lunes, 21 de enero de 2013

Algunos hombres buenos

El otro día leí un comentario del gran Pepe Colubí sobre el anuncio ése del hombre afeitándose frente al espejo mientras una rubia con coleta le mira extasiada. Su conclusión vendría a ser que, si se hiciera una segunda parte del spot, el mismo añadiría una buena dosis de porno duro. Que la cosa promete, vamos. No puedo estar más de acuerdo, aunque disienta en el tipo de promesa que ofrece.
Para quien no haya visto la televisión o se encuentre ahora mismo contando dinero con el fin de meterlo o sacarlo de los sobres, el anuncio va de un maromo de buen ver que se afeita delante del espejo recién salido de la ducha (solo una toalla cubre sus partes nobles) mientras una dama recién levantada ordena sus ropas en el vestidor que, por lo que podemos ver, se encuentra anexo al baño, sin puertas que aíslen el cashemire de la humedad. En un momento de distracción absurdo, la rubia de la coleta, a punto de colgar algo en una percha, se queda ojiplática contemplado cómo el efebo se rasura al más puro estilo metrosexual, es decir, como si estuviera diseñando la catedral de Burgos. El resultado es que la interfecta, con los watios a mil revoluciones y caliente cual hoguera de San Juan, rompe la percha así a lo bruto y sin ser responsable de sus actos, mientras el guapo se da la vuelta divertido, pensando aquello de "porque yo lo valgo".
Reconozco que a mí me gustan los hombres de pelo en cara y ver a un tipo afeitándose no me pone sino todo lo contrario. El spot no está dirigido a gente asilvestrada como la que esto escribe. Pero me intriga ese mensaje de que, cuando un hombre te solivianta los sentidos más impúdicos, te sobreviene una fuerza bruta y te da por romper cosas para demostrar que, efectivamente, estás más que dispuesta a un revolcón o a dos. Hasta ahora creía que te entraban ganas de todo lo contrario: de unir a los enemigos, de luchar por la paz mundial y hasta de tener hijos, pero se ve que estaba equivocada y, en vez de acariciar un pepino o practicarle a una felación a un plátano para demostrar lo mucho que te gustan las frutas y verduras, contemplar a un tío buenorro te incita a romper objetos. Imagino que el mensaje subliminal de la escena es el que el señor Colubí sugiere: que la rubia y el toallero están predestinados a coleccionar orgasmos bajo las sábanas de satén, pero a mí, no sé por qué, me viene a la memoria el luchador ése al que hace muy poco su novia rompió el pene en un ataque de frenesí amatorio. A lo mejor es que antes lo vio afeitándose y, visto lo visto, el cortarse con la cuchilla no es el peor de los efectos secundarios de un buen rasurado.
Sin embargo, a mí el anuncio que me trae loca es el nuevo episodio de las andanzas de Punset por los barrios de España. Ahora, el buen sabio, en su defensa incondicional de una marca de pan, se adentra en los pasillos de un supermercado para toparse, tachán, tachán, con Leo Messi que, mire usted por dónde, andaba haciendo la compra. El planteamiento de la situación ya excede mi imaginación y creo que solo un publicista habría ideado semejante disparate entre la sección de congelados y la de cereales de un Mercadona tras hacerse un Lance Amstrong, pero ahí tenemos a las dos estrellas, cada una en su campo, afrontando un diálogo de besugos: que si supongo que tú comes bien, que no tomas grasas, que aún así deberías incluir más pan en tu dieta, que el único pan sano es el mío y que al pan, pan, y al vino, vino.
Se nota, se siente, que ambos protagonistas han sido grabados por separado y luego han "arrejuntado" las imágenes, pero es que, además, la conversación deviene en un trabalenguas infumable. Tanto, que no puedo evitar preguntarme si aquellos días que me perdí de clases de español cuando tenía 9 años, víctima de una sinusitis galopante, no me habrán pasado factura y ahora no consigo descifrar el pensamiento lógico de estos dos genios ocupados en desentrañar los átomos de una rebanada de pan. O a lo mejor es que son los nuevos Tip y Col del absurdo y a mí me falta un hervor. Lo cual me lleva a formular una fantasía inalcanzable: tener a Punset y a Messi sentados en mi mesa a la hora de cenar discutiendo sobre si la sopa está caliente y la carne poco hecha. Y ojito que no me pillen con una percha en la mano, porque no respondo...


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