sábado, 29 de diciembre de 2012

Publicidad subliminal

Confieso que algunos anuncios de la tele me parecen obras de arte. Lo que ocurre es que unos me recuerdan a un cuadro de Botticelli mientras otros se dan más un aire al Ecce Mono. Qué le vamos a hacer: la creatividad humana abarca aspectos más complicados de entender que un agujero negro.
En mi memoria guardo recuerdos de los spots de mi infancia (el de Tulipán, el bote de Colón, los donuts y la cartera...), básicamente clips muy sencillos y fáciles de comprender para una cabeza hueca como la mía. La cosa se complicó cuando a los publicistas les dio por ponerse poéticos y preguntarnos a qué olían las nubes o sacar la mano por la ventanilla mientras iban conduciendo por una de ésas carreteras en las que solo hay armadillos muertos (lo mínimo que te puede pasar es te rebañe la carótida uno de los chicos del maíz). Y es que reconozco que me han parido incompleta, sin el procesador capaz de entender qué demonios me quieren contar los señores que venden coches. Eso o que mis padres no me llevaron a un colegio de pago y, claro, así me va, que o me lo dicen todo mediante una pancarta o no pillo de la misa la mitad.
Pero una de las cosas más entretenidas de esta mi historia de amor unilateral con los spots es tratar de desentrañarlos. Lo que viene siendo, hacer un comentario de texto. Y en este sentido, mi favorito de estas fechas es el spot del perfume Chloé, ése en que una adolescente (si no lo es da el pego) se restriega por la cama con cara de ir muy puesta, mientras una voz aterciopelada y varonil (vaya, ¡ambos adjetivos pueden ir juntos en la misma frase!) le suplica una nueva cita al margen de la que parecen haber tenido el día anterior.
Por el contexto se deduce que la tal Chloé ha vivido una nochecita toledana. Y que ha dejado al de la voz con un calentón más lustroso que los huevos del caballo de Espartero. El susodicho, así, sin conocernos, parece un primor, porque a ver quién es el maromo que te deja un implorante mensaje en el contestador de casa en inglés y en francés. Para empezar, yo no sé los demás, pero el contestador doméstico me resulta un poco out y, para terminar, alguien que conozcas de madrugada lo más que te puede dejar es un guasap que, para descifrarlo, habría que convocar una cumbre de reputados egiptólogos.
Pero no, aquí anda el de la voz, susurrando que quiere volver a ver a la tal Chloé imaginamos que porque el polvo se le ha quedado a medias. Y ella, no sabe o no contesta, con lo que pueden suceder varias cosas: que sea sorda, que viva con sus padres y no quiera darle al molinillo donde le sirven el café o que el pavo ése del teléfono no le guste ni un pelo. Pero como a nadie le amarga un dulce, ahí tenemos a la rubia, toda sonrisas, mohines y retortijones mientras al otro se la va la vida en el discurso.
En un principio da la impresión de que la historia de estos dos no lleva a ninguna parte y que Chloé 2 nos va a sorprender con la pizpireta rubia encamada con un señor con bigote que fabrica relojes, y al bilingüe susurrándole al contestador del INEM que ayer estaba guapísimo y que quiere volver a verlo. Pero como es Navidad y los publicistas nos tienen que dejar la mesa puesta, nos sorprenden con unas secuencias en las que la protagonista se mete en la bañera y, por lo que parece al ver su cara, el agua está fría. Eso o se había encontrado con su patito de goma a pilas.
Con esto quiero decir que a lo mejor Chloé es, como diría Arturo Fernández, "una calientabraguetas" y pretende hacer sufrir a quien la pretende. Lo que viene siendo hacerse de rogar. Pero como a ella el intelectual le pone más contenta que a Charlie Sheen una rueda de reconocimiento, no duda en sumergirse en la bañera a ver si se le pasa. De ser así, pronostico un glorioso final feliz: el de la voz bonita corriéndose una gran juerga en público esa misma noche y la rubia corriéndose en privado. Siempre dicho desde el respeto, naturalmente.


jueves, 27 de diciembre de 2012

Macho Alpha

Si un estudiante de Doctorado en Ciencias Políticas me pidiera mi opinión acerca de una posible tesis, le diría que ésta podría perfectamente versar sobre el carácter y personalidad del político español en comparación con sus homólogos de otras nacionalidades. Pienso que todos nuestros dirigentes patrios tienen mucho más en común de lo que aparentan y de lo que quienes les observamos queremos ver. Una de las cosas más llamativas de toda esta panda con aspiraciones a gobernantes que hemos tenido la desdicha de sufrir en los años precedentes es su falta casi total de carisma lo cual, si lo pensamos bien, dice mucho de las batallas internas de las formaciones cuando deben elegir un líder. Llevamos tiempo sin encontrar a alguien capaz de mover corazones y aunar voluntades. Y que nadie me venga con el cuento de que Zapatero era un ser de otro planeta, como no fuera del de Hello Kitty: a quien haya tenido el tiempo y las ganas de ver su última entrevista televisada seguramente le entraron deseos incontrolables de abandonarlo todo y dedicarse a diseñar vestidos para la Nancy, una actividad bastante menos moñas que ser ex presidente y responder tontadas a preguntas de quinto de Primaria.
Un político democrático de manual debe tener, entre otras muchas virtudes externas y algún vicio íntimo, la capacidad y las ganas de negociar y la conciencia de que representa a un pueblo que lo ha elegido. Pues bien, a los que residimos en Madrid y su Comunidad nos ha mirado un tuerto: no contamos ni con lo uno ni con lo otro. Ni la alcaldesa ni el presidente de ésta nuestra Comunidad han sido elegidos por el pueblo llano, así que de entrada la cosa se pone chunga. Pero es que, además, lo de negociar no va con ellos: sobre todo en el caso de Ignacio González, digno hijo putativo de Esperanza Aguirre, el diálogo, la diplomacia y el tira y afloja le parecen cosas de rojos, inútiles e indignos para ejercer el buen gobierno.
No creo que se encuentre solo en la cruzada del ordeno y mando: en este país siempre hemos sido muy reacios a la hora de negociar, como si el hecho de sentarnos a hablar nos empequeñeciera, nos hiciera menos hombres (y mujeres) y constituyera un signo externo de debilidad interna. Luego vemos otros países, donde la diplomacia es arte y la negociación poesía, y se nos cae el alma más allá de los pies.
Ignacio González ha heredado un cargo para el que nadie le ha elegido. Pero el poder es lo que tiene, que crea machos alpha donde solo hay cachorros sin rumbo ni pedigrí. Con permiso de los antropólogos, en las culturas ancestrales el macho alpha era siempre el que lucía el penacho más colorido y reunía más muescas en su revólver o más hendiduras en su hacha. Tan alta consideración nos subyuga aun ahora, cuando creemos que el más alto, más guapo, más aparente y más pintón es también el mejor de los hombres. De ninguna manera.
El vivir es lo que tiene, que te da tiempo a conocer a hombres con todo tipo de plumas. Y a darte cuenta de que oro parece lo que ni plata es. Ni el físico ni el poder hacen al macho alpha. El auténtico, el bueno, es aquel que, más allá de una apariencia agradable o no, muestra respeto por sí mismo y por los demás, apoya incondicionalmente a quienes quiere y a los que le quieren, practica la lealtad, asume sus defectos y debilidades e intenta cambiarlos y, lejos de imponer siempre su punto de vista, se coloca en el lugar del otro y promueve la negociación, ejercitando el entendimiento aunque pierda parte de sus oropeles en el camino.
Todos hemos conocido a machos alpha por fuera incapaces de dar la talla por dentro. Y si ese tipo de hombres alcanza cargos y lugares públicos o se ven empujados a resolver confictos, el vacío, la intransigencia y la falta de agallas aflorará a las primeras de cambio. Porque no es más valiente el que más grita y más trata de imponer su razón sino aquel que es capaz de hacerte callar reconociendo que estaba equivocado. El verdadero, admirado y tan deseado macho alpha.



domingo, 23 de diciembre de 2012

El juego del teléfono roto

La gente que lee este blog con cierta asiduidad me insiste en que siente mayor curiosidad por las entradas que tratan temas emocionales o de sentimientos que por aquellas que, como dice mi amiga Carmen, hablan de "filosofía social". Obviamente, a mí me gustan más las segundas que las primeras,  y tal vez por eso no deja de llamarme la atención este desajuste bloguero que sufro en mis carnes. Después de todo, mis emociones y mis reflexiones sobre asuntos que implican a la psique no dejan de ser producto de mis experiencias vitales, que no tienen por qué ser las mismas de los demás o, al menos, no siempre vividas de la misma manera. Sin embargo, reconozco que me deja más tranquila el comprobar que no soy una alienígena y que hay personas que están de acuerdo conmigo: recuerdo que cuando escribí sobre los malos compañeros o sobre la lealtad/delealtad recibí varias adhesiones, la gran mayoría de viva voz, lo cual me hace pensar que a lo mejor sigo siendo un bicho, pero no tan raro.
Hoy me gustaría comentar ciertas situaciones que se parecen mucho a ese juego del teléfono roto que tanta gracia nos hacía de pequeños. Como todo el universo sabe, dicho divertimento consiste en decir algo rápidamente al oído de otra persona y que ésta transmita al de al lado lo que ha creído entender. Lógicamente, de la pregunta inicial al resultado final va un mundo de malentendidos, para jolgorio y risas de los participantes.
En la vida adulta nos sigue encantando jugar al teléfono roto, es decir, comentar cosas sobre terceras personas que acaban extendiéndose hasta dar lugar a apreciaciones que tienen poco o nada que ver con la realidad. Hay a quien le importa muchísimo lo que digan de ellos porque viven del cariño de su público; a una servidora le da más o menos igual, es más, creo que el que ciertas personas, con determinados caracteres y comportamientos muy censurables, hablen mal de ti se puede considerar casi un honor. Voy así de sobrada.
Hace ya casi dos años, en los primeros albores de la primavera de 2011, estuve comiendo con una amiga que, en la actualidad, ocupa un importante cargo directivo en una empresa editorial española de todos conocida. Le contaba lo mal que otra persona muy cercana a mí, también de nuestro sector, me lo había hecho pasar: la desilusión, el desasosiego y la impotencia que su comportamiento me había producido. Ella escuchó mi perorata de principio a fin y, al acabar, me dijo algo que se me quedó grabado y que vendría a ser más o menos esto: "no conozco a x pero te conozco perfectamente a ti y lo que ha demostrado con su forma de actuar es, por encima de todo, una escasa inteligencia. Este mundo en el que nos movemos es muy pequeño y no se da cuenta de que si a mí, que soy tu amiga, me llega su currículum jamás le contrataría, porque recordaría lo que tú me has dicho y la tristeza con la que me lo has dicho y no quiero que alguien capaz de cometer semejante acciones estúpidas e irreflexivas y hacer daño de manera gratuita forme parte de mi equipo". Así, con dos ruedas y un palito.
En ese momento entendí que ya no vale tanto lo que nuestros enemigos confesos digan de nosotros (la guerra es la guerra) sino lo que la gente más próxima cuente. Porque son precisamente ellos quienes mejor nos conocen y su juicio resulta fundamental a la hora de crear una primera impresión en terceros. De una forma u otra siempre condicionamos a los que están a nuestro alrededor para que piensen de una determinada manera: sobre las cosas, pero también sobre las personas. Y no nos damos cuenta del peso que pueden tener nuestras apreciaciones y las opiniones que manipulamos, a veces sin ni siquiera darnos cuenta.
Por ello, creo que tenemos que cuidar muy mucho nuestro comportamiento con aquellos que nunca nos han hecho nada malo sino todo lo contrario. Porque cualquier acto de mala fe, cualquier decisión que deje al otro a los pies de los caballos se extiende como el juego del teléfono roto y, aunque hayamos tomado decisiones producto de un calentón y de una locura transitoria, la tercera o cuarta persona a la que le llega la información (y seguro que le llegará) se hará su propio juicio de la motivación del actor, y dicho juicio será seguramente implacable, que no impecable.
Es necesario defenderse de los ataques, de los comentarios aviesos, de las actitudes malintencionadas y de las personas negativas. Pero creo que debemos tener mucho cuidado con lo que hacemos a aquellos que nos quieren, porque el dolor se ve y se siente aunque el afectado no lo cuente (bonito pareado, por cierto) y, lo que es peor, está sujeto a interpretaciones muy subjetivas por parte del observador que no dejan nunca en buen lugar a quien inflige daño. ¿Cuántas veces hemos juzgado a personas que no conocemos a través de testimonios de terceros? ¿En cuántas ocasiones nos hemos hecho un cuadro realista basándonos solo en las apreciaciones de nuestros amigos? ¿Cuán a menudo hemos querido batirnos en duelo al amanecer después de que alguien a quien queremos y respetemos nos haya contado lo mucho que otra persona le ha hecho sufrir? Creo que nos dedicamos a ello todos los días.
Nos encanta jugar al juego del teléfono roto y no nos damos cuenta de que tenemos que tener cuidado, tanto con la pregunta que hacemos, como con las personas que participan en él. Sobre todo porque quizás no nos guste nada en qué lugar nos deja la respuesta final.



sábado, 22 de diciembre de 2012

El discurso del rey

Uno de los trámites más soporíferos y absurdos que convierten las Navidades en fiestas tan entrañables es el discurso del rey. Desde que en España se reinstauró la monarquía y aun antes, los españolitos de a pie nos vemos conminados a emocionarnos año tras año con las "sentidas" palabras de nuestra autoridad máxima que, además de felicitarnos las Pascuas, nos da consejos para portarnos bien y sobrellevar las desgracias con resignación cristiana.
A quien el discurso del rey no le parezca un coñazo soberano miente como una perra. Para más sufrimiento inmerecido, todos los canales televisivos están llamados a transmitir los minutos reales, a los que solo les faltan las risas enlatadas para sonar más falsos que un billete de un euro. Pero, en fin, ahí están los medios, condenados en los días siguientes a analizar lo no analizable y a hacer comentarios de texto de un montón de palabras vacías cuyo fin no es otro que recordarnos que Juan Carlos I está ahí para pasarnos la mano por la espalda y recordarnos que, con trabajo y esfuerzo (el nuestro, no el suyo), el país saldrá adelante. Para eso y para pedirnos perdón con tanta estulticia que a la mayoría de los mortales sus lamentos nos suenan a chiste.
No hay quien aguante el discurso del rey. En gran parte porque Dios no ha llamado a los Borbones por el camino de elocuencia. No digo yo que esta familia no sirva para muchas cosas y se les den bien otras tantas, pero lo de hablar en público deberían hacérselo mirar: cada emoción que intentan transmitir con la voz suena impostada, miran como si no vieran y la nula gesticulación tampoco ayuda. Está claro que el comedimiento es un handicap a la hora de convencer a tu interlocutor de cualquier cosa, pero es que a mí me molesta especialmente que quien habla conmigo no me transmita absolutamente nada y me ponga cara, pues de eso, de Borbón.
A nuestro rey le redactan los discursos y, a lo mejor por ello, ni él mismo está muy seguro de lo que dice. Pero quienes filtran las palabras que el monarca pronuncia en fechas tan entrañables debería tener en cuenta que no se trata de sonar como si estuviera leyendo la guía de teléfonos (eso lo podemos hacer todos) sino que tiene el real deber de causar cierto efecto en quienes hemos aparcado las gambas un ratito para rendir nuestros respetos a la corona y escuchar las memeces (lo siento, pero es así) que nos repiten año tras año.
Durante las pasadas Navidades, alguien le escribió al rey aquello de "la justicia es igual para todos" y, dede entonces, creo que es la frase a la que más hemos sacado punta. Este año apuesto a que no se atreve a volver a pronunciarla, primero porque no es verdad que la justicia sea igual para todos (gracias, Gallardón) y, segundo, porque, tal y como se cuenta en los mentideros de palacio, parece que don Juan Carlos va a tener a un presunto delincuente sentado en su mesa, compartiendo el cava catalán y la caza mayor con sus parientes políticos. Ojito con la cubertería de plata.
Sin embargo, yo este año sí quiero ver y oír el discurso del rey. Haré un gran esfuerzo por no dormirme en el ínterin, pero me intriga saber cómo va a conseguir nuestro monarca salir de rositas de todos esos despropósitos que nos ha regalado y, encima, dar la impresión de que es un soberano justo, ecuánime y, en resumen, el rey de todos los españoles. Tarea difícil la que le espera. Ha metido tanto la pata que, a estas alturas del 2012 que se acaba, somos muchos los que pensamos que nuestro monarca empieza a estar senil y que es la reina la que, en merecida venganza por cosas privadas, toma las riendas de la cosa pública. Una reina, por cierto, que, visto lo visto, se ha cargado en cinco minutos y con una visita guiada su reputación de "gran profesional".
Pero, a pesar de mis deseos de contemplar con qué faena nos obsequia aquí el maestro, yo le recomendaría al rey que se haga un último favor a sí mismo y pase de discursos, que para decir obviedades y mentirnos ya está el gobierno; si le parece, mejor dedique las fuerzas que le quedan tras la última operación a arreglar sus líos domésticos. Lo de que tenemos que unirnos frente a la crisis, confiar en la justicia, practicar la solidaridad, obedecer a las autoridades que solo buscan nuestro progreso, salir a las calles de forma discreta y sin emoción y hacer el bien ya lo sabemos. Y lo que no sabemos (sus escapadas, sus gastos cargados al erario público, los tejemanejes que emplea para proteger a Urdangarín etc) no nos lo va contar, así que, su majestad, solo le deseo que tenga la fiesta en paz.
Eso sí, a una, que es muy lagarta, le encantaría que contestara a una preguntita tonta: ¿qué hace una foto de su ex yerno Marichalar entre la galería de marcos que pueblan la mesita auxiliar de su despacho? Vale, no hace falta que me responda: ya empiezo a elaborar mi propia teoría de la conspiración...


lunes, 17 de diciembre de 2012

Adiós a las armas

Cuando ocurren tragedias como la de este último viernes en un colegio de un remoto lugar de Connecticut, es inevitable no plantearse el sentido de la vida o, más concretamente, el sentido común. Quitando a muchos de los ciudadadanos de Estados Unidos, son pocos los mortales que muestran un mínimo de comprensión hacia una legislación tan permisiva con el uso de armas, que favorece el acceso a las mismas hasta a individuos a quienes no daríamos ni un tenedor de plástico.
En general, soy una persona muy crítica con muchas de las cosas que ocurren en la tierra del Tío Sam y gran parte de sus ocurrencias. Pero he de decir que, como nación y sistema, tiene cosas admirables, algunas de ellas contenidas en ese puñado de Enmiendas a la Constitución que tantas veces aparecen mencionadas en la pantalla, sobre todo si hay policías y abogados de por medio.
El uso (algunos diríamos que abuso) de las armas está contemplado en la Segunda Enmienda. De mis tiempos de estudiante recuerdo vagamente que estas Enmiendas se fueron añadiendo a la Constitución más antigua del mundo, actuando como remiendos de un texto legislativo cojo, que necesitaba adaptarse a los tiempos y a la realidad social de la gran nación americana. Esta libertad o libertinaje en el empleo de armamento tiene su razón de ser, no tanto para evocar hazañas épicas del lejano Oeste y conservarlas en la memoria colectiva, sino como respuesta a la necesidad del habitante de Estados Unidos de defenderse. Creo recordar que la Segunda Enmienda nació poco antes de 1.800, cuando no todos los americanos estaban convencidos de que siempre tendrían un gobierno justo y buscaban garantías de poder defenderse de los abusos llegado el caso. Al mismo tiempo, recogía y reconocía la utilidad de las milicias civiles, tan activas en los tiempos de las invasiones inglesas. De esta forma, se ponía por escrito el derecho y el deber de armar a la población civil para responder a futuros y posibles ataques de agreseros externos.
De aquella época al día de hoy ha llovido mucho, y aunque nos da la impresión de que los Estados Unidos se están inventando enemigos continuamente para justificar acciones políticas de dudosa moralidad, lo cierto es que a veces parece que el principal enemigo son ellos mismos.
En Canadá, el país vecino y tremendamente cercano a esta localidad de Connecticut que tanto espacio ha ocupado en los medios, la legislación sobre caza es muy permisiva y, por lo tanto, muchos canadienses guardan armas en sus casas. Sin embargo, no parece tan habitual que a un descerebrado le de un aire y se arme de pistolas y escopetas hasta las cejas para cargarse a un colectivo importante de compatriotas. Resulta obvio que el uso indiscriminado de armamento es inadmisible, pero también que la realidad de Estados Unidos es mucho más compleja y no se reduce solo ala venta libre de pistolas y otras cosas del matar (creo recordar que hay un Estado de la Unión en el que se prohibe la venta de armas de juguete a menores pero no así de las de verdad; pa'habernos matao).
No tiene que ser bueno educar a los niños en el uso de armas ni el que todo a su alrededor (la familia, los amigos, la televisión, el cine...) les envíe continuamente el mensaje de que no solo es legítimo sino también necesario guardar una pistola bajo la almohada. No me imagino la cantidad de muertes que puede haber visto un niño de siete años norteamericano que pase dos horas diarias frente al televisor. Tal parece que la vida humana pierde valor a medida que lo gana el espectáculo.
Pero detrás de estas algaradas de tiros y asesinatos también está el sentido de Comunidad (así, con c mayúscula) que tienen los norteamericanos y que se encuentra lejos de lo que un espectador europeo pueda entender por ello. Para el habitante de un pueblo de Estados Unidos, la Comunidad es el lugar que le permite crecer y socializarse, al que acude cuando necesita ayuda y al que se ve obligado a cuidar y salvaguardar. Los habitantes de una Comunidad se apoyan mutuamente y solventan las necesidades de cada cual siguiendo una ancestral versión de la cadena de favores. Pero una Comunidad pequeña exige a sus integrantes estar dentro del sistema, trabajar para el sistema; no es bueno ser diferente, ni especial, ni raro, ni, por supuesto,sentirse aislado. En un contexto de rechazo individual por parte de la masa social, el individuo ataca donde más duele, en el núcleo mismo de la Comunidad, donde ésta protege a quienes considera su mayor tesoro.
Pero, al margen de explicaciones, observaciones y opiniones tremendamente personales, no deja de sorprenderme esa festiva imagen del simulacro que la fallecida directora del colegio de Newtown habría colgado en su cuenta de Twitter. No sé los demás, pero si algún día la escuela de mis hijos me mandara una nota para decirme que pretenden efectuar un simulacro con el fin de enseñar a los alumnos cómo actuar en caso de un ataque exterior, me preocuparía. Y mucho. O, al menos, me preguntaría en qué tipo de país vivo cuando unos niños no pueden ir al colegio sin descartar que algún día, y las probabilidades no son tan mínimas, un loco se cuele por una ventana y les vacíe en la cara el cargador de esa maravillosa pistola que se acaba de comprar en el supermercado, junto con medio kilo de patatas y un par de coca-colas. Dios bendiga a América.


sábado, 15 de diciembre de 2012

El hombre perfecto

El hombre perfecto no existe. Como tampoco la mujer perfecta, el hijo perfecto, la casa perfecta etc., etc. La perfección es una quimera inalcanzable que, aun a sabiendas de su carácter efímero (lo que implica un indudable paralelismo con la felicidad) actúa como acicate para el ser humano. Su búsqueda nos vuelve ambiciosos, nos pone metas y nos estimula, siempre y cuando no llegue a convertirse en una persecución obsesiva, en la que nos obliguemos a nosotros mismos a desechar oportunidades con vistas a realizar sueños inalcanzables.
La persecución de la fantasía del príncipe azul, el hombre o la mujer ideal nos mantiene ocupados gran parte de nuestra vida. Creemos firmemente que hay alguien ahí fuera para nosotros: probablemente habrá "alguienes", pero es nuestra labor saber verlos y apreciarlos, tarea harto difícil porque, en ocasiones, las circunstancias no son propicias y, en otras, no estamos receptivos o no nos apetece. Siempre digo que para que entre dos personas surja algo especial tiene que haber mucho más que la voluntad de las partes: debe darse también el momento y el lugar. De ahí el éxito de ciertos reencuentros, cuando dos individuos se cruzan y no puede ser pero, con el paso del tiempo y, a veces, el cambio de espacio, la relación puede (y a lo mejor hasta debe) nacer y salir adelante.
No obstante, esta teoría elemental de las emociones choca con un enemigo muy poderoso: el propio ser humano. Nos empeñamos en creer que la persona ideal es aquella que más se nos parece, la que comparte con nosotros intereses y formas de pensar. He dicho otras veces que eso no es así, que elegimos a los amigos porque están en nuestra misma onda (escogemos a nuestros iguales) y a la pareja porque es nuestro complementario, aquella persona que solventa nuestras carencias (y nosotros las suyas), que nos ayuda a crecer y nos aporta cosas insospechadas; que nos hace mirarnos desde dentro y comprender cómo nos ven desde fuera y con la que formamos un buen tándem porque, precisamente, cada uno tiene lo que al otro le falta. Un igual está destinado a compartir amistad y a lo mejor ni eso, porque cuando se intenta construir una pareja con quien es casi tu gemelo, las emociones acaban por virar: al principio nos gusta lo que vemos en el otro porque es lo bueno de nosotros mismos; con el tiempo acabamos contemplando, no solo nuestra peor cara, sino el desgaste que podemos causar con la toma de decisiones equivocadas.
En la mujer, la búsqueda del hombre perfecto nos lleva a caer en determinadas ilusiones ópticas, a veces inasumibles e incompresibles. Pero lo más curioso es la diferencia tan grande de lo que consideramos hombre ideal en las distintas etapas de nuestras vidas. El otro día, hablando con una amiga, se preguntaba por qué las niñas preadolescentes e, incluso, adolescentes, sienten tanta querencia hacia los chicos de aspecto afeminado. No soy psicóloga y, por lo tanto, cualquier elucubración que haga va a resultar una perogrullada pero, a lo mejor, se trata de fijarse en individuos cuyo aspecto no denote agresividad (difícil que una niña se enfrente y afronte la necesidad de un macho en su vida). Además, debemos tener en cuenta que todavía se halla muy presente la "rémora" de jugar con muñecas, la mujer-madre que busca un individuo con cara de niño, fácil de manejar y complacer pero que, al mismo tiempo, tenga una apariencia física lustrosa y un rostro agraciado que se salga de la media. Al fin y al cabo, las historias románticas de los dibujos animados y las películas teen nos presentan siempre un modelo de chicos de rasgos femeninos y modales muy poco agresivos.
A medida que la mujer madura y es consciente de su feminidad busca un complemento, el hombre que también sea consciente de su masculinidad. Supongo que los antropólogos lo achacarán al rasgo atávico del macho que salía de caza etc, etc. Ante esto siempre me acuerdo de una tribu que vivía en la Patagonia argentina y donde las mujeres eran las que cazaban y pescaban y los hombres quienes se quedaban en el poblado para defender la nada de los supuestos agresores externos. Curiosamente, en las fotos de la época se observa a mujeres de físico eminentemente masculino al lado de sus machos alfeñiques.
Pero es cierto que en nuestra sociedad, el crecimiento personal nos lleva a la búsqueda de un complemento adecuado. Hemos madurado y no queremos a alguien que sea igual a nosotros (para eso ya tenemos a los amigos), buscamos a un hombre de verdad, con el que compartir ideas y sentimientos, pero que también disponga de todas las características que nos han contado que vienen de serie: la toma de decisiones, la ambición personal, la capacidad de resiliencia y cierta sensación de autoridad que siempre hemos atribuido al varón. Además, lógicamente, de los rasgos masculinos que le son propios. Lo más curioso es que, a medida que una mujer va quemando etapas, ya no le importan tanto los rasgos masculinos exteriores que antes le impresionaron y busca la masculinidad interior, ésa que convierte a un hombre no en "el perfecto", pero sí "el de verdad", "el auténtico".
No voy a insistir en la desincronización sexual que llevamos a cuestas ambos géneros toda la vida, pero creo que una cosa es la necesidad puntual del cuerpo y otra la del espíritu: es decir, que, a veces, no solo son los hombres los que buscan compañeras sexuales "de usar y tirar" (perdón por la desafortunada expresión) sino que es la mujer la que necesita un estímulo puntual para poder sentirse deseable, sobre todo a determinadas edades, cuando el físico no acompaña tanto pero una sabe lo que le gusta y cómo le gusta. Y, sobre todo, lo que no quiere.
A todo esto, y a pesar de mis burdos intentos por buscar una explicación coherente, me sigue fascinando que un imberbe como Justin Bieber continúe siendo ídolo de masas y el príncipe azul para un montón de jovencitas de buen ver. Igualmente extasiada estoy con ese desbaratado plan de cortarle los testículos para venderlos por internet. Supongo que la banda de descerebrados que ideó semejante plan acabaría fotografiándose a lo Carlos Delgado, conseller de Turismo de Baleares, que se sacó una instantánea con un par de cojones de ciervo en la cabeza. Aunque, bien pensado, prefiero no imaginarme a nadie con los huevos de Bieber encima de la almendra. Tengo otras cosas mejores en las que pensar y gente mucho más interesante a la que contemplar.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Se acaba el mundo

Cualquiera que lea los títulos de mis últimos posts puede pensar que voy directa a los abismos más insondables. Tampoco es eso. Me salen títulos catastrofistas de natural, porque hace mal tiempo, porque no me gusta el frío o porque las Navidades me darían igual si no les tuviera tanta tirria. Nadie es perfecto y, desde luego, yo mucho menos.
Pero si a mí estas fechas me sientan mal física y anímicamente, tampoco lo deben de estar pasando muy bien los chicos de la NASA, que no paran de contestar llamadas de paisanos agobiados ante el advenimiento del fin del mundo. Algunos decían que el suceso acontecería el pasado día 12; como no hubo lugar y tampoco se ejecutaron maldades mucho más aviesas que durante una jornada normal, supongo que ahora toca hacer caso a la otra mitad del planeta, empeñada en que esto va estar finiquitado el próximo 21. Así lo aseguran (?) los Mayas a los que nunca habíamos hecho ni puñetero caso, pero a quienes ahora seguimos fervorosamente como si, efectivamente, no hubiera un mañana.
Antes que nada, he de decir que a mí el 21 me viene mal acabar con todo. Primero, porque es viernes y, dentro de las desgracias que siempre me depara el otoño, este día es de lo poco salvable de la semana. Segundo, porque el sábado coincide que es 22 y se sortea el Premio Gordo de la lotería, algo que siempre me fascinó desde pequeña y me sabría mal perdérmelo. Y no, no es que piense que me va a tocar un porrón de millones (yo no creo en nada ni nadie que, directamente, no me toque); más bien es porque me da buen rollo oír el mantra de los chavales de San Idelfonso, entregados con fervor religioso a desgranar la tabla numérica. Y tercero, y no por ello menos importante, no sé qué ponerme. ¿Cómo se viste una para el fin del mundo? ¿Doy rienda suelta a mi fantasía de recibirlo en la calle, con bata, zapatillas y rulos? ¿Me pongo traje de luces? ¿Voy en bragas? ¿Llevo tacones? No, eso no, que lo mismo hay que correr y pierdo el ser antes de la hora señalada... En fin, sesudas reflexiones que le asaltan a una en cuanto se aproxima a la taza del retrete.
Volviendo al tema de la NASA y sus fines, es lógico que el plantel de ingenieros titulados ande de los nervios. Sabiendo cómo son sus compatriotas, dispuestos a construirse un bunker con dos cartones de leche y un envoltorio de chicle en cuanto se convencen de que pueden ser atacados por un pollo de dos cabezas, lo raro sería que se quedaran todos en sus casas tan tranquilos, rendidos a la evidencia y  echándose unas risas con el Saturday Night Life.
Pero, discusiones futuristas aparte, yo sí creo que el mundo se va a acabar el 21. Es más, diría que ya lleva un tiempo preparando su final: un the end lento y doloroso, sin títulos de crédito, no vaya a ser que haya que pagarlos. Lógicamente, me refiero al fin del mundo tal y como lo conocemos o lo conocí yo. Porque quien esto escribe vivió en un país donde la sanidad era pública, la justicia gratuita, todos podíamos acceder a la educación aunque fuera mediante becas, los políticos ilusionaban y los malos iban a la cárcel. Yo viví en un país donde Eurovisión era un festival, donde la selección española de fútbol no ganaba, pero le cascaba 11 a 1 a Malta y hasta nos lo creíamos, donde la libertad dejaba de ser una utopía y donde podías vivir cómodamente si trabajabas y te ganabas el pan con el sudor de tu frente. También había ladrones, vagos y maleantes, todos ellos sometidos a escarnio público y no ensalzados ni, la mayoría, indultados.
Viví en un mundo donde la familia real parecía real y, además, familia; donde veíamos series y no programas de cotilleo por la mañana, durante la siesta y al irnos a dormir; en el que el sexo daba todavía reparo (hasta que dejó de darlo) y los jóvenes inventaron otra forma de disfrutar de la vida. Por supuesto que había muchas cosas malas, incluso apuesto a que algunos calificarían todo aquello directamente como una "mierda" pero, señores, era mi mierda.
Recuerdo que, de pequeña, las abuelas decían que, con los años, entenderíamos eso de que los tiempos de uno siempre son mejores que los de quien viene detrás. No sé si los nuestros fueron mejores o peores, pero sí distintos. Hubo crisis, hubo paro, hubo desolación y angustia, pero no estábamos ni de lejos tan tristes ni amargados como ahora, viviendo en este perpetuo otoño donde todo se empeña en morir una y otra vez. Menos mal que nos dicen que la luz y los colores "son maravillosos".
El mundo que yo conocí se acaba. Quizás tiene que ser así para que renazca algo mejor o tal vez no, quizás lo que nos espera sea un desierto apocalíptico donde solo sobreviven los villanos y delincuentes. A lo mejor el futuro que nos aguarda, de haberlo, se parece a Mad Max, pero yo me lo imagino al estilo de Gattaca, donde únicamente se admite a los "perfectos", entendiendo por ello lo mismo que entendería nuestro gobierno si algún día le diera por pensar, que no creo. Le falta práctica.
Tal vez a los padres de la patria les da por sacar su lado ñoño (ése que tanto aflora en Navidad) y nos perdonan la vida más allá del 21. Probablemente, porque, como los vampiros, necesitan seguir sacándonos sangre para poder alimentarse. En todo caso, ni ellos ni nosotros conseguiremos evitar que ya nada sea igual, por mucho que la NASA ponga toda su buena voluntad y recicle a ingenieros de telecomunicaciones en operadores del teléfono de la Esperanza.
Yo, por si acaso, voy a rebuscar un ratito en la basura. Creo recordar que tengo unas cuantas botellas de plástico y alguna cáscara de naranja. Con esto y las instrucciones del Lego Star Wars, lo mismo me puedo empezar a construir un búnker apañao. Y que se rían los feos.


jueves, 13 de diciembre de 2012

Maneras de morir

Hay en la tele un programa, espectáculo puro, que ha ido dando tumbos de una cadena a otra hasta recalar en ese apéndice de cierta generalista llamado Xplora. Me refiero al ente diabólico conocido como 1000 maneras de morir, que como show no está mal, principalmente porque contiene ingentes cantidades de sangre y risas a mogollón.
El programa en sí recrea muertes estúpidas que se supone que nunca debieron ocurrir y que son fieles reflejos de casos reales. Respecto esto último tengo mis reparos, porque he visto cierto episodios que se desarrollan en países tercermundistas con mandatarios ídem que dudo que hayan existido alguna vez. Ambos. Y aquí debo hacer un inciso, porque no puedo dejar de sorprenderme ante la ignorancia geográfica del norteamericano medio: le dicen que hay un hermoso país centroeuropeo llamado Cortilandia, con un príncipe casadero de buen ver, y se lo creen. Es más, no dudan que alguna compatriota suya vaya a estudiar a tan hermoso lugar, se cruce en un Starbucks con el príncipe de cuento, se enamoren y ella acabe coronada reina. El cómo ha podido llegar una americana a estudiar el anidamiento del colibrí en un país que no existe es un misterio más profundo que el de los agujeros negros. Pero, bueno, estoy convencida de que si a algún paisano de un pueblo remoto de Arkansas le decimos que hay una nación llamada Mercadona en el cuerno de África lo mismo se lo cree. Igual que no dudo que muchos piensen que Oz y el mundo amarillo de los Simpson se sitúan por allá, a mano derecha, lindando con la frontera de Texas.
En fin, volviendo al show con resultado de muerte, en realidad se trata de una sucesión de fábulas muy bonitas cuya moraleja es tan estupenda como poco creíble: los malos son todos unos imbéciles de manual que encuentran una muerte descacharrante en pago por los pecados cometidos. Sería bonito que esto ocurriera de verdad y que los tontos muy tontos finalizaran sus días víctimas de sus tonterías, pero todos sabemos que la realidad, al menos en este caso, no se parece nada a la inventada y aumentada que nos venden en televisión.
Todos y cada uno de los protagonistas de los sketches de 1000 maneras de morir merecen la muerte. Y, sin embargo, en la vida que nos ha tocado vivir, la mayoría contemplamos estupefactos que los malvados suelen irse siempre de rositas y que, para más inri (bonito palabro en este contexto), tienen grandes funerales y emotivos entierros, repletos de gente que dice quererlos, llorarlos y extrañarlos. Y un jamón.
Reconozco que me gusta mucho creer que toda mala acción tiene un castigo y, de hecho, juro que lo he visto. Es cierto que, tarde más o tarde menos, la vida golpea a los crueles e inmisericordes siempre donde les duele, principalmente porque suelen tener un lado tremendamente vulnerable que se esmeran tanto en proteger que, al final, se les ve el plumero y les canta el alerón. Carnaza para sus víctimas. Resulta muy fácil que les llegue la hostia que tanto merecen, la cual se amplifica desde el momento en que a todos nos duelen más las cosas que nos rozan la parte más débil o la herida mal curada. No falla.
Sin embargo, hasta que el karma actúa recompensándonos con la dulce venganza, podemos echarnos a dormir. Y tampoco se trata de quedarnos sentados eternamente en la puerta de casa esperando ver pasar el cadáver del enemigo (muerto de forma estúpida, of course), no vaya a ser que nos salgan llagas en las posaderas y sea peor el remedio que la enfermedad. Tenemos cosas mucho más interesantes que hacer (limpiar el horno, tocarnos la oreja con la mano contraria, mirarnos las uñas de los pies…). Calma chicha, porque el proceso puede ser lento, más aún cuando somos conscientes de que al final lloverá, aunque todos los días nos alumbre el mismo sol de (in)justicia. Al menos en mi caso puedo aventurar en qué lugar les caerá el gran palo a las personas que alguna vez me hicieron daño; no es que sea vidente, es que sé perfectamente dónde son más vulnerables. Porque ellos lo valen.
A los que no profesamos el chollo de la fe nos viene de perlas creer en esta especie de justicia divina, sobre todo cuando la vida se encarga de demostrarnos que teníamos razón. Y es casi lo único que nos queda, porque la otra justicia, la tangible de juzgados y tribunales, se está convirtiendo en una quimera mucho más improbable que la kármica. De seguir por este camino de tasas y recortables, acabaré confiando más en el universo a la hora de poner orden que en nuestro Ministro de Justicia, empeñado en montar un tsunami legal e implantar una justicia al más puro Oeste americano: servil, caciquil, desigual, idiota y tremendamente injusta. Tal vez soy más mala que la tos, pero empiezo a pensar que Gallardón se merece también su altarcito en 1000 maneras de morir, ese limbo de memeces a donde nos gustaría que fueran a parar (ellos eligen su momento de gloria) todos aquellos imbéciles y estúpidos que en algún momento de nuestra vida nos destrozaron por dentro y, a lo mejor, también por fuera. Su indignidad nos debe grandes pedazos de nuestra dignidad y esperemos que algún día empiecen a pagar. Con sudor, si es posible.


domingo, 9 de diciembre de 2012

Volver a empezar

Está claro que no soy muy fan de las segundas oportunidades, aunque es verdad que yo tuve una en su día y vaya si la aproveché, aunque entonces ni siquiera me estaba dando cuenta de ello. Por supuesto, no me refiero solo a las segundas oportunidades de índole sentimental, porque este volver a empezar se puede plantear en cada uno de los ámbitos de tu vida, incluso en el meramente físico.
En realidad, mis dudas sobre el concepto vienen de la propia idiosincrasia del mismo, de la expresión "la vida me dio una segunda oportunidad" como si esto fuera algo que nos estuviera esperando a la vuelta de la esquina. Yo no creo que las segundas oportunidades se encuentren "de casualidad" sino que se buscan, consciente o inconscientemente. Y se buscan cuando estás preparado para afrontarlas. Es ridículo pensar que la suerte te ha puesto ahí ese regalo de pura chiripa, porque en ese caso no obedece a ningún cambio personal sino a una curiosa (y a veces maliciosa) concatenación de factores externos que conducen irremediablemente a un segundo fracaso. Quizás tú estés ahí solo de rondón, en plan convidado de piedra, y esa segunda prueba sea para otro, pero el caso es que si no lo has buscado y peleado, es complicado que te enfrentes con garantías al duro proceso de sacarle jugo. Porque este  paso es el verdaderamente complicado, el que te lleva a enfrentarte contigo mismo, con tus errores y aciertos, reconocer tu peor cara, analizar tu propia vida aun sabiendo que hay cosas que no te van a gustar un pelo, hacer acopio de herramientas para solucionar los problemas y abordar la toma de decisiones con coraje, reconociendo que no van a ser fáciles y que la tentación del abandono estará siempre ahí. Las otras segundas oportunidades, épicas, dramáticas y en el fondo tremendamente teatrales, son páginas para llenar un diario, donde el propósito de enmienda irá a parar más temprano que tarde al mismo sitio al que van los propósitos de Año Nuevo, donde confiamos en que los problemas los resuelvan otros o, mejor, que lo hagan por sí solos (el tiempo lo cura todo ¿no? Pues a lo mejor no) y esperamos poder sobrevivir unos meses o años más a base de parches del todo a cien. Inconscientemente, todos sabemos si una segunda oportunidad va a funcionar desde el momento en que nos damos cuenta de cómo ha surgido este supuesto regalo del cielo y de los cambios o no que ha experimentado la persona objeto de semejante detalle. Y si no estáis de acuerdo conmigo, echad un vistazo a vuestro alrededor.
Todo esto viene porque ayer me volví a quedar prendada del señor Silvio Berlusconi, ese hombre, inasequible al desaliento, que amaga con volver a presentar sus credenciales para gobernar Italia creyendo que es el único que puede salvar a su país de los tremendos desastres que están a punto de sumergirla en el averno. Este prócer de la Humanidad, grande entre los grandes, acude al rescate de su país cuando nadie le ha llamado, pero él, que es muy listo, ha entendido que sin la presencia de una figura dictatorial (ocupada estos últimos años en sentar sus insignes posaderas en varios banquillos judiciales) los de su partido no encuentran el Norte y han perdido el Sur. Lo cual viene a demostrar, ni más ni menos, que los suyos estaban ahí para chupar del bote y han huido en desbandada cuando les han quitado la teta. Vamos a ver lo que tardan en reaparecer ahora que don Silvio se ha calzado la armadura y ha abierto la caja de los truenos que también es la del tesoro.
Silvio Berlusconi ha aprovechado el devenir de los tiempos, el que Monti esté hasta las narices y más allá de gobernar contra todos y el que la crisis mundial en general y europea en particular amenace con convertir a Italia en la nueva España. Y todos sabemos cómo está España... No es que el ex primer ministro haya hecho examen de conciencia, se haya enfrentado consigo mismo, su tinte y su postizo, haya puesto en solfa su machismo pueblerino y garrulo reconociendo de paso sus arteras maniobras para corromper jueces y evadir todo el peso de la Ley... Lo que le ocurre a este hombre es que "la vida le da una segunda oportunidad". Ni más ni menos. Aquí nadie parece tener los cojones de enfrentarse a don Silvio y asumir el mando en la formación política que el enorme estadista ha parido y, claro, como todos vemos la realidad como nos da la gana, eso va a ser porque los italianos están reclamando la vuelta a la política de quien tanto hizo por ellos. Así se las ponían a Fernando VII que, por cierto, fue el rey que al final derogó la Constitución de Cádiz y restauró el absolutismo. Una buena pieza, vamos.
El propósito de enmienda de Berlusconi es igual a cero, con lo que esta segunda oportunidad tiene toda la pinta de acabar como empezó, convertida en chirigota. Porque, que yo sepa, el gran Silvio sigue empeñado en acabar con la separación de poderes y hacer trizas al judicial (eliminar el poder omnímodo de los jueces, como lo describe el "presunto" al más puro estilo Urdagarín) y seguir construyendo gobiernos de risa con personajes lamentables, a cuyo lado los colaboradores de Sálvame harían un dignísimo papel. Por supuesto, Berlusconi, con sus 76 tacos a cuestas, continúa dando pena en su papel de viejo verde botella consumidor de Viagra, empeñado en hincársela a todo lo que tenga un agujero. Y, obviamente, sigue manteniendo a aquellas chicas de buen ver con las que practica el Bunga-bunga, que me imagino que será algo así como la oca, donde me pongo a tiro porque me toca. Estas elegidas para la gloria reciben un sueldo de 2.500 euros al mes y una vivienda más que digna por mantener la boca cerrada y el culo prieto. Y lo peor es que tal dispendio no solo se sabe, sino que se consiente y estoy segura de que aún quedan italianos orgullosos de las machadas de su ex mandatario. Animalicos...
La política italiana siempre me ha parecido un espectáculo de primera para cualquier politólogo. Los gobiernos de ida y vuelta, la telaraña tejida por la mafia, la curiosa alternancia en el poder... todo la convierten en uno de los shows más entretenidos que he presenciado. Berlusconi promulgó el ordeno y mando entre tanto mercadeo, es cierto, pero también instauró en Italia esta forma de gobernar a lo república bananera que ahora vemos en España (ay Mariano, qué poco original eres). Monti el gestor resultó, entre otras cosas, demasiado aburrido para un pueblo acostumbrado al vodevil y, ahora, que empieza la fiesta cuya traca final electoral culminará en 2013, estamos llamados a contemplar de nuevo lo mejor y lo peor de los italianos. Me froto las manos. Por lo pronto, según los sondeos, el Pueblo de la Libertad de Silvio Berlusconi cuenta solo con el 18% de los votos, con lo que al muy ex no le llegaría ni para volver ni, por supuesto, para empezar. Sin embargo, estoy convencida de que va a haber espectáculo. La próxima vez que diga que las segundas oportunidades no molan, que alguien me de una colleja, por favor.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Cuerpazo

Soy muy fan de los vídeos musicales, qué se le va a hacer. Me gusta el trabajo global, ver cómo los artistas intentan plasmar las notas en imágenes y las herramientas que emplea cada cual para lograrlo. Todo ello, que así dicho parece muy poético y hasta contiene cierto punto romántico, se convierte en boñiga cuando veo determinados vídeos, normalmente paridos en lugares muy concretos del planeta y por gente muy específica cuyos nombres entran y salen continuamente de las páginas de cotilleo.
No voy a meterme en diferencias culturales, de raza o de religión, porque me daría para escribir hasta un manifiesto, pero es verdad que algunos "artistas" parecen ser incapaces de creerse su propia música. Y lo digo porque, para que lo suyo tenga impacto, necesitan recurrir a factores externos, mucho mejor si dichos factores se contonean en biquini o, directamente, en bragas.
Después de todos los avances femeninos, de predicar la igualdad y tal y tal, cada vez que enchufo la MTV por un período no mayor de diez minutos me trago al menos dos vídeos con jamelgas de carnes prietas intentando provocar al personal, mientras el "papi" de turno hace aspavientos sentado en un remedo de trono y con las piernas abiertas como si no le cupiera entre ellas su armamento pesado. A veces no sé de qué puñetas trata la canción, porque el mensaje está meridianamente claro: yo soy el puto amo, gano una pasta que te cagas y tengo todas las tías que me apetece. Pues que sea enhorabuena, machote.
Y no son los únicos que utilizan a bailarinas Playboy para promover lo suyo: juro que he visto vídeos de artistas femeninas muy laureadas y con varios premios Grammy en su haber haciendo lo propio o, lo que es lo mismo, poniendo posturitas y mohines, sacando el culo en pompa aunque nadie se lo haya pedido y restregándose las mamellas ante el primero que se ponga en clave de Sol, ya sea hombre, mujer, animal o paraguas.
Está claro que el sexo vende, pero, particularmente, me cansa mucho que todo el mundo me quiera hacer pasar por el mismo aro empleando idéntico truco. Es como cuando vas a un zócalo o a un gran mercadillo y todos los allí presentes intentan atraerte a sus puestos con las mismas artimañas. Lógicamente, abandonas el lugar con unas ganas enormes de pasarte la tarde entera haciendo pasillos en El Corte Inglés.
O sea, que por una parte, este tipo de estrategias me resultan cansinas y pelín vergonzosas, pero por otra, me parecen, más que sexistas, que también, bastante paletas. Porque la utilización del cuerpo de la mujer para atraer la atención es el recurso más burdo que la publicidad ha inventado. Vender, vende, aunque también sirve para esconder otro tipo de carencias, que en este caso serían las musicales y artísticas. Me viene a la mente una conocidísima cantante, muy rica (supongo que para muchos no solo es rica sino que también lo está) y que, a pesar de asegurar que canta en español, juro que cuando la oigo pienso que habla en hebreo antiguo. Eso sí, se contonea que es un primor, con lo que lo caliente, en este caso, sí quita lo cortés. Lo más curioso es que podemos poner a caer de un burro a un rapero por magrearle el culo a una negra zumbona, pero lo de esta chica es puro arte. Ya.
Siempre me hizo mucha gracia aquel vídeo de Robbie Williams (reconozco que le tengo hasta cariño al muchacho) en el que se esforzaba por llamar la atención de unas aburridas top models quitándose la ropa. Acababa arrancándose hasta la piel en un intento de que la peña se fijara en su sex appeal. Me parece una buena metáfora de lo que pretendemos hacer y vender. Da igual que queramos publicitar esa cosa tan graciosa llamada Gangnam Style o una de Black Eyed Peas: en algún momento saldrá alguna jaca enseñando cacha con cara de esperar que cualquiera de los presentes le encaje el trípode. Cuerpos tenemos, música habemos.
A este curioso exhibicionismo que asumimos con tanta facilidad como la publicidad de la coca-cola (te tomas un refresco y se te pasan todos los males incluido el acné), podríamos añadir otros ejemplos más subjetivos de ensañamiento corporal. Y si no me creéis, por favor, que alguien vea una semana entera los informativos y me diga cuántas noticias encuentra metidas con calzador únicamente para mostrar carne. Ya sea la excusa de los ángeles de Victoria Secret, el calentamiento global, el veranillo de San Miguel, las protestas antitaurinas o la inauguración de un spa en Las Alpujarras. El otro día, incluso, unos avispados editoras emplearon la noticia del boom de la economía brasileña para mostrarnos a los chicos y chicas de Ipanema en paños menores. Y los espectadores tocando la zambomba, imagino (que nadie me malinterprete, ¡es Navidad!)
La cosa llega incluso a empeorar cuando echamos un vistazo a ese documental llamado Cuerpos embarazosos que a veces alcanza la categoría de cine gore. Para quien no lo haya visto nunca, un grupo de médicos de buen ver recorre el Reino Unido con su consultorio nómada para animar a sus paisanos a que dejen atrás sus vergüenzas y se curen aquello que más les acompleja. Los no iniciados disfrutarán con el montón de tetas, vaginas, culos y penes que pasan por delante de la cámara, aunque muchos en un estado deplorable. Y digo yo, si tú, inglés medio, has estado toda tu vida sufriendo en silencio las hemorroides, ¿a qué viene ahora enseñarlas al mundo entero con sendos primeros planos y en versión tecnicolor? ¿De verdad era necesario? Misterios de la ciencia.


jueves, 6 de diciembre de 2012

El secreto de la felicidad

Soy consciente de que me repito más que el ajo, pero insisto en que la felicidad es patrimonio de los tontos. Me refiero a ese estado perpetuo de dicha en el que afirman morar algunos. No lo entiendo; de hecho, desconfío de aquellos que dicen ser siempre felices. Y desconfío porque la cualidad principal de esta sensación de euforia y contento es, precisamente, su escasa duración. Se trata de un subidón repentino que, para más inri, nos coloca en las nubes, porque sabemos que va a durar poco, que jamás será eterno y que debemos aprovechar esos instantes de dicha (unos minutos, unas horas, semanas, ¡incluso meses!) para poder rendirnos a su recuerdo cuando la felicidad amaine.
En esta época de crisis y desconcierto, abundan aquellos que teorizan sobre el Santo Grial de la felicidad, abordándolo como algo mítico que al común de los mortales nos está vedado. Desde una conocidísima marca de refrescos hasta sesudas empresas empeñadas en organizar congresos e incluso clases de risoterapia para alegrar la cara del personal, todos abundan en enseñarnos qué es la felicidad, como si se tratara de algo que hemos olvidado en el confín de los tiempos o, tal como diría Rajoy, se nos agotó de tanto usarla. Es lo que tiene vivir por encima de nuestras posibilidades, ¿verdad, Díaz Ferrán?
Hasta hace poco, se decía que el mayor trauma personal que puede sufrir un ser humano, el que más le condiciona y agobia, es la muerte de un ser querido. Detrás irían las mudanzas, no sé si antes o después de que la persona a la que quieres te deje tirado, algo que también es para pasarse las horas muertas soltando mocos y regando con ellos la huerta marciana. Ahora, según estos estudiosos que, por lo que se ve, pasan el rato observándonos, la mayor causa de desdicha es el desempleo. Bueno, a semejante conclusión había llegado yo incluso "de gratis". Está visto que tengo muy mal olfato para el negocio.
El otro día leía el discurso de una señora, imagino que psicóloga, teorizando sobre la felicidad y la falta de ella. También incidía en el tema del desempleo como un factor de hundimiento total, más aún cuando es la principal razón de la pérdida de autoestima que sufre un ser humano. Pero, en medio de su discurso, había algo bastante bien hilvanado, y era que, cuando te vas de una empresa, no te echa la empresa, sino que el que te echa es el jefe. En el fondo, tus ganas de venganza no van contra la compañía que te dio un techo, sino con el cabrón con pintas que te lo expropió. Va a ser que tiene razón.
Cuando éramos pequeños nos enseñaron aquello del respeto absoluto y sin cuestionamiento a la autoridad, que está muy bien para llevar una educación sin sobresaltos, pero que yo no sé si resultará tan eficaz en cuanto llegas a la edad adulta y te dan una patada en el culo (con bota de pinchos) para que te busquen las lentejas. Hubo un tiempo en que el gobierno, el ejército, el empresario, la iglesia y el banquero eran los pilares sobre los que se asentaba nuestro bienestar. Creíamos que jamás nos decepcionarían. El ejército ya demostró bastante pronto que no estaba por la labor; la iglesia lleva siglos endiosada y dando tumbos, y en estos últimos años, el gobierno ha aparecido ante nosotros como aquellos ladrones de la película Le llaman Bodhi, que se dedicaban a atracar pertrechados tras las caretas de presidentes. 
En cuanto a los empresarios y los banqueros, qué decir. Son los jefes directos de todos nosotros. Y parece que se han montado un tinglado la mar de guapo, eligiendo para compartir la gloria y esquilmarnos a otros como ellos, a los que les importamos una mierda y que nos echan a la calle en cuanto se ve que respiramos. Por supuesto, hay jefes buenos (yo tengo actualmente una magnífica experiencia, pero también las he tenido patéticas y muy nocivas), pero el común de los gestores ya no es de la raza de los trabajadores con méritos y pedigrí, sino de los de poco talento y muchos billetes, encumbrados para hacer caja a costa de aquellos remeros que les mantienen dentro del barco.
Los españoles, más que vivir por encima de nuestras posibilidades, caímos en la trampa de quienes nos habían augurado jefes paternalistas y, en su defecto, superiores que alcanzan la gloria por méritos propios. Ahora, semeja que las buenas cualidades del individuo, más que merecer un "me gusta", merecen un "lo odio". Vamos, que si tienes escrúpulos, casi mejor no lo pongas en tu currículum. Con semejante panorama, la felicidad viene a ser patrimonio de estos tontos muy listos, pandillas arrabaleras que han abandonado su reducto natural de las calles para asentarse en los despachos con su arsenal de puñaladas por la espalda, abusos de poder y malos modos.
Es obvio que el no trabajar encierra un gran sufrimiento, pero, en muchas ocasiones y si todavía se conserva algo de moral, el trabajar también. Los coach, esa raza de personajes surgidos al amparo de la crisis, insisten en que tenemos que realizar una lectura optimista de nuestro día a día y buscar cosas positivas en nuestros jefes y compañeros. ¿A qué es bonito? No seré yo quien diga que no lo practiquéis en casa.
En fin, que estoy convencida que la felicidad es momentánea y hay que estar abierto para recibirla y disfrutarla, porque como viene se va. Es más, probablemente tengamos a nuestro lado varias cosas y personas dispuestas a hacernos felices, pero como estamos ocupados envainando el sable contra jefes, compañeros y hasta amigos tóxicos, ni los vemos. Al final, la dictadura del miedo se impondrá, nuestro sablazo irá para quienes menos lo merecen y entonces diremos aquello tan cobarde e hipócrita de "no eres tú, soy yo". Me mondo.
Y dejo otra canción que a mí, personalmente, me da subidón. A lo mejor soy rara...




lunes, 3 de diciembre de 2012

De entrada, no

A veces topamos con personas que parecen decir a todo que no. Normalmente, ese tipo de gente dedica siempre el no al mismo o los mismos, mientras que a otros les entrega el sí incondicional. Seguramente en el fondo albergará dudas sobre si los destinatarios del no merecen una continua negativa y los del sí un asentimiento perpetuo, pero mientras dudan y pasan de un radio de influencia a otro se les va la vida, las oportunidades y, en muchas ocasiones, la felicidad.
Desde pequeños nos enseñan a escudarnos detrás del no: ante el miedo al castigo, nuestra mente infantil que es muy lista (a veces creo que mucho más que cuando somos adultos) prefiere cerrar los ojos a lo evidente e instalarse en la negativa. En ocasiones hay suerte y la falta de pruebas nos jalea, pero en otras nos caemos con todo el equipo. Eso no quiere decir que abandonemos el no y nos lancemos en brazos del sí: el no sirve para ocultar la evidencia, que nos hemos equivocado y que sí volverá a ocurrir. Y, como ya he dicho en más ocasiones, el problema es que no nos educan para fallar sino para acertar, así que nos cuesta mucho aprender de nuestros errores y preferimos seguir tropezando en la misma piedra, no hasta recapacitar, que sería lo suyo, sino hasta que el pedrusco se convierte en un inservible canto rodado a base de arrearle patadas.
Estos días leía que el consejero de la Generalitat, el inefable señor Puig, descartaba que sus mossos tuvieran la culpa de dos de los episodios más penosos acaecidos en una manifestación en tiempos de democracia: la brecha causada a un niño de trece años con una porra y el traumatismo en un ojo de una mujer, producido tras el golpe con una supuesta pelota de goma que le ocasionó la pérdida del mismo. De entrada, no. El gobierno acaba de indultar a unos mossos que torturaron a sus detenidos, con lo que imagino que la consigna de protección hacia el cuerpo es máxima, tanto como mínima la de cuidar y mimar nuestros cuerpos, que no son precisamente los de la autoridad.
Hay que ser muy cafre y llevar la porra muy mal puesta para arrearle a un niño. Más aún cuando, en un primer momento, el episodio se justificó con un "el menor formaba parte de un piquete violento" y no con un "se me desmadró la porra de tanto usarla". Como lo del piquete sonaba a chirigota de Cádiz y no había imágenes que lo confirmaran, no quedaba otra que reconocer que al bonachón policía autor de los hechos se le soliviantó la equitación antidisturbios. Vamos, que él no quería, pero es lo que pasa con las porras, que tienen vida propia. Lo mismito que sucede con esos angelitos que asesinan a sus mujeres: los pobres tiene listo el cuchillo jamonero para servir los aperitivos y las muy bobas se empeña en ensartarse en él cual pincho moruno. 74 veces tirando por lo bajo. ¿Premeditación y alevosía? De entrada, no.
También a la manifestante que ha perdido el ojo le niegan la mayor: los mossos no utilizan pelotas de goma. Revisando ciertos vídeos se ve que sí, pero en esta ocasión imagino que la agredida, con muy mala baba por su parte, llevaba la dichosa pelotita en el bolso y se arreó con ella a sí misma para no ver a tanto manifestante feo (por dentro y por fuera) que la rodeaba. Hay que entenderla. La policía va a las concentraciones populares para preservar el orden y la integridad de los manifestantes; imposible que repartan hostias como panes y que empleen el lado oscuro de la fuerza. De entrada, no.
Hoy hemos conocido que han detenido a Díaz Ferrán, el otrora presidente de la CEOE, órgano máximo de los empresarios españoles. Este ser, que arruinó empresas y familias por igual, no solo se ha dedicado a defraudar al fisco y blanquear dinero, sino que tanto él como su delfín tuvieron el detalle de guardar en su casa una cantidad nada desdeñable de oro y miles de euros. Para quien lo quiera ver, la cueva de Aladino ha sido fotografiada, así que a el señor Google puede ejercer de guía en semejantes alcantarillas. Sin embargo, me apuesto la muela del juicio a que estos dos negarán la mayor y dirán que ellos no son malos, sino que la vida les ha hecho así y que el dinerillo, ganado con el sudor de su jeta, era para tapar agujeros. Supongo que los de su conciencia. Mucho antes nos veremos obligados a repasar su historial público y a recordar como, aun sabiendo la calaña de estos tipejos y abundando las pruebas que los señalaban como cachorros de mafiosos, los de su gremio les seguían protegiendo y Esperanza Aguirre les continuaba convocando a maitines para asesorarla en los tristes negocios que ha venido realizando para deprimir aún más a la ya muy deprimida Comunidad de Madrid. De entrada, no.
Estoy segura de que en la Europa del Este, hasta ahora ejemplo de lo que venían a representar las mafias de la peor calaña, se estarán en este mismo instante partiendo la caja con nosotros, pobres españoles, camorristas de tres al cuarto, aprovechados y vividores que ni siquiera sabemos delinquir con estilo. Y es que nos han dado la caña, pero no nos han enseñado a pescar. Creíamos que con negar la mayor todo se arreglaría, pero cuando metemos la mierda debajo de la alfombra acaba por devorarnos o, como mínimo, comernos la moral.
Está claro que practicando el "de entrada, no" estamos tapiando la salida. Si no reconocemos que a veces puede ser un sí y que no es tan malo admitir nuestras culpas o, incluso, que algo nos gusta más de lo que debería, jamás conseguiremos que entre aire nuevo por la ventana. Principalmente porque nos dará miedo abrirla. Lo dicho, de entrada, no.
Y calzo aquí un vídeo de Pearl Jam porque ya se sabe que una es muy fan y porque, obviamente, me sale de la peineta. A disfrutarlo.




domingo, 2 de diciembre de 2012

Il Bello

Enrique Peña Nieto, candidato vencedor del PRI, es ya presidente de México. Toma así el relevo de Felipe Calderón, el hombre que decidió plantar cara al narcotráfico iniciando una guerra tremendamente sui generis (atribuyó al ejército funciones propias de la policía para inquietud de compatriotas y foráneos) que ha dejado un porrón de muertos en el país americano. Y con un porrón me refiero a cerca de 70.000 reconocidos y muchos mas que seguro no sabemos.
A Peña Nieto le toca ahora, no solo decidir qué hacer con ese ejército envalentonado y plenipotenciario que dispara antes de preguntar; también le corresponde la tarea de conseguir que el pueblo entienda que el PRI ya no es el partido caciquil, imperialista y megaconservador que era antes, sino que se trata de una formación moderna, preocupada por el bienestar de todos los mexicanos y no solo de los más favorecidos, que mira hacia al futuro y ha aprendido de los errores del pasado. Desde fuera se ve como una tarea ardua y complicada, aún más si tenemos en cuenta que el PRI se extendió como un virus dentro de la administración pública desde los años 20 del siglo pasado y sus ramificaciones llegan hasta nuestros días, distribuyéndose por todas las venas y arterias del poder conocido y desconocido.
Sin embargo, no seré yo quien le niegue a Peña Nieto su ocasión de oro para reivindicarse a él mismo y a su partido, primero porque no soy mexicana y, segundo, porque creo que que a los políticos se les debe conceder la capacidad de enmienda y que no es lo mismo gobernar a nivel local o regional que hacerlo en nombre de toda una nación. En España tenemos claros ejemplos de personas que triunfaron como regidores municipales y a los que el salto a la alta política les ha quedado tan grande que se han llevado un sonoro sopapo. Peña Nieto no es que haya sido un gobernador ejemplar, pero parece que él y, sobre todo sus asesores, pretenden hacer borrón y cuenta nueva.
Aunque, en este caso, más que borrón habría que hablar de marrón. Y es que la izquierda mexicana no parece muy dispuesta a darle su voto de confianza al partido que les llevó de cabeza al efecto Tequila y su correspondiente resaca. O curda, como la llaman. Es cierto que López Obrador, eterno candidato progresista, es un hombre de dudoso talante político y, definitivamente, muy mal perder, pero las orejas del lobo están realmente en otra parte: en el movimiento Yo soy 132, una especie de herederos del 15M español que, hartos del ninguno de las instituciones, no están dispuestos a que Peña Nieto tenga una legislatura plácida y cómoda.
Desde fuera estoy convencida de que uno de los grandes réditos políticos del presidente Enrique es su físico. Tiene pinta de galán de telenovela, y eso cuenta mucho en un país donde los más guapos de los culebrones son, inevitablemente y solo por serlo, triunfadores a todos los niveles. No poseo datos sobre ello, pero estoy convencida de que gran parte del electorado femenino se ha rendido a los pies de este joven (comparado con los "dinosaurios" de su partido), de flequillo repeinado y sonrisa perenne. Para más inri, está casado con una actriz que, aunque nunca haya sido la última coca-cola en el desierto, cuenta en su currículum con alguna que otra telenovela de pedigrí, además de haber sido pareja longeva de un productor de televisión hermano de Verónica Castro, la de Los ricos también lloran.
Imagino pues que el electorado femenino se ha rendido al carisma de Enrique Peña Nieto y, sin embargo, en cuanto éste ha llegado al poder, les ha lanzado una sonora pedorreta. Para empezar, amenazó con hacer pupa al equivalente mexicano del Instituto Nacional de la Mujer y se ha empeñado en mirar para otro lado cuando le han recordado que, durante su mandato como gobernador del Estado de México, el número de feminicidios en la región superó a los de Ciudad Juárez, el olimpo de todo asesino en serie. A ello hay que sumar que algunos medios han querido involucrar a Peña Nieto en la muerte de su ex mujer, fallecida tras sufrir una supuesta crisis epiléptica. Algunos han tildado el episodio de asesinato premeditado, con lo que el presidente ya no sería galán de telenovela, sino galán de superproducción hollywoodiense tipo El Fugitivo. Los fans de las teorías de la conspiración damos gracias al universo por haber parido a semejante figura pública.
Peña Nieto dará juego, no sé si como presidente, pero sí como personaje mediático al que le gusta más aparecer en la tele que a mí los huevos fritos con patatas. La historia política mexicana es apasionante de por sí, pero que llegue ahora alguien dispuesto a enmendar y remendar errores con zurcidos de Armani me parece de lo más pintoresco. Sobre todo teniendo a los chicos, chicas y perroflautas de Yo soy 132 cantándole (las cuarenta) bajo el balcón de la residencia oficial de Los Pinos. Va a ser pa'verlo.
Y mientras, en España, debemos apretar los dientes y aguantar la vuelta a la tele del electroduende llamado Belén Esteban y sus adicciones que se curan en tres semanas. Ha sido oírla y los de Proyecto Hombre se han pasado al corte y confección de ponchos. ¡Que viva México!


viernes, 30 de noviembre de 2012

Amenazar. Parte 2

Hace unos días, la cadena de televisión Tele 5 demandaba al bloguero Pablo Herreros y le exigía una porrada de millones por, según decían los letrados, amenazar a las marcas para que no se anunciaran en sus espacios. Si alguien no ha estado al loro de la actualidad, todo viene porque Herreros llamó al boicot a los anunciantes que utilizaban como plataforma el programa La Noria, experto en pagar a delincuentes o allegados de los mismos para contar testimonios de tan dudoso interés como catadura moral.
El resultado del envite fue que varias marcas renunciaran a hacerse propaganda en La Noria obligando a la rápida y muy indiscreta retirada del programa. Se ve que Paolo Vasile, el mandamás de Tele 5, tiene muy mal perder y es de los de “me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir", porque, en cuanto Herreros miró para otro lado, lo puso ante las cuerdas, que en este caso vienen a ser los tribunales.
Lógicamente, quienes apoyamos a Pablo en su primera andanza, lo apoyamos también en la segunda (por cierto, menuda lata da la página ésa de las firmas cuya web no quiero nombrar; a mí no me tienen que convencer de nada, ya lo hago yo solita si procede, gracias). Como resultado del clamor popular, Vasile, que se las sabe todas y ha utilizado este duelo al sol como magnífico vehículo de propaganda, ha retirado la querella, con lo cual no hay buenos ni malos sino que todos somos los mejores.
No creo que la cadena amiga albergue propósito alguno de enmienda, sinceramente. Pero tampoco me explico qué interés, salvo el estrictamente morboso, puede tener para el gran público verle el careto al supremo ladrón Rodríguez Menéndez o escucharle decir a la madre de El Cuco lo que toda progenitora diría en su caso y en su casa: que su hijo, lejos de ser un asesino, es un angelito que ama a sus padres y a sus amigos más que a sí mismo. Y, sin embargo, parece que nos encanta ver a los malos contándonos sus desventuras en televisión porque, de no ser así, las cadenas no se gastarían ni un céntimo de euro en pasear semejantes caretos por tertulias y platós.
La culpa de encumbrar a esta panda de especímenes es, por lo tanto, nuestra. Y viene de lejos y de otras cadenas, porque, aunque guarde apenas remotos recuerdos de los acontecimientos, tengo entendido que el administrador de los difuntos Marqueses de Urquijo se hizo varios platós a costa del asesinato de sus jefes, la Dulce Neus también efectuó el correspondiente paseíllo tras ser condenada por el asesinato de su marido y aún colea aquel docudrama especial que Nieves Herrero se montó a costa de los crímenes de Alcasser. Y si la televisión no estaba por la labor, la revista Interviú salía al quite, rescatando prófugos de lugares tan insospechados para algunos como sospechosos para la mayoría.
Mucha de esta gentuza se nutrió del dinero público; ahora se nutren de las ganas de carnaza de la audiencia y de lo que pagan los anunciantes que no quieren perder comba entre asesinatos, torturas y violaciones. Si una firma desea dejar su huella endeble en el sentir popular haciéndose propaganda a través de semejantes espacios, allá ellos, pero entiendo que no sería precisamente una buena publicidad. Quizás más de un ejecutivo de marketing debería hacérselo mirar.
Pablo Herreros no solo ha llamado la atención sobre la ética y estética de los contenidos y la bajeza ética del continente, sino que ha hecho algo. Mucho más que esa panda de señores a quienes pagan por proteger el horario infantil, por ejemplo. Y deberíamos estarle todos agradecidos ante la valentía de decir en alto lo que los demás pensamos pero solo comentamos en la intimidad. Está claro que la reacción de Tele 5, insisto, fue un desmadre publicitario, un truco de buen prestidigitador en el que todos hemos caído para mayor fama y gloria de la cadena que tantas alegrías nos ha dado. Si no fuera así, siguiendo esa misma regla de tres, Francia nos hubiera llevado a la guerra por la insistencia de algunos colectivos en boicotear sus productos durante el conflicto de los camiones en la frontera. Hasta los catalanes tendrían todo el derecho a montarnos una gorda cuando nos dio, ya no me acuerdo muy bien a santo de qué, por llamar a la insumisión y dejar de consumir cava catalán. Supongo que, entre otras cosas, el Barça hizo algo muy malo, y claro, a algunos les salió espuma blanca por la boca.
En fin, enhorabuena a los premiados, que, visto lo visto, son bastantes y, a los demás, un poco de sensatez: si algún presunto delincuente se empeña en sacar tajada de sus crímenes a costa de nuestra ingenuidad, basta con apagar la tele. Ningún hombre de negro va a venir a tu casa a reprochártelo y, desde luego, tu conciencia y honor lo celebrarán. Que empiece la fiesta.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

Algo pequeñito

Hay hombres pequeños y grandes hombres. Igual que hay mujeres pequeñas y grandes mujeres. Obviamente, me refiero a la categoría de ambos géneros como seres humanos y no a sus tamaños físicos, que ahí cada cual se apañe con lo que la naturaleza o el quirófano le han dado.
Como ya he dicho en muchas ocasiones, creo que la calidad de una persona, entendida como su altura moral, su ética, su capacidad para empatizar, su saber estar y tantas y tantas virtudes que engrandecen a quien las posee, se demuestra en los peores momentos. Sobre todo en los peores momentos del de al lado. No vale con decir aquello de "estaré siempre contigo", "seremos amigos toda la vida", "sabes que puedes contar conmigo" etc si, cuando vienen mal dadas, no solo dejamos al doliente en el más absoluto desamparo, sino que nos dedicamos a pisotearle con saña aprovechando que no le queda otra que arrastrase. Todos hemos sufrido, en algún instante de nuestras vidas, huidas de supuestos amigos del alma quienes, en momentos tan tristes como comprometidos, aprovechaban para cortar de raíz cualquier tipo de relación con nosotros, no vaya a ser que se les pegara algo. Allá cada uno con su conciencia, aunque muy a menudo pienso que hay demasiada gente que carece de ella.
El otro día veíamos una imagen que, más que perplejidad, lo que causaba era escozor. En ella aparecía el imputado Urdangarín, su sospechosa señora, su suegra y su cuñada yendo a visitar a nuestro rey que cojeó, entre saludos a la galería y poses de familia reinante. Después de tantas desavenencias con la monarquía, a mí, lo que hagan esta panda en iglesias y hospitales, directamente me la sopla, pero entiendo que a muchos de mis compatriotas se les hayan quitado las ganas de jamarse el roscón de reyes como un Borbón.
Tras aquel curioso discurso navideño del año pasado, en el que Juan Carlos I parecía mandar a hacer puñetas al yerno díscolo; después de historias de destierros, desavenencias y reprobaciones con las que nos han querido convencer de que el pueblo les importa regular tirando a bastante, ahora lucen cual familia feliz, paseando al ladrón en volandas por parques y barriadas como si el muy ladino no nos hubiera sisado el pan a los españoles. En el fondo y en la superficie están lanzando el mensaje de "vamos a hacer creer que nos llevamos mal para que no vean que nos llevamos tan bien". Pues no, amiguetes, las cosas no se hacen así.
Aunque ellos no lo crean, la familia real no está por encima del bien y del mal. Tal vez un poco por encima de la Constitución, pero a lo mejor solo porque sus coronadas testas sobrepasan la legislación vigente, hecha a medida del español bajito, moreno y cabreado. Y su principal problema es ése, creerse eternos, perfectos, inviolables y absolutamente disculpables. Les basta con pedir perdón ante las cámaras para que media España abrace los principios monárquicos y la otra media se declare juancarlista.
Pues van a tener que predicar con el ejemplo y perdonarme a mí por lo que voy a decir, pero con semejante puesta en escena de la familia unida jamás será vencida, lo que nos están produciendo es una profunda sensación de asco. Tienen entre ustedes a un señor que, muy presuntamente, ha cometido un delito gordísimo contra la Hacienda pública, probablemente con la connivencia de su señora esposa, empeñada en disculpar y subir a los altares a su ángel caído. No nos olvidamos de que el yernísimo jugó con nuestro dinero, mintió, evadió y no se arrepintió. A mí me importa poco que se vayan a ver los unos a los otros cuando están enfermos o cuando les sale del cetro, pero sí me molesta que den la imagen de una familia altiva y soberbia que arropa al delincuente. Todos tenemos ovejas negras en nuestros clanes, pero no las exhibimos públicamente cuando son pilladas en flagrante delito.
Definitivamente, a esta panda le importamos lo que viene a ser una mierda. Incluso la reina, que últimamente había hecho suyo el papel de víctima y mujer engañada con la que tanto empatizábamos, ha aparecido ante la opinión pública como un ser egoísta, al que todo le importa un comino. Una bonita forma de tirar por la borda esa reputación de gran profesional que tantas lágrimas le debió de costar.
En una España vapuleada por la crisis y el desempleo, con una banca que reparte beneficios aun en medio de un rescate mientras a la gente le siguen privando de su derecho a una vivienda digna, a una sanidad y a una educación pública, este tipo de exhibiciones sobran. Cualquier persona a la que aprecias, que alardea de la compañía de alguien que te ha hecho, te hace y te hará daño a poco que te pongas a tiro, es una persona que no te corresponde ni merece tu afecto. Y aquí la monarquía, que exige el cariño del pueblo, se ha enrocado en el propósito de no dar nada a cambio, ni siquiera las gracias por mantener su tren de vida durante tantos años. En momentos de sufrimientos extremos como los que vivimos, cualquier pequeño gesto les haría grandes, pero ellos prefieren volverse cada vez más pequeños ante nuestros ojos. Tan pequeños que, a poco que continúen en sus trece, acabarán desapareciendo.


lunes, 26 de noviembre de 2012

Avalon

Confieso que, a veces, me pongo a escribir una entrada y no tengo ni repajolera idea de lo que me va a salir. Puedo contar con una base, un concepto más o menos desarrollado, pero luego mi cabeza divaga que da gusto y el resultado es impredecible. Si a ello le sumamos que suelo tardar unos 20 minutos en elaborar un post y escribo mientras hago otra cosa... bueno, es lógico que a veces me salgan textos más o menos decentes y otras auténticos bodrios. Sé que mis amigos me perdonarán (de hecho, solemos hablarlo) y, bueno, al resto de gente que se acerca por aquí no tengo el gusto de conocerla, así que ellos sabrán dónde se meten.
Yo tengo un blog y plasmo en él lo que me sale del moño, hasta el punto de que, en ocasiones, se me antoja que mis dedos vagan a su libre albedrío por las teclas, con mi cabeza en otros asuntos y mi cuerpo... bueno, mi cuerpo va a lo suyo. Pero ésta es una plataforma muy modesta y muy pequeña, así que mi radio de influencia se antoja tan mínimo como mi ambición cibernética. Cosa muy distinta sería que me dedicara a charlar de mis asuntos en televisión o en la radio (perdón, de vez en cuando también tengo mis momentos radiofónicos), porque entonces debería medir mucho más mis palabras y las consecuencias de las construcciones sintácticas que empleo para hilvanar ideas. Eso es lo que pienso yo pero, por lo visto y oído, no coincide con el proceder de algunas de las personas que, paradójicamente, se deben al público que las ha encumbrado.
En España tenemos un actor, bastante longevo por cierto, que floreció en los 60 y languideció en los 90. Me refiero a Arturo Fernández, ese hombre que con solo un rictus y gestos de caballero de postín (espaldas rectas, barbilla arriba, ¡aaarggg!) consiguió hacerse un nombre y una reputación de galán en las plataformas mediáticas de la época: televisión, cine y teatro. No es que fuera de los actores de raza, pero el físico parece que le acompañaba y hacía mucha gracia verle torear a las mozas de buen año, tanto bajo los focos como en la oscuridad de los rincones a los que la censura no accedía.
Ahora, ese señor, que ya va teniendo una edad, ha sido abducido por el monstruo de la derecha, muy probablemente con su consentimiento y asentimiento. Nada que objetar; cada uno puede tener la ideología que quiera y predicarla si así lo considera. El único inconveniente es que se ha escorado de tal modo que se ha convertido en mofa y befa de las redes sociales, objeto de burlas y de críticas tremendas. En solo una tarde ha conseguido lo que toda una vida ante las cámaras no le ha permitido: convertirse en el centro de atención (cuando dicha expresión equivale a hazmerreír público y notorio) de varias generaciones de españoles. Y todo por llamarnos feos.
Según don Arturo, aquellos que fuimos a la manifestación del pasado día 14 éramos los más feos del barrio, la desdicha de cada casa, la vergüenza de una madre. Me recuerda a aquel descacharrante artículo de El Mundo Today que, con motivo de una huelga del transporte público madrileño, se quejaba de que todos los feos salían a la superficie. Pues bien: yo soy una de ellos. Me paseé por la superficie cuando sufrimos aquella huelga de Metro y tuve la desfachatez de volver a plantar mi cuerpo serrano en la calle durante la manifestación del día 14. Soy fea, pero hasta los feos tenemos derecho a protestar. Incluso yo diría que a airearnos así, a lo loco, sin burka ni nada.
Arturo Fernández es un tipo atildado hasta el amaneramiento, repeinado, relamido y parco de gestos. Lógico que se sienta cómodo y seguro junto a otros como él, personas inexpresivas, con el ego altivo y la mirada torva, capaces de manifestar un radical desprecio ante cualquiera al que no crean digno de entrar en su club. En cambio, muchos de estos españoles feos no podemos gastarnos lo que no ganamos en ropa de marca, tratamientos intensivos de belleza, spas de lujo en Portugal y clases de protocolo. Bastante tenemos con lavarnos la cara con jabón de vez en cuando.
Sí, señor Fernández, somos feos. Muy feos. Tanto que nuestro gobierno intenta coartarnos el derecho a manifestarnos para no dar mala imagen en el exterior. Ya lo siento, ya, pero es que no nos sentimos cómodos protestando con traje, lencería fina y tacones de 14 cm. Preferimos los vaqueros que andan solos, las zapatillas y el jersey roñoso. Ahora que sabemos que a las manifas deberían ir top models y galanes de todo a cien, pierda el cuidado, que al menos lavaremos los pantalones con jabón Lagarto antes de gritarle cuatro piropos a Ana Botella cuando pasemos delante del Palacio de Cibeles.
Pero lo más duro de todo, lo que de verdad me ha partido el alma, es que Arturo Fernández diga que, además de feos por fuera, lo somos por dentro. Viniendo de semejante autoridad moral, de un hombre que, quiero imaginar, ha pasado su vida trabajando por el prójimo y practicando la solidaridad como si no hubiera un mañana, una no puede más que precipitarse en la amargura de la depresión profunda. Desde aquí, reclamo para Arturo Fernández el premio Nobel de la Paz, el Príncipe de Asturias a lo que sea, la Aguja de Oro de Telva y hasta el cromo del Tigretón. Este dechado de virtudes se lo merece todo y más. Lógico es que, con semejante nivel de inteligencia y bondad, mire a la plebe por encima del hombro desde el salón de su casa y se permita decir que somos unos completos adefesios. Qué intuición, qué sabiduría... qué gilipollez.
Cuando era pequeña me enrocaba con el mito de Avalon y la supuesta tumba del rey Arturo. Todos queremos saber de dónde venimos y, si ese origen encierra cierto componente mágico, ya tenemos el mito servido. Me imaginaba un Avalon mítico, habitado por personajes muy parecidos a los elfos de El Señor de los Anillos, bellos y distantes. Ahora veo a este rancio personaje de descalificación fácil, también llamado Arturo, y pienso cómo será su Avalon: probablemente lleno de grotescos carcamales y viejos verdes destilando desprecio y babeando odio. Y no me gusta. Prefiero volver a los pasadizos subterráneos que recorren el subsuelo de Madrid, de los que una fea como yo nunca debió salir. Mil perdones.


domingo, 25 de noviembre de 2012

Tonto el que no vote

Hoy domingo se celebran las elecciones catalanas. Solo unas cuantas pinceladas sobre el tema: al mismo tiempo que la identidad nacional, entendida como un conjunto de costumbres que definen a un pueblo a lo largo y ancho de su historia, me parece un tesoro que hay que preservar, los nacionalismos, desde el punto de vista económico, político e incluso racista, me resultan anacrónicos con la tendencia universal a la globalización. Por otro lado, la controversia del idioma y su utilización como arma arrojadiza se me antoja patético y paleto; si tanto defendemos nuestra lengua particular como única y verdadera, no entiendo qué hacemos vascos, catalanes o gallegos aprendiendo inglés, por ejemplo. ¿Que lo necesitamos para trabajar y progresar económicamente? Ah, claro, entonces sí que lo vemos bien, pero, mientras tanto, nos afanamos en reducir el universo cognitivo de nuestros hijos a la mínima expresión. Incongruente a la par que estúpido. Por último, en el caso catalán, sea cual se el resultado, debe y tiene que haber un referéndum. Hemos llegado a un punto, o una promesa, de no retorno. Y después, esa clase política que ha comerciado con los votos al precio del miedo y el descontento, que apechugue con las consecuencias de sus actos. Pero no quiero abandonar el tema a su suerte sin un último anexo: Artur Mas no me interesa nada, pero nada, como personaje político. De la misma manera que siento una especie de fascinación friki por Jordi Pujol, Mas no me despierta ni frío ni calor, salvo cuando lo imitan los chicos de Polonia, que entonces hasta me río. Sí, soy de aquellas personas extravagantes que escuchan hablar catalán en la intimidad sin haber nacido ni vivido en Cataluña. Y no es el único idioma.
Pero, al margen de lo que ocurra hoy, estas nuevas elecciones, seguro, vendrán a complicar aún más el panorama político español, donde ordena y manda con mayoría absoluta un partido al que, oh sorpresa, parece que nadie ha votado. Y, por lógica, debería de ser así. Porque si el Partido Popular, siendo una formación que se ha distinguido por predicar la bonanza económica de una determinada clase social, que jamás se ha destacado por sus acciones en favor del bien común y cuyos cabezas visibles han enarbolado siempre su escasa o nula tolerancia, su ínfima capacidad de diálogo y  su favoritismo hacia los poderes que los han aupado, está donde está, entiendo que es porque en este mi país hay más como ellos que como yo, por ejemplo. Es lógico creer que si un partido que gobierna para los ricos gana de calle unas elecciones es porque hay muchos ricos que les han votado. O ingenuos que piensan que, por concederles el derecho a gobernar, van a formar parte del club. Antes quítate esas zapatillas blancas raídas y gástate el subsidio de desempleo en unos Louboutin, por favor.
Es obvio que en estas manifestaciones multitudinarias en las que Cristina Cifuentes solo ve a cuatro descerebrados haciendo botellón hay mucha gente que votó a la derecha y que, probablemente, la volvería a votar. Lógicamente, tienen todo su derecho a manifestarse; el mismo que a hacer examen de conciencia sobre el llamado voto útil, ése que usamos para echar a quien no nos gusta y poner en el poder a quien nos va a dar aún más por culo. Sin embargo, estoy convencida de que, si ahora mismo, hubiera elecciones en la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, volvería a ganar el PP. Sí, como el caso gallego al que tanto criticamos. No importa que Ana Botella e Ignacio González no sepan hacer la o con un canuto y estén claramente manejados por otros y otras; podrán equivocarse mil veces, destruir nuestra sanidad, nuestra educación y nuestra justicia que ellos y aquellos que nos venden en su nombre, volverían a ganar. Y, en gran parte, lo lograrían porque muchos madrileños se quedarían en sus casas pensando que la abstinencia es la mejor y más cómoda forma de protesta, cuando, en realidad, es la mejor y más cómoda forma de perpetuar en la poltrona al partido dominante. Hasta que eso no se nos meta en la cabeza, España va a seguir perdiendo capital económico, capital social y capital humano. Reconozcámoslo: gran parte de la culpa es nuestra, por no ejercer el derecho al voto al modo de una auténtica democracia participativa.
En el caso de las elecciones gallegas, el partido Escaños en blanco, que abogaba por la inutilidad del voto, sacó más rédito que el pedazo de formación controlada por el pedazo de estadista que es Mario Conde. Para que los "sistemáticos" entienda, promovían el rechazo al sistema dentro del sistema, pero hubo gente que salió de sus casas para votarles. Nada que objetar a esta forma de protesta. Los españoles nos relacionamos mediante la queja (atraemos a los demás dándoles pena o erigiéndonos en falsos líderes que aglutinan de boquilla las quejas de los demás), pero hasta ese ejercicio de protesta necesita un poco de acción por nuestra parte para lograr unos resultados medianamente visibles. Me pregunto si esto, además del inglés, no habría que enseñarlo en las escuelas...


sábado, 24 de noviembre de 2012

Todo pasa por algo

Hay al menos dos condiciones que llevan a una persona a decir aquello tan socorrido de "todo pasa por algo". La primera es que crea que, en realidad, la concatenación de experiencias negativas siempre acaba conduciéndonos a otra positiva que compensa el sufrimiento padecido. Otra vez la moral judeocristiana convertida en ética moderna para gustar y convencer a todos. La segunda, bastante más prosaica y también un poco más científica, tendría que ver con el principio de que toda acción produce una reacción. Muchas veces nos asombramos de que determinadas cosas sucedan cuando, en realidad, son la consecuencia última de toda una serie de actos que, inevitablemente, llevan al mismo fin. Es muy probable que nuestro subconsciente se de cuenta, pero nuestro consciente, ocupado normalmente en cosas mundanas, se empeña en abrazar la explicación más sencilla: "todo pasa por algo". Pues sí, probablemente por algo que yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos provocamos.
La primera de las opciones es demasiado fatalista a mi parecer. Como ya he dicho muchas veces, no creo que el sufrimiento lleve al paraíso sino todo lo contrario: es lo más parecido al infierno que podemos conocer y, volviendo a los principios cristianos, el infierno sería eterno, así que dígame usted qué futuro nos espera creyendo que el llanto y el dolor tienen premio. Solo el olvido del sufrimiento encierra recompensa y esa recompensa reside en el propio olvido. Perdón por las reiteraciones, pero no se me ocurre explicarlo de otro modo.
Reconozco que yo misma he dicho muchas veces eso de "todo pasa por algo", pero en el sentido de que de aquellos lodos vienen estos barros (¿o era al revés?). Obviamente, y volviendo a mi monotema, el haber votado a Aznar perpetuó y relanzó la burbuja inmobiliaria; el hacer lo mismo con Zapatero echó más leña al fuego, y el votar por el PP de nuevo trajo como consecuencia el inframundo en el que ahora nos hemos sumergido. Evidentemente, nuestros actos y los de ellos tuvieron una consecuencia. ¡Y vaya consecuencia! Pero, bueno, como, a mi entender, los defectos de la clase política moderna se remontan a los mismos orígenes de aquella nuestra Transición tan alabada, no voy a seguir por ahí.
El "todo pasa por algo" encierra un punto de resignación que no me gusta un pelo. Es como si nosotros, actores necesarios para que las cosas ocurran, no pudiéramos hacer nada para que éstas se precipiten. Y no es así. De hecho, somos los protagonistas de nuestra historia. El problema es que, a veces, no nos gustan las consecuencias de las acciones y somos demasiado cobardes para enmendar el mal que hemos causado. Preferimos dejar que la vida siga su curso y que una vuelta del destino arregle lo que nosotros no fuimos capaces de componer. Y, en ocasiones, eso sucede. Ahí entra mi segunda frase favorita: "lo que tiene que ser para ti, será para ti". Creo firmemente que si una casa, un coche, una persona, un trabajo o, incluso, un país, ha de ser para ti, lo será. Suceda lo que suceda. Pero también opino que, en el fondo, tu subconsciente está trabajando para que así sea porque sabes que, efectivamente, tu felicidad (momentánea o duradera) se encuentra precisamente escondida ahí. Se nos cruzarán muchas tentaciones por el camino, nos equivocaremos, daremos la espalda a lo que verdaderamente es nuestro complemento... pero, al final, lo alcanzaremos. El único inconveniente es esa estúpida insistencia en instalarnos en la cobardía y la mediocridad, pensando que algo es demasiado bueno para que nosotros lo disfrutemos y dejándolo ir a las primeras de cambio. Si algo muy bueno se acerca a ti, a lo mejor es porque una parte de ti lo merece y lo ha buscado. Y quizás, solo quizás, tendrías que preocuparte por desarrollar más esa parte y soltar el resto de lastre que te sobra y que te impide alcanzar lo que de verdad, aunque a lo mejor no seas capaz de reconocerlo ante la galería, deseas internamente.
El problema de este planteamiento, que es muy bonito escrito pero bastante complicado de llevar a la práctica en casa, es que lo que es para nosotros, es para nosotros, pero lo que no es, nunca lo será. Y también gracias al mismo principio: en el fondo de nuestro ser, allá donde las células más extravagantes se reúnen para debatir las últimas andanzas de los hermanos Matamoros, sabemos que aquello que nos empeñamos en perseguir no nos va a hacer feliz jamás. Y hasta que esta verdad sale por fin a la superficie, los intentos por sofocarla son muchos, cansinos, inútiles y deprimentes. De ahí que lo mejor, tal vez, sea hacer hincapié en la tercera máxima y "dejar que todo fluya". Pero incluso en el fluir de las cosas hay que entrar en el río y rescatar a la hoja que se ha quedado varada. Y siempre, de niños y de mayores, sabemos cuándo llega ese momento.