lunes, 6 de mayo de 2013

Más se perdió en Cuba

Se nos va el actor Willy Toledo a vivir a Cuba. Eso al menos cuentan los periódicos, para regocijo de los internautas, cuyo comentario más repetido es el archifamoso "tanta paz lleves como descanso dejas". No sé yo si será para tanto.
Conocí a Willy Toledo hace algunos años, después de su etapa en la serie Siete Vidas. Y he de decir que me cayó bien. Me pareció un tío divertido, sensato, de trato agradable, aunque ya entonces dejaba entrever que se trataba de un hombre complicado. No estoy segura de que la convivencia o la pervivencia a su lado sean la mejor de las recetas para la felicidad eterna, pero insisto en que se trata solo de una primera impresión. Con el tiempo, este actor que nos parecía tan majete cuando lo veíamos en la tele al lado de Javier Cámara, empezó a transformarse en un rojo de los de manual de entreguerras, tan colorado que parecía granate, adalid de las causas más escoradas a la izquierda, muchas de ellas igual de polémicas que de justificadas.
El problema de Willy Toledo, de cara a la opinión pública, es que todo la ventaja que le puede dar su pensamiento lo pierden sus formas. Da la impresión de que está perpetuamente cabreado y de que, en lugar de razonar, vocifera. También es cierto que se trata de un personaje público, lo que lo sitúa siempre en el ojo del tornado que él mismo se encarga de convertir en huracán. Dirá que son los medios los que hacen carnaza de cada una de sus proclamas, pero está claro que a él  le va la marcha. Mucho
Como todos aquellos que dictan sentencia desde un púlpito, es lógico que Toledo despierte odios y simpatías, aunque más de los primeros que de los segundos, incluidas las filas de la izquierda. Su vehemencia asusta y disgusta; podemos admitir que alguien intente darnos lecciones, pero difícilmente que lo haga gritando, en actitud demasiado agresiva como para suscitar algo diferente al rechazo o la perplejidad. Me refiero, por supuesto, a cómo lo puede percibir la mayoría que espera otro tipo de actitudes mucho más comedidas de nuestros rostros conocidos. Entendemos que en el fondo digan lo mismo, pero agradecemos que las formas transmitan más amabilidad que ferocidad.
En todo caso, nos guste o no, Willy Toledo, un hombre que, que se sepa, no ha hecho daño a nadie, está en su derecho de decir lo que quiera y profesar la ideología que le plazca. También a mudarse a Cuba o a Albacete, según le convenga. Recordemos que no es el primero de nuestros artistas prófugos y que hace ya bastantes años tuvimos en huida permanente a Marisol, la entonces novia de España, y a su muy rojo amor Antonio Gades, cubano de adopción, que también las liaba pardas. No creo que haya hacer mofa y befa ni debamos rasgarnos las vestiduras por unos o por los otros en tanto en cuanto se trata de una decisión personal que a la mayoría, en lo privado, no nos afecta.
Yo misma he ido de visita a Cuba en dos ocasiones, la primera de ellas para intentar analizar qué fue y qué es hoy la revolución. Lo que se ve es lo que hay y no lo que debería haber, porque sería digno de estudio imaginar en qué consistiría una Cuba sin ese invento hediondo llamado bloqueo que, solo por su mala e injusta praxis, convierte a la administración estadounidense en uno de los grandes delincuentes del planeta. Ateniéndome a los hechos comprobados, he de constatar que yo soy mucho más de Camilo Cienfuegos que del Che, muy guerrillero y nada político, o de Fidel, poco guerrillero y algo más político; que las artimañas de Fidel Castro para perpetuarse en el poder absoluto son dignas de estudio y un ejemplo de lo muy arteras que pueden llegar a ser las relaciones internacionales y que, como todo los regímenes, el castrismo tiene su lado bueno y su lado no tan bueno o incluso peor.
Recuerdo que, por ejemplo, cuando visité el Museo de la Revolución (yo sola paseando por aquellos pasillos), encontré varias fotos que señalaban, como uno de los grandes males de la época de Batista, el ejercicio indiscriminado de la prostitución. Basta con salir a la calle hoy mismo en La Habana para descubrir que pretender que la revolución ha acabado con esta práctica es un eufemismo de los gordos. Aunque eso sí, si algo no se le puede criticar al castrismo es que haya triunfado en su propósito de igualar a la población, aunque sea por abajo. Muy por abajo. Al contrario de lo que ya parece acto de fe universal, es totalmente incierto que en la época de Batista no se estudiara y ahora sí o que no hubiera sanidad y ahora sí; lo que ocurre es que antes estaba mal repartida entre las diferentes clases sociales de factura capitalista y ahora está convenientemente distribuida en solo dos: la exclusiva clase dirigente y la mayoría de la clase social empobrecida por una gestión discutible y, sobre todo, por el mencionado embargo, consentido y jaleado entre la comunidad internacional, la España del PP incluida.
Vivir en Cuba no es ningún chollo para nadie, aunque comprendo que si eres actor el abordaje es diferente, ya que hay mucha cultura interpretativa y una escuela cinematográfica donde han estudiado alguno de los grandes directores de nuestro país. Por lo demás, estoy convencida de que resulta demasiado fácil desencantarse del régimen en cuanto lo conoces de primera mano y compruebas que ya no se trata de la utopía casi cinematográfica que fue, con grandes protagonistas y mejores hazañas, sino de lo que es ahora, con unos gobernantes asentados en la duda existencial y un pasado que retroalimenta a muy duras penas un presente destinado a desaparecer.
El panorama que seguramente se encuentre Toledo en Cuba es el de un país absolutamente dependiente de sus aliados latinoamericanos y, en especial, de Venezuela, en tanto en cuanto China actúa a su conveniencia. Y a poco que a Maduro se las pongan complicadas, la alianza está destinada a fracasar. En ese caso, con el castrismo en caída libre, tenemos varias posibilidades; de ellas, la que yo más aborrezco es la de una isla convertida en otro Puerto Rico, un chollo para los Estados Unidos en tanto en cuanto están deseando meter mano a la perla del Caribe (¿por qué si no no acaban de desmantelar Guantánamo a pesar de las promesas electorales?).
Soy muy fan de la revolución que fue, no tanto del país que es ahora. Pero un pasado mítico no es suficiente razón para mudarse a un país: la vida se hace en el presente y mirando hacia el futuro. Dice Willy Toledo que está harto del capitalismo. Y yo, y aquel, y el de al lado. Hasta la señora que limpia el portal de mi casa tendría mucho qué decir al respecto. No sé si pretende seguir luchando contra el Estado al que considera opresor desde la lejanía o nos deja la causa en casa, para que la defendamos nosotros como bien podamos. Lo que sí tengo claro es que, al margen de sus opciones y decisiones y a diferencia de quienes tanto le critican en las redes, yo estaría encantada de que Willy volviera. Me gusta con actor y hasta considero que es un escritor decente. Y como no me voy a tomar jamás una cerveza con él, tampoco me hallo en posición de cuestionar nada más: ni sus actitudes ni mucho menos sus pensamientos o su conciencia.
Buen viaje y, cuando quieras, vuelve. Aquí seguiremos nosotros, con nuestras cositas. Como siempre...


domingo, 5 de mayo de 2013

Los mundos de Orwell

Hay varios libros que exigen la presunción de haberlos leído. Por ejemplo, el Quijote, que, si preguntáramos por ahí, muchos afirmarían sabérselo de memoria, aunque sería difícil sacarlos de los lugares comunes de Sancho, Rocinante, libros de caballería, Dulcinea o molinos de viento. Dicho lo cual, he de detenerme un momento para señalar que la segunda parte del Quijote me parece un soberbio y magnífico tostón. Ya pueden venir todos los eruditos y académicos de la lengua a por mí, que no voy a cambiar mi versión de los hechos.
Volviendo al título de este post, si el Quijote es uno de esos incunables que "todos" aseguramos haber tenido entre las manos alguna vez, 1984, de George Orwell, puede perfectamente ser otro. Más aún si reparamos en que se le mencionó mucho cuando Gran Hermano se convirtió en programa de televisión propagándose como la gripe aviar por las pantallas de todo el mundo. Las referencias eran inevitables en tanto en cuanto 1984 tiene su Big Brother, pero las diferencias entre la novela y el formato televisivo son tan abundantes como rotundas. Sobre todo porque el primero es una distopía amedrentadora y el segundo un cachondeo padre.
1984 nos presenta un régimen absolutamente inmune e indiferente al sufrimiento de la población. Un sistema de gobierno cruel y autoritario, que pone en práctica un control férreo y sin sentido con un único fin, el de perpetuarse en el poder. Se trata de obtener el poder por el poder, en tanto en cuanto estas cinco letras lo son todo. 1984 fue una fecha que pasó y, por mucho que les pese a los agoreros, ni hoy ni entonces andamos metidos en ese submundo orwelliano de carácter global, pero no digo yo que la profecía del autor no se haya cumplido en menor medida y en diferentes cuadros temporales. Ahora mismo, sin ir más lejos, tenemos el caso de Corea del Norte, territorio orwelliano que, además, cumple a la perfección otro de los argumentos del libro: el control a través del miedo. Pero no solo Corea del Norte es un ejemplo de un 1984 llevado a la realidad; también podríamos extrapolarlo a la Argentina de la dictadura, entre los años 1973 y 1976, a la dictadura de Pinochet en Chile o a los conflictos vascos e irlandés, por poner notables ejemplos de esa escalofriante coreografía de miedo y poder. Aunque tampoco hace falta irse a los grandes episodios de la historia para hallar ejemplos de lo que podría ser 1984 en su versión más de andar por casa: muchas empresas y/o grupos ejercen o pretenden ejercer ese dominio absoluto sobre el personal que nutre sus filas. El miedo a ser despedido, la autoridad impuesta de forma arbitraria, el intento de dominar el pensamiento y la interacción de las personas no andan muy lejos del universo diseñado por George Orwell. Al contrario, están peligrosamente cerca.
En el caso español, y antes de que nadie se me venga arriba, he de decir que cualquier parecido con la ficción es puro choteo. Al PP le encantaría perpetuarse en el poder a costa de sabotear los derechos más elementales de los ciudadanos, como el de manifestación, huelga y reunión, pero no puede porque sabe que, para ello, necesitaría pasarse por la entrepierna cualquier resorte democrático nacional y supranacional. El único parecido de la derecha española con el mundo orwelliano resulta hasta verbenero y está íntimamente relacionado con esa necesidad de agarrarse a la poltrona para no perder ni un ápice de su influencia en la administración pública, que tantos años le llevó asentar y que tan buenos dividendos les ha dado (al enriquecimiento de muchos de estos señores y señoras me remito). Y, haciendo un esfuerzo para ligar peras con manzanas, quizás encontremos cierta semblanza en que ellos también son muy de "si no estás conmigo, estás contra mí", ergo si no piensas como yo eres el enemigo en tanto en cuanto estás cuestionándote mi status quo y sembrando la duda en los demás de que, tal vez, no me merezca estar donde estoy o ser quien soy.
Pero hay grandes rasgos en el libro que es muy probable que nos suenen o nos toquen de cerca. En 1984 no existe la verdad porque la verdad no interesa; es preferible la confusión, sembrar la duda y la desconfianza en la masa que ha venido a sustituir al conjunto de individuos. Toda la filosofía de ese Gran Hermano que gobierna con mano de hierro se resume en las palabras que están escritas en la fachada de su paradójico Ministerio de la Verdad y que vienen a decir que "la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fuerza". ¿Tienen sentido? Ninguno, siempre y cuando nadie se lo busque. Aunque bien podríamos pensar que la guerra del pueblo es la paz y el seguro de vida para sus gobernantes, la esclavitud de muchos propicia la libertad de la minoría y la ignorancia de la masa es la fuerza de los poderosos. Todo lo cual nos lleva a pensar que cuánta más confusión siembre un régimen, más mentiras proclame, más odio escupa y más ignorancia perpetúe entre los ciudadanos, mayor y más firme será su anclaje en el poder. Y ahí sí es donde cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.
Lo peor de 1984 es que Winston, el héroe de la historia, sobrevive. Pero lo hace aceptando su rendición. Todos hemos visto a gente que ha dejado de pelear: en sus empresas, en sus casas, en las calles. Uno es héroe porque puede y hasta que las fuerzas, las circunstancias o las ganas le llevan a dejar de serlo. Y es muy complicado volver a atrás si te sientes solo y frustrado. El final de 1984 resulta terrible, no solo por lo odiosamente pragmático, sino por lo que tiene de espejo en el que mirarnos: "Dos lágrimas con olor a ginebra le resbalaron por las mejillas. Pero todo estaba bien, todo era perfecto, la lucha había finalizado. Se había vencido a sí mismo. Amaba al Gran Hermano".
El Big Brother de Gran Hermano se sostiene en las mentiras con las que justifica su triunfo. El poder sostenido sobre la mentira, la mentira sobre la perpetuación de la desigualdad. Y la rendición como única salida. La profecía que ninguno queremos que se cumpla, ni en lo público ni en lo privado.



miércoles, 1 de mayo de 2013

Cosas reales

Soy una se esas personas de tendencias ermitañas a quienes les traen al pairo los eventos de la realeza. Si no fuera por el hecho de que nos cuelan los oropeles hasta en los anuncios de yogur, no hubiera prestado atención a ningún bautizo, boda, comunión o funeral de esta panda que, según parece, ha sido ungida por Dios y por ello está donde está: sobre nuestras cabezas a mano derecha.
Debido, ya digo, a la insistencia de televisiones y otros medios en empacharnos con las cosas que les ocurren a estos señores y señoras, en su día pude tener, por ejemplo, un atisbo del bodorrio de nuestros príncipes. Y lo que vi me pareció frío y sin gracia, muy en consonancia con la novia, gélida y distante como no hay otra. Asimismo, también me enteré de los esponsales del británico Guillermo con esa chica que sonríe tanto y lleva vestidos de florecitas. Reparé algo menos en los fastos de Mónaco, y mira que los Grimaldi son los más divertidos de la pandilla con diferencia. Pero fue ver a esa ex nadadora, sometida a mil y un retoques para parecerse a su difunta suegra, y entrarme un mal rollo bastante preocupante. Hasta la Novia Cadáver me hubiera parecido una chica más mona y sencilla.
Estos días nos están dando la lata con la coronación de los nuevos reyes de Holanda. No sé cómo fueron vestidos la noche anterior, lo que cenaron o bailaron y la verdad tampoco me importa, pero sí hay un par de cosas reales que, inevitablemente, me llaman la atención: primero, el que un pueblo tan moderno como el holandés salga a la calle en estampida para celebrar los festejos más rancios que el mundo ha dado y, segundo, que el nuevo rey acabara su discurso de aceptación del "mandao" invocando la ayuda de Dios. No me extraña. También me sorprendió que se deshiciera en promesas de resolución de la crisis, aunque imagino que será para quedar bien. Desconozco cuál es la capacidad de acción y de reacción del monarca ante el parlamento de su país, pero no consigo ponerme en situación y visualizar a Guillermo Alejandro arengando a las masas y leyéndoles la cartilla a los bancos. Ni a él ni a ningún otro rey, incluidos los de la baraja.
A diferencia de mí, parece que medio mundo estaba centrado en la nueva reina consorte, esa chica argentina que, muy al contrario de nuestra nunca suficientemente admirada Letizia, parece divertida, cercana y empática. Tres características que les gustan mucho a los anglosajones, tal vez porque ellos no las predican en demasía. Además, da la impresión de que la pareja se lleva extraordinariamente bien, con el peligro inherente de que las niñas de lazo rosa y los niños de camisa planchada vuelvan a creer en los caballos (blancos, por supuesto), los finales felices y las perdices con colesterol. Amiguitos, tendréis que hacéroslo mirar.
Me alegro mucho de que a Guillermo y a su consorte les vaya divinamente, del mismo modo que me sigue sorprendiendo que Letizia se afane tanto en parecerse a la madrastra de Blancanives. Enhorabuena, porque lo está consiguiendo. Pero, sin duda, la mayor de mis sorpresas me ha sobrevenido cuando he escuchado los costes de la coronación: 11 millones de euros ha desembolsado el pueblo holandés para pagar los fastos de Guillermo Alejandro, su familia y amigos. ¿Quién dijo crisis? Desde mi perspectiva de pobre pig del sur de Europa, me cuesta trabajo entender cómo el holandés errante se ha dejado torear de semejante manera y, encima, lo ha aplaudido. Pero, bueno, a lo mejor piensan que componiéndole una canción infame como la que le han compuesto a su nuevo rey, van más que vengados.
Y tampoco les voy a criticar mucho: esta semana sabíamos que, mientras nuestro monarca Juan Carlos estaba en el hospital poniéndose remiendos a la caída que se hizo mientras cazaba elefantes en África, su querida Corinna compartía el mismo centro hospitalario para someterse a los procedentes arreglitos: pechos, liftings etc. Todo gratis, of course. Y, como tengo esa mente tan sucia, se me ocurre que a lo mejor fue Juan Carlos el que le costeó la ITV a su amiga del alma con el dinero de todos nosotros, ese mismo que no podemos ya emplear ni en comprarnos una crema antiarrugas del Mercadona. Comparado con semejante alevosía, los fastos holandeses me parecen el festejo de una final de Mundial: necesaria y merecida.
Larga vida a Guillermo Alejandro, su señora madre, su señora esposa y su señoras hijas y que Dios, y sus contribuyentes, le ayuden.