creo que la historia de la humanidad hubiera dado un vuelco dramático.
Afortunadamente, las sirenas, tal y como las conocemos hoy en día (La Sirenita, Splash, H20...) nos muestran a criaturas más amables, monógamas en el fondo y en la superficie, y cuyo fin último es tener piernas para.... esto... correr. A los chicos les encantan y las chicas quieren ser como ellas. Perfecto. Un bonito cuento cuyo argumento no se debe debatir en el Congreso ni en ninguna organización estatal. Pero, claro, el ser humano quiere creer y, a pesar de los precedentes, continúa empeñado en que, si Disney ha hecho una película, es porque existe.
Recuerdo el caso de las hadas de Cottingley, cuando dos primas inglesas, a principios del siglo XX, se dedicaron a fotografiar hadas en su jardín, suceso que dejó a la comunidad científica tan descolocada como entusiasmada. El caso saltó a los periódicos y todo el mundo empezó a hacerse a la idea de que su patio trasero estaba repleto de seres alados. Hasta que las primas confesaron, ya en los años 80, que se trataba de una falsificación. Pero durante la mayor parte del siglo, fueron muchísimos los ingleses que juraron haber visto a Campanilla al lado mismo de la barbacoa.
Lo que más me llama la atención es que, cuando se avistan seres femeninos, son todos hermosos y encantadores (salvo "la monstrua" Nessie que, como mucho, es "simpática"), mientras que a los masculinos hay que echarles de comer aparte: duendes bajitos, gibosos y de orejas enormes, humanoides de dos metros gordos y peludos... Es lo que pasa por no haber salido a cazar ni pescar cuando tocaba y haberse quedado en casa tejiendo. Aunque a lo mejor, lo que con tanto esmero elaboraba Penélope era una soga para amarrar a su santo a la pata de la cama. O ponérsela al cuello en cuanto amenazara con largarse al bar a ver el partido. Nunca lo sabremos...

miércoles, 4 de julio de 2012

Reiclando

Kleenex, esa marca de pañuelos de papel, aboga ahora por el reciclaje, tal vez un acto de penitencia tras tantos árboles talados para mayor gloria de las penas de amor, los llantos de dolor o el resfriado común del común de los mortales. Muy loable. Pero lo curioso es la forma que ha elegido para abanderar su reciclaje de amplio espectro: reciclar tuits. Así, tal y como se lee.
En su afán de ahorrar energías y, de paso, alguna que otra idea creativa, se ha marcado un tanto inventado una obviedad llamada @tweetreciclable, que consiste, básicamente, en utilizar ocurrencias paridas por otros para no tener que echar mano de las propias. De esta forma, la marca buscará los tuits que más se acerquen a a su filosofía y les hará un retweet con el objetivo de continuar sorprendiendo a sus seguidores, a los que supongo legión.
Bueno, en realidad no es que hayan inventado nada nuevo. De hecho, yo soy la primera a la que le encanta hacer retweets porque, la mayoría de las veces, no tengo nada que decir y, si lo tengo, a lo mejor no lo contaría en Twitter. Es muchísimo más cómodo agarrar al vuelo los trinos de aquellos a quienes sigues, lanzarlos al ciberespacio y, así, de paso, el mundo se da cuenta de que te nutres de personas la mar de interesante, lo que te engrandece como colibrí de las redes.
Según esta nueva filosofía del reciclaje virtual, todos reciclamos. Tomamos "prestadas" noticias e informaciones para hacer nuestros blogs, ejercitamos la misma maniobra con las fotos e, incluso, hay bitácoras tan sospechosamente calcadas unas de otras que resulta casi imposible averiguar quién fue primero, si el huevo o la gallina. No le llamemos copiar; llamémosle reciclar. Si a uno se le ocurre algo que ya ha descubierto otro, ¿para qué gastar tiempo y energía dándole un nuevo enfoque? El copia y pega de los ordenadores está para algo y, quien lo inventó, seguro que no estaba pensando, precisamente, en la originalidad y creatividad a gran escala.
Este cómodo reciclaje se ha convertido en una constante en nuestra vida cotidiana. ¿Quién acometería la búsqueda de amigos nuevos (no virtuales, of course) cuando haciendo photoshop de los que tiene puede ir tirando? ¿Por qué molestarse en descubrir a una nueva pareja cuando podemos hacerle pequeños retoques a la que tenemos para que nos dure unos añitos más? El formateado, esa cosa tan antigua a la que antes llamábamos pasar página, se ha visto desbancado por los remiendos más económicos, la recogida de bajos y el pespunteado de sisas.
El reciclaje es una actividad necesaria para el bien del planeta y la sostenibilidad. No sé si el reciclaje emocional servirá para lo mismo; si acaso para hacernos más timoratos y mucho más acomodaticios. Nos resignamos a seguir con lo que tenemos aunque no nos guste, ante el temor de desperdiciar vida y energía en algo distinto que, tal vez, no nos satisfaga. Pues mire usted: si no lo probamos, nunca vamos a saberlo.
Reciclamos nuestras imágenes haciéndole creer al mundo que todavía somos aquellas Barbie y aquellos Ken de cuando teníamos 20 años; reciclamos la casa de nuestros padres para no tener que gastar en la nuestra y reciclamos hobbies en actividades profesionales o, con mayor probabilidad dado los tiempos que corren, actividades profesionales en hobbies.
En cambio, nos cuesta más abonarnos al reciclaje de moda, belleza y gadgets ultramodernos. A lo mejor porque, como dice el anuncio de una conocida tienda de electrónica "yo no soy tonto". O sí. Aunque nos creamos más listos a medida que hacemos acopio de cosas que no necesitamos, por reciclar, reciclamos una y otra vez la misma tontería y el mismo comportamiento. Cuanto más estúpido e inapropiado sea, mejor: más orgullosos nos sentimos de nosotros mismos.
Reciclar tiene mucho arte. El mismo que copiarnos a nosotros mismos y a los demás una y otra vez, imitando modismos que no nos pegan ni con superglue pero molan mogollón. Y no es fácil: uno tiene que saber qué cosas copiar y sobre todo a quién hacerlo. Ése es, según los más modernos, el camino del exceso que conduce al palacio de la sabiduría. Pues vale.