miércoles, 31 de agosto de 2011

Al rico calentón

El día de hoy amanecía con la publicación de las imágenes de una alcadesa belga practicando sexo en un torreón del Palacio Real de Olite, en Navarra, lo que vendría a ser algo así como fornicar en el Pórtico de la catedral de Santiago o en la sala de Velázquez del Museo del Prado. Vamos, que cualquiera que pasara por allí podría haberse deleitado (o acongojado, según) con meneos, suspiros y demostraciones varias de afecto.
Existe un ilustrador vídeo al respecto, pero también una secuencia de fotos en la que destaca sobremanera una, donde se intuye que la mujer gime cual gorrino en San Martín mientras su pareja mira hacia otro lado, como si contemplara anidar las avutardas. Esperemos que, a pesar de esa cara de "yo es que pasaba por aquí", el hombre diera lo mejor de sí mismo, en honor al muy respetable reino de Navarra y a la rubia que tiene entre manos.
La belga, que responde al nombre de Ilse Uyttersprot, se ha apresurado a reconocer la mayor viniendo a decir que un calentón lo tiene cualquiera y que el hecho de montárselo con su pareja en lo más alto de un Palacio español, para regocijo de viandantes, no interfiere en su buen hacer como alcaldesa. Y no le falta razón. Un calentón lo tiene cualquiera. De hecho, los lugares públicos están de lo más solicitados a la hora de hacer realidad las fantasías sexuales. Y aunque la mayoría de las encuestas no pasen del "mi lugar favorito es la playa" -toma mediocridad-, quien más y quien menos ha mirado con condescendencia y algo de envidia cuando ha visto a una pareja meterse mano sin pudor entre parroquianos.
Yo creo que un calentón se tiene que enfriar de la forma más placentera posible y donde te pille, te pilló. Que lo que importa no es tanto el lugar como la persona con la que estés y las sensaciones que ella te despierte. Por eso me parece muy bien que la alcaldesa y su acompañante se lo monten en Palacios, plazas o encima de la mesa de un bar y que encima asuman que en cuestión de días serán trending topic en Twitter. Mientras la autoridad competente no les llame a la oración, aquí Dios, y después gloria. Pero no consigo evitar notar cierto tufillo a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio cuando pienso que la tal Ilse es miembro del Partido Popular europeo. Ya sabemos lo amantes que son los populares de las tradiciones y los valores familiares.
No puedo imaginarme la que se armaría en España si descubrimos a Soraya Sáez de Santamaría en actitud muy poco ortodoxa a las puertas del Guggenheim bilbaíno. El deber de toda buena señorita de derechas es, no tanto ser decente, sino, sobre todo, parecerlo. Pero hete aquí que con los vecinos del norte hemos topados. Ellos se escorarán a la derecha más que ningún otro, pero a la hora de la juerga, son más modernos y mucho más abiertos que cualquier rancio político español, dónde va a parar.
Se dice mucho aquello de "virtudes públicas, vicios privados" sin tener en cuenta que los vicios, cuando se confiesan, pasan a ser solo debilidades. La alcaldesa belga tuvo al menos una debilidad conocida y no se arrepiente de ello. El sexo es un ejercicio físico y mental completo y muy agradable; sobran los remordimientos. Salvo truculentas historias de espionaje y cama, no tiene por qué interferir en la labor profesional, académica o altruista de nadie, sea cual sea su idología. No estaría de más que nuestros "populares" tomaran ejemplo (no digo yo que salgan a restregarse unos contra otros en los sanfermines, aunque ahí lo dejo) y sean menos intolerantes con la cosa sexual. Y ya puestos, también con el aborto, el testamento vital, las uniones homosexuales... Demasiado pecado para tanta testa engominada, me parece...


martes, 30 de agosto de 2011

Eres mi héroe

Dos noticiones alumbran como dos soles el día de hoy, y ambos relacionados con una película de zombies que se está rodando y que obedece al entrañable título de World War Z. La primera nos haría reír si no diera pena. Al parecer, uno de los actores de la cinta, Matthew Fox, al que todos conocemos como el protagonista de Perdidos, se lío a guantazos con una conductora de autobús que se negó a llevarle a su hotel. El hombre, un tanto perjudicado, se empeñó en entrar en un autobús contratado para fines privados, pero la mujer al volante le dijo que nones y que se fuera a dormir la mona a otro lado; dicho lo cual, a Matthew se le subió la sangre a la cabeza y la emprendió a palos con su oponente, quien, ni corta de perezosa, le asestó un gancho de derechas que ni Mike Tyson. Para que aprenda.
Pero la noticia fetén, la buena de verdad, es la que afecta a Brad Pitt, dueño y señor de esta peli de mucho miedo y acción. En una de las grescas que se rodaban, con la participación de 700 extras, la cosa se salió de madre, al rebaño de zombies le dio por ponerse en modo estampida y, el bueno de Brad, que desde que rodó Troya no hay quien le tosa, se coló entre la multitud para recoger del suelo a una damisela (zombi, por supuesto), que no sabía si cortarse las venas o dejárselas largas.
Y aquí tenemos a Matthew, ejerciendo de villano en este remake cutre pero real de Speed, mientras Brad se convierte en el héroe del día por tender su mano al necesitado. Si es que no hay derecho, hombre. Tantas temporadas pasándolas canutas en Perdidos para acabar así, apaleado por una mozuela y con el orgullo maltrecho, viendo como el rubiales cría fama cuando a ti te ha tocado cardar la lana.
Esto de que los héroes se conviertan en villanos cuela. Despierta el morbo y da conversación. Pero que uno sea elevado a la categoría de Superman por algo similar a ayudar a una viejecita a cruzar la calle, huele a propaganda chusca. No quito que Brad Pitt tenga madera de héroe (su labor con los damnificados del Katrina fue para quitarse el sombrero), pero yo le colgaría más galones por cuidar a esa panda de hijos que tiene que por rescatar a zombies en apuros.
Es curioso el tema de la faena mediática, entendiéndose faena en su acepción más taurina. En este mundo, o haces algo delante de las cámaras, o no cuenta. Y creo que, aunque en la intimidad la mayoría de nosotros no seamos tan guapos ni tan ricos como Brad Pitt y Angelina Jolie, vamos sobrados de heroicidades. Todos tenemos que tirar de superpoderes para llegar a fin de mes, reponernos de una ruptura o buscar un trabajo que se nos niega. Vale, no rescatamos a ningún zombi, pero es que no nos lo ponen fácil: ¡Vaya usted a saber dónde podemos encontrar a uno a estas horas!
Los superhéroes viven en la puerta de al lado, viajan en Metro, comen de bocadillo y, en algunos casos, hasta te miran desde el espejo cada mañana, con las ojeras alicatadas y la babilla colgando. Incluso hay alguno escondido en tu grupo de amigos, ése que tiene el poder de la empatía y el consuelo. Y ninguno de ellos necesita ser rubio y cachas: les basta con hacernos saber que están ahí para conseguir que volemos cuando lo único que queremos es caernos y ser capaces de atravesar paredes en el momento en que nos oyen llorar. A lo mejor les falta sex-appeal, pero les sobra humanidad. ¿Acaso alguien necesita más?


lunes, 29 de agosto de 2011

La llorona

La Llorona es uno de esos fantasmas que pululan por varios países americanos. La historia varía según el lugar, pero, así, a grandes rasgos, la leyenda cuenta los llantos de una mujer que, enamorada y no correspondida en los años de la Conquista, mató a sus hijos y luego se suicidó. Desde entonces, pena su dolor por plazas y ventanales sin importar la nación que la cobije.
La entiendo. Quiero decir que no comparto su historia, pero sí empatizo con ese empeño suyo de pasarse esta vida y la otra pañuelo en mano. De hecho, yo lloro tanto que, si hubiera otra existencia más allá de la conocida, me la pasaría ahí, erre que te erre, dándole al moco.
En mi caso, el llanto va incluso más allá de lo emocional. Es como una especie de necesidad física. No importa que tenga un buen día o un mal día, el síndrome premenstrual o los biorritmos a pleno gozo... empieza a llover por dentro y aquello no hay paraguas que lo pare. Incluso me atrevería a decir que lloro más de mayor que de pequeña o que, tal vez, ahora aflora todo lo que no salió cuando era niña.
Normalmente, suelo entrar en modo llanto por motivos de enfado y frustración. Soy de esas personas incapaces de mantener una discusión elegante sin un kleenex a su vera, lo cual añade todavía mayor frustración al episodio. La cosa es incluso más grave si tenemos en cuenta que mis ojos se vuelven acuosos aun antes de que mi cerebro comience a poner en funcionamiento los aspersores.
También lloro por pena. De hecho, la última vez que lo hice fue por este motivo. Y en los últimos meses viví muchos momentos de rabia y decepción. Como cualquiera puede comprobar, el desencadenante es lo de menos; el caso es estar siempre sorbiendo la nariz, como los críos cuando empiezan en la guardería.
En mi favor he de decir que he probado todos los métodos para mantener la compostura: relajación ("hombros alejados de la cabeza", "hombros alejados de la cabeza"), sentimientos positivos, chistes malos... ¡si incluso he llegado a morderme la lengua hasta casi hacerme sangre! Todo, sin ningún resultado.
Total, que viendo que la naturaleza se ha comportado como una madrastrona conmigo, dándome el don de poder aliviar la sequía del cuerno de África con solo un pestañeo, he decidido que hasta aquí hemos llegado y que hay que dejar que llueva por dentro. Durante muchos años he visto llover fuera día sí y día también; es lógico que, en algún momento, tanta humedad se me metiera dentro. Quienes me conocen lo saben y ya asumen que les puedo "alegrar" la vida en los momentos más inesperados con uno de mis números de magia. La mayoría de las veces no es nada personal. Los que me han visto poco pues, nada, a poner cara de póquer, que es lo que hay. A fin de cuentas, y sin caer en el Síndrome de Tourette, todos tenemos nuestros tics.
Sé que a los hombres no les gusta nada ver llorar a una mujer. En este asunto llevo todas las de perder, porque mi llanto no atiende a razones de sexo ni de edad. Qué se le va a hacer, 10 puntos menos en mi supuesto atractivo personal. Pero a ellos les diría que llorar no es malo, ni emocionarse, ni sentir, ni asumir lo que se siente. Creo que resulta sano para el espíritu e incluso estimulante para la mente. Lo que no es sano es que la gente que dice quererte te haga llorar, sea pareja, familia o amigos. Habría que soltar entonces aquello que tanto me gusta de "no me quieras tanto y quiéreme mejor". Es muy cobarde esconder la cabeza mientras cargas el sufrimiento sobre otro.
Así que aquí seguiré, dando lo mejor de mí misma incluso con los títulos de crédito de las películas, y planteándome el por qué, si tanto me "pone" soltar lágrimas, jamás he llorado de felicidad. Misterios que tiene la vida.


domingo, 28 de agosto de 2011

Falsos ídolos

Un pueblo, creo que de Ciudad Real, va a cambiar los nombres de las calles dedicadas a Pablo Iglesias, Pablo Neruda y Tierno Galván. ¿El motivo? No son suficientemente conocidos. Tampoco es que les falte razón. Seguramente, muchos de los que ayer hicieron botellón en la plaza de tan sensata villa desconocerían cualquier detalle de las vidas del fundador del Partido Socialista, el gran poeta chileno y el (probablemente) mejor alcalde que hasta la fecha ha tenido Madrid. Conocer y reconocer a semejantes personajes solo les serviría para desempeñar un papel decente en algún concurso de la tele, dirían ellos. Y a lo mejor ni para eso, añado yo.
Si nos paramos a echar un vistazo a las revistas y programas de televisión, los iconos del s.XXI tienen mucho que ver con la nada y poco con el todo. Se nos propone que aceptemos como ídolos a personajes con muy buena imagen pero poco más. Si hojeamos una publicación femenina, por citar un caso paradigmático, vemos que nos encumbran como ejemplo de éxito y estilo -se ve que sin estilo, mejor no salir de casa- a mujeres tan importantes para la humanidad como Alexa Chung y Olivia Wilde, cuyos méritos (los primeros que se me vienen a la cabeza) son pasear bolsos y novios idénticamente divinos y lustrosos por calles y saraos.
Líbreme la divinidad de aconsejar dar la espalda a semejantes jamelgas. Además, no serviría para nada. Sería ridículo que pretendiera encerrarme en casa leyendo la biografía de Margaret Thatcher y luego querer seducir a un chulo de calendario desgranándole el conflicto de la minería británica en los 80. Mejor me voy de tiendas, me visto a lo Sara Carbonero y a tirar millas. Y lo mismo con ellos: para qué aprenderse las lecciones de vida de Nelson Mandela... Que se sepa, él no fue quien se ligó a Shakira. Así que, nada, a vestirse de Mango, lucir piquetón y hacer amigos a golpe de pelota, que el fútbol une mucho.
En un mundo tan superficial como el que nos ha tocado vivir es lógico que la cultura cotice a la baja. Y yo añadiría que también el carisma. Calificar de carismática a Pixxie Geldof me parece una aberración. El carisma es un todo, un pack completo que incluye el interior y el exterior. Que sepamos, y con todos mis respetos, el pensamiento de la señorita Geldof, aunque no dudamos de su existencia, nos es completamente ajeno.
Resulta lógico admirar el maquillaje, los accesorios y los ropajes de los más guapos; o la suerte y el dinero de los más populares, pero aquí falta algo. Personajes con peso, con matices, con humanidad y, ya puestos, con cierta sabiduría de la vida. Y resulta paradójico, porque seguramente todos tenemos o queremos tener a amigos con estas cualidades, aunque luego seamos incapaces de aplicar el mismo rasero a la fauna global.
Yo recomendaría al pueblo ése tan avispado, que, puestos a modificar calles, tenga en cuenta, como recambio, los nombres de Justin Bieber, Kiko Rivera y Rosa Benito, tres próceres de la humanidad. Y si no, que se tomen algunos minutos para consultar el famoso Diccionario Biográfico de Aznar y sus huestes. Seguro que encontrará buenos hombres y mujeres de derechas a los que, aunque no hayan dado un palo al agua en su vida, la historia que andan fabricando les atribuirá más méritos que al Cid. Ladran, luego cabalgamos.

                                                                       Alexa Chung

sábado, 27 de agosto de 2011

México

Aviso a navegantes: este post es una auténtica declaración de amor. Lo digo por si alguien tiene la glucosa alta y no está preparado para semejantes "corazonadas".
Las noticias que nos llegan últimamente de México son para echarse a llorar. Hoy aún no he tenido tiempo de consultar las informaciones, pero con lo acontecido anteayer, ese narcoasalto a un casino de Monterrey con 53 muertos, creo que ya voy servida.
Desgraciadamente, noticias como ésta no son nuevas. La guerra estúpida (todas las guerras lo son) entablada entre el gobierno y los narcos amenaza con sembrar el país de cadáveres inaugurando vistosas formas de morir (en tu fiesta de graduación, en tu fiesta de 15, en la guardería...). Descabelladas y poco ejemplarizantes. Sé que, muy a mi pesar, la "colombización" del país azteca es un hecho. Y, aun así, la imagen que se da de aquellas tierras me parece irreal y tremendamente injusta.
He tenido la suerte de visitar México en cinco ocasiones –espero que haya muchas más– y puedo decir, con una mezcla de orgullo y nostalgia, que en pocos lugares del planeta me he sentido tan bien como allí. Desde luego, en ninguno mejor. Es un sentimiento que no se puede explicar: simplemente te sumerges en otros paisajes y te das cuenta de que tus códigos cambian; es algo físico, pero también espiritual, que te llena de energía positiva y te acaricia por dentro. Lógicamente, he visitado la Riviera Maya (quizás lo que menos me gusta del país), pero confieso que, para mí, no hay otra capital en el mundo como México D.F. Es una bofetada a los sentidos: sus sonidos, sus olores... Dicen que la odias o las amas y a mí me ha tocado amarla, y ya se sabe que, aunque suene cursi, no podemos luchar conta los dictados del corazón.
Cuando he estado en el país, he hecho todas esas cosas que en las agencias te insisten que te cuides mucho de hacer: he caminado sola por las calles (incluso de noche), he tomado taxis, he comido en los puestos callejeros... Y aquí sigo, jurando que la que esto escribe es una persona real y no un holograma.
Aprendemos a amar a México recorriendo sus pueblos y ciudades, recreándonos en su historia, conociendo a sus gentes, entrando en sus casas... Gracias al presidente Lázaro Cárdenas, un enorme número de españoles, exiliados durante nuestra guerra civil, tuvo la oportunidad de comenzar una nueva vida en el país. Pocos regresaron a España. Lógico. México los acogió, lamió sus heridas e hizo borrón y cuenta nueva. Imposible no amar a quien sabe de tu sufrimiento y, en un acto de generosidad casi inimaginable, lo da todo para que seas feliz.
Es cierto que la nación que hoy conocemos ya no se parece a aquella madre adoptiva del siglo pasado. La situación fronteriza del país (todos recordamos el famosísimo "tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos", de Porfirio Díaz) y unos gobiernos caciquiles, empeñados en seguir manteniendo la absurda diferencia de clases que impera en muchos paises americanos, han desgastado, no solo a la nación, sino a su imagen pública. México ha pasado de mágico a infernal sin que a las autoridades se les haya movido el tupé.
Imagino a un México, acostumbrado a hombres rudos y mujeres de leyenda, contemplando con estupor como su actual presidente, Felipe Calderón, se pasea por las calles de Ciudad Juárez, donde se suceden los asesinatos, negando la mayor (a su entender, sería algo así como la Disneylandia norteña; tiene guasa) para acto seguido rodar un spot de una cadena estadounidense donde él mismo proclama las bondades de su tierra, nadando en un zenote y practicando emocionantes deportes de aventura. Algo así como si Zapatero saliera de su letargo y nos regalara un anuncio en el que se le viera bailando Los pajaritos en Benidorm, volando cometas en el Delta del Ebro e hinchándose a queso majorero en Lanzarote. Mal del todo no estaría, por lo menos para unas risas, pero con la que cae, muchos nos preguntaríamos si no sería mejor que el presidente estuviera solucionando los problemas en su despacho y no haciéndole la competencia al gran Cantinflas. Pues lo mismo con Calderón.
México no se merece la mala prensa que le estamos dando. La mayoría de su gente sigue levantándose por la mañana, acostándose cada noche y disfrutando de la vida entre medias. Es absurdo tenerle miedo a un país que nunca ha tenido miedo de nada salvo, tal vez, de sí mismo. No voy a negar que muchas de las leyendas urbanas que se cuentan son ciertas (lo de la mordida, por ejemplo), pero es innegable que hay pocos lugares más bellos y acogedores en el planeta. Imposible no caer rendido.
Ojalá esta absurda guerra entre descerebrados amaine, pero me temo que hay ya tantos intereses subyacentes que la solución del conflicto será larga, complicada y difícil. Mientras tanto, no nos neguemos el inmemso placer de disfrutar de todo lo maravilloso que sigue ofreciéndonos el país, y no me refiero solo a sus zonas más turísticas. A mí México nunca me ha fallado ni decepcionado. Ojalá pudiera decir lo mismo de ciertas personas.


                                              Felipe Calderón, dando lo mejor de sí mismo

viernes, 26 de agosto de 2011

Quiero votar

Todos recordamos la que se montó con el nacimiento de la heredera al trono de España, la infanta Leonor. Ante la llegada de una fémina, los menos rancios (o sea, la mayoría) abogaron por cambiar el artículo de la Constitución que primaba al heredero varón por encima de una hermana nacida con anterioridad. Las excusas de los políticos para no meterse en berenjenales fueron muchas y variadas pero, en resumen, venían a decir que el asunto de reformar nuestra sufrida Carta Magna era un engorro, que llevaba tiempo y esfuerzo, que el pueblo debería votar para ver si aceptaba los cambios, con lo de gastos que implicaba una campaña, y que no estaban los padres de la patria para perder el tiempo consensuando artículos con el enemigo. Vamos, que para hablar de testas coronadas, mejor esperábamos a que hubiera que modificar alguna que otra coma más y, si eso, ya lo pasábamos por el tamiz de la urnas.
El interés por los nacimientos principescos perdió enteros y hoy, a finales de agosto de 2011, tras apenas una semana de debate público (imagino que el privado comenzó mucho antes), ya tenemos la reforma prácticamente recién salidita del horno, consensuada y lista para que el parlamento le conceda la gracia de regirnos y el senado consienta. No sé si en dicha reforma se incluye el tema de los herederos y herederas, pero lo que todos hemos deducido, tras tamaño meneo legislativo, es que aquí había que cambiar el techo del déficit público costara lo que costara, porque se avecinan elecciones y los candidatos tienen que llegar al 20 N de blanco inmaculado, sin rémoras, como una novia virgen.
A mí esto de la economía me viene, no ya grande, sino gigante. Cuando me tocó estudiar sus fundamentos en la Universidad tenía que hacer ímprobos esfuerzos para entrar en materia y que mi cabeza no se evadiera en asuntos más prosaicos. Mis conocimientos se limitan a los de todo el mundo, así que no me voy a parar a analizar si el cambio de este asunto de la deuda es merecedor de unas prisas o no. Lo que me parece una desfachatez es que la clase política se lo guise y nos lo de, no ya servido en platos de cartón, sino comido y, perdón por la expresión, cagado.
La Constitución es fundamental en la vida de los ciudadanos, porque garantiza nuestros derechos y establece parejos deberes como integrantes de una nacionalidad. En el siglo pasado, nuestros padres tuvieron que votarla y decidir si la aceptaban tal cual. Hace pocos años, insisto, se habló mucho de la necesidad de someter a referndum cualquier cambio que afectara al texto, un asunto de singular importancia. El mismo que, mira por dónde, hoy nos pasamos por los bajos.
Estos políticos que negocian a nuestras espaldas son los que hemos elegido. Sin embargo, el que nos representen no les da el derecho a tomar decisiones tan trascendentales como una reforma constitucional sin nuestro beneplácito. Mecanismos tienen para saltarse la consulta a la torera, pero eso no me impide formular el deseo de que me expliquen en qué me va a afectar a mí el tema y decidir si estoy de acuerdo o no. Y eso solo se puede hacer a través de un referéndum, una de las bases de este sistema tan democrático en el que nos ha tocado vivir.
El movimiento 15M denunció a grito pelado aquello de "¡No nos representan!". Pues bien, parece que no han gritado lo suficiente. Es legítimo que nos sintamos como cuando un grupo de amiguetes hablan a nuestras espaldas y sabemos positivamente que no lo hacen para piropearnos. Y también somos conscientes de que ninguno va a dar la cara por nosotros. Si los señores diputados opinan que los ciudadanos de a pie ni pinchamos ni cortamos en asuntos de alta política, que tengan a bien explicarnos el por qué. A lo mejor entendemos sus razones y consentimos. Pero mientras a nadie se le ocurra tener el detalle de hacerlo, yo, por lo menos, sigo emperrada en que quiero votar. Es mi derecho constitucional.


jueves, 25 de agosto de 2011

Trabajar cansa

Uno de los grandes vicios de la sociedad occidental es hacernos creer que el trabajo dignifica y ennoblece. Pues, mire usted, depende. Y depende de muchas cosas: del tipo de trabajo, del entorno en el que se desarrolle, de las personas que lo desempeñen... Para todos nosotros, tener una profesión, ocupar la jornada en una labor remunerada, es una obligación que nos permite seguir existiendo. De ello dependen factores como la salud, la educación, la estabilidad familiar, las relaciones personales... Un enorme tejido cuyo epicentro es esa actividad que realizas, al menos, cinco días de la semana y que te absorbe los minutos de tus horas, meses y años de forma inmisericorde, como un gran agujero negro.
Desde pequeños ya estamos metidos en el ajo, prisioneros de un horario escolar que se prolongará hasta la jubilación y que nos obligará a cambiar de actividad pero no de sistema. Nos preparan muy bien para vivir y muy poco para disfrutar de lo que vivimos. Nos inculcan que necesitamos el dinero si pretendemos hacer lo que realmente nos gusta, pero luego no nos proporcionan el tiempo indispensable cuando exigimos que cumplan con lo prometido. Convierten, o convertimos, el trabajo en un fin en sí mismo porque creemos que, si no lo tenemos, nuestra vida es una ruina.
Y lo peor es que no nos equivocamos. El desempleo se transforma en un estigma que, muchas veces, conduce al abandono y la depresión. En nuestra sociedad, todo está articulado para la población activa, por lo que el carecer de ocupación te descentra y socava los cimientos sobre los que has construido tu mundo. Triste.
Bienaventurados aquellos que pueden presumir de tener una profesión que les llena de "orgullo y satisfacción". Pero, siendo realistas, esta es la excepción y no la regla. Hace tiempo leí un dato que me dio mucho que pensar. Según algunas investigaciones, tener un mal trabajo perjudica más la salud que estar en el paro. Y, si tenemos en cuenta que gran parte de las personas con nómina se encuentran muy a disgusto con sus empleadores (esos mismos que se nos han subido a la chepa eliminando derechos laborales aprovechando que la recesión pasaba por allí), a lo mejor estamos alimentando los trastornos psicológicos de una gran parte de la población. Con el correspondiente arañazo que ello causaría a las arcas de la medicina pública (lo dejo caer por si alguno de nuestros políticos todavía no había reflexionado sobre ello).
Deberíamos volver a los cimientos del embrollo y darnos cuenta de que trabajar es un medio para lograr objetivos más altos y placenteros. Que la empresa no es nuestro hogar, que nuestros compañeros no tienen por qué ser necesariamente nuestros amigos (habría que plantearse lo que hubiera ocurrido de conocernos en otras circunstancias) y nuestro jefe no es nuestro padre. Que, ya puestos a seguir horarios y aguantar regañinas, tendríamos que remontarnos también a los años del cole, cuando vivíamos a tope ese placer, ahora casi romántico, de salir al recreo y encontrarnos con la peña después de clase. A lo mejor los psicólogos se refieren a eso cuando nos aconsejan dejar aflorar nuestro niño interior.
Hay algunos mitos que caen por su propio peso. Un desengaño amoroso no te mata, a lo sumo te baja las defensas y te hace más desconfiado, pero un trabajo estresante, ingrato y, por qué no decirlo, también indigno, sí te puede matar. Siendo menos extremista, hay muchas posibilidades de que acabe convirtiendo tu vida en una porquería y a ti mismo en la persona que odiarías ser. Ojalá fuéramos lo suficiente valientes como para mandarlo todo a la porra cuando ya no podemos más. Pero no estamos programados para ello: nuestro chip interno obedece a un despertador mañanero, unas herramientas laborales tediosas y un bucle eterno del que nos bajaremos cuando, a lo mejor, no nos queden fuerzas para hacer otras cosas más gratificantes. A veces, la especie humana es muy poco humana...


miércoles, 24 de agosto de 2011

Nos vamos de boda

Creo que fue ayer o anteayer cuando saltó el notición: la Duquesa de Alba se casa en octubre. Menos mal. Se me ha quitado un peso de encima. O no. Bueno, no sé.
En el fondo y en la forma me da igual lo que hagan con su vida personas a las que no conozco. El que se casen, se bauticen, cambien de religión o de sexo no es asunto mío. Pero este peñazo del bodorrio en la casa de Alba nos ha dado el veranito. Y la primaverita. Imagino que el interés estriba en que una venerable dama de 85 tacos quiera arrejuntarse, ante Dios y ante los hombres, con un señor más joven que ella. Tampoco es que el interfecto sea un chaval, porque no creo yo que el novio Alfonso esté para escalar sin cuerdas el Aconcagua. En fin, que el culebrón tiene dos protagonistas de lujo y una ambientación de culebrón decimonónico: herencia colosal, hijos a la greña y muchos intereses creados en torno al uno y a la otra.
A mí la señora Duquesa me cae bien. Eso de pasarse el protocolo por el refajo, ir donde le apetece y cuando le place, vestir como le de la gana, decir lo que le sale del moño y gestionar su cortijo con mano férrea, me produce, más que perplejidad, envidia sana. Mayor si tenemos en cuenta que un solo cuadro de los que adornan cualquiera de los pasillos de sus muchas viviendas pagaría mi manutención de por vida y la de las generaciones venideras. Ella puede hacer lo que le da la gana y lo hace, sin importarle el ducado, el rey y todos sus cortesanos.
Ahora que la amplia prole ducal ha recibido la herencia en vida y ya están todos con la sonrisa puesta, prestos a asentir y consentir las cosas de mamá (ten criaturas para esto), parece que el final feliz está ahí, a vuelta del verano. Pronto veremos a la dichosa pareja esquivando la lluvia de arroz mientras las comadres chafardean sobre la orientación sexual de él y la mala cabeza de ella. Tonterías. Son dos personas que se respetan, disfrutan de su mutua compañía y a quienes no les apetece rumiar los achaques en soledad. Además, con todo lo que ha visto y oído Cayetana, podría sacar conversación y tener entretenida a una congregación de marianistas durante décadas. Una interlocutora perfecta, de ésas que tanto aprecian los machos de buen entender.
El asunto clave de esta cuestión, como digo, es que una respetable señora de su edad maride con alguien más joven. Como en España somos muy tolerantes, lo achacamos a la Duquesa y sus locuras, pero si no, sería un escandalazo de primera página. Algo que me parece rancio y estúpido. Si fuera el caso contrario, un hombre rico en los ochenta y tantos, enamorado de una mujer de 65, todos le desearíamos felicidad a raudales. No nos importaría si ella le quiere por el dinero o por el pelo que le asoma por las orejas. Y, sin embargo, aquí estamos, mirando de reojo a una dama a la que muchas nos gustaría parecernos, al menos, en lo rebelde y rompedor de su comportamiento.
A nadie le importa los motivos que han llevado a esta pareja a visitar el altar. Son irrelevantes. Hay personas que se unen por amor, por interés, por amistad o por sexo. Es su problema. La edad importa cuando eres niño; a partir de los 20 las cosas se equilibran y las diferencias menguan. Dos personas que se gustan, disfrutan de la mutua compañía y sienten genuino aprecio el uno por el otro deberían tener la licencia de probar a estar juntas. A ver qué pasa. Y nadie alberga el derecho de criticar su elección ni recriminarles una atracción que, en la mayoría de los casos, es inevitable.
Dicho lo cual, ¡que vivan los novios! Y, por favor, que las teles sean misericordes con los civiles y dejen ya un poquito de lado el tema, que ya huele. Por mi parte, prometo no ir a la boda ni contarla. He dicho.


martes, 23 de agosto de 2011

La caza del tesoro

Los acontecimientos se suceden en Libia a una velocidad vertiginosa. Es muy posible que, cuando alguno lea este post, la capital del país ya esté tomada por completo y Gadafi haya caído en manos de los rebeldes. Cómo cambian las cosas con el tiempo. Hace meses, el dictador se paseaba, como si fueran novios, de la manita de los líderes políticos del primer mundo, los mismos que hoy deprecian a su ejército femenino como un mal remedo de club de carretera y consideran una horterada esa manía suya de levantar la jaima en medio de la plaza del pueblo.
En cuanto se armó la resitencia a Gadafi, las naciones más avariciosas del planeta, con EE.UU a la cabeza, se lanzaron al sprint para ver quién les apoyaba primero y, ya de paso, trincaba algunos recursos naturales de los que Libia tanto ha presumido. Yo te vendo armas y tú me das petróleo o me permites hacer una prospección de ésas que tanto me gustan. Así de fácil. Antes, las guerras surgían por motivos religiosos; ahora lo hacen empujadas por los mercados, o por religión y economía a la vez.
No deja de asombrarme que el mundo sea un clamor contra Gadafi (personaje que, dicho sea de paso, me cae rematadamente mal) mientras sus gobiernos se dedican a hacerse las uñas cuando Bashar al Assad, presidente de Siria, saca a los suyos para masacrar unos cuantos civiles. Claro que en Siria hay poco donde rascar y el tal Bashar siempre ha sido el aplicado de la clase. Mejor no molestarle con tontadas.
La hipocresía de andar por casa que se gastan las altas esferas a la hora de manejar conflictos clama al cielo. Hacen y deshacen países a su antojo mientras los demás miramos impertérritos las noticias en los informativos, como si la cosa no fuera con nosotros. Y esa cosa no pasa tan lejos de nuestros hogares. A muchos les interesa perpetuar los conflictos en lo más profundo de África, por ejemplo. Mientras se maten entre ellos con nuestras armas, nosotros, tan listos y tan guapos, podremos continuar la peculiar caza del tesoro en la grata compañía de los amigos chinos. La lista de conflitos irresolubles es amplia, empezando por el tema del Sáhara (a ningún español de bien le gustaría tener a los marroquíes subidos a la chepa) y terminando por Palestina, que, aunque la territorialidad histórica les de la razón, poca generosidad pueden esperar mientras el lobby judío siga escalando puestos en las cumbres más altas del éxito.
Lo que sucede en el mundo es vergonzoso a escala universal y no aguanta ni medio análisis. Y lo más curioso es que, ocurra lo que ocurra, caiga Libia en brazos de las mieles de Occidente, aguante Siria o se cabree Marruecos, la tormenta económica seguirá arreciando sobre los de abajo, los que jamás hemos disparado un arma ni se nos ocurriría.
Triste historia ésta que nos ha tocado vivir, proclamo.


lunes, 22 de agosto de 2011

Cotilleo fino

Dicen esos estudios, a los que tanto reverencio, que cotillear es bueno para la salud. Y poner verde al que tienes al lado ni te cuento, añado. Aunque he de reconocer que no soy de naturaleza cotilla (mi condición de periodista me lleva a saber poco de todo y mucho de nada, pero arrastro un pudor inmenso a la hora de  hurgar en la vida íntima de las personas) lo cierto es que jamás le he hecho ascos a un comentario goloso sobre fulanito o manganita. Sobre todo si alguno de los dos, o los dos, me cae rematadamente mal.
Creo, no obstante, que una cosa es poner a prueba nuestro instinto de portera con el vecino y otra con los famosos. Las vidas de estos últimos son públicas, están ahí, las exponen y, aunque se quejen de la falta de privacidad, en el fondo todos sabemos que viven de ello y que es el precio que hay que pagar cuando se desea fama y fortuna. Para que te conozcan necesitas invadir la existencia del pueblo y eso solo lo lograrás a través de los medios. Es un toma y daca que, aunque algunos afirmen detestar y amenacen con ciertos conatos de rebeldía, no hace daño a nada ni a nadie. Este verano-invierno norteño, sin ir más lejos, durante una de esas tardes lluviosas en las que no sabía muy bien si rematar la Sagrada Familia o aprender a tocar el arpa, me sorprendí a mí misma totalmente obnubilada con un documental infecto que narraba las maniobras de seducción de Ben Affleck para conseguir los favores de Jennifer Lopez incluso cuando ella estaba casada con Chris Judd. Un trabajo intenso pero efectivo, destinado a llevarse a la chica sí o sí. Imagino a Jenny, hinchada como un pavo (o como una pava, aunque suene mal decirlo) ante tanta atención y elogio del detalle. Imposible resistirse. Debo reconocer que, tras aquella iluminación, el señor Ben Affleck subió varios puestos en mi altarcito de hombres con agallas, cada vez más menguado. Luego vi una película protagonizada por él y volvió a convertirse en simple mortal, pero ese es otro tema.
Lo que intento decir es que el cotilleo, siempre que no se haga uso de él para meterle el dedo en el ojo a alguien, no solo es sano, sino que desestresa y ayuda a la socialización. El cotilleo perverso, el que se difunde para hacerle daño a otra persona o entrometerse en su vida, es una cosa distinta y ejerce de primo hermano del rumor.
Muchos de los rumores de los que nos solemos hacer eco han sido pergeñados con el único fin de causar dolor. Cumplen perfectamente su misión: desestabilizar al protagonista y expandirse a la velocidad de la luz. Imposible discutir algo cuando ya está en boca de todos. Normalmente, el objeto de un ataque tan bajo sabe de dónde ha salido semejante estupidez, pero carece de pruebas, de capacidad de reacción y de la mala leche necesaria para contraatacar. Hay que aguantar y esperar a que la tempestad amaine, aunque la reputación de la víctima quede arruinada para siempre. Los rumores desequilibran personas, relaciones personales, labores profesionales, amistades y siembran discordia en las familias. Un arma de destrucción masiva que nada o poco tiene que ver con el cotilleo, esa clase de espionaje lúdico y festivo que no se ensaña aunque a veces escueza.
Con el advenimiento de las redes sociales el cotilleo se ha convertido en arte y el rumor en desastre. Por fin las mujeres nos hemos dado cuenta de que no llevamos en los genes el hablar de otros y querer saber sobre ellos y que los hombres tampoco son mancos a la hora de darle a la lengua y sondear vidas ajenas. Hasta el día de hoy no he conocido a ningún hombre que se haya negado a escuchar un cotilleo escudándose en su masculinidad ni que haya resistido la tentación de buscar a alguno/a de sus ex (novias, amigos o compañeros) en las redes sociales. Pero lo que en ellos sería trabajo de investigación, en nuestro caso se convierte en un "mira que eres cotilla". Pues, amigos, si las mujeres queremos saber qué aspecto tiene nuestra mejor enemiga del instituto, seguro que a vosotros también os apetece averiguar si el vecinito de la playa que os robó la novieta gasta calva y barriga cervecera. La vida es así.
Ojalá cuando contáramos algo de alguien lo hiciéramos porque estamos seguros de que es la verdad, bien porque hayamos sido testigos, bien porque la persona que nos lo haya transmitido sea de nuestra absoluta y total confianza. Si no, calladitos estamos todos más guapos, con pelo y sin barriga. Cien por cien garantizado.


domingo, 21 de agosto de 2011

Eterna juventud

Cuando era muy pequeña, vi en una revista una foto de un niño con progeria, esa enfermedad que precipita el envejecimiento celular. Es un trastorno muy cruel, porque les da a algunas criaturas la apariencia de viejos de 80 cuando su mente funciona perfectamente, o sea que ni siquiera les permite la inconsciencia de no saber lo que les ocurre. Puedo imaginarme cómo debe de ser el presente de unos niños de ocho años avocados a la destrucción física, el estigma, el dolor de sus familias... Aquella imagen me dejó marcada, como otras tantas cosas que pasan por nuestra vida y se quedan fijas en la retina aun cuando las frotemos con el milagroso antigrasas del que hablé en un post anterior.
Anoche, mientras estaba bailando un poco los canales de televisión, volví a ver una imagen similar. No llegué al principio de la historia, pero creí deducir que una nueva terapia celular se ha convertido ya en esperanza de vida para estos niños. Bienvenidos sean los descubrimientos y estudios con muchos fondos y parejo sentido común. El reportaje explicaba que la progeria está causada por el déficit de una proteína, pero que este revolucionario sistema de renovación celular permitiría grandes avances en la enfermedad. Y la cosa no quedaba ahí: el mismo descubrimiento servirá para que la humanidad se sienta, se vea y se mantenga, como en la canción, "forever young".
Épocas atrás, la gente no pasaba de los 40. No les daba tiempo a mucho: ni a tener parejas a mansalva ni a sufrir cualquiera de esas enfermedades modernas achacadas a la vejez. Pero ahora sí, ahora nos cuesta irnos y cuando nos vamos estamos hechos una pena. Físicamente, digo, porque, mentalmente, que nos quiten lo bailao. Si este nuevo descubrimiento sirve para paliar los trastornos asociados al envejecimiento celular proporcionándonos una decente calidad de vida en nuestros últimos años, albricias. Pero me temo que la cosa no va a ser tan fácil.
Imagino que este tipo de avances se cotizarán a precio de orillo en las multinacionales cosméticas. Puede entrever ya a los más ricos del universo conocido peleándose por 2mg de crema que te borran las arrugas como si las cubrieras con hormigón. Porque todos sabemos que el dinero mueve el mundo, pero siempre empieza a menearlo por arriba, y cuando llega a los de abajo han pasado varias generaciones. Con los avances en la cirugía estética y los progresos en cosmética interna, averiguar la edad de las personas va a ser una entelequia. Que no se quejen los hombres, que ya están a punto de encontrar mujeres estupendas que les aguanten una conversación de 45 minutos.
Decía ayer Eduardo Punset que tenemos que entender que hay vida antes de la muerte y que el secreto para ser jóvenes es sentirse jóvenes. Nada que no hubiéramos sospechado. Añadía también que somos dueños de ciertas neuronas que se destruyen ante la inactividad. Son aquellas asociadas a la interacción social. Vamos, que si nos aislamos, no nos comunicamos con el de al lado y nos resistimos a vivir en sociedad, aviados estamos. Malas noticias para los que tienden a ser un poco ermitaños, como la que esto suscribe, y aun peores para los que han convertido Facebook en su particular reino de taifas.
Es lógico. Todo muere si no lo cuidamos. Las plantas se suicidan si no las regamos, los amigos desaparecen si no les dedicamos tiempo y pasamos de verles o interesarnos por su bienestar, los talentos se anquilosan si no los trabajamos.... obviamente, las neuronas que no empleamos se vuelven vagas y terminan por atrofiarse.
Personalmente, siempre he sospechado que eso de la vida eterna tiene que ser un coñazo estupendo. Ves desaparecer todo lo que te importa y tú allí, rumiando los recuerdos en soledad. El descojone eterno, vamos. No obstante, creo que es nuestro deber como raza inteligente trabajar para hallar formas de hacer más llevadera nuestra existencia terrenal. Seguro que, si acabamos con ciertas enfermedades, aparecerán otras, pero centrémonos por ahora en lo que tenemos. Y los de a pie, a mover las neuronas, que son irrecuperables. Y algunos/as ya tienen pocas de serie.

Aquí un vídeo para quienes todavía piensan que la belleza está en el interior. De nada.




sábado, 20 de agosto de 2011

Serie negra

Acabo de regresar a Madrid y lo primero con lo que me he topado es con un calorón del quince y la capital convenientemente tuneada por peregrinos de la JMJ. Incluso mi barrio, que no es precisamente un éxito de crítica y público, ha sufrido una pequeña invasión de jóvenes de distintas razas adornados con camisetas jalonadas de loas al Sumo Pontífice. Como ni el calor ni la JMJ son factores que motiven mi espíritu e inviten a mi cuerpo serrano a pasearse por las aceras, me he hecho con el kit básico de supervivencia: bebidas frías, chocolate y novelas policiacas. Y a esperar hasta que escampe.
Es curioso esto de las novelas policiacas. Reconozco que he desarrollado una especie de adición a las tramas truculentas. Cuanto más mejor. Quiero decir que si hay torturas y sangre, pues eso que me llevo. Tanto me entretienen que había empezado a clasificarlas por orden alfabético en el rincón de mi cerebro "taras personales de Chus", pero hete aquí que detecto una fascinación mal disimulada por el tema en las féminas que me rodean. Podría habernos dado por la novela romántica (muy de chicas, imagino) o por la histórica (más de lo mismo), pero no. Nos gustan los asesinatos en serie, a poder ser cometidos en paisajes agrestes, y resueltos con lógica por algún intrépido detective. Somos tan aficionadas las mujeres que, si me pongo a pensar, varias de las escritoras más celebradas del género también son de las nuestras. Ahí están sino Camilla Lackberg, Asa Larsson, Val McDermid o Fred Vargas, por nombrar a algunas.
¿Por qué las mujeres adoramos el misterio? Tal vez por lógica. Quiero decir que, igual que aplicamos por defecto la lógica a nuestras vidas, nos gusta que nos cuenten historias que presuman de lo mismo. Nos encantan los retos que pongan a trabajar nuestra mente, los retratos psicológicos, y cada vez llevamos mejor el tema de la casquería, tanto en literatura como en cine. Después de todo, tampoco hay tanta diferencia en ver trabajar a un CSI y limpiar una merluza...
En realidad, estas teorías que acabo de escupir son un poco de pata de banco, porque realmente no sé a qué se debe el repunte generacional de la serie negra con tantas damas dando ideas y recibiéndolas. Quizás sea por puro morbo. O tal vez la culpa la tengan los personajes, seres complejos y, muchos de ellos, acomplejados. Incluso los héroes o heroínas tienen cierto aspecto vulgar, personas a la que no echarías ni medio vistazo si te cruzaras con ellas por la calle. Gente normal a la que le pasan cosas anormales. Como la vida misma.
Durante un tiempo escribí sobre cine y adquirí el vicio de fijarme demasiado en las películas, en si el contraplano era correcto, si la misma escena no sufría variación temporal, de encuadre o de atrezzo cuando se trabajaba sobre idéntico plano, etc. Un horror, porque te impide disfrutar de una película como cualquier hijo de vecino. Espero que mi fervor por las novelas de misterio no acabe igual y me lleve a pelearme con la lógica temporal de la narración y psicológica de los personajes. Fruto de mi mala costumbre de leer entre líneas las historias, pero también a las personas.
Hace un tiempo llegué a sopesar la idea de escribir mi propia novela de serie negra, pero creo que no doy la talla. Hasta tenía escenario: las brumas gallegas o algún barrio obrero de Madrid, ciudad con la que desde hace un tiempo me llevo fatal, de la que siempre quiero irme y a la que nunca deseo regresar. En el fondo, siento cierto escozor cuando pienso en que, con los paisajes y contadores de historias tan maravillosos que tenemos en España, nos guste más que a un tonto un lápiz recrearnos en las nieves nórdicas. Aunque los países septentrionales cuenten con los mayores índices de violencia doméstica (este dato se me ha quedado grabado ad eternum, vaya usted a saber por qué), ello no implica que sus mentes sean más retorcidas que la nuestras. El calor también es capaz de sacar lo peor de nosotros mismos. Quien lo probó, lo sabe.


viernes, 19 de agosto de 2011

Ética

Yo soy de las que estudió religión en el colegio. Y cuando digo estudiar me refiero a abrir un libro, colocar los codos sobre la mesa e intentar meter en el cerebro todo lo que en él se contaba. Aprendí lo aprendible sobre la vida de Jesús, sus apóstoles y el pueblo judío. Pero además me empollé las bases de las principales religiones conocidas. Todo ello me dotó de cierto criterio que, con el tiempo, me ha llevado a mantener una actitud bastante escéptica con el catolicismo y otras versiones de Dios.
A ello añado que jamás pude optar por ética en lugar de religión. Lo que sé de la ética es lo que he visto, lo que me han contado, lo que he deducido y lo que he leído, todo ello jalonado por algunas pinceladas de conocimiento obtenidas en clase de Filosofía. Más o menos lo que el común de los mortales, supongo. En mi opinión, hay una ética sociocultural, que trasciende al individuo para pasar a regir la actuación de una comunidad, y unos principios individuales que todos llevamos a gala. La ética, con mayúsculas, permanece inalterable al contener mandamientos, no solo cristianos, del tipo de no clavarle un sable japonés al vecino si se empeña en machacarte con el Danza Kuduro hasta las seis de la mañana y, en su lugar, invocar a los poderes públicos para que le echen la consabida reprimenda. Por contra, los principios mudan con el tiempo y necesitan una puesta a punto de vez en cuando. Quiero decir que esos principios que rigen tu existencia con 16 no son lo mismos que con 36, porque, si lo fueran, aviados iríamos. El analizarlos y cambiarlos es un proceso intrínseco de la madurez y de la adaptación a oportunidades o dilemas en los que nos pone la vida. No podemos flagelarnos por traicionar ciertos principios sino alegrarnos al ser capaces de darnos cuenta de que existen ciertas reglas morales que no funcionan y necesitan una readaptación a las personas en que nos hemos convertido.
Una vez resuelto el tema "principial", con la ética hemos topado. Si hay guardianes de la ética en este mundo que nos ha tocado vivir, que me perdonen, pero lo están haciendo muy mal. Hablan de "ética del trabajo" los empresarios, y se llenan la boca con palabras sobre moralidad cuando, en la ampulosidad de sus despachos, se dedican a cocinar EREs y suspensiones de pagos sin pudor. Hablan de ética los bancos, mientras reparten indecentes beneficios entre los suyos, ganan dinero a expuertas y estrangulan al trabajador y a las pequeñas empresas con un placer muy parecido al sadomasoquismo.
Pero lo que en estos últimos días vacacionales me desconcierta es esa actitud de la cúpula eclesiástica reunida en Madrid por mentar la ética más que a Dios. Sobre todo como parte de esa ecuación infalible de ética más juventud igual a paraíso. Habría que recuperar aquello de "consejos doy que para mí no tengo". Recordemos que los mismos que nos insisten en que abracemos el buen camino son aquellos que, durante muchísimo tiempo y aún ahora, encubrieron casos de pederastias destrozando la vida de un montón de esos jóvenes a los que se dirigen con gran alegría y colegueo. Aquellos maestros de la fe que insisten en criticar a la ciencia por su empeño tonto en investigar, basándose en unas leyes arcaicas que ni siquiera están escritas. Esos individuos capaces de decirte lo que tienes que hacer en tu casa y, sobre todo, entre las cuatro paredes de tu dormitorio sin que se les mueva el tupé, algo que no se lo permitiríamos ni a nuestros mejores amigos. Esa panda, en fin, que necesita controlar cuántas parejas e hijos vamos a tener, que sabe muy bien que muchos de nuestros valores de ética laica se basan en proclamas religiosas, de lo cual se aprovechan, y que no dudan en machacarnos cada año para que parte de nuestro dinero, el mismo que nos ayuda apenas a llenar el fondo del carrito de la compra con marcas blanca, vaya a parar a sus arcas. Miremos a nuestro alrededor y preguntémenos cuántas tierras y propiedades pertenecen a la Iglesia Católica. Y cuestionémonos por qué, en tiempos cómo los que corren, no tienen la decencia de deshacerse de algunas de ellas para abastecer comedores sociales o paliar la hambruna africana, situaciones ambas que tanto les/nos preocupa, pero que debemos solventar a pachas entre el Estado y los ciudadanos. Manda huevos.
Es muy fácil hablar de ética desde un púlpito. De hecho, todos podríamos hacerlo. El problema es cuando bajamos y nos convertimos en personas vulgares con problemas tan vulgares como el paro, la recesión o la enfermedad. Es en ese momento cuando deberíamos volver a subir y gritarles a unos cuantos aquello de "Pásense su ética por donde les plazca y déjenme con mis principios, que ya toca revisión".


jueves, 18 de agosto de 2011

El dedo de Dios

Vaya por delante que me alegro de que el Barcelona se haya llevado la Supercopa. Y vaya por detrás que la actitud de Mourinho y parte de la plantilla del Madrid me parece despreciable. Luego vendrán los seguidores blancos diciendo que sus chicos actúan así porque les provocan (me recuerda esa idiotez tan machista de "la maté porque me provocaba"), pero cuando uno cree que todos le persiguen es que algo no funciona bien en su modo de relacionarse con el entorno.
Quienes hayan leído algo de mi blog sabrán que Mourinho me parece un macarra de discoteca, el tipo de personaje broncas y faltón que se cree el rey del mundo porque resuelve los problemas a puñetazos en lugar de discutir. Olé por él. Ayer, con esa actitud chulesca de meterle el dedo en el ojo a Tito Vilanova, el segundo de Guardiola, no hizo más que confirmar lo que muchos hemos gritado a los cuatro vientos: este hombre no merece estar donde está y, mucho menos, ser un ejemplo para deportistas. Como bien dice Piqué, denigra el fútbol y denigra el deporte. Seguro que alguno habrá que piense que Vilanova lo merecía porque sacó de quicio al bueno, tranquilo y pausado de Mou. Ni aunque le hubiera mentado a la madre justificaría tamaña reacción. Alguien decía que los futbolistas debían de ser señores dentro y fuera del campo. Los entrenadores más, porque dan ejemplo a una plantilla. Pero no, por si fuera poco, a este pedazo de grano en el culo que le ha salido al Madrid le acompañan palmeros tan granados como Pepe y Marcelo, dispuestos a arrear una coz en cuanto alguien que no tenga tetas les guiñe un ojo.
Nadie merece ganar con actitudes tan feas y detestables. Por muy bien que juegue. Las formas son fundamentales para vivir en sociedad, algo que Mourinho no parece entender. Se comporta como un reyezuelo ridículo al mando de un ejército de trols. Es como el mal compañero del que hablaba en el post de ayer: el mundo está contra mí; yo nunca me equivoco y mis enemigos tienen que ser los vuestros porque si no, te hago la vida imposible. De potar, vamos.
Pero éste no fue el único mal ejemplo del día de ayer. Tuvimos también a laicos y creyentes gritándose verdades como puños en la manifestación de Madrid, que al final sí se celebró para contrariedad de nuestra siempre risueña Esperanza Aguirre. Como no estuve no puedo hablar con conocimiento de causa, pero ya nos estamos acostumbrando demasiado a que las últimas manifestaciones acaben malamente, lo cual no me parece de recibo. Ver a policías y población civil enzarzados es un espectáculo que queremos ahorrarnos porque al final, sobre todo, lo que trasciende son las mutuas agresiones diluyendo el objetivo final de la protesta.
En este caso tampoco entiendo la actitud de estos jóvenes de la JMJ que tanto pregonan valores como la generosidad, la bondad y la paciencia. Parece que les gusta más provocar al contrario que alabar a Dios con sus guitarras. Imagino que se vinieron arriba porque son muchos y bien avenidos. Enhorabuena a los premiados. Entiendo que opinen que su causa es la más justa, pero, amigo, vive y deja vivir y sé respetuoso con las ideas de los demás aunque no coincidan con las tuyas. Tu religión se asienta sobre bases como ésta, ¿no? Me pregunto cómo se comportarían si se toparan con una concentración de budistas recitando sus mantras. Seguro que les tocaría menos la moral que una manifestación de ateos protestando por el dispendio de la vista del Papa. Si quieren dar ejemplo, han empezado mal (y paso de tocar el tema de ese voluntario de las JMJ intentando boicotear la manifestación laica con un petardazo, que también tiene tela).
En resumen, no puedo criticar ni a unos ni a otros como me gustaría porque no estuve allí, pero me baso en la información que me llega y pido perdón si está sesgada. Respecto a lo del Madrid, lo siento por ellos y por lo que un puñado de impresentables (pocos pero ruidosos) están haciendo con un equipo y una afición que no se merecen ser educados en el insulto, la soberbia y la estupidez soberana que los adorna.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Malos compañeros

Trabajé durante años en una empresa. Un cambio en la dirección obligó, por motivos totalmente subjetivos, a mandar a la calle a gran parte de los trabajadores, con el consiguiente desgaste psicológico para quienes se iban y se quedaban. Era como estar en el corredor de la muerte esperando a que sonara el teléfono. Esta situación, precaria en lo laboral y traumatizante en lo psicológico, tejió una curiosa red de solidaridad entre los que estaban fuera (un grupo cada vez más numeroso) y los que  quedaban dentro. Por encima de animadversiones y rencillas, funcionaba el apoyo emocional. Bastaba con que uno recibiera su carta de despido para que comenzara una cadena de llamadas, consejos e incluso visitas a domicilio. Funcionó siempre así... hasta la última persona (por ahora) a la que despidieron. En este caso no hubo telefonazos entre la red y, salvo alguno que se entregó al brindis nada más enterarse (no fui yo, que conste), la reacción general consistió en una absoluta y total indiferencia jalonada por algún hipócrita "lo siento" y "fuera se está mejor" para no caer en la descortesía. Prácticamente todos, en nuestro interior, pensábamos lo mismo del sujeto en cuestión, pero apenas lo comentábamos. Efectos colaterales de ser un mal compañero.
Cuando los artículos de psicología se ponen a analizar qué es un mal compañero, recurren a clichés que, en su mayoría, obedecen a patrones existentes, pero que, en la realidad, se vuelven mucho más complejos. Un mal compañero, normalmente, es un ser débil por dentro que ha desarrollado la habilidad de parecer fuerte por fuera. Vuelca sus obsesiones y complejos en el trabajo aparentando una personalidad bien armada y sin aristas que atrae mucho a cierto tipo de gentes y siembra la desconfianza en los de mayor experiencia. Un líder tiene que mostrar algo más que firmeza en sus palabras si quiere serlo. Para empezar, debe hacer gala de cierta generosidad, y este tipo de persona exige mucho (siempre está en posesión de mil y un derechos) pero no da nada a cambio. Se queja continuamente porque cualquier agravio, propio o ajeno, siempre que lo pueda redirigir hacia sí mismo, adquiere la categoría de catástrofe mundial. Es un buen truco: la queja suscita la empatía y simpatía sin que el receptor de la misma vaya más allá y se plantee a qué obedece en realidad tanto lloriqueo en los ratos libres.
El mal compañero pasa gran parte de su tiempo criticando a los demás ante un público entregado y dispuesto a ser convencido. De hecho, quienes le rodean, suelen acabar utilizando sus mismas palabras para definir situaciones y personas, sin darse cuenta de que esas expresiones comunes delatan su adhesión a la causa. Adoptan modos y modismo situándose en un "yo contra el mundo" que no es tal. Pero el mal compañero es traicionero, porque no duda en hablar mal, criticar y echar marrones sobre los suyos cuando pintan bastos. Utiliza conversaciones privadas para sabotear lo que no le conviene dejando con el culo al aire a quien le ha depositado su confianza, que no entiende por qué los demás empiezan a albergar serias dudas sobre su categoría humana. Así se las gasta el gran colega que se ha "adjuntado".
El mal compañero asume que los deberes como trabajador no le afectan. Es un profesional mediocre, poco dado a la entrega, siempre dispuesto a echar balones fuera y nunca a prestar ayuda (cuando se le pide lo convierte en una injusticia hacia su persona). Dicha actuación, si su labor es poco visible, acaba entorpeciendo y dañando el trabajo de otros, que siempre están en el punto de mira de sus superiores. Esto pasa incluso con sus acólitos quienes, paradójicamente, no se dan cuenta de que su gran amigo, aunque sea sin ser consciente de ello, les está haciendo la cama con su desgana profesional. Eso sí, jamás dejará de echarse flores y alabar su trabajo. Lógico, si no lo hace él, no lo hará nadie.
Al mal compañero le encanta fiscalizar las filias y odios entre los demás Decide quién tiene que relacionarse con quién y, si la cosa no sale bien, se rebota. Sus "amigos" son intocables y el resto, no vale la pena. Pondrá cara amable cuando toque, hablará bien de quienes tenga entre ceja y ceja cuando le convenga para quedar como el bueno de la película y sembrará cizaña siempre, esparciendo desconfianza y disparando metralla contra las relaciones de los demás con malos modos y peores palabras.
El mal compañero acaba desestabilizando al grupo porque quienes le ven venir (los más) lo evitan para no meterse en líos y los afines siguen ahí aun cuando duden, porque no conviene llevarse mal con quien parece dispuesto a defender una causa que ellos creen común aunque en ningún momento lo haya sido. Se trata de los desbarres de uno convertidos en ideología de minorías. Una curiosa y mal entendida solidaridad grupal que en realidad debería de tener un nombre mucho más coherente: dictadura en zapatillas.
El fin del mal compañero es la indiferencia, el olvido y las ganas de que la vida te regale el detallazo de no toparte jamás con él. Solo alguno de los suyos, obnubilado por su resplandor de quincalla, seguirá ahí, creyendo en su condición de mártir cuando ya ha arrasado con todo y con todos. Con el tiempo, el brillo se acaba convirtiendo en lo que siempre ha sido, oscuridad, pero a veces ya se ha perdido demasiado por el camino.
Mi experiencia me dice que, en general, malos compañeros tampoco hay tantos y se detectan enseguida. Si tienes el infortunio de ser objeto de sus sabotajes, tómatelo con cordura y frialdad emocional, porque uno de sus grandes defectos es la envidia y algo bueno debes de tener cuando te has hecho valedor de su inquina. Denuncia sus maniobras arteras, pide ayuda y confía en quienes son tus amigos de verdad, capaces de mantener la cabeza fría y la objetividad intacta. Mala suerte, haber tropezado con un individuo que no merece la pena. Ni él ni los que son como él, caldo de cultivo de la indiferencia. Brindemos por ello. Simpre desde el "cariño", por supuesto....


martes, 16 de agosto de 2011

Avaricia

Dicen que la avaricia rompe el saco, y está claro que, en los últimos años, el ansia de recaudar ha destrozado, ya no el saco, sino la existencia de muchas personas.
En Betanzos, un rincón de Galicia al que recomiendo hacer una visita cuando el tiempo acompañe, hay un parque muy pintón lleno de laberintos y homenajes a tierras exóticas. En una de las paredes están grabadas en piedra las grandes virtudes del capitalismo y, entre las muchas y vistosas, aparece destacada la libertad. Es cierto. El capitalismo se fundó sobre la libertad del individuo de acaparar, comprar, vender y comerciar. Pero de aquellos barros vienen estos lodos. Es lógico que cuanto más se tiene más se quiera tener y, aunque la generosidad es un don, no todos los seres humanos han sido bendecidos con la dicha de compartir sino con el pecado de atesorar. Cuanto más mejor.
Personalmente, y es solo mi opinión, creo que el socialismo es una idea maravillosa. Sin embargo, tropieza con la característica inherente al ser humano de mirar más por sus dientes que por sus parientes. Un socialismo utópico se basa en la capacidad del pueblo de autogestionarse, pero este principio, en sí, parece un deseo baldío, porque a ver qué amplio colectivo tiene la disciplina y la constancia para funcionar de modo autónomo sin discusiones de relieve, mala gestión y, sobre todo, manteniéndose virgen del espíritu dictatorial que de vez en cuando alumbra a ciertos iluminados.
Lógico que el capitalismo haya campado a sus anchas. En principio, es un caramelito: si te esfuerzas, si eres listo y sabes dónde pisar (no digo a quién pisar aunque también), conseguirás aumentar tu riqueza y vivir como un marajá. Genial, si no fuera porque tu colección de Mirós, muchas veces, se asienta sobre el empobrecimiento ajeno. Además, el capitalismo vino con regalo: el sistema bancario, una cosa muy bonita que permite que unos pocos manejen el dinero de muchos. Las aberraciones ilógicas de un sistema lógico que todos tenemos en mente.
La avaricia ha llevado a los Estados a replantearse el funcionamiento del sistema, sobre todo de ese concreto, amparado por el capital público, que se ha dado en llamar Estado del Bienestar. Pero, claro, cuesta dinero, y ese dinero que no tenemos hay que inyectarlo en las arcas de los más ricos para que sigan financiando el cotarro y la rueda puede continuar girando. Dentro de todo el lodazal en el que está envuelta nuestra macroeconomía, uno de los hechos que más atentan contra el ciudadano es ese lanzamiento de globos sonda que, de vez en cuando, lanzan los gobiernos. Aquí, el secreto del éxito no está en que los bancos y las grandes corporaciones, que ostentan el mayor poderío económico, arrimen el hombro, sino en privatizar servicios básicos y cargarlos en las arcas de las economías domésticas. Alguien se olvida de que, día a día, con nuestro trabajo e impuestos, ya contribuimos a gestionar lo que nos corresponde por derecho. Pero no es suficiente. Nunca es suficiente.
Personalmente, me parece una traición y un atentando a los derechos civiles el que un Estado pretenda cargar sobre los bolsillos de sus ciudadanos, ya bastante agujereados, derechos esenciales como la Sanidad o la Educación. Es indecente. Puedo entender la desesperación de quienes nos gobiernan (ellos, los que se dejaron mecer en brazos de la economía de mercado y sus señores, tiene guasa), no que su gestión se asiente sobre el sufrimiento de la gente. La avaricia es mucha, pero mientras la peor cara del capitalismo siga arrasando principios y éticas, me temo que seguirá jarreando. Quizás, en el ínterin, como Saturno, incluso acabe devorando a sus hijos más mimados.


lunes, 15 de agosto de 2011

Septiembre

Mi cumpleaños es en Septiembre. Esto, ya de por sí, hace que le tenga un cariño especial a ese mes. Cuando era pequeña lo asociaba a fiesta: volvía al colegio, a ver a la tropa, y además tenía algo que celebrar. Con el tiempo, el subidón ha menguado colocando las cosas en su lugar. A ello ha ayudado mucho la cruda realidad, que se empeña en convertir Septiembre en un mes amargo, calificativo que le sienta como un traje mal cortado: le tira de las sisas y le sobra de cintura.
Todos los meses que conllevan un cambio de estación tienen algo de mágico. Y el paso del verano al otoño, la transformación de la luz y los colores en la naturaleza, es espectacular. Lo dice alguien a quien el otoño le suena a chusco por lo que tiene de decadencia. No disfruto especialmente con la caída de las hojas ni con los árboles desprovistos de sus ropajes, pero reconozco que, como muchas veces pasa en la vida, las cosas tienen que morir y reposar un tiempo para renacer con más fuerza. De ahí la magia de los meses venideros.
El problema de Septiembre es que la burocracia le ha dotado de una pátina de agresividad y mal rollo que lo convierte en el primo feo del calendario. En los países septentrionales, llegamos al día 1 con los bolsillos vacíos tras gastar lo que no teníamos en hacer de nuestras vacaciones la más locas, reto que intentamos superar año tras año. Y nos encontramos con todos los desembolsos domésticos que implica el comienzo de curso laboral, escolar y administrativo. Este año, además, como vamos sobrados, le hemos añadido especias al guiso otoñal y nos encontraremos con lo mejorcito de cada casa: la deuda, la prima de riesgo y la madre que las parió, la campaña preelectoral que nos dará a todos dolor de cabeza y malestar estomacal, la reunificación del 15M tras verse desperdigados por playas y humedales (esto no tiene por qué ser necesariamente malo para los ciudadanos, pero sí para los lumbreras que nos gobiernan), el recrudecimiento de los conflictos internacionales (aquí he sacado mis superpoderes de visionaria y he decidido que sí, que habrá lío) y, por si no tuviéramos suficiente con tanta plaga divina, van los futbolistas y convocan huelga para las dos primeras jornadas de liga. Vale, ya sé que el jolgorio empieza en agosto, pero como los chavales se pongan borricos nos plantamos en septiembre con el mono de balón a cuestas. Nos quitan el pan y ahora quieren eliminar también el circo. No hay derecho, hombre.
Imagino que el conflicto se arreglará, porque dinero para comer no habrá, pero para estampitas nos sobra. Ya imagino a los mandamases de los bancos, tirados en sus tumbonas playeras y renegociando la deuda de los clubes a toda pastilla. Podremos quedarnos sin casa y sin trabajo (¡incluso sin toros!), pero sin fútbol nunca. Aquí el que no corre detrás de una pelota es porque está tullido.
Septiembre viene hecho un Terminator, así que habrá que alimentar nuestra despensa y encerrarnos en el búnker hasta que la cosa amaine. Yo, como me encanta llevar la contraria, haré el petate y me largaré a Argentina, país que que no conozo. A ver qué pasa. Sé que celebra sus presidenciales en octubre, así que me tocará empaparme un poco de campaña electoral, aunque de otra forma, porque al no conocer a nadie, los asuntos de la Casa Rosada me tocan de refilón. Una aventura que me apetece muchísimo.
Todavía faltan semanas, pero en mi ausencia, por favor, no maltratéis a nuestro amigo Septiembre, siempre víctima de los matones de la clase. En el fondo, es un buen chico. Lo digo yo, que lo conozco bien...




domingo, 14 de agosto de 2011

Norte y Sur

El debate entre qué es mejor, el Norte o el Sur, es una discusión obtusa que no lleva a ninguna parte. Como en tantas otras cosas, la belleza está en los ojos del que mira aunque, en este asunto, uno de los principales condicionantes sea el patrón sociocultural de cada uno.
Sin embargo, he de decir que hay en la televisión un anuncio de cervezas que me toca la fibra. Viene a describir a la gente del Norte como cuadriculada, sosa, apagada y adicta al trabajo; el Sur, por contra, es una fiesta continua, con gente guapa desbarrando por las calles de pueblos y ciudades, bailando aunque no haya música y viviendo un colocón perpetuo. El mensaje es que a veces es necesario un poco de Sur para poder ver el Norte. Sin quitar el fondo de la leyenda (resulta imprescindible un poco de fiesta y desbarre para conseguir llevar una vida centrada), la forma de transmitirlo, haciendo hincapié en ciertos estereotipos culturales, me chirría. No puedo estar más en desacuerdo.
Aun a sabiendas de que aquí nos gusta más una juerga que un joyón, he de decir que soy del Norte, me gusta el Norte y me siento muy identificada con todo lo suyo: sus paisajes, su carácter, su cultura... Pero voy más allá y me confieso casi (digo casi porque a lo mejor mañana cambio de opinión; sería toda una sorpresa) incompatible con muchos de los parámetros que conforman esa vida sureña que tanto atrae a las masas.
Quizás sea precisamente ese componente de masificación una de las cosas con las que no comulgo. Pero puedo hallar otros factores si me pongo: no tengo la chispa de los sureños, ni la entiendo ni comparto; tampoco simpatizo con esa marabunta de gentes paseando por calles estrechas a todas horas como si no hubiera un mañana; me pone de mal humor hacer cola para conseguir una cerveza, un día sí y al otro más; me sacan de quicio las procesiones interminables para llegar a las playas los fines de semana; no formo parte del culto a la litrona y la diosa maría, juntas o por separado (ya dije alguna vez que no me creo aquello de que el camino del exceso conduce a los palacios de la sabiduría); no soy capaz de pillar hebra en esas conversaciones futiles de mucha palabrería y escaso contenido; soy alérgica a los mosquitos y tengo una difícil relación amor-odio con el calor; no me va aquello de que el objetivo principal de salir sea ligar y no conocer gente... En fin, podía seguir pero, más o menos, esta es la idea. Y no digo que sea malo; simplemente que hay gente que comulga con estos principios y otra que no. Y yo va a ser que no.
No me gusta la lluvia ni el viento. La primera me pone melancólica y el segundo de muy mala leche. Pero incluso con ellos, me fascina recrearme en las brumas del Norte, en la lluvia que no moja pero sí cala, y veo cierto placer en pasear por caminos llenos de fango. Me encanta arreglar el mundo tomando un vino en cualquier taberna perdida donde apenas haya parroquianos, que aparezca un paisano con una guitarra y te regale una tonada sin esperar que le pagues por ello; soy casi adicta a las playas semivacías, donde no te enteras de la conversación del que tienes al lado, cuya vida te interesa nada o menos; me gusta comer mucho y bien a precios baratos; atreverme a entrar en la casa de los norteños sabiendo que si te abren la puerta y el corazón y, si les dejas, serán tus amigos leales de por vida; me identifico con su carácter introvertido y reflexivo, la retranca, la ironía y la sabiduría de quien se ha pasado mucho tiempo reflexionando en soledad; admiro los muros de piedras, recios y fuertes como la gente; las rutas de bares donde es fácil entrar pero de las que nunca quieres salir; la cultura del deber y el hacer; las personas de palabra, capaces de prometer y cumplir... Esto y mucho más es lo que yo admiro del Norte, aunque haya quien no esté de acuerdo en semejantes apreciaciones.
Sur y Norte tienen cosas buenas y malas, pero no todos estamos preparados para perdernos en lugares con los que jamás nos identificaremos. He conocido a sureños que han emigrado a tierras más septentrionales y la inadaptación les ha obligado a emprender el camino de vuelta. Y también conozco a quienes han hecho la ruta contraria. Va en el ser y en la personalidad de cada uno el encontrar su lugar en el mundo. Pero me niego a creerme los estereotipos que me impongan: el hecho de que la fiesta no sea la misma en el Norte que en el  Sur no quiere decir que no exista, es más, todo el verano está jalonado de saraos, festivales y parrandas de lo más variado. A lo mejor es que se vive de otra manera. Y no me creo que en el Sur sean todos unos vagos y se pasen el día dando saltos, bebiendo mucho y comiendo poco para lucir frescos y lozanos en los anuncios de cerveza.
En resumen, yo no necesito un poco de Sur para poder ver el Norte. Me basta con mirarme al espejo.


sábado, 13 de agosto de 2011

Zombi life

De todas las criaturas de ultratumba, las que me merecen mayor respeto son los zombies. Sobre todo porque pienso que existen en su forma más científica. De hecho, en los documentales sobre ceremonias vudú celebradas en Haití se intuye que ahí hay tomate. No solo eso; reputados investigadores han certificado que, efectivamente, estamos ante una especie de muerte en vida asociada con sustancias que se manejan en dichas ceremonias. En resumen, todo mi respeto hacia los zombies y sus allegados.
De lo otro, de los muertos vivientes canonizados por el cine, los cómics, la tele y, sobre todo, los videojuegos, solo puedo decir que son muy vistosos y dan mucha risa. Y que si nos paramos a analizar sus patrones de comportamiento no nos aguantan ni medio asalto.
Para empezar, sin tocar las tradiciones de otros países, en España, para escapar del cementerio, hay que hacer un hermoso agujero en una lápida de piedra del grosor de un libro antiguo. Y ya me dirán ustedes cómo lo consiguen estos seres cuyo andar tan poco garboso y hambre canina no parecen indicar que vayan muy sobrados de fuerzas. Si alguien les ha instalado instrumental de Bricomanía para hacerles más fácil la salida una vez despiertos, allá cada cual con sus creencias.
Pero imaginemos que sí, que hay una brigada de chapuzas trabajando a las órdenes de un ente superior que les indica cuándo profanar tumbas a mansalva y sacar los cadáveres a las calles. Lo que no entiendo es ese empeño por devorar carne humana. Vamos a ver: estan muertos. ¡Y los muertos no comen! Ni comen los vampiros ni lo hacen los fantasmas pero, mira por dónde, aquí a los chavales les da por merendarse a los vivos demostrando, de paso, un placer inusual con la casquería.
Tampoco comprendo cómo pueden fulminar a una población entera sabiendo que nosotros corremos más. Y que no todos están para muchos trotes, porque los que llevan siglos difuntos casi no conservan ni las uñas. Sin embargo, ahí los tenemos, meneándose como un bebé de nueve meses con la seguridad que les reporta el que no haya arma química capaz de hacerles frente. Total, ya están muertos, ¿no?.
Por último, no entiendo por qué, pero a los zombies se les atribuye la inteligencia más limitada de todo el universo paranormal. Aun así, en la primera parte del partido, siempre van ganando ellos, imagino que por la mala leche que se gastan (otra cosa que no entiendo; que regresen tan fastidiados del más allá). La mayoría de los combates cuerpo a cuerpo tienen lugar en localiades del interior de Estados Unidos, como en The Walking Dead, pueblos que no conozco y, por tanto, me resulta absurdo hablar del cociente intelectual de sus gentes. No obstante, me parcería ridículo que, de producirse un avistamiento aquí en, pongamos por ejemplo, Montamarta (provincia de Zamora), el pueblo no corriera a sus nuevos inquilinos a bastonazos y hasta con tirachinas, si la cosa se pone complicada.
Dicho lo cual, entiendo que matar zombies con la consola relaje y que bailar Thriller en grupo sea lo más en ciertos botellones, pero estos muertitos que nos han salido de las tumbas, tan poquita cosa, lo que merecen es un poco de conversación, mimo y cariño. Como si fueran familia, vamos.




viernes, 12 de agosto de 2011

Invasión choni

Hacía tiempo que me apetecía decir unas palabritas sobre el programa ése de Mujeres y hombres y viceversa, pero confieso que no he podido jamás verlo entero. Para los no iniciados en la materia -imagino que, sobre todo, los que no habiten territorio español-, el show consiste en que cuatro jamelgos (dos hombres y dos mujeres) se sientan en un trono y buscan, entre una ristra de pretendientes, al amor de su vida. Para encontrarlo mantienen una serie de citas express en las que, básicamente, intentan responder a preguntas tan filosóficas como qué buscas en una pareja, cómo te gusta que te coman la boca, crees que estaría bien que me pusiera más tetas, etc.
Programas de este cariz han dado auge a un fenómeno autóctono conocido como chonismo y que, supongo, tendrá su equivalente en toda nación que se precie. Más o menos consiste en el advenimiento masivo de gente con físico explosivo y la inteligencia necesaria para pasar el día. Las conversaciones entre estos ejemplares de ser humano, salvo honrosas excepciones, están vacías. Miento: si algo las llena son los despropósitos del idioma, que esta peña maltrata como le da la real gana. Pero tampoco me voy a poner aquí en plan abuela cebolleta, porque está claro que este fenómeno incultural lo hemos parido nosotros. Nos hemos empeñado tanto en ensalzar el físico, la juventud y la belleza que nuestras crías no se preocupan por cultivar otra cosa. Y lo cierto es que ni falta que les hace.
Desde los medios se ha insistido, por activa y pasiva, en que un buen culo y unas buenas tetas te abren todas las puertas. Y parece que es cierto. Desde luego, los que alimentan estos programas ganan mucho más dinero que otros de su edad con varios masters y licenciatura. Dinero fácil y encima te queda el regusto de que el personal se quede mirándote en bares y plazas. Satisfaces tu bolsillo y tu ego en la misma jugada. Imposible no querer vivir esta comedia romántica, ya digo.
Hace un par de días, leí un comentario a una columna de un periódico en la que un individuo se quejaba de que aún no había encontrado a la mujer que le sostuviera más de tres cuartos de hora de conversación interesante. Habría que ver el tipo de currículum que exige el chacho y lo que él puede ofrecer a cambio. En mi opinión, no se trata tanto de abrumar al personal con sapiencia, sino de hablar el mismo idioma y compartir ideas para que la cosa haga click. Estoy convencida de que si me pongo a disertar sobre falansterios con la peña de Mujeres y hombres, a los cinco minutos los tengo dormidos sobre el vaso de cerveza. Pero si en una maniobra digna de un B-52, uno los falansterios con las comunas hippies y lo salpico con referencias al coito anal y a la coprofagia, tengo unos oyentes entregados.
Con esto vengo a decir que una conversación se puede mantener con cualquiera, solo hay que saber pillarle el punto. Lo que sí resulta verdaderamente difícil es encontrar a alguien con los mismos códigos que tú, algo que a ciertas personas no nos resulta nada fácil. Si además hay química, entonces ya has hallado el Santo Grial y más te vale sacarle brillo todas las mañanas y mimarlo para que no te lo robe otro. Compartirlo, siempre; que te lo arrebaten debido a tu desgana, nunca. Mi tesorooooo.
Pero esta panda tan dada a mirarse el ojete y hacer de su cuerpo lo único interesante lo tienen chupao. ¿Quién necesita hablar pudiendo admirarse mutuamente y dedicarse a tareas mucho más gratas para el body que reflexionar sobre el conficto palestino? En el fondo, son dignos de envidia: nadie tiene el listón tan bajo ni pone muros tan fáciles de saltar. El mundo es suyo, amigos.


jueves, 11 de agosto de 2011

Habemus Papa

A punto está el Santo Padre de aterrizar en Barajas. Durante estos días le imagino haciendo la maleta con primor, planchando los hábitos, buscando un sitio secreto donde guardar los euros (pegadito al relicario) y vigilando la ropa interior, no sea que le falte alguna muda y tenga que salir por patas a comprar un boxer del Real Madrid (lo digo por lo blanco, mayormente).
La capital tiene que ser ya una juerga de luz y de color, con estos chicos tan educados y bien vestidos que vienen a ver al Papa, llegados por hordas guitarra en mano. Justo los mismos a los cuales doña Esperanza Aguirre les va prácticamente a regalar el abono transporte mientras acampen en Madrid. A los ciudadanos que padecemos el transporte público durante todo el año nos sube un 50% el billete sencillo aprovechando que estamos en la playa cociéndonos a sangría, pero a estos chavales tan majetes, les sale gratis. Esto debe de ser porque son hijo de Dios y pasa como con los hijos de los médicos, que cuando van a otro galeno les hace descuento. Lo mismito.
Otro detalle sin importancia es cuánto costarán los fastos que tanto harán por llevar el nombre de España allende los mares: alrededor de 50 millones de euros, manutención de los asistentes aparte. Esperemos que sean parcos en el comer y no les de por exigir panes y peces a mansalva (y vino, que sale por un pico). Visto así, el asunto no compensa, pero todo sea por congranciarnos con el altísimo y que éste haga un milagro para sacarnos de la crisis y mandar al carajo a la prima de riesgo. Después de todo, también se hacen donativos en las iglesias, ¿no?
Luego está el tema de la seguridad. 10.000 agentes destinados a blindar Madrid ante la visita de Su Santidad. Como decía Dani Mateo en su twitter, "¿de verdad?" ¿Tan peligroso es?" Mientras cruzamos los dedos para que el hombre no esquive a los seguratas y se vaya de pingo a conocer la movida madrileña, se me ocurre que alguien tiene que pagar el sueldo de tanto policía desperdigado por las calles y de los barrenderos encargados de dejarlas como los chorros del oro. Imagino que el dinero saldrá también de nuestros bolsillos. No pasa nada: con tal de que cada rincón de la ciudad acabe niquelado, somos capaces de estar todo un mes a pan y agua. Para penitencias, las de los de a pie.
Puedo entender todo esto y más, pero lo que no logro comprender es por qué se ha prohibido la manifestación antivisita papal. Todos tenemos derecho a quejarnos ante lo que no creemos conveniente, desproporcionado e irrazonable. La Comunidad y la Delegación del Gobierno tendrán sus motivos, que a ninguno se nos escapa a poco que reflexionemos, pero les tocaría apretar los dientes como a todo quisque y abrir paso. Pues va a ser que no. A raíz de la negativa, los manifestantes han dicho que sacarán a las huestes por sus huevos. Otro de los efectos colaterales del 15M: una manifestación tiene que ser autorizada, pero desde hace unos meses nos encanta pasarnos la legislación por la entrepierna. Por cierto, que los indignados apoyan la marcha. Algunos medios ya se frotan las manos: perroflautas contra jovencitos repeinados de jersey color pastel. Ni lo uno ni lo otro. Y que conste que no le hago ascos a la idea de volver a la capital para unirme al jolgorio, y no precisamente al papal...


miércoles, 10 de agosto de 2011

El hecho diferencial

Ahora que nuestras Comunidades Autónomas no tienen ni un céntimo de euro, corren que se las pelan para pedirle al Estado que se quede con el rosario de sus madres, esto es, con competencias tan golosas como Sanidad, Educación y Justicia, que parece que molan cantidad, pero gastan más que un hijo tonto.
Hace unos años todos recordamos aquella fiebre de recoger fondos europeos a punta pala para hacer de lo nuestro (o de lo suyo) lo más florido del lugar y convertir cada bondad autonómica en lo más mejor. Siempre ha importado preservar lo cultural y propio, de eso no hay duda, pero si además le puedes pasar por las narices al de al lado tu superioridad, eso que te llevas.
Yo siempre he sido muy partidaria de conservar lo autóctono y diferente que tiene cada una de nuestras Comunidades. Es fundamental para la supervivencia de un pueblo divulgar su cultura, sus leyes y todo aquello que le haya dotado de  una personalidad histórica. Pero tampoco hay que olvidar que el patrimonio de cualquier nación o nacionalidad son sus gentes y que, en los tiempos que vivimos, hay que hacer un esfuerzo para formarlos o formarnos como ciudadanos del mundo y no solo del terruño. Digo esto porque, en mi opinión, los conflictos locales por ver quién mea más lejos pueden parecer absurdos vistos desde la distancia, si no fuera porque tienen el vicio de contagiarse dando lugar a grandes inquinas.
En el caso de España, al margen de quién rasca (o rascaba) más porción de tarta, lo cierto es que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Aunque luego haya diferencias creadas por el entorno social y medioambiental en el que creces. Yo, por ejemplo, me siento más cercana en forma de entender la vida a un cántabro o a un vasco que a un andaluz o a un murciano. Tal vez porque nos hemos criado al amparo de las mismas brumas. Pero eso no quiere decir que no sepa apreciar la cultura ni la esencia de cada cual, aquello que los hace distintos a mí.
Insisto en que el deber de los Estados es formar ciudadanos del mundo que sepan amar lo suyo y respetar lo de los demás, pertenezca al que linda con su casa o al que vive en Qatar. Nuestra literatura, nuestro arte, nuestra riqueza gastronómica... todo tiene un valor incalculable del cual tenemos el deber de ser transmisores, pero sin imponer.
Volviendo al debate éste de las competencias, me parece muy curioso que todo se haga por el vil parné. Cuando nos llovían euros por gestionar educación, nos encantaba hacerlo. Y, además, obligando a todo quisque a que entrara en nuestro sistema educativo, el mejor del universo conocido. Ahora nos estorba y ya nos da igual que venga papá Estado y lo desmonte todo. Igualito que un adolescente: nos mola estar con nuestros padres cuando podemos ordeñar la vaca; si no, pasamos un kilo y nos dedicamos a desbarrar con los colegas, que es lo que nos pone de verdad.
Cambiando de tema, ayer surgió otro hecho diferencial que me dejó subyugada. Hacía referencia a los usuarios de BlackBerry. Pobres. Los llamaron pijos y nadie dijo nada; Calamaro los tildó de gilipollas y el resto del mundo se rió; ahora, el gobierno británico les acusa de vagos y maleantes y de orquestar los disturbios londinenses a través de sus chats privados y todos miramos para otro lado. Algún día vendrán a por nosotros. O no. Bien pensando, acabo de entender por qué mis amigos son más de iPhone... (es broma, ¿eh?).



martes, 9 de agosto de 2011

Buena gente

A todos nos pasa. Vemos a alguien con cara de buena persona y creemos que hemos hallado el Santo Grial. Es inevitable. A veces pienso que la gente con aspecto de no romper nunca un plato tiene la vida más fácil, porque nadie le presupondrá ser capaz de causar daño ajeno, en mayor o menor grado, lo cual facilita enormemente el trabajar de infiltrado para el lado oscuro. De hecho, si yo fuera parte de la banda de los malos, que todavía estoy a tiempo, reclutaría para mi causa a gente con cara de ángel. Del cielo al infierno, como en las novelas románticas.
Pero igual que te digo una cosa te digo la otra, y es que hay personas con muy mala jeta que en realidad son un cacho de pan. Ellos no tienen la culpa de que sus padres los engendraran en un día malo. En una entrada de este blog comenté que los villanos de las películas suelen ser bellísimas personas cuando abandonan el rodaje y al revés: el héroe, normalmente, se ha convertido en un individuo crecido, soberbio y presuntuoso al que da mucho miedo tenerle cerca. No falla.
El otro día leí que todos deberíamos tener un cupo de desengaños cubiertos en nuestra vida: desengaños con la familia, con los amigos y con los amantes. Y que una vez agotado el carnet de baile, solo nos quedaría seguir adelante sabiendo que ningún impresentable nos iba a hacer jamás la vida de cuadritos. Lamentablemente no es así, y son muchos los "buenos" elementos que nos esperan a la vuelta de la esquina. A algunos, los menos, los vemos venir, pero a la mayoría les dejamos entrar en nuestras vidas, instalarse en ellas como dueños del cortijo, y después bombardearlas en un acto de destrucción planificada. Ellos se van a poner su dinamita en otro lugar y nosotros nos quedamos allí, con cara de alelados, intentando rescatar de las cenizas lo que queda de los muebles. Como dicen en México, "caras vemos, corazones no sabemos".
Todos tenemos nuestros público, es cierto, pero a veces el que nos sigue es tan cabrón que, aun viendo el lío en el que nos hemos metido, esquiva el tema y entona el "no es asunto mío" que a mí tanto me gusta. Entiendo que alguien no quiera sembrar mal rollo cascándonos verdades como puños por si luego resulta escaldado, pero una advertencia a tiempo es un plus. Dos ya da que pensar y tres indica que los equivocados, oh cumbres de soledad mustios collados, somos nosotros. Yo debo de reconocer que soy de las que hago oído sordos a las advertencias ajenas sobre lobos con piel de cordero y, claro, así me va. Luego vienen los tenías razón, qué tonta he sido, pero el marrón me lo he comido yo y nadie puede decir que me ha puesto plato, cuchillo y tenedor para ello.
Alguien decía aquello de líbreme Dios de las buenas personas, que de las malas ya me libro yo. Y no le falta razón. Porque a los malos los vemos y los sentimos; a los falsos buenos los padecemos durante mucho tiempo confundiéndoles con medicina para el alma, se acaban transformando en una dolorosa enfermedad crónica y, o los extirpamos de cuajo o ahí quedan, prestos a volver a retorcernos las entrañas con alicates. Vale, tal vez me he pasado con el símil, pero si no es así, será parecido.
Ojalá todos fuéramos conscientes de una verdad como un templo: la mayoría no somos ni buenos ni malos, pero sí es cierto que hay personas con las que nos portamos mal y otras con las que nos ponemos el traje de angelitos derrochando dulzura y buen rollo. Y tal vez ni unas se merezcan ser víctimas de nuestro Mr. Hyde ni las otras de tanta generosidad y empatía. Si ponemos en una balanza quiénes de los que conocemos nos aportan más y nos dan más, seguramente encontraremos la solución al embrollo y tendremos clarísimo con quién merece la pena echar los restos y dar el do de pecho. Pero probablemente sea más cómodo no hacerlo, seguir jugando, y pegarnos la hostia en la siguiente casilla...  o arreársela al que menos lo merece. Ayyyy
P.D.: Acabo de darme cuenta de que el viento de Levante me pone de un humor de perros. Como un síndrome premenstrual multiplicado por tres. Luego dicen que el índice de delitos violentos sube en días de viento. Debería de ser una atenuante. Es una idea...