Ayer fue un día grande para los medios en general y para el PP en particular. Ante una oposición que se arrastra (luego no podrás gritar cuando te pisen), el Gobierno y sus redes anunciaban a bombo y platillo que el paro había bajado en nuestro país como (casi) nunca antes y que la prima de riesgo era poco menos que un dato ridículo que se paseaba por los mercados. Y no solo los partidarios del PP, resacosos ante las estadísticas que confirman que el partido de sus amores ganaría las próximas elecciones, estaban con ganas de celebrarlo: media España a punto anduvo de descorchar el champán caro, ése que los republicanos guardan para el advenimiento de la III.
No entiendo mucho de qué va esto. De hecho, creo que la mayoría de la población no sabe qué es la prima de riesgo y que, en sus cabezas, ha adquirido la categoría de coco, de monstruo de enormes fauces e infinidad de dientes, que un día vendrá y nos devorará por encima de nuestras posibilidades. En una entrada anterior ya me extendía sobre la prima y demás familia, así que no voy a explayarme, aunque sí indicar que, sin campaña de marketing mediante, el conflictivo dato se ha convertido en una máquina de asustar y agarrotar para aquellos que manejan el cotarro económico y que no somos ni yo, ni tú ni nosotros, sino más bien ellos.
Respecto al dato del paro, algunos analistas se echan las manos a la cabeza comparándolo con las espantosas cifras de población activa, pero lo suyo es como clamar en el desierto. La supuesta bonanza se alimenta de empleos precarios (que alguien se moleste en comprobar cuántos contratos indefinidos se eliminaron el año pasado) y del abandono forzoso de muchos integrantes de esta lista de empleo, expulsados por el sistema, que ya no contempla ayudas para ellos, o desalentados ante la imposibilidad de encontrar un trabajo. A todo ello habría que sumar la ausencia de los emigrantes retornados, los españoles que emigran y analizar a fondo el tema de la economía sumergida, reducto de aquellos a los que el dichoso sistema (qué anárquico suena todo) ha dejado de acoger entre sus brazos. De hecho, el fenómeno de la economía sumergida, o la latinización de nuestros mercados, como algunos lo llaman, tendría que ser fuente importante de preocupación del gobierno: de no existir, no creo que la población española, tan dada al siesteo, se mostrara igual de plácida y comprensiva ante el ahogamiento sistemático al que nos somete el PP armado de mentiras y falto de ideas. Aquí está pasando algo, y por mucho que Fátima Báñez, ungida por su virgen, inste a denunciarnos entre vecinos y parientes (al más puro estilo cubano; qué revolucionarios somos), la picaresca española tiende más a aquello de admirar al tramposo que a ponerle al pie de los caballos. O de las gaviotas, que para el caso da igual.
Sin embargo, la noticia verdaderamente deslumbrante del día fue el nacimiento del primer retoño de una pareja. Ni son de la realeza ni se les espera, pero parece que, para este país, un portero de fútbol y una chica guapa representan lo más de lo más del estrato social. Personalmente, les doy mi enhorabuena, pero no entiendo que este par, que no ha hecho nada destacable en pro del bien de la humanidad ni el progreso social y económico, ocupe las primeras páginas de la prensa "seria". Sería absurdo que no aparecieran en las revistas del corazón y los medios amarillentas, aunque no creo que lo suyo, tan pueril en su normalidad, merezca el tratamiento principesco que se le está dando. A no ser que, claro, en un país donde, según Gallardón, solo eres una auténtica mujer cuando te pones a parir, lo mismo este tipo de noticias merezcan un lugar de privilegio en el No-Do de los informativos ad hoc. Así nos va.
La mejor noticia (y con reparos) es que el libro de El Gran Wyoming, No estamos locos, es el más regalado de estas fiestas, por encima del engendro que cuenta la vida de Belén Esteban y que se ha convertido en el opio cultural del pueblo, deseoso de ser "salvado" por la nada absoluta. Reconozco que el escrito de Wyoming está lleno de obviedades, pero son obviedades muy sensatas que todos deberíamos releer de vez en cuando para saber quiénes somos y dónde estamos. Ni siquiera exige un ejercicio profundo de reflexión y comprensión, sino de mero sentido común. Basta con echar un vistazo a las "reacciones de los reaccionarios" ante la aparición de Wyoming en el top ten de los más leídos (llamándole cosas tan bonitas como feo, engendro y sinvergüenza) para saber que lo suyo escuece. Así que sigámosle de cerca ahora que aún nos dejan.
Mientras, yo me debato entre una lectura sobre la dinámica del anarquismo en la Patagonia y Tierra de Fuego, y otra sobre Práxedis G. Guerrero, un anarquista en la Revolución Mexicana. Si alguien me llama rara o pedante, a lo mejor es que lo soy, pero ¿y lo a gustito que me quedo?
sábado, 4 de enero de 2014
jueves, 2 de enero de 2014
Con las manos en la masa
No tengo nada en contra de los concursos de cocina. Tampoco nada a favor. Como se deduce de mis palabras, lo cierto es que no he visto ninguno, ni Top Chef, ni MasterChef ni el Chef que parió a Peneque. Supongo que cada época tiene sus modas, y como ahora mismo la cocina no se encuentra entre las prioridades del hombre o la mujer modernos, este tipo de programas despiertan en nosotros la misma curiosidad que el Quimicefa que nos regalaban de niños y que nos servía para llenar nuestros acogedores hogares de aromas nunca olidos por ser vivo alguno.
Reconozco que la cocina no es precisamente una disciplina que se me de mal: le dedico tiempo, cariño e intuición y, tal vez por eso, los espacios televisivos en los que un chef se recrea mandando a sus tropas no me despierta la mínima curiosidad. De vez en cuando leo alguna crítica, como la última del MasterChef junior, donde, al parecer, les mostraron a los niños un dulce ternerillo para, acto seguido, enseñarles el partido que podían sacarle armados con un cuchillo y un poco de fuego. Para que luego nos quejemos del trauma de la madre de Bambi o del daño que ha hecho Cenicienta a los conceptos de familia moderna.
Sin embargo, reconozco que sí estoy enganchada (en la medida de lo posible) a otro formato, Renovators (Divinity), curiosamente de los mismos ideólogos que el famosísimo MasterChef. Ambos beben de sus raíces australianas, un país del que, como se suele decir, me gustan hasta los andares. Si algún día consigo darme un garbeo por las Antípodas ya estaré en paz con la vida, con el mundo y hasta con el Real Madrid. En fin… sea por lo que sea, a mí esto de ver a un puñado de mozos y mozas ejerciendo de paletas, enladrillando, amartillando y encofrando, me sube la bilirrubina. Sí, al más puro estilo Juan Luis Guerra.
Me considero uno de esos aburridos seres a los que se le da bien idear cosas pero muy mal llevarlas a la práctica. Sería una especie de Santiago Calatrava en zapatillas: puedo soñar naves más allá de Orión que, a la hora de reconstruirlas, lo mismo me sale un zurullo con pinta de higo chumbo. Mi cabeza y mis manos van cada una a su bola, aunque confieso que siempre he sacado muy buena nota en las asignaturas que tenían algo que ver con el arte y la creatividad. Supongo que poner mucha voluntad cuenta, porque si no, no me lo explico. De ahí que sienta tanta fascinación hacia la gente que puede crear cosas con las manos. Y, gracias a Renovators, me he dado cuenta que, si pusiera pedir un deseo, me parecería más a Pepe Gotera que a Pablo Alborán, aunque en la realidad me asemeje a los dos lo mismo que un capitel románico a un neumático.
Los chicos de Renovators tienen que afrontar retos semanales para ganar dinero y reformar una casa asignada a cada equipo. Porque sí, trabajan en grupo, aunque los miembros de los equipos que pierden los retos periódicos se ven a obligados a enfrentarse entre ellos. El que pierda es eliminado. De esa forma, cada vez van quedando menos para cumplir el reto, que es dejar la casa adjudicada hecha un pincel y ponerla a subasta. El concursante que logre mayor beneficio de la transacción será el ganador.
Como el programa se grabó en 2011, una, que es muy curiosa, ya sabe quién fue el vencedor y, por una vez y sin que sirva de precedente, el campeón coincide con mi favorito. Pero al margen del factor concurso/carrera/premio, lo que me llama la atención de Renovators es que es un programa amable, donde todos intentan superarse día a día y con un jurado fantástico al que te gustaría invitar a tu casa en Nochebuena y atarlos a la pata de la cama para que se quedaran, como mínimo, hasta San Valentín.
Pero, además de babear con la pericia y la simpatía de los jueces, me quedo embobada con la resolución de los retos y las masterclass que nos dan de albañilería, fontanería y hasta de combinación de colores y texturas. Recuerdo, por ejemplo, una prueba en la que los distintos equipos tenían que desguazar un coche y crear con las piezas un espacio, que podía ser una habitación de hotel, una sala de esparcimiento, un restaurante etc. Todavía estoy flipando con el resultado final de las distintas propuestas y la imaginación desatada de este puñado de australianos a los que contrataría, desde ya, para ejecutar la obra pública de cualquier ciudad española.
Sin embargo, por encima de todo, lo que me gusta de Renovators (supongo que también de MasterChef si lo viera) es que no hay gritos ni faltas de respeto y, no obstante, persiste la emoción; que el espectador aprende algo sin dejar de sentir los "colores" (en este caso literalmente, porque los equipos se identifican por el tono de su uniforme); que los retos superan nuestras expectativas cada semana y que podemos ser capaces de empatizar con las alegrías y las frustraciones de los concursantes sin sentirnos culpables por ello. Para mí es el show redondo, aunque dudo de que muchos espectadores españoles estén de acuerdo con mis apreciaciones.
Me encantaría que alguna productora patria asumiera el reto de crear un Renovators a la española, aunque imagino que los costes serían desorbitados: solo montar la parafernalia del hangar de pruebas y las casas para reformar ya valdría una pasta indecente. A lo mejor les saldría un programa tipo Reforma sorpresa pero con más peña; a lo peor, un engendro del palo de Esta casa es una ruina, versión salchichera de un programa norteamericano, y que pasó a la historia por acoger entre sus "expertos" a un ex novio de cierto presentador de televisión al que ya hace mucho tiempo que se le fue la pinza. Toquemos madera, nunca mejor dicho.
Reconozco que la cocina no es precisamente una disciplina que se me de mal: le dedico tiempo, cariño e intuición y, tal vez por eso, los espacios televisivos en los que un chef se recrea mandando a sus tropas no me despierta la mínima curiosidad. De vez en cuando leo alguna crítica, como la última del MasterChef junior, donde, al parecer, les mostraron a los niños un dulce ternerillo para, acto seguido, enseñarles el partido que podían sacarle armados con un cuchillo y un poco de fuego. Para que luego nos quejemos del trauma de la madre de Bambi o del daño que ha hecho Cenicienta a los conceptos de familia moderna.
Sin embargo, reconozco que sí estoy enganchada (en la medida de lo posible) a otro formato, Renovators (Divinity), curiosamente de los mismos ideólogos que el famosísimo MasterChef. Ambos beben de sus raíces australianas, un país del que, como se suele decir, me gustan hasta los andares. Si algún día consigo darme un garbeo por las Antípodas ya estaré en paz con la vida, con el mundo y hasta con el Real Madrid. En fin… sea por lo que sea, a mí esto de ver a un puñado de mozos y mozas ejerciendo de paletas, enladrillando, amartillando y encofrando, me sube la bilirrubina. Sí, al más puro estilo Juan Luis Guerra.
Me considero uno de esos aburridos seres a los que se le da bien idear cosas pero muy mal llevarlas a la práctica. Sería una especie de Santiago Calatrava en zapatillas: puedo soñar naves más allá de Orión que, a la hora de reconstruirlas, lo mismo me sale un zurullo con pinta de higo chumbo. Mi cabeza y mis manos van cada una a su bola, aunque confieso que siempre he sacado muy buena nota en las asignaturas que tenían algo que ver con el arte y la creatividad. Supongo que poner mucha voluntad cuenta, porque si no, no me lo explico. De ahí que sienta tanta fascinación hacia la gente que puede crear cosas con las manos. Y, gracias a Renovators, me he dado cuenta que, si pusiera pedir un deseo, me parecería más a Pepe Gotera que a Pablo Alborán, aunque en la realidad me asemeje a los dos lo mismo que un capitel románico a un neumático.
Los chicos de Renovators tienen que afrontar retos semanales para ganar dinero y reformar una casa asignada a cada equipo. Porque sí, trabajan en grupo, aunque los miembros de los equipos que pierden los retos periódicos se ven a obligados a enfrentarse entre ellos. El que pierda es eliminado. De esa forma, cada vez van quedando menos para cumplir el reto, que es dejar la casa adjudicada hecha un pincel y ponerla a subasta. El concursante que logre mayor beneficio de la transacción será el ganador.
Como el programa se grabó en 2011, una, que es muy curiosa, ya sabe quién fue el vencedor y, por una vez y sin que sirva de precedente, el campeón coincide con mi favorito. Pero al margen del factor concurso/carrera/premio, lo que me llama la atención de Renovators es que es un programa amable, donde todos intentan superarse día a día y con un jurado fantástico al que te gustaría invitar a tu casa en Nochebuena y atarlos a la pata de la cama para que se quedaran, como mínimo, hasta San Valentín.
Pero, además de babear con la pericia y la simpatía de los jueces, me quedo embobada con la resolución de los retos y las masterclass que nos dan de albañilería, fontanería y hasta de combinación de colores y texturas. Recuerdo, por ejemplo, una prueba en la que los distintos equipos tenían que desguazar un coche y crear con las piezas un espacio, que podía ser una habitación de hotel, una sala de esparcimiento, un restaurante etc. Todavía estoy flipando con el resultado final de las distintas propuestas y la imaginación desatada de este puñado de australianos a los que contrataría, desde ya, para ejecutar la obra pública de cualquier ciudad española.
Sin embargo, por encima de todo, lo que me gusta de Renovators (supongo que también de MasterChef si lo viera) es que no hay gritos ni faltas de respeto y, no obstante, persiste la emoción; que el espectador aprende algo sin dejar de sentir los "colores" (en este caso literalmente, porque los equipos se identifican por el tono de su uniforme); que los retos superan nuestras expectativas cada semana y que podemos ser capaces de empatizar con las alegrías y las frustraciones de los concursantes sin sentirnos culpables por ello. Para mí es el show redondo, aunque dudo de que muchos espectadores españoles estén de acuerdo con mis apreciaciones.
Me encantaría que alguna productora patria asumiera el reto de crear un Renovators a la española, aunque imagino que los costes serían desorbitados: solo montar la parafernalia del hangar de pruebas y las casas para reformar ya valdría una pasta indecente. A lo mejor les saldría un programa tipo Reforma sorpresa pero con más peña; a lo peor, un engendro del palo de Esta casa es una ruina, versión salchichera de un programa norteamericano, y que pasó a la historia por acoger entre sus "expertos" a un ex novio de cierto presentador de televisión al que ya hace mucho tiempo que se le fue la pinza. Toquemos madera, nunca mejor dicho.
miércoles, 1 de enero de 2014
Deseos de año nuevo
Estamos que lo tiramos. El gobierno se ha calzado la túnica de Rappel, ha echado mano de bola de cristal y ha empezado a lanzar pronósticos al aire como árbol que escupe polen. Por supuesto, en 2014 bajarán los impuestos, se crearán empleos a un ritmo desenfrenado y nuestra economía irá como un cohete, entre otras señales de incalculables bonanzas. Lancémonos compañeros y compañeras a vivir por encima de nuestras posibilidades, demotizar nuestras viviendas, dar la vuelta al mundo del derecho y del revés (más del derecho) y a gastar como si no hubiera un mañana. Sobre todo porque, a lo mejor, no lo hay...
Lo que el gobierno no nos cuenta es que las bajadas de algunos impuestos es algo que, como en la Comunidad de Madrid, ya estaba previsto y no encierra nada novedoso sino que, en realidad, viene a "tapar" otras lamentables y muy dolorosas subidas (al tiempo); que la creación de empleo pasa por la "invención" de nuevas y entretenidas formas de precariedad que tal vez rocen la esclavitud y que parte de ese crecimiento económico augurado se debe a que nuestro país está de rebajas: todo se vende a precios de risa, lo que conlleva una masiva entrada de especuladores internacionales dispuestos a llevarse la marca España, con productos de todo a un euro. Bueno, y las remesas que nos envían nuestros emigrantes también cuentan; sí esas personas que, no es que emigren, sino que se van por ahí a ver mundo y luego contárnoslo. El orgullo de ser español, como diría un conmovedor anuncio de chorizos (¿alguien ha pensado en la paradoja?).
Al margen de que a los ínclitos miembros del desgobierno español se les haya subido el champán a la cabeza (champán, no cava; a los catalanes ni agua de Valencia), yo tengo varios deseos que formularles para el año que empieza:
-Que ya que ser español es una pena, no centren sus esfuerzos en que ser española y, además, mujer, sea una miseria. Unos rancios señores no tienen el más mínimo derecho a legislar sobre el uso del cuerpo femenino ni la intimidad del ser humano. Nadie le puede obligar a otro a vivir de una determinada manera. Por supuesto que le puede indicar cómo debería hacerlo (en su opinión), pero nunca decidir por él como si fuera un deficiente mental. El Estado debe proporcionar los mecanismos a los ciudadanos para convivir en libertad y armonía, no fomentar el odio ni ejercer de padre castrador. Es algo ruin y roza la indecencia si no es que ya la penetra profundamente.
-Que abandonen sus propósitos de seguir comerciando con nuestros bienes públicos más preciados. La sanidad y la educación constituyen nuestro tesoro y ellos son el dragón de Smaug que quiere esquilmarlos para hacer caja. Además, estoy convencida de que la privatización express de determinados servicios sanitarios no va a solucionar problemas sino a crearlos. Y, claro, no será este gobierno el que se comerá el marrón: lo hará el que venga (aunque el deseo no sea para este año, gane quien gane las próximas elecciones, por favor, que no le toque el gordo de la mayoría absoluta).
-Que los salarios dejen de ser los de un país bananero (más parecidos a los africanos que a los europeos) y suban acorde a ese milagroso crecimiento que pronostica De Guindos poniendo cara de perrito tristón. No pedimos grandes desembolsos, simplemente que nos llegue para cubrir el alza de los servicios básicos que, mire usted por dónde, hoy mismo se han subido a la parra de las uvas que nos tragamos ayer. Y si, además, nos sobra para comprar comida, pagar libros de texto y costearnos alguna que otra medicina, mejor que mejor.
-Que personajes como Ana Botella, Ignacio González, Esperanza Aguirre, José María Aznar y otros próceres del partido impopular, alguno de ellos en ejercicios de sus funciones, que no de sus facultades, desaparezcan de la vida pública y sean desahuciados de sus poltronas (a ver si así entienden lo que se siente). Todos a la vez, si es posible y saltando la valla de Melilla en sentido contrario. Para probar que, como ellos dicen, las famosas alambradas solo causan cosquillas y dan un gustirrilín primoroso.
-Que los corruptos renuncien a sus cargos públicos y sean condenados por sus delitos. Que se impute a tontas y a listas y que las penas de toda esta panda de sinvergüenza no causen entre risa y asco.
-Que la Iglesia pague impuestos de una vez; que de verdad ejerza su primitiva función de defensa de los pobres y desamparados y no de los ricos y poderosos. Que cambie la ley de financiación de los partidos y que la monarquía haga acto de contrición y vaya pensando que su existencia, ahora mismo, es absurda, y que, solo tal vez, una retirada a tiempo sería una inmensa victoria.
-Que, personalmente, vuelva a creer que los milagros existen y que los sueños se cumplen. Los que no somos imbéciles -al menos, no demasiado- también tenemos derecho a nuestros momentos de gloria.
Y si hay alguien ahí fuera que se preste a leer esta entrada, buen 2014. Como dije en mis felicitaciones de rigor, ya toca que este nuevo año se porte un caballero y nos invite a cenar o, al menos, nos ceda al paso. Estamos hartos de gañamos. Y si, como sus predecesores, se empeña en seguir dándonos por el orto, que al menos lo haga con cariño. Nos lo hemos ganado.
Lo que el gobierno no nos cuenta es que las bajadas de algunos impuestos es algo que, como en la Comunidad de Madrid, ya estaba previsto y no encierra nada novedoso sino que, en realidad, viene a "tapar" otras lamentables y muy dolorosas subidas (al tiempo); que la creación de empleo pasa por la "invención" de nuevas y entretenidas formas de precariedad que tal vez rocen la esclavitud y que parte de ese crecimiento económico augurado se debe a que nuestro país está de rebajas: todo se vende a precios de risa, lo que conlleva una masiva entrada de especuladores internacionales dispuestos a llevarse la marca España, con productos de todo a un euro. Bueno, y las remesas que nos envían nuestros emigrantes también cuentan; sí esas personas que, no es que emigren, sino que se van por ahí a ver mundo y luego contárnoslo. El orgullo de ser español, como diría un conmovedor anuncio de chorizos (¿alguien ha pensado en la paradoja?).
Al margen de que a los ínclitos miembros del desgobierno español se les haya subido el champán a la cabeza (champán, no cava; a los catalanes ni agua de Valencia), yo tengo varios deseos que formularles para el año que empieza:
-Que ya que ser español es una pena, no centren sus esfuerzos en que ser española y, además, mujer, sea una miseria. Unos rancios señores no tienen el más mínimo derecho a legislar sobre el uso del cuerpo femenino ni la intimidad del ser humano. Nadie le puede obligar a otro a vivir de una determinada manera. Por supuesto que le puede indicar cómo debería hacerlo (en su opinión), pero nunca decidir por él como si fuera un deficiente mental. El Estado debe proporcionar los mecanismos a los ciudadanos para convivir en libertad y armonía, no fomentar el odio ni ejercer de padre castrador. Es algo ruin y roza la indecencia si no es que ya la penetra profundamente.
-Que abandonen sus propósitos de seguir comerciando con nuestros bienes públicos más preciados. La sanidad y la educación constituyen nuestro tesoro y ellos son el dragón de Smaug que quiere esquilmarlos para hacer caja. Además, estoy convencida de que la privatización express de determinados servicios sanitarios no va a solucionar problemas sino a crearlos. Y, claro, no será este gobierno el que se comerá el marrón: lo hará el que venga (aunque el deseo no sea para este año, gane quien gane las próximas elecciones, por favor, que no le toque el gordo de la mayoría absoluta).
-Que los salarios dejen de ser los de un país bananero (más parecidos a los africanos que a los europeos) y suban acorde a ese milagroso crecimiento que pronostica De Guindos poniendo cara de perrito tristón. No pedimos grandes desembolsos, simplemente que nos llegue para cubrir el alza de los servicios básicos que, mire usted por dónde, hoy mismo se han subido a la parra de las uvas que nos tragamos ayer. Y si, además, nos sobra para comprar comida, pagar libros de texto y costearnos alguna que otra medicina, mejor que mejor.
-Que personajes como Ana Botella, Ignacio González, Esperanza Aguirre, José María Aznar y otros próceres del partido impopular, alguno de ellos en ejercicios de sus funciones, que no de sus facultades, desaparezcan de la vida pública y sean desahuciados de sus poltronas (a ver si así entienden lo que se siente). Todos a la vez, si es posible y saltando la valla de Melilla en sentido contrario. Para probar que, como ellos dicen, las famosas alambradas solo causan cosquillas y dan un gustirrilín primoroso.
-Que los corruptos renuncien a sus cargos públicos y sean condenados por sus delitos. Que se impute a tontas y a listas y que las penas de toda esta panda de sinvergüenza no causen entre risa y asco.
-Que la Iglesia pague impuestos de una vez; que de verdad ejerza su primitiva función de defensa de los pobres y desamparados y no de los ricos y poderosos. Que cambie la ley de financiación de los partidos y que la monarquía haga acto de contrición y vaya pensando que su existencia, ahora mismo, es absurda, y que, solo tal vez, una retirada a tiempo sería una inmensa victoria.
-Que, personalmente, vuelva a creer que los milagros existen y que los sueños se cumplen. Los que no somos imbéciles -al menos, no demasiado- también tenemos derecho a nuestros momentos de gloria.
Y si hay alguien ahí fuera que se preste a leer esta entrada, buen 2014. Como dije en mis felicitaciones de rigor, ya toca que este nuevo año se porte un caballero y nos invite a cenar o, al menos, nos ceda al paso. Estamos hartos de gañamos. Y si, como sus predecesores, se empeña en seguir dándonos por el orto, que al menos lo haga con cariño. Nos lo hemos ganado.
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