miércoles, 8 de febrero de 2012

A la francesa

Las riñas entre vecinos es un clásico. Yo diría que, junto con las peleas de novios, conforman el dúo más dinámico de las relaciones sociales. La envidia, el rencor, el mirar por encima del hombro y el cotilleo fino son más de lo mismo entre quienes habitan espacios colindantes, que observan la vida del de al lado como si de una telenovela se tratara.
Lógicamente, teniendo en cuenta que entre quienes habitan el mismo edificio la cosa se pone a veces insoportable, entre países colindantes el asunto puede alcanzar tintes de dramatismo. No hablo ya de los conflictos bélicos, sino de la insistencia en tocar las pelotas allá donde más duele: el honor patrio. Y en esto, amigos, el conflicto bilateral España y Francia ha dado para muchos chistes y alguna que otra lágrima.
Si analizamos el enfrentamiento de baja cama que nos traemos galos e hispanos desde hace siglos, comprobaremos que el hecho de que, durante bastante tiempo, uno haya sido el rico y el otro el pobre, nos ha marcado a fuego. Si no, no es de recibo que a Portugal le queramos, como mínimo, hacer un hijo, mientras a los franceses, lo que nos gustaría de verdad es hacerles la puñeta. Tanto historial común de fronteras cortadas, camioneros portándose como verduleros al ritmo de allons enfants de la patrie, humillaciones políticas y aplastamientos deportivos nos han hecho mirar al país vecino con mal de ojo.
En el fondo, vete tú a saber si este país no se declara monárquico recordando aquel triste episodio en el que Fernando VII fue rehén de las tropas francesas. A lo mejor, si hubiera sido amedrentado por albano-kosovares, hoy estaríamos dando vivas a la República y poniéndoles pisos de protección oficial a los albaneses en alguna playa de Ibiza. Es una idea.
Pero hete aquí que la historia nos ha permitido vengarnos a través de las gestas deportivas de nuestros musculados mozos. Daba gusto ver a Rafa Nadal triunfando en Roland Garros, a Contador merendándose los Tours o a la selección española de más de una disciplina dándole su buen repaso a su homónima francesa. Pero lo mejor era observar el gesto contraído de los franceses, notarles obligados a vomitar palabras amables sabiendo que la bilis se les estaba haciendo un ocho... Todas esas cosas que, en el fondo, alegran y suben la moral del españolito de a pie.
Por ello, que a Contador se le condene como gran gurú del dopaje a instancias galas no convence; que los guiñoles franceses insinúen que Rafa Nadal le da a algo más que al colacao y a los bonos de Banesto duele; que Yannick Noah, ese ejemplo de vida sana y costumbres rectas, dude de lo que toman los españoles en el desayuno espanta y que Platini se ponga farruco con los futbolistas españoles, directamente, cansa. Estamos convencidos de que, tras muchos experimentos de laboratorio para aguarnos la fiesta, al fin los galos han encontrado una vía de acción que les permite ejercer su derecho al pataleo, y eso acrecienta más nuestra conciencia común de pueblo español levantado en armas contra el enemigo. No digo yo que nos falte razón, aunque nos sobre mala leche cuando llenamos de epítetos la definición de lo que viene a ser un francés (que nadie se ponga en plan desviado que nos conocemos). Da igual que sus satíricos guiñoles pongan a parir a todo lo que se menea (desde Carla Bruni a Tony Parker); a nosotros los que nos molesta es que nos toquen lo nuestro. Y con razón, porque toda duda ofende y la duda, cuando la formula un galo, ofende más.
No obstante, es obligado puntualizar que Dios debe de ser español, porque sin haber pasado por ventanilla, nos ha regalado, en última instancia, una sonora acusación de dopaje contra Jeannie Longo, la ciclista estrella más allá de los Pirineos. Aquí, cada ombligo que se limpie sus propias pelusas. Pero el "y tú más" no es nuestra única arma de destrucción más fina en estos momentos: ahí tenemos a Jose Mota obsequiándonos con sus imitaciones de Sarkozy. Los franceses tienen sus guiñoles, pero a nosotros, españolitos bajitos, morenos y cabreados, no nos cabe el orgullo hispano en el pecho tras haber parido y jaleado a semejante ridículo remedo del presidente francés. Nos quedan la mofa, la befa y, si acaso, la fifa. Mientras pensamos qué vichyssoise hacer con ellas, ya estamos tardando en comernos nuestro queso y pasar del francés. Total, está lleno de agujeros...

martes, 7 de febrero de 2012

Asuntos de familia

Cuando era pequeña, recuerdo que me decían que los trapos sucios de la familia se lavaban en casa. Que había que intentar esconder al mundo las desavenencias y dar la imagen pública de clan unido y feliz, inasequible a las tormentas y los maremotos. No sé si estoy del todo conforme. Con el tiempo (y reconozco que ésta es una idea de última generación que he abrazado hace bien poco) he llegado a la conclusión de que hay gente que no se merece buenas palabras por parte de nadie y menos de una servidora. Basta ya de remilgos y de esconder heridas tras comentario bienintencionados. Cuando alguien te hace daño, el resto del mundo merece saber, al menos, tu opinión, para poder decidir si, llegado al caso, le conviene contemporizar y caminar con según qué gente. En resumen: me parece mucho más innoble hablar maravillas de alguien sabiendo que, en el fondo, es un hijo de meretriz, que contar tu experiencia acerca de esa persona y descubrir lo que verdaderamente piensas de ella. Quizás sea una kamikaze, pero ya digo que no se trata de algo natural: la vida me ha hecho así.
Y, no obstante, no puedo sino sorprenderme ante este revuelo mediático que protagonizan las familias más desunidas de este país quienes, en vez de emplear, como todos, las fiestas navideñas para meterse el pavo por donde nunca escampa, aprovechan los medios de comunicación para lanzar denuncias de juzgado de guardia. Entre las tribulaciones de los Janeiro, los Thyssen y otras dinastías igual de tragicómicas, tendríamos para varios años de Sálvames, Norias y otros programitas del montón. Alea jacta est.
Los últimos en saltar a la palestra han sido los Sánchez Vicario, con el agravante de tener a varias estrellas en la familia, lo cual me resulta, como mínimo, chocante. No comulgo con esos padres que explotan a sus hijos desde la más tierna infancia, entendiendo por explotar el someterles a un exagerado escrutinio público y a una disciplina totalmente desacorde con su edad. En esa ingenuidad que siempre pongo por delante, creo que hay una etapa para todo: los niños deben ser niños, los adolescentes ejercer como tales y las mujeres de más de 40, meterse a monjas de clausura. En el drama de los Sánchez Vicario, narrado por capítulos a lo largo y ancho de la biografía que Arantxa publica La Esfera de los Libros, se nota, se siente este tema de la utilización de los hijos por parte de los padres, asunto que me parece desagradable si lo entendemos tal como ella lo cuenta: como una forma de explotación (insisto en el palabro) a mayor beneficio de las arcas paternas.
No sé si Arantxa tiene razón, si se le ha ido la pinza o si es una víctima de la sociedad de consumo deportivo, pero lo que resulta innegable es que la ahora madre de familia no vivió una niñez ni adolescencia al uso y eso no debe de ser bueno. Como ya dije en otros posts anteriores, opino que, a determinadas edades, no tienes la razón suficiente para saber qué quieres hacer con tu vida (inciso: algunos no la tienen ni a edades bastante más avanzadas), pero sí depositas una confianza ciega en quien para ti es ejemplo y autoridad, ya sean padres, profesores, etc. Resulta lógico y natural que entiendas que sus decisiones son más por tu bien que por el suyo. Si, con el tiempo, la confianza se traiciona, la madurez enfoca las cosas de otra forma y las rencillas se manifiestan de distinta manera, ése es otro cantar que cada uno entona con las notas que le vienen dadas. El rebote de Arantxa, en un principio por motivos absolutamente financieros, esconde algún que otro trauma y, a mi parecer, una personalidad influenciable, precisamente porque se la ha educado para eso desde pequeña: el dejarse guiar por quien considera que quiere lo mejor para ella.
Al margen de esto, reconozco que los comentarios a pie de micrófono de su madre, poniéndose en pie de guerra, no son propios de aquella que la parió. Creo que la dignidad, muchas veces, se guarda entre cuatro paredes, y no hay necesidad alguna de salir a la palestra para pelearte con tus hijos en los programas del corazón. El que te defiendas de una manera tan pública en asuntos tan internos indica una muy criticable falta de respeto por lo privado, la escena de las mejores operetas. Vale, tu hija ha dado el primer paso y te ha entregado a las hienas; pero aun así, opino que el deber de los familiares ofendidos es resolver las cosas domésticas en el ámbito doméstico, recurriendo a los juzgados si procede, pero siempre intentando recuperar el cariño asesinado a cañonazos. Es un asunto de amor. Amor ajeno a veces pero, sobre todo, amor propio.
Cuando le entregas al mundo tu vida, también le estás dando la capacidad de decidir sobre ella. Eso, y la oportunidad de contar tus miserias a cambio de unos reales. ¿Compensa? Parece ser que sí. Pero yo, tan carca para algunas cosas, entre éste método y el de los Corleone, dignos adalides del "para qué discutir cuando puedes pelear", me quedo con estos últimos. Más que nada, porque ellos tienen a Marlon Brando y los otros no. Todavía hay clases... y clase.

lunes, 6 de febrero de 2012

Roky 2

Aunque los sucesos que nos entretienen en este post ocurrieron hace ya unos meses, es ahora cuando el relato de los hechos se ha arrojado sobre los leones de la opinión pública que, lejos de merendarse al contrincante, ha empatizado con él. Es lo que pasa cuando metes en una misma ecuación 15M, conciencia, poli bueno y polis malos.
Según cuentan los periódicos y suscriben quienes presenciaron los hechos, a un madero, de nombre Roky Sierra, se le ocurrió presentarse un día en una de las asambleas del 15M convocadas en la Puerta del Sol y, además, decir unas palabras. A buenas horas. El hombre no hizo más que corroborar lo que todos pensamos y hubiéramos aplaudido en semejante situación: que ha lugar para la indignación y la rebeldía, que los ciudadanos merecen ser escuchados y los políticos deben verse obligados a reflexionar sobre tanto malestar social. La diferencia es que tuvo la osadía de meter entre medias la coletilla "soy policía" y liarla parda: sus superiores tardaron en suspenderle de empleo y sueldo lo que yo en sacar la tarjeta cuando voy de compras. A ver quién es más shérif.
Si hacemos memoria, el estamento policial no fue precisamente el más venerado durante las concentraciones. De hecho, todos los días se impartían cursillos sobre la marcha para ayudar a la gente a reaccionar si venían los antidisturbios y disolvían la acampada por las bravas. Para muchos de los reunidos, los maderos eran el enemigo al acecho, con lo que ya partimos de un problema segregatorio de base.
Quiero imaginar que detrás de ese uniforme, como el de todos, se esconden personas que piensan y tienen sus ideas. Algunas pensarán mal, otras bien y no faltará quien no piense. La gran mayoría se limitará a acatar órdenes, aunque su conciencia y honor le motiven a hacer lo contrario. Pero para eso le pagan. Como en cualquier otro colectivo, habrá bestias pardas que se vuelvan locas de emoción con un arma en sus manos, sea ésta una recortada o un tirachinas. Pero seguro que también existen policías vocacionales, que desempeñan su trabajo por lo que tiene de servicio social y a la comunidad; siguiendo el afán de hacer el bien y castigar a los malos. Sea cual sea la motivación de cada uno y las veces que saque la porra, creo que todos y cada uno de los policías, bomberos, mecanógrafos, ingenieros y hasta futbolistas tienen todo el derecho de pensar lo que quieran y sobre lo que quieran. Es más: desconozco cuáles son las leyes internas que rigen la profesión de Roky ni su facilidad o dificultad para asociarse, pero opino que, mientras sus opiniones públicas no atenten contra el estamento ni insulten a la autoridad que le paga y mantiene, no  debería surgir ningún problema a la hora de manifestarla. Más aún si tenemos en cuenta que los policías son ciudadanos amparados en última instancia por la Constitución. Sí, ese papel absurdo que algunos guardamos en el cajón de las tontadas y que habla de cosas tan ñoñas como la libertad de expresión, el derecho de asociación, a una vivienda digna, etc. etc.
No sé que tiene de malo que Roky Sierra dirija unas palabras al público en un momento de adrenalina común y motivación compartida. Es como si un médico lee unos párrafos de la Biblia en la boda de su amigo y, acto seguido, se le acusa de estar más por las cosas de Dios que por las de la ciencia. El asunto cambiaría si el doctor, armado de rosario y crucifijo, se pone a entonar letanías en el quirófano durante una operación a corazón abierto pero, que yo sepa, Roky sacó el pronto en un foro libre y cuando no estaba de servicio. Y ya dije en su día que el que tus jefes intenten controlar tu forma de pensar durante tus momentos privados me parece deleznable. Tanto por su estúpida osadía como por la gente que cae en su trampa y obedece las consignas de con quién debe ir, a quién no le conviene llamar o con qué persona debe relacionarse. Me dan arcadas solo de imaginarlo e intuirlo.
Yo tengo el enorme defecto de que nunca he visto a la policía como el enemigo a batir. Así, en general. He estado en manifestaciones donde ha habido provocadores que insultaban a los encargados de vigilar el recorrido de la misma, mientras estos últimos se veían obligados a tragar bilis. Como un árbitro del Madrid-Barça. Afortunadamente, no me encontraba presente en otras de infausto recuerdo, donde los chicos del casco se dedicaron a repartir mandobles como ensaimadas. Por eso veo normal que Sierra se manifestara ante un auditorio pacífico y muy anormal que lo sancionaran por hacerlo. Recuerda a otros tiempos bastante pretéritos y tremendamente desagradables que les tocó vivir a nuestros padres. Creo que uno no es culpable por pensar; pero el problema está en que cuando uno piensa encuentra culpables, y quizás sea esto lo que no gusta: que nos demos cuenta de quiénes son los tramposos entre nuestros compañeros de partida y, además, lo contemos.
Me da que el castigo ejemplar y ejemplarizante a Roky Sierra, a quien deseo una trayectoria laboral plagada de éxitos, es más un aviso a navegantes que otra cosa. No vayan ahora los chicos de las armas a ponérsenos farrucos, que uno empieza dedicando unas palabritas a la afición y acaba haciendo un número de sexo loco en El Molino. Y eso sí que denigraría la cuestionada dignidad del cuerpo (de policía, quiero decir). Porque para vidas públicas inmaculadas y vidas privadas cubiertas de excrementos ya tenemos aquí a un buen puñado de autoridades mayores y algún que otro duque. A ver quién es el guapo que desenfunda primero y les suspende de empleo y, sobre todo, de sueldo.