miércoles, 29 de febrero de 2012

La suerte dormida

Hace muchos años, páginas enteras de las revistas se dedicaban a una curiosa práctica: en una cantidad ingente de texto se narraban los prodigios de un libro, de un colgante, de una estatuilla... Y cuando digo prodigios me refiero a que tener tal objeto en casa suponía para su dueño un sinfín de bondades, empezando por el triunvirato de salud, dinero y amor y terminando por algo tan terrenal como la estabilidad mental. Semejante chorreo de buenas intenciones iba acompañado, a lo sumo, de un par de fotos: la primera, del artículo con el que se comerciaba; la segunda, de la persona que supuestamente había hecho uso de él y que, gracias a su milagroso efecto, se había convertido en el héroe de la comunidad de vecinos.
Reconozco que estas páginas fueron las primeras que leí en mi vida en una publicación periódica, sobre todo porque los testimonios se narraban con tanto detalle que mi mente infantil acababa creyendo que Godzilla era un gnomo de jardín dispuesto a ejercer de Cupido con el cartero. Eso o lo que se terciaria. Tal pareciera que, comprando aquello que promocionaban, se acababan todos los males y los malos. Lógicamente, no entendía por qué en mi casa nunca había ninguno de semejantes libros, colgantes o estatuillas para que todos viviéramos felices y comiéramos perdices hasta atragantarnos con los huesos. El mundo de los adultos comenzaba a hacerse hosco e ininteligible.
Con el tiempo, tal método infalible de propaganda desapareció. Nosotros, es un suponer, nos fuimos haciendo más listos y lo que antes era la herramienta para conseguir un milagro pasó a llamarse autoayuda y ocupar, preferentemente, el formato de lectura. No voy a extenderme en este género literario porque ya lo hice en otro post, solo añadir que su publicidad en las revistas mejoró mucho, sobre todo en lo que respecta al diseño de las páginas, que aligeraron contenido para solaz de quienes son de lectura breve.
Sin embargo, durante estos días y para mi sorpresa, he vuelto a descubrir aquellos tochazos de texto resucitados tal como eran, es decir, con idéntico fondo y forma. En el que vi justo esta mañana, una rolliza ciudadana de los Estados Unidos afirmaba haberse hecho rica tras comprar un libro, cuyo título no recuerdo, y abrazar sus preceptos. Ella no lo sé, pero imagino que al autor de semejante invento le deben haber caído los dólares del cielo. Eso sí es un milagro y lo demás, agua bendita.
Creo que los tiempos difíciles tienen estas cosas. Como no hay forma de que nadie nos eche una mano como no sea al cuello (más que nada porque todos compartimos desgracias), solo nos queda el refugio de lo imposible. Es lógico que en días tristes florezcan las supersticiones, medren las creencias más extrañas y los fabricantes de amuletos hagan su agosto, septiembre y octubre, todo en uno. A fin de cuentas, yo no le hago daño a nadie por llevar la cruz de Caravaca (que no es el caso) y poner velas a Santa Rita, patrona de los imposibles (sobra decir que tampoco). La imposibilidad de encontrar refugio en lo real lleva a buscar consuelo en lo irreal, confiar nuestro destino a la suerte e investigar sobre cultos y sortilegios que nos puedan, no ya atraer la fortuna, sino proporcionarnos una vida más relajada. A fin de cuentas, podía ser peor; podíamos entregar nuestra sufrida confianza a gente que solo arrojara más sal en la herida. Casi mejor tocamos madera.
A mí me parece bien el recurso que tenga cada cual para mantener viva la esperanza, siempre y cuando no haga daño a terceros Más que nada porque al fiarte de la capacidad de cambio de un objeto externo, en realidad, estás proyectando sobre él la confianza que tienes en ti. Sí, el mismo artilugio que te devuelve esa seguridad transformándola en ganas de salir adelante y en deseo de que, esta vez sí, la cosa funcione. Porque, a fin de cuentas, toda la energía que achacamos a las cosas comparten el mismo origen: nosotros mismos. El optimismo, el pesimismo, la apatía, el entusiasmo son conceptos que llevamos dentro y manejamos a voluntad incluso de nuestro subconsciente. Y, en muchas ocasiones, necesitan ser canalizados a través de algo o de alguien. Encontrar el vehículo para dar salida a los sentimientos negativos es un tormento, pero hallar aquel que sirva para que afloren los buenos es una suerte. Si uno lo disfruta bebiéndose un vaso de agua por la noche mientras habla con la luna, perfecto. Y si lo prefiere a través de una pulsera repleta de dijes aztecas, también. Creo que, poco a poco, todos nos damos cuenta de que no importa tanto el objeto, sino que al tenerlo, la confianza medra, y con ella comienza a fluir lo positivo a nuestro alrededor. No es tanto que empiecen a pasarnos cosas buenas como que lo que nos ocurre no nos parece tan malo.
Pero, claro, una cosa es la espiritualidad y otra el negocio que hay a su alrededor. Creer que alguien se ha hecho rico tras leer un libro es de papanatas. Igual que lo es pensar que el amor de tu vida volverá a tu lado tras comprar una pulsera. Podemos esperar sentados. Como decían las abuelas más sabias, la suerte hay que trabajársela, aunque sea dándole un vuelco a nuestro interior. Creamos en la magia (nuestra magia) pero, por favor, sin hacer ricos en el intento a quienes se aprovechan de la credulidad y el buen talante. Eso sí que da mal fario.

martes, 28 de febrero de 2012

Popular

Hay pocas cosas que se nos atraganten tanto como una película de teeenagers un domingo por la tarde. El espectáculo de adolescente-que-quiere-ser-popular-pero-no-le-sale resulta cansino, no hasta la extenuación, sino hasta la extremaunción. Lógicamente, para que el cuadro costumbrista esté completo, no faltará la rubia tonta, el galán líder del equipo de rugby y el amigo nerd con elevadas posibilidades de acabar las noches en algún cuarto oscuro.
Y, sin embargo, esta cosa con forma de película es un reflejo de la realidad. Con matices, pero la realidad monda y lironda. Si nos ponemos a recordar, y no creo que para ello tengamos que hacer ningún ejercicio de bíceps, cuando éramos pequeños lo que más nos apetecía en el mundo era gustar y formar parte del grupo. Lo deseábamos tanto que incluso creíamos que se nos iba la vida en ello. El ser popular era la razón de nuestra existencia, más que nada porque los éxitos no se contaba por logros personales, sino por el número de amigos que acumulabas. Un Facebook en 3D donde los elogios nos convertían en príncipes o princesas y la indiferencia en viles ranas sumergidas en una charca hedionda donde los demás arrojaban piedras. Como ya dije en un post, la autoafirmación del yo frente al mundo.
No obstante, el superar este proceso y convertir los traumas en aprendizaje es lo que nos lleva a la fase siguiente de maduración en la que, presumiblemente, uno tiene que pelearse consigo mismo antes de continuar batallando contra el mundo. El primer paso es entender que resulta imposible gustarles a todos, algo muy fácil en la teoría pero bastante difícil en la práctica, porque hay muchos que se quedan ahí, intentando caer bien cueste lo que cueste. No suelen ser personas que lo demuestren a las claras (normalmente mantiene un perfil bajo para no destacar ni en un sentido ni en otro), pero sí gente a la que sus actos contradicen sus palabras: en teoría no les importa caer mal, pero cuéntales la opinión negativa que tiene alguien acerca de ellos y se vendrán abajo. Si puede ser, arrastrándote consigo. La verdad desnuda no les gusta, les ofende, no la entienden y no son capaces de aceptarla porque implica reconocer lo peor de sí mismos en los ojos de los demás. El principio de no se puede caer bien a todo el mundo, simplemente, no va con este tipo de individuos. Y no es de extrañar, porque su esfuerzo les cuesta contentar a todos, sobre todo a la gente de la que saben pueden obtener algún beneficio, sea del tipo que sea.
En aras de la popularidad (sin exagerar, que un líder debe ser capaz de tomar decisiones y estos sanotes ejemplares de ser humano no están por la labor) son expertos en contarte solo lo que quieres oír, aunque ello no tenga que ser equivalente a lo que piensan. Si, por ejemplo, desean algo de ti sabiendo que te atrae el vuelo raso del cóndor, de la noche a la mañana se convertirán en entusiastas de la cría del ave andina. No les cuesta esfuerzo porque, en general, no hay nada en la vida que les guste demasiado: el entusiasmo no es su fuerte salvo que necesiten hacer gala de él para convencer a un tercero.
Cada vez me molestan más las personas incapaz de implicarse en nada, quizás porque veo en ellos a esos adolescentes americanos de las películas que se afanan tanto en agradar que dan ganas de matarlos a cámara lenta antes de que te maten a disgustos tras darles tu voto de confianza. Sí, como en aquella cinta de humor negro, Escuela de jóvenes asesinos, con Winona Ryder y Christian Slater, de la que soy tan fan. No estamos ante personas sino ante personajes, seres que se construyen un traje a medida del que tienen delante, pero que jamás se preocupan por los palominos de la ropa interior. Y no creo que sea una actitud muy sana ya que, en cuanto la vida les ponga a prueba, que les pondrá, se darán cuenta de que carecen del manual de instrucciones para solucionar el entuerto y su primer impulso será salir corriendo al más puro estilo Urdangarín.
Todos debemos aprender a lidiar, no solo con el rechazo, también con las personas. Y tenemos que reconocer que las relaciones verdaderas no se construyen diciendo a todo que sí ni a todo que no: hay un término medio; un toma y daca que puede ser hasta apasionante. La renuncia a dar una imagen siempre complaciente para mostrar una personalidad compleja, que se equivoca, que se hunde, que se levanta, que se enfada, que protesta, que se enfrenta, que ríe, en definitiva, que siente, es el mejor regalo que le podemos hacer a quienes nos rodean. Y, por supuesto, a nosotros mismos.

lunes, 27 de febrero de 2012

Love Boat

Cuando mi generación era pequeña, ponían en la tele una serie que en español se llamó Vacaciones en el mar y, en inglés, El barco del amor. Imagino que todo el mundo la recuerda, pero la trama en sí era una ñoñez que ni Heidi correteando por el monte: aquí uno se subía al trasatlántico y salía emparejado gracias a las buenas artes del capitán y su tripulación, que para asuntos marítimos no sabemos, pero para los del corazón acertaban más que Messi a puerta vacía.
Desde entonces, los cruceros han tenido para nosotros una cierta pose cutre-romántica que ahora se nos ha hundido cual Titanic de cuarta gracias a la desgracia del Costa Concordia. Semejante sainete dramático no nos ha traído solo un montón de muertos, sino a un protagonista, el capitán Francesco Schettino, virtual cobarde por horas y amante a tiempo completo. Según conocemos detalles del entuerto, el argumento de la historieta se vuelve ridículo por minutos, con una rubia moldava entrando en escena para decir que no estaba precisamente cenando con el capitán en el momento de autos, sino comiéndole la boca. Se parece, pero no es lo mismo
Así contemplada, la cosa tiene tintes de telenovela. Sí, ese género concebido para lucrarse con la cualidad de esperar propia de las mujeres porque, si somos capaces de aguardar años una llamada que no llega, cómo no vamos a ser capaces de esperar para ver un nuevo capítulo de una historia que nunca se acaba.... ¿Verdad, mentes pensantes de la televisión mundial? Lo que ocurre es que, en esta ocasión, el culebrón tiene un escenario de lujo, pero unos protagonistas de todo a cien que desmerecen lo elevado de su argumento.
Se queja la tal Domnica Cemortan, que así se llama el objeto de deseo de Schettino, que hubiera acabado en la cama con su capitán de no ser porque al barco le entró la pájara y se escoró a su suerte. ¡La virgen! Ahora va a ser que la tontada de hundir la flota le ha chafado el polvo de su vida. Imagino que Schettino debe de tener armamento pesado entre las piernas, porque si no, no se entiende. Con el fin de explicarse para no parecer una cretina, la muy rubia continúa diciendo que el capitán le molaba porque "me decía que era inteligente y bella y se reía de mis chistes". Receta infalible. Por menos de eso (de los chistes, me refiero) Hitler invadió Polonia. Ahora entiendo yo por qué el Risk tiene tanto éxito entre la población masculina: para evitar que un calentón inoportuno te lleve a fabricar bombas racimo, el mejor tratamiento de choque es mover soldaditos en las fronteras de la Unión Europea hasta aniquilar al contrario. Bendita sea la testosterona aplicada a la estrategia.
No contenta con sus explicaciones y siguiendo punto por punto la máxima de que el amor es ciego y va siempre colocado, Cemortan insiste en que ni el fuego interno consiguió nublar la vista del capitán y que éste "dirigió el barco hacia aguas menos profundas para que la gente pudiera salir nadando. Es un valiente". Eso mismo pensamos todos cuando escuchamos que fue el primero en abandonar el buque para tomarse unas cañas. Se ve que necesitaba "enfriarse".
Desconozco cómo está la situación jurídica de este capitán Nemo del destape, pero desde aquí alzo mi voz para pedir que le permitan reunirse pronto con su amada. En aras de una mayor intimidad, yo les animaría a tomarse tiempo para arreglar lo suyo en una bonita habitación de cuatro metros cuadrados con retrete incluido. Creo que lo menos que estos dos merecen es consumar la pasión, porque si lo vuelven a intentar a cielo abierto, lo mismo nos cae una estación espacial encima o algo.
Lástima que en esto, como en todo en la vida, funcione tan bien el principio de temporalidad catastrófica. Sí, el mismo que indica que las cosas solo suceden una vez y que jamás podrá deshacerse lo que ya ha ocurrido. Algo que deberíamos tener en cuenta todos, pero principalmente, algún que otro cateto a babor.

domingo, 26 de febrero de 2012

Fuego amigo

Sin duda, la pregunta boba de esta semana, que he oído varias veces y en distintos lugares, ha sido: "¿Matarías por la monarquía?". No creo que nadie en su sano juicio haya contestado que sí, principalmente porque Urdangarín (sujeto de semejante memez) no es el invasor francés y todavía faltan unos cuantos días para el 2 de mayo. Pero imagino que, si queda alguien todavía dispuesto a morir por la patria, que supongo que sí, tiene que haber quien esté encantado de poder colgarse de un blasón por el bien de la institución reinante.
A mí, estos conceptos de monarquía y patria como bienes absolutos me suenan a horizontes lejanos. El primero, porque soy incapaz de identificar mi supervivencia con el bienestar de una familia que no sea la mía y, segundo, porque me he educado en un país donde el concepto patriota solo funciona en los eventos deportivos y cuando hay que sacar pecho frente a unos muñecos franceses. Uno de mis profesores, parafraseando a Zambrano, decía que la juventud se caracteriza por el afianzamiento del yo frente al mundo y la madurez, por el afianzamiento del yo frente al yo mismo. En este sentido, España sería una nación adolescente, porque siempre ha estado más interesada en conquistar primero y en calibrar lo que pensarían los demás de ella después, en lugar de mirarse un poco el ombligo y solucionar, por ejemplo, los conflictos autonómicos que todavía nos causan escozor.
Dándole vueltas a todo esto, no sé por qué me vino a la cabeza la triste historia de Pat Tillman, aquel jugador de la NFL (liga de fútbol americano). El chaval era muy bueno en lo suyo, una especie de Messi del rugby, hasta que se produjeron los atentados del 11S y algo se le movió por dentro. Con el tiempo, dejó un contrato hipersupermillonario y se alistó en los rangers, ese batallón de soldados acostumbrados a dar mamporros como hogazas y meter la nariz allá donde puede haber un señor sospechoso de pasar sus ratos libres fabricando bombas de neutrones. Con el patriotismo subido se fue a Irak, volvió, y, como la experiencia le había sabido a poco, se largó a Afganistán. Hasta que un fatídico día de 2004, sorprendido en una emboscada, murió. El país, en aquel entonces gobernado por Bush jr., lloró lo que no está escrito por el buen hijo, excelente jugador y mejor patriota que se les había ido. Hasta que, poco a poco y con cuentagotas, fue saliendo la verdad gracias al nunca desdeñable testimonio de testigos. Según contaron éstos, Pat murió por obra y desgracia del fuego amigo, cuando unos compañeros que venían detrás no vieron la señal de ayuda, repararon solo en el convoy afgano y tiraron a matar sin darse cuenta de que, en medio, se jugaba la vida parte de la tropa amiga. Tal cual. Y no solo eso, los soldados que acompañaron al cabo Pat en Afganistán recogieron sus palabras de arrepentimiento durante las noches a la fresca, cuando Tillman afirmaba no entender qué hacían allí los americanos, que aquello era poco menos que una guerra absurda abocada a la destrucción de vidas civiles. Esto último no lo contaron la mayoría de los medios de su país, faltaría más, pero si todos lo pudimos leer en el Marca (transformado por un día en panfleto rojo y revolucionario; quién lo iba a decir) vía agencias, supongo que algo de verdad tendría.
En fin, que si ya me parece complicado darle la mano al que tenemos al lado y que éste se digne a dártela a ti (en algún momento todos nos esperamos más de alguien y por respuesta recibimos un tremendo sopapo en toda la dignidad que nos deja el corazón llorando sangre), me resulta inconcebible, en tiempos de la globalización, soñar con entregar tu vida -sin duda lo mejor que tienes y, en ocasiones, lo único- a conceptos tan etéreos como patria y monarquía. Los ejércitos se han profesionalizado, ergo estás en ellos porque es un trabajo donde recibes un salario. Obviamente, asumes riesgos, aunque son muy pocas profesiones las que pueden presumir de no tenerlos en mayor o medida. De acuerdo que Estados Unidos ha trabajado mucho el concepto de nación, en innumerables ocasiones de manera torticera, empleando para ello la idea de unión frente al enemigo ficticio, aunque también opino que el caso norteamericano no es tan extrapolable como el cine de Hollywood nos da a entender. Y que el paradigma de lealtad da muy bien en cámara, pero en la realidad es bajito, feo y tirando a cobarde.
Dejemos a las testas coronados que resuelvan sus asuntos de palacio mientras continúan agarrados con uñas y dientes a la herencia por gracia de Dios, y dediquémonos a nuestra historia, que bastante guerra nos da ya. Como banda sonora, dejo aquí una canción de uno de mis grupos favoritos de todos los tiempos. A disfrutarla.

sábado, 25 de febrero de 2012

Al fondo, a la izquierda

Creo que una de las peores noticias de los últimos días ha sido el cierre de la edición impresa del diario Pública. Pésima noticia para su trabajadores, pero hasta tenebrosa si consideramos sus repercusiones más allá de la vida familiar.
Me recordaba ayer una compañera que uno de los índices que evalúa la prosperidad de cualquier sociedad es el número de periódicos, de una y otra tendencia, con la que cuenta. Tomemos como ejemplo naciones en los que todos nos miramos: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia... Con el cierre de Público se nos ha ido, tal vez, el único periódico de izquierdas de consumo masivo. Y digo el único porque El País, con los bandazos que ha ido dando en los últimos tiempos, una ya no sabe dónde posicionarle: a la izquierda, en el centro o, más probablemente, en el espacio exterior.
La historia de la prensa, así, en grandes letras, no se cimenta solo en el afán de comunicar. Los periódicos, desde siempre, han ejercido una enorme influencia en la vida política, ayudando a la propagación de las ideas de los diferentes candidatos y, por tanto, también al establecimiento de una democracia. Diarios, club políticos, etc. pusieron en la picota métodos electorales de dudosa legitimidad, abogaron por los sufragios universales, hundieron golpistas, jalearon protestas callejeras... No es ninguna pérdida de tiempo echar un vistazo atrás y comprobar el papel que jugaron en el nacimiento de los Estados y de las democracias. De hecho, recomendaría a todos un paseo por la historia de los siglos XX y XIX de la mano del señor Google.
Para todo país moderno resulta, por tanto, imprescindible contar con diarios de diferente tendencia. Sobre todo si tenemos en cuenta que asuntos tan delicados como, por ejemplo, los libros de textos, cambian según las leyes educativas que marquen los partidos en el gobierno, aunque eso daría para otro post y no pretendo desarrollar la idea para no echarme a llorar. Volviendo a la diversidad de la información, creo hasta tal punto en ella que estoy segura de que, al margen de ideologías, me entristece tanto el cierre de Público como el de La Razón si se llegara a producir. Como ciudadanos, tenemos todo el derecho a contar con opiniones distintas y a ejercer una toma de decisiones consciente basándonos en ellas. Igualmente, es nuestro deber contrastar ideas, analizar facciones y practicar la libertad de pensamiento con el convencimiento de que no todo está escorado hacia el mismo lado algo que, si algún empresario de buen entender y unos huevos como los del caballo de Espartero no lo remedia, ocurrirá a partir de ahora.
Lo que va a suceder, y no hay que ser Rappel para intuirlo, es que Internet se convertirá en el refugio del pensamiento de izquierdas. Quedarán publicaciones como Diagonal, por ejemplo, pero no creo yo que aumente su difusión, más que nada porque no habrá inversión que lo permita. Lo malo de ello es que la diversificación de las redes sociales sofocará la existencia de un portavoz unánime; lo bueno, su rapidez y enorme capacidad de difusión.
Otro asunto nada desdeñable es que al gobierno, esta mayoría universal que, según sus líderes, le ha aupado a lo más alto, parece haber sido bendecida hasta por su Dios que tanto alaban. Se han venido arriba sin darse cuenta de que la soberbia es muy peligrosa. Como peligrosa es, por ejemplo, la estigmatización que empiezan a hacer del parado: tal parece que quien no tiene trabajo estuviera en dicha situación porque le apetece. Me resulta aberrante culpar al trabajador de una miseria creada por las clases gobernantes (incluyendo en el mismo saco a políticos, empresarios y banqueros). Y no pienso que tenga muy buen pronóstico calentar los cascos a más de cinco millones de ciudadanos. Aunque no solo los hombres de negro del PP se dedican a estigmatizarnos; también nosotros ponemos de nuestra parte: hay una nueva clase de parados, de gran formación y que hasta ahora habían disfrutado de muy buenos empleos excepcionalmente bien pagados, a los que les da pudor confesar su situación incluso a los más íntimos. Como decía un amigo, preferimos quemar hasta los muebles antes de practicar algo tan sano como el networking: contar nuestra situación al mayor número de gente. Está demostrado que los nuevos empleos llegan, sobre todo, a través de contactos, por mucho que les choque a algunos, todavía anclados en la caduca escuela de la meritocracia.
Un panorama, ya digo, muy poco alentador. Hablando de escuelas es como, si de repente, a todos nos hubieran encerrado en un colegio de curas de la postguerra, en el que somos convenientemente adoctrinados y donde al que ose disentir se le castiga primero y se le expulsa después, principalmente de nuestras fronteras. No es por meter el dedo en el ojo, pero no estaría yo tan cómoda impartiendo disciplina espartana cuando, en cualquier momento, pueden venir los amigos alemanes y franceses a embargarnos los pupitres. Y, a lo mejor, hasta los curas. Los caminos de Dios son inescrutables...

viernes, 24 de febrero de 2012

Duelo al sol

En mi humilde opinión, la rivalidad es una cosa sana. Entre otros motivos, porque te ayuda a crecer como persona, a madurar y a aprender a luchar por lo que quieres. Pero además de sana es inevitable, ya que cuando hay dos actores con dos objetivos, irremediablemente surge un conflicto. Y cuando son dos actores con un mismo objetivo que solo puede pertenecer a uno de ellos, es la guerra.
De entre todas las rivalidades, se dice que la más festiva es la deportiva. Yo pienso que la deportiva constituye solo un elemento más de un enfrentamiento amplio, que puede poseer connotaciones políticas, económicas, sociales e incluso afectivas. Ahí tenemos, por ejemplo, los enconos que surgen entre dos clubs deportivos de una misma ciudad que, normalmente, suelen representar a dos clases sociales dispares: uno el de los ricos, otro el de los proletarios; uno el de la gente de derechas; el otro el de los de izquierdas. Tal enfrentamiento es lógico y sirve de acicate para hacer medrar las rencillas pero, paradójicamente, también para superarlas.
Quienes no parecen haber superado casi nada, y menos las distancias, son Madrid y Barcelona, dos ciudades maduras que, a poco que las dejes, se comportan como aldeas de teta. Desde que Barcelona saboreó la gloria olímpica, en Madrid han querido hacer lo propio, y ahí tenemos a las autoridades, presentando una y otra vez la misma candidatura que nos ha costado sudor pergeñar, pero, sobre todo, lo que nos ha costado ha sido dinero. En esta última ocasión, ya con todo el pescado vendido y el capital privado haciéndose cargo de lo que el erario público se ve incapaz de defender, los méritos de la ciudad se promocionan con desgana. A muchos nos parece un soberano marrón, del color de la ñapa ésa que nos han puesto por logo. Me imagino a los barceloneses haciendo chistes con el quiero y no puedo de Madrid y hasta me congratulo de ello. La retirada a tiempo es una victoria y no por mucho intentarlo vas a acumular méritos. Esto, que es una verdad de las gordas, parece haberle caído ídem a las autoridades, que siguen intentado encender la antorcha olímpica a base de soplidos. Reconozcámoslo: de tanto reventar la hucha, el cerdito se nos ha quedado en el chasis y ya no tenemos ni para sobornar a los miembros del Comité Olímpico con jamón de Jabugo y unos bailes arrejuntados en el Corral de la Pacheca. Así estamos de pobretones.
Pero mientras la cosa olímpica se hunde, una vez más, en el retrete de la burocracia y los chanchullos, el mal gusto y la ruina, los que vivimos en Madrid seguimos con nuestro particular duelo con los catalanes. En este caso toca batirse por la dama de los rizos de oro, esa macrociudad del vicio y el fornicio que un tal Sheldon Adelson quiere montar en algún lugar de la piel del toro, sea Badalona o Alcorcón.
Quien haya leído mi post al respecto ya sabrá de qué va este asunto de Las Vegas mediterráneas. Una macrociudad del juego cuya instalación exige cosas tan bonitas como crear un paraíso fiscal para que los casinos de Sheldon se pongan las botas y los zapatos de tacón si hace falta; contratos laborales tan precarios que a su lado la reforma laboral del PP nos parecería hasta sexy; el fin de la prohibición de fumar en lugares cerrados y, esto es lo último, que se levante la veda y los ludópatas puedan entrar en los casinos. A fin de cuentas, como el señor Adelson sabe muy bien, ellos son quienes nutren la panza de este gigante del oropel. A Aguirre y Botella, dos chicas sesudas e inteligentes, se les hizo la parte baja de la espalda agua limón en cuanto escucharon semejante sarta de estupideces. Donde los demás vemos la palabra lupanar en su versión más cutrechusca, ellas contemplan fajos y fajos de billetes. Es lo que tiene dedicarse a la alta política, que te cambia la perspectiva de las cosas.
Otro que no tardó en compartir tan extraordinaria visión fue Artur Mas, que no podía consentir que Madrid se llevara el oro mientras ellos, en Barcelona, no llegaban ni al bronce. Al parecer, el amigo americano ya le fue con los cantos de sirena al anterior gobierno tripartito, que le mandó a pastar a Texas tras hacer oídos sordos a las peticiones del oyente. Pero Mas, el Rey de los Recortables, es de otra pasta. Nunca mejor dicho. No solo le pone el competir con la capital; es que tanto dinero junto pone a cualquiera. Y, sin embargo, tras invitar a Adelson a dar un paseo por los descampados más floridos de las tierras catalanas, le entró ese extraño ataque de sensatez que tan bien nos sienta a los del Norte. En contra de lo que todos imaginábamos, ha decidido dejar las cosas en un Pasapalabra. Que el rosco se lo lleve Madrid, que a ellos ciertos cambios, como el de la legislación urbanística, ya les dio tos en su día y ahora lo están purgando con neumonía.
Para terminar, he de añadir un pequeño detalle: no dudo que el Madrid esta temporada lo va a ganar casi todo (como ya confesé, me van mejor las cosas con las victorias merengues, circunstancia que me tiene la moral un poco perjudicada) y hasta puede que se lleve el premio gordo y le toque un casino entero. O varios. Si después, además, por una cruel jugada del destino, nos cae el euromillón de las Olimpiadas, mejor que nos pongamos ya mirando para Cuenca. Porque el vicio de jugar no es nada comparado al que nuestro Ayuntamiento tiene de pedir. Es lo que conlleva el placer, que según por donde te entre, duele.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Los miserables

Todos hemos tenido algún entrañable "amigo" que, en un alarde de soberana inmadurez, ha hecho mutis por el foro en cuanto ha creído que ya no nos necesitaba y/o éramos un estorbo en su vida (tranquilidad en las masas: a todo pseudoadolescente le llega su Matanza de Texas). Este rácano principio de la vida social y el sentir emocional es perfectamente extrapolable a la cosa pública: los políticos nos quieren mucho y practican el roce con enorme gusto hasta que nos convertimos en un estorbo y, entonces, lo único que desean es mandarnos bien lejos. Antes era a la porra o a la mierda indistintamente; ahora, los cómplices empresarios de esos señores que nos gobiernan han encontrado un destino aún más paradisiaco: Laponia. Imagino que no han tenido tiempo de buscar otro lugar más frío ni con mayor abundancia de cuernos... digo, renos.
Se queja la clase empresarial de que el parado español es cómodo y vago en su proceder. Un soberano incordio para un país que, al parecer, siempre ha sido el paraíso del proletariado. Y que, si por ellos fuera, en el caso de no tener trabajo deberías aceptar el primero que el INEM te ofreciera, aunque éste tuviera que ser ejercido allí, bien pegadito al Polo Norte. De igual forma, y siguiendo ese aberrante teorema del empleo por narices, imagino que si tú has estudiado medicina y te ofrecen una vacante de sastre, pasarías de poner puntos a coser costuras. Se me estremecen los bajos de los pantalones solo de pensarlo.
Esta salida de madre, más digna de Anacleto Agente Secreto que de un señor al que se le supone la potestad de crear empleo, ve la luz al mismo tiempo que aparecen reportes acerca de nuestros compatriotas allende las hispánicas fronteras. Y no, no nos remiten precisamente a una existencia de lujo y esplendor. Según un reportaje publicado recientemente en El País, son pocos los que, por ejemplo, llegan ahora a Noruega y caen deslumbrados por el oro. Se cuentan muchos más los que, atisbando las orejas del lobo, necesitan acudir a un comedor social para resguardarse del frío. Como ya dije en otro post, tenemos una generación que dejó de estudiar para entregarse de lleno a la construcción y al sector servicios; una generación que no ha sido formada gracias, sobre todo, a la incapacidad de las autoridades para reengancharla al proceso educativo y ocupacional. Muchos de ellos se ven obligados ahora a salir fuera (no solo de cerebros vive la Unión Europea) para darse cuenta de que, en un número nada desdeñable de países exigen una preparación mínima de la que ellos carecen.
El otro día, viendo el programa Salvados en el que su conductor, Jordi Évole, se daba un paseo por tierras alemanas, descubrí a una chica que había ido al país germánico para probar fortuna. Y en ello andaba, trabajando de camarera y cobrando la misma miseria que hubiera podido ganar en su pueblo currando de lo mismo. Ahí está, en toda su gloria: la cadena migratoria arreando con saña al eslabón más débil.
Y es que desde el último gobierno de Aznar, de tan infausto recuerdo, los males profesionales de los españoles no han hecho más que acrecentarse. Tenemos la generación más formada de la historia conviviendo con, tal vez, la que posee menos estudios; exportamos investigadores e ingenieros muy codiciados, pero también mano de obra barata que no encuentra faena en países acostumbrados a recibir inmigrantes más cualificados y experimentados para idénticos puestos. Y, mientras, yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos, nos vemos obligados a ver cómo un señor empresario nos echa en cara que estamos chupando con lujuria de la teta del Estado (como ya dije en Twitter, el paro lo pagamos con sangre en cada una de nuestras nóminas ergo nadie nos regala nada) y, ya de paso, nos manda bien lejos para que no estorbemos ni, sobre todo, nos quejemos de esa reforma laboral que todavía nos tiene a todos medio bolingas. Cuando llegue la resaca será el acabose.
En fin, que está claro que para los empresarios y ese gobierno al que el ministro Wert ha declarado "ganador de las elecciones por mayoría universal" (¡toma conjunción planetaria!) somos poco menos que un forúnculo. Ahora mismo, además, le viene fatal que pensemos y que nos manifestamos porque, según cuentan los señores del PP "damos mala imagen en Europa". Se ve que el 15M y los sindicatos dejan el patio perdido de cáscaras de pipas mientras que las asociaciones Pro Vida, que también protestan lo suyo, abonan las calles con Chanel nº 5. Y no sigo por ahí porque me pongo a divagar cosa mala.
Pensándolo bien: lo de Laponia tampoco es tan descabellado. A fin de cuentas, allí vive Papá Noel, a este paso el único ser al que le podremos pedir trabajo y, en un milagro navideño de los suyos, hasta tenerlo. ¡Corramos a hacer las maletas antes de que se nos adelanten los griegos!

martes, 21 de febrero de 2012

Letra con sangre entra

Cuando uno estudia la historia de Latinoamérica en el siglo XIX, aquel momento en que un buen puñado de "naciones inventadas" se embarcaron en la misión de crear un Estado, no puede dejar de sorprenderse ante el uso y el abuso que se hizo de la violencia como instrumento político. No solo las revoluciones (fueran o no sangrientas, que con toda probabilidad lo eran) acabaron siendo consideras como acciones totalmente legítimas -incluso necesarias- para alcanzar el poder; también la violencia, en su faceta más destructiva, constituyó casi el principal recurso del pueblo a la hora de controlar a sus gobernantes. En muchos países surgieron mecanismos electorales hoy impensables, como la toma de mesas por parte de alguna de las formaciones recurriendo al empleo de armamento y dejando atrás un nada desdeñable número de muertos. Estamos hablando de tiempos donde garantizar la victoria en una mesa electoral era un paso importante para acabar en lo más alto del pódium gubernamental. Pero también se dieron casos en los que el pueblo, levantado en armas, se encargó él solito de poner y deponer presidentes según lo que entendía por justicia. Lógicamente, ante tamaña explosión o implosión de fuerzas, muy tonto tendría que ser el gobernante repuesto para no contentar a la plebe y negociar con ella los beneficios que concernían a la mayoría.
Esta extraña coreografía del ejercicio del poder, donde el pueblo desempeña el papel de solista, nos parece algo entre épico y chungo desde nuestro punto de vista de "experimentados" demócratas, forjados en el ejercicio amable de la soberanía. Por ello, debido a nuestra falta de experiencia en lides más revolucionarias, la reacción desmedida ante cualquier tipo de sublevación suele pillar en bragas (o en calzoncillos con zurraspas) a quienes nos gobiernan.
Estos días, la mayoría de los españoles contemplamos horrorizados un espectáculo lamentable que viene a ser un episodio más de esta Guerra de las Galaxias que hemos empezado a pergeñar tras el contraataque del imperio. Todo empezó cuando los estudiantes de un instituto público de Valencia salieron a la calle a protestar contra los recortes de su centro (entre otros "regalos" les habían dejado sin calefacción) y los antidisturbios corrieron tras ellos. Juventud cabreada y policía con ganas de marcha no maridan bien, pero en este caso la tensión ha aumentado hasta parir unas imágenes tan aborrecibles como insólitas: la de los antidisturbios pegando porrazos a diestro y siniestro, tuvieran lo que tuvieran delante: desde niños a abuelos pasando por amas de casa.
Dichas escenas, más propias de otros países, e incluso, de otros lugares, hacen un flaco favor al estamento policial. Pero menos aún a quienes les mandan, los mismos que, de empezar apoyando tal somanta de hostias, han pasado a dejar a los agentes, literalmente, con el culo al aire. Y es que una imagen vale más que mil palabras, amiguetes. Entiendo que haya que tomar precauciones ante una manifestación no autorizada; comprendo incluso que debe de ser muy complicado aguantar el tipo cuando tienes en frente a toda una chavalería envalentonada mandándole recuerdos a tu familia, pero también opino que el aguantar improperios y actuar sin extralimitarse va en la placa. Y en el sueldo. Que yo sepa, a la policía española no le pagan por pegar porrazos ni abusar de gente desarmada; una cosa es frenar el avance de la turba y otra cargar contra ella como si fueran las tropas de Bin Laden.
En las imágenes que todos hemos tenido el disgusto de ver pudimos comprobar, para nuestra desazón, que allí, el que no zurraba era porque no llevaba pistola. Había gente vociferando al viento su intención de mantener una actitud pacífica y agentes golpeándoles como si fueran alfombras al sol. El calificativo vergonzoso se queda corto... y antiguo.
Al igual que ocurrió con el desalojo de la Plaça de Catalunya (otro episodio de Los hombres de Harrelson en el lado oscuro de la fuerza), semejante movida ha tenido como consecuencia que hoy todos nos sintamos un poco estudiantes del Lluis Vives, o, en su defecto, parte de sus familias. Esta tarde ha habido concentraciones de repulsa y, probablemente, vendrán más. A todo esto, el gobierno mira para otro lado, porque el parapeto ése que se han puesto Rajoy y sus minimoys de "esperamos movilizaciones, pero nos tocan un pie" les sirven tanto para un roto como para un descosido.
Es indecente ejercer la violencia sobre gente indefensa que encima sale a la calle para enarbolar quejas del todo legítimas. Del mismo modo que sería un delito que cualquiera de los estudiantes se hubiera liado a mamporros con un agente, creo que la justicia también se aplica a la inversa. Y muy mal deben de ir las cosas si nuestra forma estrella de resolver los problemas acaba a palos. No son maneras, sobre todo cuando la historia nos dice que el gobierno hace muy mal negocio permitiendo que el pueblo defienda sus intereses por las bravas sin bajarse de la poltrona a dialogar. Mal negocio, insisto, para los que mandan pero, en ocasiones, el único recurso al alcance de quienes ya estamos demasiado acostumbrados a perder.
En fin, que a lo mejor tenía razón aquel señor con sotana de Cuenca diciendo que los más jóvenes van camino de la perdición viendo tanta tele. Estoy de acuerdo. Casi mejor que lean y estudien un poco de historia. Yo les recomendaría la de Latinoamérica en el XIX. Acción y reacción todo en uno. Que aproveche.

lunes, 20 de febrero de 2012

Sectarios

Válgame Dios. Cuando ya estaba yo a punto de abrazar hisopos congratulándome de la autobajada de sueldo del obispo de Solsona, Xavier Novell, con el fin de alegrar un poco la merienda a sus feligreses (a eso lo llamo yo caridad cristiana) va su colega mirando desde abajo, cardenal Lluís Martínez Sistach, y me despierta con susto de esa levitación en la que andaba yo tan entretenida. Luego me dirán que siempre acabo hablando de lo mismo pero, como diría Calimero, "me lo ponen a huevo".
Parece ser que el amigo Lluís, entre rezo y rezo, ha entregado su alma a los pensamientos profundos (la cabeza debía de andarle por otros pagos) llegando a la concusión de que los niños sin formación religiosa tienen mayor facilidad para ser atraídos por sectas y fundamentalismos. Vayamos por pedazos, que diría mi carnicero. Según el diccionario, la palabra secta significa "doctrina religiosa o ideológica que se diferencia o independiza de otra". Si tomamos tal definición a la letra y a gran escala, el catolicismo, el protestantismo, el calvinismo etc., vendrían a ser sectas dentro de una religión que sería la cristiana. Puestos a reducir -y siempre sin salirnos de los parámetros de la definición- el Opus Dei, los Kikos y los Legionarios de Cristo serían una secta o una subsecta dentro del catolicismo. Pero no solo ellos: cualquier corriente que se diferenciara de la vara troncal podría ser considerada como secta. A lo mejor el señor Lluís está advirtiéndonos de ello, del peligro de ciertos movimientos grupales que pacen en los fermosos campos de la Iglesia. Quizás, en un alarde de autocrítica, ve peligrar los ingenuos corazones y pretende vaciar de un golpe las aulas de alguno de esos colegios que tanto admira Esperanza Aguirre. Le voy a seguir dando vueltas, porque no sé por qué me da que los tiros no van por ahí.
No contento con soltar semejante bravata, asegura el señor cardenal que solo las clases de religión ofrecen "valores sólidos y permanentes que pueden dar significado y finalidad a sus vidas". Como hoy estoy de buen humor, no voy a echar más leña al fuego detallando los "valores sólidos y permanentes" que una deleznable parte de la curia ha estado inculcando a los tiernos infantes durante décadas. Como todo, resulta imposible generalizar, pero también es cierto que me parece tremendamente reprobable que estos señores, con tamaña facilidad de palabra, no dediquen ni un minuto de su ocupadísimo tiempo en ofrecer disculpas por los traumas que muchos de los de su gremio han causado a sus jóvenes feligreses. En cambio, parece ser que sí tienen sus buenos ratos libres para adoctrinarnos sobre cómo debemos de vivir nuestras vidas, cuántos hijos debemos tener y a quién le podemos permitir que nos meta mano.
Pero, tranquilos, que aún hay más. Y es que no contento con semejante sermón, el cardenal añade que el analfabetismo de cultura religiosa incide en el nivel cultural general más bien bajo de las pobres criaturas. Como ya dije en otra ocasión, el haber estudiado religión me servido para una cosa: dudar de casi todos los preceptos que sostienen el catolicismo. Espero que eso, a ojos de Martínez Sistach, también sea bueno. O a lo mejor él también tendría que darle unas vueltas y aventurar las consecuencias de la ardua tarea del pensar. Y como no me quedo a gusto, añado que a lo que he sacado mayor partido de toda la cultura religiosa que me metí entre pecho y espalda fueron los estudios de las religiones del mundo, algo que, hoy en día, se aprende en las asignaturas de Historia y/o Alternativa. No entiendo que un niño sea más culto sabiéndose la Biblia de pe a pa que otro capaz de hacerte un somero resumen de los orígenes, principios y mandamientos que sostienen los grandes cultos del mundo conocido. A lo mejor es que el problema lo tengo yo, que he perdido el oremus en mi esforzada defensa del agnosticismo.
Siempre he dicho que los valores que rigen nuestra vida son herencia del cristianismo, pero es algo tan interiorizado, tan de educación primigenia y núcleo familiar, que no creo necesario que venga un señor con sotana a decirnos que seamos buenos, hagamos el bien y perdonemos a los otros. De hecho, conozco a mucha gente, educada en colegios religiosos, que ni es buena, ni hace el bien ni se dedica a perdonar sino a fastidiar y malmeter como si no hubiera un mañana. Claro que ellos tienen bula: con arrepentirse de sus pecados microsegundos antes de diñarla, ya tienen garantizada una mansión con vistas en primera línea de Cielo.
Creo que el poseer estudios, en general, es bueno. Igual que pienso que saber más geografía o más matemáticas que nadie no te hacen ser mejor persona; si acaso, te pueden garantizar un futuro profesional o una intervención honrosa en algún concurso de la tele. En cambio sí te marca encontrar (y conservar) personas que enriquecen tu vida e inteligencia, aprender de tus errores, saber curarte las heridas del alma, desarrollar tu talento, conocer otras culturas.... esas experiencias que te convierten en un individuo más tolerante y más sabio. Algo que, probablemente, nunca llegues a probar si tu vida transcurre entre las cuatro paredes de una iglesia fiscalizando el comportamiento de unos cuantos y maldiciendo a los que se cuestionan ciertas supuestas verdades. Porque para dar lecciones de vida, hay que haber vivido; para saber lo que es no tener conocimientos, hay que poseerlos; para entender lo que es la compasión, hay que haberla implorado. Y no sé yo si estos señores de misal mediático serían capaces de encontrar el Neruda que llevan dentro y entonar un "Confieso que he vivido". Si acaso, que se confiesen otros.

domingo, 19 de febrero de 2012

Aterriza como puedas

Parece que aquella historia de ciencia-ficción en la que una base de aviones espía se instalaba en lo más profundo de la provincia de Ourense empieza a tomar visos de realidad. Va a ser verdad que los OVNIS, haberlos, haylos.
Según cuentan las crónicas, a los norteamericanos ya no les sale rentable el mantener su colonia de zánganos (así se llaman los aparatos, que conste) en tierras italianas, y han decidido buscar otro emplazamiento al sol Mediterráneo, un lugar llano y por el que, a ser posible, no pase ni Dios. Y ya que nos ponemos, tampoco otros aviones. Digo yo que para lugar vacío de aeronaves tenían el aeropuerto de Castellón, que a todos nos produce tanta risa como miseria, pero se ve que no les convencía esa inmensa mole escultórica, que se parece a Fabra pero no es Fabra, y que corona tan magna edificación. Los zánganos de semejante monumento a la prevaricación humana son de otra calaña.
Y ahí tenemos a los habitantes del pueblo de Trasmiras, hechos un flan; ellos, que jamás pensaron que los herederos del Plan Marshall les tocarían de cerca como no fuera a través de una peli de Berlanga. Lógico. Porque Ourense no es precisamente el destino número uno de España: en invierno hace frío y en verano una calorina que ríete tú de Sevilla. Sus principales turistas son los que en su día emigraron y ahora retornan en vacaciones. O aquellos motivados por la estupenda propaganda que éstos hacen de su terruño allende nuestras fronteras. Así que es lógico que los ourensanos den palmas con las orejas.
No obstante, por mucho que al alcalde de Trasmiras se le hagan los ojos chiribitas pensando en la inversión y un número de empleos desmesurados (por encima de los 1.500, asegura), aquí todavía queda mucho por hacer. Más que nada porque el lugar de la futura base, hoy en día, no es más que un sembrado. Amplio, eso sí, pero sembrado de los de toda la vida. Asimismo, resulta obvio pensar que gran parte de esos nuevos empleados sean hijos del Tío Sam (me cuesta poco imaginármelos joystick en mano, dirigiendo aviones sin tripulantes con forma de supositorio), aunque sería de agradecer que importen con ellos sus costumbres consumistas y se dediquen a supervitaminar y mineralizar la economía, no de la zona, sino de toda España.
Porque no es menos cierto que en épocas de hambruna siempre hemos tenido al amigo americano dispuesto a echarnos una mano. Pasó tras nuestra infame guerra y aquí llegan de nuevo, preparados para convertir una aldea de Ourense en un centro aeronáutico de la más alta tecnología y a Madrid en un casino-lupanar que nos va a quitar de pobres. Sin embargo, no puedo dejar de pensar lo moderadamente bien que acogemos estos proyectos y lo mal que nos sientan otros. Por ejemplo, cuando un magnate ruso (con idénticos galones de supuesto mafioso que aquí el dueño norteamericano del casino) compra una empresa de las muy nuestras o a un jeque árabe le da por adquirir un club de fútbol. En cuanto a este último, tal vez sume y no pare el conflicto que mantuvimos en época de la reconquista sin darnos cuenta de que la mayoría de los españoles somos medio judíos sefardíes por parte de padre y moros por parte de madre. O al revés. Pero estamos convencidos de que el objetivo de árabes y europeos del este es hacer negocio y pasarnos por los morros sus dineros sin importarles nuestras cosas ni sentir nuestros colores. Será que los americanos del Norte no solo no vienen a hacer negocio, sino que vibran cada vez que la selección española marca un gol. Sí, será eso.
Pero, bueno, está claro que los españoles vamos a conservar nuestros prejuicios le guste al mundo o no. Porque además, a tercos no nos gana nadie. Lástima que se nos caigan parte de nuestros principios cuando ya no podamos echarles la culpa de la debacle laboral a los inmigrantes. Es un axioma básico de economía el que, si una nación recibe a un número ingente de inmigrasen, los sueldos bajan (más gente para un mismo puesto); sin embargo, en nuestro caso, aquellos que recibimos en su día están retornando a sus países y, sin embargo, nuestros sueldos continúan bajando en caída libre. ¿A quién le cargamos ahora con el marrón? Creo profundamente en nuestro empeño en preservar los prejuicios contra los demás porque "aquel es del Pollardos Fútbol Club y todos los del Pollardos son imbéciles", "éste tiene hijos y a mí no me gustan los niños" "el otro es de la cuerda de Felipe González" y "ésa es una vieja de más de 40 años". No es nuestra culpa; es que la educación nos ha hecho así.
En resumen, que más nos vale que vayamos abriendo nuestros brazos a la inversión extranjera y afrontemos lo desconocido como una lavativa que al final cura. A fin de cuentas, ya tenemos muchas multinacionales que en su día llegaron para hacer negocio y, ahora, que el negocio ya no es tal, son las primeros en abandonar el barco y retirarse a sus países dejando detrás un montón de náufragos. Y no quiero señalar. Ante esto, el que vengan los americanos y nos metan sus ultrasónicos supositorios por la esquina norte es un regalo. De los cielos, por supuesto.

sábado, 18 de febrero de 2012

Noticias frescas

La semana pasada tuve que hablar sobre periodismo ante el mejor de los auditorios posibles. Lógicamente, dentro del paquete profesional tocaba explicar qué era una noticia. Les conté que todos generamos noticias de manera continua, porque la palabra viene a ser sinónimo de novedoso, algo distinto a lo que pasó antes. El hecho de levantarnos un día con dolor de cabeza constituye en sí una noticia; el asunto está en averiguar si esa información tiene interés y hay alguien dispuesto a contarla y escucharla.
Si lo pensamos, nuestro grupo más próximo de amigos y familiares se articula en torno a la creación de noticias. Se producen novedades en nuestra vida y las trasmitimos rápidamente al público que creemos puede estar interesado en ellas. La noticia se convierte así, ya no en un género periodístico, sino en una barrera de exclusión/inclusión: contamos las cosas a quienes entendemos más próximos y no se las comunicamos a alguien que esté fuera de nuestro círculo. Con esa forma de actuar, y aunque no nos demos cuenta, estamos diciendo "te aprecio, confío en ti y creo en ti" o "no te tengo ningún aprecio y no me mereces especial confianza". Eso, lógicamente, en cuanto a lo "gordo" que nos ocurre o que nosotros consideramos como tal porque las otras, las noticias genéricas y de "segunda clase", son las que nos sirven para interactuar con el resto del mundo; un instrumento que certifica nuestra condición de animal social.
Pero, a pesar de el fundamental papel que juegan en nuestras vidas, las noticias, entendidas como algo ajeno, una herramienta de los medios de comunicación, han caído en la perversión de la forma. Es innegable que interesan más las informaciones negativas que las positivas (excluyo a las deportivas y esto daría para otro post), tal vez por morbo, quizás porque siempre es un alivio comprobar que otros lo pasan peor. Pongamos un ejemplo meridianamente claro: cuando una persona desaparece, el tiempo que dicha noticia ocupa en los medios es muchísimo mayor que la de su posterior aparición, a no ser que ésta se haya producido en circunstancias extraordinariamente trágicas. No es que lo diga yo, es que cualquiera con cierta curiosidad puede comprobarlo cronómetro en mano o contando líneas. Tampoco voy a discutir la moralidad de semejante proceder, pero sí que, enfangándonos en lo malo, acabamos inmersos en un bucle del que nos cuesta salir.
Desde hace meses, por lo menos en España, estamos han habituados a recibir malas noticias que ni las supuestamente buenas nos hacen tilín. Cada día esperamos informaciones peores que las anteriores, hundiendo así uno de los principios del concepto (lo novedoso e inesperado) y entregándonos en cuerpo y alma a aquello de "si algo puede ir a peor, irá". No creemos que nada sea capaz de sorprendernos para bien. Personalmente, por ejemplo, no hay semana en la que alguien no me cuente que ha sido despedido. Y ya van tantos que he dejado de sentir pena, dolor, etc para recrearme en el "qué le vamos a hacer". Hasta que reflexiono sobre ello y me doy vergüenza de mí misma.
Hace un tiempo tuve una jefa (de infausto recuerdo) empeñada en amenazarnos, a mí y a otros, con que, si nos despedía, iríamos a parar a "la jungla de ahí fuera". Los pronósticos se cumplieron y varios nos fuimos a la dichosa jungla cual Frank de la ídem. Ahí es cuando descubrí que este personaje y yo ni siquiera coincidíamos en la visión objetiva del mundo: ella utilizaba la palabra jungla en su condición de depredadora, de ser que solo concibe su propia supervivencia aniquilando a otros; yo, en cambio, tras el shock inicial, lo vi como un parque temático de oportunidades, la posibilidad de aprender nuevas cosas, probarme a mí misma y también a los que me rodean, sabiendo quién de verdad estaba a mi lado y quién lo parecía pero no. Creedme: resultó muy, muy esclarecedor.
Ahora me he impuesto la sagrada misión de generar y/o trasmitir buenas noticias, aunque sea de vez en cuando. Como dice una compañera "os prohibo hablar de cosas negativas hasta, por lo menos, las 11 de la mañana". No es mala treta si se pretende levantar el ánimo de la concurrencia. Y, sobre todo, creo que no nos vendría mal idear una cadena de solidaridad para que quienes apreciamos, esos que están dentro de nuestro círculo de noticias frescas, afronten también la situación, a lo mejor no como un parque temático de oportunidades, pero sí como la posibilidad de reinventarse, recuperarse y medir sus fuerzas. El empeño no será fácil, porque las informaciones externas siguen llegando para contaminarnos el aire con sustancias tóxicas, pero eso no justifica que no lo intentemos. He conocido gente que, aún teniendo un trabajo agradable, estable y razonablemente bien pegado, mendigaba un segundo para compatibilizar con el primero. Les daba igual que hubiera gente en la calle muy capacitada dejándose la piel en el intento de hallar una mísera ocupación de lo que fuera. Siempre me ha parecido una objetivo egoísta e insolidario. Muy acorde con lo que esperan de nosotros aquellos que nos gobiernan. Si te tomas el panorama laboral como unas selva donde impera la ley del más fuerte, acabarás luchando a muerte con compañeros con los que antes compartías la caza.
Volviendo a los principios de este post, se suele decir también que la falta de noticias es una buena noticia. Depende. El que dejes de saber cosas de alguien a quien guardas cariño es, en sí, una mala noticia, lo mires por donde lo mires. Al contrario, el no saber de quien te importa un mojón, no es bueno, es mejor. Creo que todo hay que situarlo dentro de su contexto y no quedarnos solo en lo evidente. Nos han cascado una reforma laboral que remite a la serie Raíces y su protagonista, Kunta Kinte. Muy mala noticia. Pero mañana va a salir mucha gente a la calle a decirles a las autoridades que se metan su culto al desempleo por donde amargan los decretos. Buena noticia. La percepción de las cosas depende de la perspectiva con que lo mires. Y eso sí es una verdad indiscutible.

viernes, 17 de febrero de 2012

La bestia

El título de este post podría referirse a Michael Fassbender y la enorme tranca que luce en la película Shame, para regusto de muchas y muchos. Podría, pero no. Porque esta mi Bestia no es un elemento de ficción, sino algo que existe, asusta y hace daño.
La Bestia es el tren (o mejor, sistema ferroviario) que cruza México y llega hasta la frontera de Estados Unidos. En estos trenes se suben habitualmente un número descontrolado de viajeros, muchos de ellos procedentes de Centroamérica, pero también del propio México, que encuentran en esta forma de locomoción la vía rápida para alcanzar el paraíso prometido. La avalancha de inmigrantes es tal que, a muchos, no les queda otro remedio que ir medio descolgados de los vagones o del techo del tren, lo que ha causado ya un número indecente de caídas, con mutilaciones y muertes incluidas. Pero la masacre es casi una anécdota si lo comparamos con lo que sucede dentro de las entrañas de La Bestia, donde reina la corrupción y el mal en estado totalmente impuro.
Mujeres que han viajado en esos atestados vagones cuentan abrumadas las violaciones y abusos a los que han sido sometidas, sin apenas nocturnidad, por compañeros de viaje carentes de escrúpulos y moralidad. Y no solo por ellos: en los también llamados trenes de la muerte, además de los inmigrantes, viajan miembros de las mafias y los cárteles de las respectivas regiones por las que atraviesan, bien instruidos en el arte del chantaje, el secuestro y todo tipo de crímenes. Esta "raza" es la que se dedica a robar a los pasajeros lo poco que tienen, convirtiéndoles, no solo en rehenes momentáneos, sino en fuentes de ingreso por si, en caso hipotético, consiguieran llegar a su destino. Menudo panorama: vivir permanentemente chantajeado, amenazado con un presente horrible y un futuro incierto tras cometer el único pecado de haber osado habitar, aunque solo sea una vez y de paso, las entrañas de La Bestia.
Todo es tan surrealista y macabro que hasta se cuentan episodios de trabajadores del propio tren compinchados para "sangrar" a los viajeros. De nuevo el perro flaco y las pulgas como elefantes. La inmigración ilegal es sinónimo de desprotección total: imposible pedir ayuda a quien tiene la misión de detenerte y enviarte de nuevo al infierno, aunque, después de la experiencia, el averno carcelario y la pobreza absoluta posean hasta connotaciones amables.
Somos conscientes de que en este primer submundo estamos fatal. No seré yo quien lo ponga en duda, sobre todo después de leer las historias de miseria que pueblan los periódicos durante los últimos meses. Pero también deberíamos ser capaces de mirar un poco más allá y darnos cuenta de que hay sitios donde el sufrimiento es todavía más intenso. No se trata de buscar consuelo para las penas propias, pero sí de encontrar justicia. Porque al drama de emigrar simplemente para comer, se une la peor travesía del desierto que pudiera experimentar un ser humano. Una pesadilla de la que, como en el caso de las pateras, los balseros etc., siempre sacan partido un puñado de villanos muy espabilados, con la complacencia de autoridades encantadas de mirar para otra lado.
En el caso de La Bestia, hay hasta una estupendo documental de Pedro Ultreras, ahí, al alcance de todos, para que cualquiera pueda ver en imágenes lo que los demás no somos capaces de explicar con palabras. Y sí, es un testimonio demoledor que se va a quedar en ello, en crónica de sucesos, porque siempre hay una excusa justiciera para no desarticular el entramado: competencias territoriales, ilegalidad migratoria, sobornos no declarados.... Nos convertimos en espectadores de la tragedia sin que se nos mueva un pelo, a todo lo más, se nos atuse la resignación. Tampoco es tan raro. Tres cuartos de lo mismo ocurre, por ejemplo, con los feminicidios, un repugnante espectáculo de horror y pavor que se repite en las narices, ya no de México, que lo asume como un trozo de espinaca que se le ha quedado entre los dientes, sino del todopoderoso Estados Unidos, con su FBI, su CIA y su secretísima inteligencia. Pero imagino que todos estos encorbatados señores, expertos en el uso y abuso de las armas, tendrán cosas mucho más importantes e interesantes que hacer que descubrir quiénes se dedican a practicar el tiro al blanco con mujeres. Con miles de mujeres.
Se me llena la boca a la hora de criticar a esas gentes que han decidido que la vida pase por ellos y no ellos por la vida. Individuos a los que les encanta desgañitarse en Twitter y otras redes contra las injusticias del mundo pero que, a la hora de la verdad, y cuando toca actuar, son incapaces de mover un dedo para defender sus derechos ni a los suyos. Sin embargo, he de reconocer que, muy a mi pesar, todo este espectáculo de bestias gigantes y pequeñas bellas acaba siendo solo eso: un espectáculo. Tan real como la vida misma. ¿El único consuelo? Que alguien descubra, a través de posts como éste, el mundo al otro lado del espejo.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Sentidos opuestos

Hay una atracción en el parque francés Futuroscope cuyo objetivo es vivir el mundo como si fueras invidente. Quienes se adentran en el oscuro laberinto, deben hacerlo apoyando las manos en los hombros del de delante (como una fila de personas ciegas) y, guiados por un invidente, recorrer trasuntos de lugares como Luisiana, Nueva York  o el Himalaya. Está en el ánimo del visitante reconocer cada uno de estos rincones por el tacto, el sonido o el olor (se llega a atravesar un penoso vertedero en lo que para algunos será una experiencia extrema). La atracción está concebida para que todos nos pongamos en la piel de quienes han sido privados de la vista, pero también para promover las ayudas a la versión francesa de la ONCE española.
Más allá de lo anecdótico, este espacio destinado al ocio (llamado en español "Ojos que no ven") tiene una segunda voluntad: activar sentidos que muchas veces mantenemos dormidos y ayudar a que nuestro cerebro se concentre en procesar señales que, en innumerables ocasiones, pasamos por alto. Y es que lo normal es que el batiburrillo de mensajes que recibimos a lo largo del día no contribuya precisamente a alentar nuestro bienestar sensorial. De hecho, incluso cuando pasamos una alegre jornada de campo observando la fauna, conectamos el piloto automático sin darnos cuenta de que el proceso de activación de los sentidos va mucho más allá de darle al on y empezar a grabar en el archivo A de nuestro cerebro.
Decía una profesora de cata de vinos que tuve una vez, que la educación que nos dan de pequeños al grito de "no lo toques", "no lo mires de cerca", "no lo escuches" nos lleva a olvidar gran parte de lo que es nuestro mundo sensorial cuando nacemos y al que recurrimos para sobrevivir. Nos acostumbramos a sacar el mínimo partido de nuestros sentidos (es más, creemos que con ello hacemos lo debido) y ahí los dejamos, abotargados y desempleados. Si alguien no me cree, hagamos la prueba: olamos un perfume e intentemos, sin mirar el frasco, decir de qué está compuesto; pidamos cualquier plato medianamente elaborado en un restaurante y asumamos el reto de adivinar todos los ingredientes de la receta; o miremos a un animal no más de 10 segundos, cerremos los ojos y realicemos el esfuerzo de describirlo en todos sus detalles. Pocos, incluso los que se las dan de observadores, podrían pasar el examen con más de 6.
Pero no solo es esa educación en la prevención lo que castra nuestra capacidad sensorial. Nos atrofiamos porque recibimos tanta información que vemos el todo y no las partes; nos fijamos en el conjunto y obviamos los detalles cuando son éstos, precisamente, los que nos condicionan, conmueven e, incluso, enamoran. Me refiero a las personas, pero también a otros aspectos de la existencia. El otro día, el gobierno, sin ir más lejos, nos soltó una reforma laboral, antipática en su conjunto y odiosa en los detalles. El problema es que estábamos tan obcecados con la negatividad del invento que no reparamos en la bomba de relojería que llevaban adosados estos últimos. Solo después de un somero análisis nos dimos cuenta de que nos la habían metido por el ojal. Una vez más. La esclavitud liberal-conservadora que nos acecha, destruyendo para crear al más puro estilo agujero negro, exige una lectura con todos los sentidos puestos, algo que, quienes la han pergeñado, procuran evitar creando ruido y confusión cual after-hours de quinta. De hecho, hoy mismo leía las apreciaciones de un abogado laboralista que, analizando cada uno de los preceptos, los convertía, prácticamente, en la Biblia de los pobres (la que nos va a sacar de pobres, me refiero). Según el parecer de este hombre tan majete, a lo mejor al principio la norma resulta difícil de digerir, pero en cuanto llegue a los intestinos nos los va a dejar alicatados. El largo y el corto. Como el aceite de ricino, la reforma sabe asquerosa, pero cura. En su derecho está el letrado de expresar su laboralista alegría y yo en el mío de no celebrarlo.
Tanta intoxicación mediática, insisto, nos está haciendo un flaco favor, porque nos confunde los sentidos y los deja hechos un guiñapo. Raro es que no nos salga algún tic para darle un poco de ritmo a la cosa. A este paso, llegará un día en que ya no podamos oler la chamusquina y solo nos quedará tocar madera. Porque somos tan dejados que miramos, pero no vemos; oímos, pero no escuchamos; tocamos, pero no acariciamos; saboreamos, pero no degustamos; olemos, pero no percibimos. De hecho, sabemos que alguien es importante para nosotros porque recordamos o queremos recordar su olor, el tono de su voz, sus ojos... y, al rememorarlo, le echamos de menos aunque no nos demos ni cuenta. Sin embargo, somos unos negados a la hora de ir más allá de las palabras e interpretar los gestos. Utilizamos las piernas para caminar sin darnos cuenta de que están pensados para correr. Nos recreamos en lo básico y desaprovechamos lo mejor que tenemos.
Por eso confío tanto en la intuición, porque llega a través de ese mundo de los sentidos que tenemos olvidado y arrinconado en una triste plaza de parking. Es ella la que nos avisa del peligro y nos anticipa las alegrías. La misma que nos alerta de cuándo nos están engañando o alguien no es de fiar, ya sea un colega o un presidente del Gobierno (y no quiero señalar).
Quizás todos debamos probar a ser invidentes por un día. Tal vez entonces consigamos ver la realidad con otros ojos.


martes, 14 de febrero de 2012

Amor fou

Amor fou es una expresión francesa que se traduciría como "locura transitoria" o "desvarío emocional". Justo lo mismo que parece entrarles a algunos cuando llega el 14 de febrero tan señalado. En honor a San Valentín, parejas de todo el mundo se piropean, se juran devoción e incurren en demostraciones públicas y notorias de dudosa pasión. Aquí cada loco con su tema. Pero a la menda, que es de natural escéptico, este amor autoimpuesto le huele a reliquia de santo.
O no. Porque dudo mucho de que el tal San Valentín hubiera sufrido a lo bestia por asuntos del corazón, que digo yo que sería la razón última de elevarlo a los altares y nombrarlo patrón de todos los que se quieren. De haber padecido dolores a montones, me da a mí en la arteria que aquellos no serían, ni más ni menos, que los que sobrellevamos todos los que pasamos por este blog cuando tenemos un rato de asueto. Incluso estoy dispuesta a ir más allá y asegurar que muchos de nosotros mereceríamos ser incluidos en el santoral por sobrevivir a angustiosas tormentas sentimentales. No obstante, que yo sepa, y corregidme si me equivoco, a nadie de los presentes ni los ausentes se le ha aparecido Benedicto XVI en la puerta de casa, con un surtido de cabello de ángel, para contarle que ha sido bendecido con un puesto en los altares y un stand en El Corte Inglés.
Lo que ocurre es que la envidia es muy mala y el cristianismo, viendo cómo se las gastaba ese Eros que las y los volvía loc@s, decidió que su platea de seres magnánimos necesitaba de alguien dispuesto a dar la talla. Eso sí, sin pecar, que el fornicar se tiene que acabar, sobre todo si se practica fuera de una institución tan sagrada como el matrimonio y con el bajo fin de arrimar cebolleta. A lo mejor, lo que sucede es que el susodicho Valentín era oír la palabra cebolleta y saltársele las lágrimas cual aprendiz de chef. De todo hay en la viña del Señor y aquí el que da pena, vuela.
Total, que a mí, estas tradiciones tan cristianas, convertidas en ociosas costumbres mercantiles, me tocan un pie. Si quieres a alguien se lo demuestras, no un día ni dos, sino todos. Y si no, a lo mejor le estás llamando amor cuando quieres decir sexo, o apaño o qué se yo. Es precisamente la confusión entre un sentimiento profundo y un ardor superficial lo que nos lleva a negar la evidencia de estar colado hasta los huesos, pero también al caso contrario: parir engendros como los programas de busco pareja, que tratan de ensalzar el amor cuando lo que pretenden es medrar la fortuna. No he tenido el disgusto de ver ese pedazo de show donde madres ociosas buscan novia para su retoño (yo me mosquearía ante un mancebo que necesita de los conjuros maternos para encontrar pareja), pero me acabo de enterar de que no sé qué cadena está a punto de dar a luz a la mezcla de todos los inventos: un autobús lleno de chicas de ciudad que recorrerá los pueblos de España para ver si las de arriba pillan cacho con los de abajo. O al revés, que me he hecho un lío. El caso es que los solteros de los villorrios tienen que acercarse al autobús y maravillárselas para que alguna de las urbanitas, desde dentro, se fije en sus muchas virtudes, baje y corra a su brazos. No me imagino qué deberán hacer los mozos del corral si quieren lograr convencer a las, supongo, estiradas señoritas, pero yo empezaría por quitarme la ropa y que sea lo que la tele quiera. Que hablen de uno, aunque sea mal.
P.D.: No sé si alguien se acuerda de aquella duda metafísica que me surgió hace algunos post sobre la veracidad o no de la máxima que afirma que una mujer de más de 40 años no puede nunca resultar atractiva a no ser que abrace los milagros de la estética. Pedí que alguien de buen corazón lo consultara en las redes sociales, a ver si era verdad. Pues bien, no ha habido ni un solo hombre, ni uno solo, que no estuviera de acuerdo con tal pronunciamiento. Si acaso, salvaban a sus señoras en el supuesto de que hubieran rebasado los 40 e imagino que con el fin de no dormir en el sofá. Pero, vamos, que para ellos y, según las fuentes consultadas, una dama de 40 años tiene el mismo interés que una etapa del Tour de Francia: en cuanto la ves, deseas pasar de todo y dormir un siestón de los de cagarse la perra. Sin comentarios.

lunes, 13 de febrero de 2012

Veneno en la piel

Hace nada tuvo lugar una manifestación en Villar de Cañas, provincia de Cuenca, el pueblo español que ha tenido el dudoso honor de ser elegido para albergar el depósito nuclear. Y digo dudoso porque, a mí, de primeras dadas, tener asuntos radiactivos en el patio trasero de casa me da yuyu. No sé; quizás me dejo llevar por el desconocimiento que siempre he manifestado hacia lo más profundo de la profunda física; o sea, lo que viene siendo el núcleo.
Estoy convencida de que muchos de mis compatriotas me acompañan en la desazón. Cabría suponer que los paisanos de Villar de Cañas tienen que estar, como mínimo, elevando letanías a la virgen y cubriendo las paredes de sus casas de papel de plata para protegerse de la invasión de los ultracuerpos. Pero no, señores, aquí los vecinos están más contentos que la mona Chita en la Feria de abril y esto de la manifestación parece que no les ha calado tanto como se esperaba.
De hecho, los convocantes fueron asociaciones ecologistas que fletaron autobuses hasta Cuenca para protestar por lo que se conoce popularmente como cementerio nuclear. El objetivo: convencer a los vecinos de que se estaban jugando el físico. Tampoco es que los recién llegados fueran muchos, pero ni eso logró que les recibieran con los brazos abiertos y los átomos de buen humor. Y es que, amigos, el depósito del despropósito supone una lluvia de inversión para el pueblo y nada más y nada menos que 300 puestos de trabajo creados a lo largo de cinco años. Con la crisis que recorre Europa de Sur a Norte, como para negarse a adorar al gurú radiactivo. Si en un futuro lejano nos salen pollos con dos cabezas (es un suponer), casi mejor; más sustancia que llevarse al buche.
Tal parece que a los españoles la cosa tóxica nos trae al pairo. La cosa y la persona, porque esto de relacionarnos con gente tóxica casi diría yo que nos encanta. Hablo de personas que canalizan sus filias y sus fobias a través de nosotros y de las que no nos conviene estar cerca pero tampoco lejos. Cerca, porque te van envenenando lentamente, sin que apenas te des cuenta, convirtiéndote en un pusilánime (esto es lo más suave que se me ocurre) a ojos de los demás, un ente incapaz de molestar al sujeto atómico, no vaya a ser que explosione y acabes lleno de metralla. Al final, te das cuenta de que has sido un auténtico abrazafarolas, pero solo después de haber dejado ir a lo bueno que tenías para sumergirte en el lado oscuro de la fuerza. ¿A cambio de qué? De unos cuantos kilos de porquería en tu currículum de las relaciones sociales. Pero este tipo de seres cuenta con otra desventaja, la de que tampoco conviene tenerlos lejos, porque el no prestarles atención, darles el púlpito que merecen o permitir que pudran tu alma, lo único que trae consigo es que se dediquen a hablar mal de ti a tus espaldas, intenten aislarte de quienes podrían aportarte un montón de cosas buenas y te hagan la cama con alambre de espino. Sin embargo, en lugar de practicar la ignorancia y la indiferencia desde el principio, continuamos ejercitando la convivencia civilizada (incluso el cariño) con quienes más nos perjudican, aunque en el fondo sepamos que hubiéramos sido mucho más felices si tamaños mojones no se hubieran cruzado en nuestro camino. Esto ya es vicio. Vicio o que el español es el único animal que tropieza dos veces (o tres, o cuatro) con la misma mierda.
A pesar de lo expuesto, somos los primeros en conmovernos cuando vemos una película de ésas, de mucho llorar, en la que un protagonista (sea del sexo que sea, pero siempre de buen ver) se parte el alma por defender a su comunidad de malvadas multinacionales que envenenan el agua, corrompen los alimentos y agrian el carácter de sus vecinos. Ahí sí sufrimos como cerdos en matadero. Nos solidarizamos, nos recreamos en la historia y, en cuanto llegan los títulos de crédito, juramos servir a la ecología y entregarnos a lo verde. Y digo yo que será a los chistes verdes, porque es plantarnos un basurero nuclear a la puerta de casa y no solo miramos hacia otro lado sino, incluso, nos confesamos eternamente agradecidos.
Vale que los residuos sean muchos, que no haya dónde tirarlos y que los vecinos franceses nos cobren un dineral por endosarles el marrón, como hemos estado haciendo durante bastante tiempo (algunos lo llamarían justicia poética). No digo yo que este asunto del pueblo conquense no sea inevitable, pero, al menos, debería, no sé, suscitar un poco de rechazo. Si no es por salud, al menos que sea por patriotismo. Seamos serios: el cine español no va a salir de pobre con un argumento carente de emociones. Pongámosle, al menos, un poco de sexo. Y mucho núcleo duro, por favor.

domingo, 12 de febrero de 2012

Menudo cuento

Estos días ando un poco desilusionada, triste y descompuesta, viviendo sin vivir en mí. Tras mucha reflexión, he llegado a la conclusión (qué bonito pareado) de que pertenezco a una generación a la que, poco a poco, y con mucha alevosía, le han ido hurtando sus valores más preciados. Y nosotros, en un afán de enfrentar el futuro con elegancia, no nos hemos dado cuenta hasta que hemos llegado a casa una noche y hemos descubierto que ya ni la bolsa de agua es tan caliente (no vaya a ser que nos la apliquemos cual sagrado consejo de abuela y ese dolor de tripa sea en realidad apendicitis) y que las bombillas de bajo consumo nos producen ídem: bajón que te cagas.
Pero lo más terrible, horrible y espantoso no viene de ese mundo que creíamos de una manera y ahora está al revés; me refiero a las milongas en forma de cuentos que nos contaban de pequeños y que hoy, directamente, no sirven ni para papel reciclado. Por ejemplo, si una leyenda épica como Moby Dick surgiera en nuestros días, ante todo y sobre todo, habría que salvar a la ballena. Ya estarían los ecologistas rodeando el barco de Ahab y sus chicos con un coach que intentara convencer al capitán de que su rencor obedece en realidad a un trauma infantil y que tiene que hacer un esfuerzo para controlar sus impulsos y dirigir al equipo con equilibrio y moderación. Nada de gritos ni de pasarse horas mirando al horizonte dejando que otro cuadre los balances; el objetivo es lograr resultados y reducir costes. Tras las charlas pertinentes, el fin último sería acoger a Moby Dick en una piscifactoría de Miami, no para comerla sino para rehabilitarla de tanta mala leche. Y ya tendríamos nueva heroína mediática, con James Cameron y Spielberg tirándose los chanquetes a la cabeza para ver quién rodaba antes un Salvar a Moby.
Pero lo mismo pasa con otros cuentos tan señeros como Blancanieves. Para empezar, aquí hay que quitar a los enanos de la ecuación, sí o sí. Prohibido decir la palabra enano y, en todo caso, el colectivo de personas bajitas debería ser enfocado desde su correcta integración en la sociedad. Se acabó el trabajar en la mina: a Gruñón le damos un puesto de tertuliano y a Dormilón de dj de discoteca, para que espabile. Respecto a las dos damas protagonistas, ni una puede ser tan buena, ni la otra tan mala. Blancanieves, visto lo visto, tendría que ejercer de choni, mientras su madrastra podría ser una de las protagonistas de Mujeres ricas operada hasta de los padrastros. Para resolver los problemas entre ellas llamamos a Pedro García Aguado, presentador de Hermano mayor y experto en enderezar conflictos familiares, y en un pispás ya las tenemos a las dos compartiendo extensiones. Total, que lo único que se salvaría de semejante batiburrillo sería la manzana. Orgánica, por supuesto.
Tranquilos, chicos, que aún hay más. Hansel y Gretel, sin ir más lejos, no podrían toparse jamás con una casa hecha de dulces. Recordemos lo perniciosa que es la bollería industrial para los chavales y que su consumo está prohibido en los colegios. Ya puestos, convendría modificar un poco la idea aquella de que, si habitaban una casa de caramelo, cómo se le ocurre a la señora bruja engordar a Hansel a base de asados. Imposible. De una forma u otra, con el colesterol hemos topado y los humanos somos malos, pero no tanto. Luego habría que discutir el tema de la esclavitud infantil, la pederastia y, a lo mejor, el canibalismo, con lo que el cuento se traduce, literalmente, en una fuente tremenda de amargura y pecados sin fin. Yo propongo que Hansel y Gretel vayan paseando por el bosque y se caigan en una zanja no séptica, sino aséptica. Organizamos un grupo de búsqueda y ya tenemos una historia heroica de superación y entereza familiar. Ni en la serie Sin rastro contaban con tan buenos guionistas.
Reconozco que yo, acostumbrada a tomar siempre partido por los indios, no me he quedado tan traumatizada tras asumir que ahora los indios deben de ser los buenos y los vaqueros los malos. Sobre todo por el respeto a la identidad de las comunidades indígenas, su derecho sobre la tierra, la conservación de sus costumbres etc. Pero, ante todo, habría que pulir un detalle crucial: nada de violencia. Lo que este entuerto necesita son procesos de paz. Las peleas, si eso, dialécticas (admitimos chistes como animal de compañía, siempre y cuando no ofendan a ninguna minoría). Y jamás, jamás se debe fumar la pipa de la paz, por aquello de a saber qué hierbas lleva. Si eso, los acuerdos se firman tomándose un chupito. Sin alcohol, por supuesto.
Y seguro que los ejemplos no se quedan aquí. Estoy convencida de que los tres mosqueteros serían ahora un grupo de antidisturbios a los que se les ha ido la pinza mogollón; que la Bella Durmiente podría pasar por adicta a los sedantes (sé de investigadores, de los de verdad, que ya trabajan sobre su supuesta narcolepsia para explicar el cuento; manda huevos) y que había que revisar Viaje al Centro de la Tierra con el objetivo de no expoliar entornos naturales y, sobre todo, intentando que los protagonistas dieran ejemplo, evitando dejar todo aquello perdido de mierda. Lo ideal sería que ocuparan algunas horas al día en reciclar y mantuvieran apasionantes conversaciones sobre el uso sostenible de lo que nuestro planeta lleva en sus adentros.
Que no, amigos, que las cosas ya no son como antes. ¡Si hasta, a veces, el amor verdadero ni es amor ni, por supuesto, verdadero! Y lo dejo ya porque me pongo a llorar. ¡Esta alergia me está matando!

sábado, 11 de febrero de 2012

Como los de antes

No sé los demás, pero yo ya empiezo a albergar fundadas sospechas acerca de esta estrategia de "micrófonos abiertos" que utiliza el PP cada vez que pretende lanzar una bomba mediática. Muy poco antes del advenimiento normativo, a alguno de los ministros, o al mismísimo Rajoy, se les escapa un comentario apocalíptico sobre el cambio que quieren abordar, con lo que a la plebe no nos queda otra que correr a abastecernos de víveres básicos en los supermercados por lo que pueda pasar.
Esto me recuerda mucho a una forma de ser muy nuestra que tenemos los de la esquina norteña. Y es que solemos imaginar el peor de los escenarios posibles para que, a posteriori, por muy mala que se muestre la realidad en sí, siempre sea mejor que lo fantaseado. Normalmente suele funcionar ya que, ejerciendo el efecto más reduccionista sobre la teoría, cualquier cosa será buena. Y esto es lo que nos está pasando: tras escuchar las frases pesimistas de boca de nuestros mandatarios, todo documento, proyecto de ley, decreto etc medianamente agresivo que les salga de las plumas nos parece, al menos, asumible. Si esto no es una estrategia concebida para evitar los aullidos a la luna de la opinión pública, se le parece mucho.
Lo mejor es que, mensajes tipo Terminator mediante, nos las están colando todas. Y con todas quiero decir aquellas que en tiempos pasados supusieron un avance y que hoy nos llevan directamente a los 80, 70 o incluso antes. Como el personaje de Michael J. Fox en la película, volvemos a nuestros orígenes, pero no a conocer a nuestros padres sino, directamente, a convertirnos en ellos. Así, sin que les tiemble la coma, el PP en general, y Gallardón en particular, piensan instaurar la cadena perpetua, que a algunos les parecerá muy bien, pero que se salta a la torera el sistema de reinserción penitenciaria que rige nuestro sistema carcelerario. Digo yo que, ya puestos, por qué no recuperamos esa cosa tan hispana del garrote vil en la plaza del pueblo. Seguro que muchos pagarían por ver el espectáculo, aliviando, de paso, las maltrechas arcas de los consistorios. Es una idea.
Gallardón, que tiene el progresismo subido estos últimos días, también pretende recuperar la menguada (y mezquina) ley del aborto que padecimos hace unos años. Intuyo que los trámites para finalizar un embarazo no deseado acabarán cuando el feto esté ya concursando en Gran Hermano. Y no me cuesta nada imaginar a las clínicas abortivas de más allá de los Pirineos sacando lustre a las camillas ante la previsible llegada del turismo abortista. Menuda fiesta.
Siguiendo con el tema de la fecundación, en el fondo me congratulo de que la ministra de Sanidad haya encargado un sesudo informe sobre la píldora del día después. Estoy tan convencida de que lo ha hecho por el bien de la mujer como de que el fin del mundo nos sorprenderá a todos en diciembre, con el turrón a medio comer. El otro día, oí a alguien quejarse de lo machista que era la medicina. Lo justificaba diciendo que los fármacos, normalmente, se prueban con varones y no valoran los efectos que puedan tener en las mujeres. Del mismo modo, hacía hincapié en que ya vamos por la cuarta generación de píldoras anticonceptivas y todavía no tenemos muy claro cuáles son los efectos secundarios de las mismas, mientras que la Viagra salió al mercado, más que probada, re-probada. Así que me parece bien revisar la píldora del día después, pero me parece mal hacerlo por motivos espúreos. Soy así de intensa.
De la reforma laboral que salió ayer prefiero no hablar hasta ver las consecuencias (ya hice un resumen en twitter de lo que opinaba), pero reconozco que espero con ansias una nueva ley de educación que, entre otras cosas, se pase por el pie de página toda esas mandangas de las comunidades autónomas y se centre en lo que verdaderamente importa: ¡ESPAÑA! Y que nos cuente la Reconquista, la Batalla del Ebro y la Transición tal y como las narra ese Diccionario Biográfico de la FAES, el club de Aznar y sus chicos. No dudo ni un minuto en que la historia se reinterpreta conforme el sesgo del gobierno en el poder, así que preparémonos para redescubrir un país que, ahora sí, no lo va a conocer ni la madre que lo parió.
¿Que posiblemente exagero y todo esto no son más que barruntos de roja neurótica y pesimista? A lo mejor. Pero si el PP tiene su derecho a ponernos en lo peor, yo reivindico el mío. Así, a micrófono abierto.

viernes, 10 de febrero de 2012

Auténtico

Auténtico: acreditado como cierto y verdadero por sus características. Así define semejante "palabro" el diccionario, con lo que lo lógico sería pensar en auténtico como asociado a algo más, "un documento auténtico", "un auténtico tostón", etc... Y, sin embargo, resulta más que evidente que el uso generalizado del vocablo se refiere a las personas. Cuando decimos que alguien es auténtico, le estamos haciendo padre (o madre) en el sentido más épico de la palabra. Hay pocos elogios que se puedan comparar en galanura a lo que la palabra encierra de bonhomía. Es auténtico porque es de verdad, una persona confiable, leal, firme en sus convicciones, sincera... una joya, vamos.
El problema viene cuando nosotros mismos nos otorgamos este calificativo, así, sin pudor alguno. Somos auténticos porque nos sentimos capaces de decir las cosas a la cara. En mi opinión, nos creemos tal al vernos en posición de "gritar" insultos mientras mantenemos el rostro de cemento armado. Agarrar a cualquiera y ponerle de vuelta y media sin razón aparente, con malos modos y peores propósitos, es ser auténtico. Criticar a un tercero a sus espaldas, haciéndole un traje en el empeño de sacar punta a sus defectos y tejer su reputación a base de injurias y calumnias, es ser auténtico. Tener gustos ultra modernos, tanto que rocen el frikismo más patético, es ser auténtico. Y no sigo porque me pierdo.
En mi bendito pasotismo de ciertas cosas y personas, creo que quien se define a sí mismo como auténtico es porque sabe que no lo es. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Nos encontramos ante una de esas extrañas virtudes que desmerecen una barbaridad cuanto más insistimos en adjudicárnoslas, sobre todo porque nos otorgamos semejantes calificativos para dotarnos de la sabiduría, el saber estar y la valía que envidiamos en otros mientras ensalzamos su hipocresía. ¿Por qué? Porque son unos falsos.
Siempre me ha llamado la atención que, en determinados concursos, lo peor que se le puede decir al contrario es que es un falso. Volviendo al diccionario, falso significa engañoso o fingido. Si en un concurso, sobre todo de los llamados de telerrealidad, vamos a engatusar al público y a los compañeros, dispuestos a jugar una partida de mus a gran escala, intentando ocultar las cartas y manejar a los contrarios para que faciliten nuestra estrategia, el ser falso viene de serie, porque si no intentaras ser falso, en lugar de hacer el moñas en la tele estarías, yo que sé, entonando mantras en un monasterio tibetano. De acuerdo con que fingir no está bien, pero cuando te pagan por ello, digo yo que el defecto se convierte en virtud. Y de las más codiciadas.
Volviendo a lo auténtico, me molesta mucho la gente que abusa de ciertas cualidades como si el insistir en ellas le garantizara la posesión de las mismas. Siempre he pensado que el que más grita no tiene por qué llevar razón y que el que dice que es sincero no tiene por qué no mentir (de hecho, ¿quién te asegura a ti que no te la está metiendo doblada al pronunciar esas palabras? ¿Eh?). Resulta muy tentador creerse en posesión de virtudes que los demás no logran entrever por mucho que nos miren en 3D, lo cual implica que, o tenemos un concepto equivocado de las mismas o, directamente, carecemos de ella. Una vez más, los actos de cada uno valen más que sus palabras, como cuando alguien se jacta de llamarte amigo y tarda cero coma en traicionarte de la manera más burda; o se enorgullece de su lealtad cuando sabes positivamente que se pegaría hasta restregones si pudiera con el enemigo, etc... Las posibilidades son infinitas.
Me gusta la gente auténtica, pero la que yo creo que es auténtica de verdad. Personas capaces de hablar más de los demás que de sí mismos, de formular sus pensamientos sin elevarlos a la categoría de dogma, de no alardear de hazañas que no son tales, de no disfrazar su cobardía de atrevimiento y de no llamar falso al de al lado simplemente porque es capaz de decirle a la cara, y sin aspavientos, lo que menos le gusta oír. Personas así son un tesoro y una fuente de buena fortuna para quien tiene la suerte de encontrarlas. Que el destino me libre de los auténticos de bote que de los falsos, si eso, ya me libro yo.
Y no me resisto a enlazar un vídeo, pues eso, de lo más auténtico.


miércoles, 8 de febrero de 2012

A la francesa

Las riñas entre vecinos es un clásico. Yo diría que, junto con las peleas de novios, conforman el dúo más dinámico de las relaciones sociales. La envidia, el rencor, el mirar por encima del hombro y el cotilleo fino son más de lo mismo entre quienes habitan espacios colindantes, que observan la vida del de al lado como si de una telenovela se tratara.
Lógicamente, teniendo en cuenta que entre quienes habitan el mismo edificio la cosa se pone a veces insoportable, entre países colindantes el asunto puede alcanzar tintes de dramatismo. No hablo ya de los conflictos bélicos, sino de la insistencia en tocar las pelotas allá donde más duele: el honor patrio. Y en esto, amigos, el conflicto bilateral España y Francia ha dado para muchos chistes y alguna que otra lágrima.
Si analizamos el enfrentamiento de baja cama que nos traemos galos e hispanos desde hace siglos, comprobaremos que el hecho de que, durante bastante tiempo, uno haya sido el rico y el otro el pobre, nos ha marcado a fuego. Si no, no es de recibo que a Portugal le queramos, como mínimo, hacer un hijo, mientras a los franceses, lo que nos gustaría de verdad es hacerles la puñeta. Tanto historial común de fronteras cortadas, camioneros portándose como verduleros al ritmo de allons enfants de la patrie, humillaciones políticas y aplastamientos deportivos nos han hecho mirar al país vecino con mal de ojo.
En el fondo, vete tú a saber si este país no se declara monárquico recordando aquel triste episodio en el que Fernando VII fue rehén de las tropas francesas. A lo mejor, si hubiera sido amedrentado por albano-kosovares, hoy estaríamos dando vivas a la República y poniéndoles pisos de protección oficial a los albaneses en alguna playa de Ibiza. Es una idea.
Pero hete aquí que la historia nos ha permitido vengarnos a través de las gestas deportivas de nuestros musculados mozos. Daba gusto ver a Rafa Nadal triunfando en Roland Garros, a Contador merendándose los Tours o a la selección española de más de una disciplina dándole su buen repaso a su homónima francesa. Pero lo mejor era observar el gesto contraído de los franceses, notarles obligados a vomitar palabras amables sabiendo que la bilis se les estaba haciendo un ocho... Todas esas cosas que, en el fondo, alegran y suben la moral del españolito de a pie.
Por ello, que a Contador se le condene como gran gurú del dopaje a instancias galas no convence; que los guiñoles franceses insinúen que Rafa Nadal le da a algo más que al colacao y a los bonos de Banesto duele; que Yannick Noah, ese ejemplo de vida sana y costumbres rectas, dude de lo que toman los españoles en el desayuno espanta y que Platini se ponga farruco con los futbolistas españoles, directamente, cansa. Estamos convencidos de que, tras muchos experimentos de laboratorio para aguarnos la fiesta, al fin los galos han encontrado una vía de acción que les permite ejercer su derecho al pataleo, y eso acrecienta más nuestra conciencia común de pueblo español levantado en armas contra el enemigo. No digo yo que nos falte razón, aunque nos sobre mala leche cuando llenamos de epítetos la definición de lo que viene a ser un francés (que nadie se ponga en plan desviado que nos conocemos). Da igual que sus satíricos guiñoles pongan a parir a todo lo que se menea (desde Carla Bruni a Tony Parker); a nosotros los que nos molesta es que nos toquen lo nuestro. Y con razón, porque toda duda ofende y la duda, cuando la formula un galo, ofende más.
No obstante, es obligado puntualizar que Dios debe de ser español, porque sin haber pasado por ventanilla, nos ha regalado, en última instancia, una sonora acusación de dopaje contra Jeannie Longo, la ciclista estrella más allá de los Pirineos. Aquí, cada ombligo que se limpie sus propias pelusas. Pero el "y tú más" no es nuestra única arma de destrucción más fina en estos momentos: ahí tenemos a Jose Mota obsequiándonos con sus imitaciones de Sarkozy. Los franceses tienen sus guiñoles, pero a nosotros, españolitos bajitos, morenos y cabreados, no nos cabe el orgullo hispano en el pecho tras haber parido y jaleado a semejante ridículo remedo del presidente francés. Nos quedan la mofa, la befa y, si acaso, la fifa. Mientras pensamos qué vichyssoise hacer con ellas, ya estamos tardando en comernos nuestro queso y pasar del francés. Total, está lleno de agujeros...