No lo digo yo, lo dice todo un señor clérigo de Arabia Saudí y en voz alta, hasta el punto de que los informativos de medio mundo han salido al quite de sus declaraciones. Y no solo manejar un vehículo que no sea una sartén con ruedas (de la bicicleta sin sillín ni hablamos) perjudica el sistema reproductivo femenino, sino que puede acabar causándole a la interfecta serios problemas psicológicos. Hay que frungirse.
En primer lugar, todas las mujeres debemos dar las gracias al clérigo en cuestión por preocuparse de nuestra salud. Si muchos doctos señores de ciencias se hubieran ocupado tanto y con tamaño interés en nuestro sufrir, lo mismo hubiéramos dejado de parir con dolor allá por el siglo XV. Lo que no me cuadra a mí es que si el conducir produce trastornos en los ovarios por los movimientos psicodélicos del cuatro ruedas, cómo es que los hombres no notan cierto escozor en los testículos o vaivenes en la próstata. Antes pensaba que la actitud de ciertos machos en el Metro, abriéndose de piernas hasta ocupar dos asientos como demostrando que llevan hormigón en los calzoncillos, era producto de la mala educación y de la estupidez. Mil perdones. A lo mejor es que a los pobres les duele, y no solo en el alma, el uso del transporte público. Aunque para el caso da igual, porque parece que en Arabia Saudí esto de la movilidad es un problema estrictamente femenino. Se ve que los varones son duros... pues eso, duros de cojones.
Con lo de los trastornos psicológicos ya estoy un poco más de acuerdo, porque conducir con burka y otros modelos ejemplares del islam fashion puede ocasionar, como poco, locura transitoria. A ver quién es la guapa que mira al retrovisor con garbo o se agarra al cambio de marchas sin que se le vaya medio envoltorio en el intento. Eso por no hablar del hecho de pisar los pedales del vestido cuando la sisa del ídem te llega hasta el tobillo. Imagino a una señora árabe conduciendo de esa guisa por la M-30 madrileña en hora punta y entendería perfectamente que, tras las maniobras de aparcamiento, saliera de entre la carrocería no una entregada madre de familia, sino lo más parecido a un cruce entre Carrie y La niña del exorcista versión islamista radical.
Pero, bueno, como a este señor lo que le preocupa son nuestros ovarios (curioso en una sociedad donde las damas están para el goce ajeno y el parir propio y no para el libre uso de los mismos) alguien tendría que decirle que sí, que es verdad, que hay muchísimas cosas más que nos perjudican seriamente los ovarios. Para empezar, que no nos dejen elegir libremente sobre nuestra sexualidad y nuestros posibles o futuribles embarazos; que sigamos siendo una rémora para los empresarios porque nos consideran eternas depositarias del deber de cuidar, sea a la casa, a los hijos o a los mayores, lo cual nos resta productividad y e incrementa el absentismo laboral; que los puestos más importantes de la empresa, la política y la sociedad sigan ocupados mayoritariamente por hombres y que esa frase de "si las mujeres mandaran" sea únicamente una divertida entelequia propia de entretenidas conversaciones de bar; que, en igualdad de fechorías, una mujer sea una puta y un hombre un conquistador, o una mujer una puta y un hombre un tiburón de los negocios (putas hasta la muerte, qué se le va a hacer). Y no sigo porque me llevaría toda la noche y todavía conservo el vicio de dormir.
Pero lo que más nos toca los ovarios, señor clérigo, no es ni el volante, ni el cambio de marchas ni el cinturón de seguridad, sino ese empeño que tienen algunas sociedades, amparadas en dudosas interpretaciones religiosas, de juzgar como aberrante cualquier pequeño avance en la calidad de vida de sus mujeres. Me pregunto por qué esas ansias por someterlas y a qué temen tantos santos varones preocupados por el despendole de sus parientas. Es posible que a muchos se les acabara el chollo de tener criada y esclava, pero supongo que el terror ancestral a una revolución feminista (que no feminazi, como se empeñan en decir algunos) va más allá de lo obvio. De hecho, estos incunables no nacieron de un repollo, sino de una hembra a la que seguramente les une algo más que el cariño debido. En cualquier caso, que no se depriman, que una mujer no lo es menos por conducir (por favor, no le den ideas a Gallardón) y que tampoco se va a desmadrar tras aprender cómo funciona un utilitario.
Resumiendo, que muchas gracias por la preocupación y el consejo, aunque tampoco vendría mal que algunos simpáticos elementos se revisaran los bajos de vez en cuando. Ya se sabe que la junta de la trócola puede ser muy traicionera...
domingo, 29 de septiembre de 2013
martes, 24 de septiembre de 2013
Todos mienten
La mentira es armamento pesado que, además, viene de serie. No estoy exagerando cuando digo que todos mentimos, aunque para ciertas personas no se trate de una práctica habitual. Incluso tendemos a mentir sobre la mentira, esto es, engañarnos cuando decimos que mentimos para no causar dolor al otro. Tampoco esto es verdad. En semejantes casos, lo que tratamos es de protegernos a nosotros mismos y, por encima de todo, salvaguardar la imagen que la persona que tenemos enfrente guarda de nosotros o intentar que la mierda que hemos removido no nos salpique. Bajo la supuesta coartada de hacer el bien ajeno, el propósito último es buscar el beneficio propio. Y no es que haya que flagelarle por eso: simplemente somos humanos. Unos más que otros.
Sin embargo, al margen de la mentira "entrañable" no hay que desdeñar a aquella otra cuyo único objetivo es satisfacer el egoísmo, la avaricia o la necedad propia, se lleve a quien se lleve por delante. Lo más peligroso de este engaño panfletario es que desencadena una serie de mentiras destinadas cada una a tapar o disimular la anterior. El individuo se ve pronto metido en un bucle del que es difícil salir, puesto que nadie puede tener tal visión de conjunto ni semejante espíritu controlador como para atar todos los cabos y no ser pillado por la tangente en cuanto descuide uno de los flancos. Ocurre algo similar con los políticos, por ejemplo, que abrazan el engaño para lograr un objetivo que nada o poco tiene que ver con el bien público y sí mucho con la dicha propia o el bienestar de la formación a la que pertenecen.
En los últimos días nos vemos obligados a contemplar cómo el Partido Popular toma posiciones de cara a las próximas elecciones. No las generales, que todavía queda un ratito (aunque hoy saltaba la noticia de que Rajoy ya se postulaba como candidato, no vaya a ser que Aguirre o incluso Aznar le adelanten por la derecha) sino a las europeas del próximo año o las municipales de 2015. Personalmente, opino que ambas citas con las urnas son importantísimas, pero las primeras resultarán cruciales: el Parlamento Europeo se encuentra actualmente en manos de la mayoría conservadora y será la única oportunidad que tendremos las víctimas de la austeridad de enfrentarnos a la cúpula que nos tiene agarrotados y rechazar las políticas de recortes de Merkel y sus colegas neoliberales. Si tanto nos quejamos del férreo control que ejerce la madrastrona Angela sobre los países más dañados por la crisis, sería una vergüenza no salir en la tromba a las urnas a mostrarle su rechazo y darle un meneo a ese parlamento norteño, gris y mustio, que basa sus disque inteligentes políticas en robar a los pobres para dárselo a los ricos.
Dentro de la incultura democrática que tenemos en España, las elecciones europeas no suponen más que una nota a pie de página. A ellos contribuyen los propios políticos, empeñados en colocar de sobrios candidatos a aquellos afiliados que tienen o han tenido problemillas legales en su terruño de origen, ya sean ex ministros, ex alcaldes o ex maridos. Es decir, que mientras otros países se toman muy en serio la composición del Parlamento Europeo, los partidos españoles han contribuido a divulgar la idea de que esta votación es un coñazo y que lo mismo da que da lo mismo que nos quedemos ese día en casa haciéndonos las uñas. Pues va a ser que no. Al menos, tengamos la decencia de no contribuir con nuestro voto a otorgarle un retiro más dorado a quien menos lo merece.
Y como la sagrada misión de aquí los lumbreras parece ser que corramos un estúpido velo sobre las elecciones europeas, no vaya a ser que ganen los otros y, encima, nos quedemos sin el chollo apalabrado, ahí tenemos a los amigos peperos (y no solo ellos) dándolo todo con vistas a las municipales de 2015. Y cuando digo todo, quiero decir, mintiendo como bellacos. Miente Ana Botella cuando dice que bajará los impuestos paulatinamente de aquí a 2015, sin aclarar si se presentará ella misma a alcaldesa (quien no lo crea que busque en Internet la explicación de los expertos a esta milagrosa bajada impositiva con la que Botella pretende endulzarnos el café con leche); miente Rajoy cuando afirma que hemos salido de la recesión aunque no de la crisis; miente Fátima Báñez cuando presume del poder adquisitivo que ganarán nuestras pensiones (las gráficas sí que no engañan) o cuando se muestra empática con los parados mientras, en agosto y a traición, les casca la prohibición de salir del país durante más de 15 días sin permiso previo o la obligación de estar siempre localizables; miente Esperanza Aguirre cuando dice que no va a volver a primera línea de la política; miente Gallardón cuando esquiva las cuestiones sobre la ley del aborto; mienten Arenas, Acebes y Cospedal cuando se les pregunta por el caso Bárcenas; mienten el ex tesorero, el nuevo tesorero, el anterior y el otro... Todos mienten porque todos tienen un fin que justifica los medios más arteros.
Lo peor no solo es que ellos mientan, sino que disfrazarán sus mentiras como un bien necesario y siempre encontrarán a quienes crean sus retorcidas "verdades". Y serán muchos, porque si las encuestas no engañan (que ojalá), Esperanza Aguirre es hoy la líder preferida por las personas de derechas de ese país. Recordemos que Aguirre es, tal vez, uno de los personajes políticos más torticeros que ha dado este país, y a las hemerotecas me remito.
Todos hemos mentido alguna vez y nos han mentido muchas más, incluso gente en la que confiábamos sin atisbo de duda. Puede ser que nos cegara el amor, el cariño, la necesidad y el miedo al sufrimiento. Pero a esta panda ni los queremos ni los necesitamos. Eso sí, sufrir nos seguirán haciendo sufrir. Abramos los ojos.
Dejo otro tema de la película Tango Feroz. Seguro que quien me conoce sabe a qué situación, animal, persona o cosa lo asocio yo. Curiosa la mente humana...
Sin embargo, al margen de la mentira "entrañable" no hay que desdeñar a aquella otra cuyo único objetivo es satisfacer el egoísmo, la avaricia o la necedad propia, se lleve a quien se lleve por delante. Lo más peligroso de este engaño panfletario es que desencadena una serie de mentiras destinadas cada una a tapar o disimular la anterior. El individuo se ve pronto metido en un bucle del que es difícil salir, puesto que nadie puede tener tal visión de conjunto ni semejante espíritu controlador como para atar todos los cabos y no ser pillado por la tangente en cuanto descuide uno de los flancos. Ocurre algo similar con los políticos, por ejemplo, que abrazan el engaño para lograr un objetivo que nada o poco tiene que ver con el bien público y sí mucho con la dicha propia o el bienestar de la formación a la que pertenecen.
En los últimos días nos vemos obligados a contemplar cómo el Partido Popular toma posiciones de cara a las próximas elecciones. No las generales, que todavía queda un ratito (aunque hoy saltaba la noticia de que Rajoy ya se postulaba como candidato, no vaya a ser que Aguirre o incluso Aznar le adelanten por la derecha) sino a las europeas del próximo año o las municipales de 2015. Personalmente, opino que ambas citas con las urnas son importantísimas, pero las primeras resultarán cruciales: el Parlamento Europeo se encuentra actualmente en manos de la mayoría conservadora y será la única oportunidad que tendremos las víctimas de la austeridad de enfrentarnos a la cúpula que nos tiene agarrotados y rechazar las políticas de recortes de Merkel y sus colegas neoliberales. Si tanto nos quejamos del férreo control que ejerce la madrastrona Angela sobre los países más dañados por la crisis, sería una vergüenza no salir en la tromba a las urnas a mostrarle su rechazo y darle un meneo a ese parlamento norteño, gris y mustio, que basa sus disque inteligentes políticas en robar a los pobres para dárselo a los ricos.
Dentro de la incultura democrática que tenemos en España, las elecciones europeas no suponen más que una nota a pie de página. A ellos contribuyen los propios políticos, empeñados en colocar de sobrios candidatos a aquellos afiliados que tienen o han tenido problemillas legales en su terruño de origen, ya sean ex ministros, ex alcaldes o ex maridos. Es decir, que mientras otros países se toman muy en serio la composición del Parlamento Europeo, los partidos españoles han contribuido a divulgar la idea de que esta votación es un coñazo y que lo mismo da que da lo mismo que nos quedemos ese día en casa haciéndonos las uñas. Pues va a ser que no. Al menos, tengamos la decencia de no contribuir con nuestro voto a otorgarle un retiro más dorado a quien menos lo merece.
Y como la sagrada misión de aquí los lumbreras parece ser que corramos un estúpido velo sobre las elecciones europeas, no vaya a ser que ganen los otros y, encima, nos quedemos sin el chollo apalabrado, ahí tenemos a los amigos peperos (y no solo ellos) dándolo todo con vistas a las municipales de 2015. Y cuando digo todo, quiero decir, mintiendo como bellacos. Miente Ana Botella cuando dice que bajará los impuestos paulatinamente de aquí a 2015, sin aclarar si se presentará ella misma a alcaldesa (quien no lo crea que busque en Internet la explicación de los expertos a esta milagrosa bajada impositiva con la que Botella pretende endulzarnos el café con leche); miente Rajoy cuando afirma que hemos salido de la recesión aunque no de la crisis; miente Fátima Báñez cuando presume del poder adquisitivo que ganarán nuestras pensiones (las gráficas sí que no engañan) o cuando se muestra empática con los parados mientras, en agosto y a traición, les casca la prohibición de salir del país durante más de 15 días sin permiso previo o la obligación de estar siempre localizables; miente Esperanza Aguirre cuando dice que no va a volver a primera línea de la política; miente Gallardón cuando esquiva las cuestiones sobre la ley del aborto; mienten Arenas, Acebes y Cospedal cuando se les pregunta por el caso Bárcenas; mienten el ex tesorero, el nuevo tesorero, el anterior y el otro... Todos mienten porque todos tienen un fin que justifica los medios más arteros.
Lo peor no solo es que ellos mientan, sino que disfrazarán sus mentiras como un bien necesario y siempre encontrarán a quienes crean sus retorcidas "verdades". Y serán muchos, porque si las encuestas no engañan (que ojalá), Esperanza Aguirre es hoy la líder preferida por las personas de derechas de ese país. Recordemos que Aguirre es, tal vez, uno de los personajes políticos más torticeros que ha dado este país, y a las hemerotecas me remito.
Todos hemos mentido alguna vez y nos han mentido muchas más, incluso gente en la que confiábamos sin atisbo de duda. Puede ser que nos cegara el amor, el cariño, la necesidad y el miedo al sufrimiento. Pero a esta panda ni los queremos ni los necesitamos. Eso sí, sufrir nos seguirán haciendo sufrir. Abramos los ojos.
Dejo otro tema de la película Tango Feroz. Seguro que quien me conoce sabe a qué situación, animal, persona o cosa lo asocio yo. Curiosa la mente humana...
Etiquetas:
Acebes,
Ana Botella,
Arenas,
Aznar,
Bárcenas,
elecciones,
Esperanza Aguirre,
Mentiras,
Parlamento Europeo,
PP,
Tango Feroz
jueves, 19 de septiembre de 2013
Hasta la independencia y más allá
A todos nos pasa que hay sitios a los que tenemos más apego. Nuestro verdadero hogar (lo que vendría a ser nuestros espacio de seguridad) no tiene por qué encontrarse entre cuatro paredes: normalmente solemos hallarlo en la compañía o en el abrazo de alguien al que consideramos nuestro ancla o ese bastón en el que todos, más tarde o más temprano, necesitamos apoyarnos. Sin embargo, es cierto que hay lugares físicos a los que nos sentimos más apegados y que, a lo mejor, tienen poco o nada que ver con el terruño del que provenimos. En mi caso particular, reconozco que hay sitios que ocupan un lugar destacado en mi cabeza y en mi corazón, paraísos privados a los que siempre quiero volver y, cuando estoy allí, jamás deseo irme. Ya he dicho que el primer lugar de mi podio particular lo ocupa México. Con este país me ocurre que, cuanto más mundo conozco, más me gusta, qué le voy a hacer. Y quedando el tercer puesto vacío (hay algunos lugares que han obtenido diploma mientras otros ni tan siquiera han llegado a la meta), confieso que el Reino Unido se lleva la plata por méritos propios y amor ajeno. No existe ni un rincón de esa nación de naciones donde yo no me haya sentido a gusto y como en casa: siempre que voy es una fiesta y, cuando vuelvo, me entra un indiscutible bajón del que tardo en recuperarme. Una es así de sentimental.
Ayer, 18 de septiembre, día de mi cumpleaños, empezaba la cuenta atrás para que Escocia celebre su referéndum de independencia (18-09-2014). Me hace ilusión que los escoceses decidan su destino el día de mi aniversario; hasta ahí llega mi sentimentalismo (también podría teorizar sobre México, la luna y septiembre, pero creo que no ha lugar). Aunque lo cierto es que, con la cabeza fría y el corazón a lo suyo, los independentistas parece que han empezado la carrera con el paso cambiado.
Un año da para muchos debates y teorías diferentes, pero lo que sí me llama la atención es que los independentistas españoles hayan escogido el caso escocés como un ejemplo en el que mirarse. No sé yo. Cuando estuve en Escocia comprobé que existe un sentimiento nacional muy fuerte y que, a diferencia de muchos lugares de España, convive perfectamente con otros símbolos, como la bandera de la Gran Bretaña o la figura de la reina Isabel. Es decir: nadie te va a tirar tomates si tú, por tradición o porque te sale de la peineta, cuelgas la Union Jack del balcón. Al margen de la conciencia histórica de cada cual, existe un sentimiento de hermandad, tal vez porque el separatismo se encuentra colmado tras ser conscientes del respeto externo a la propia cultura y, desde un punto de vista más prosaico, conseguir la máxima expresión de la propia identidad nacional en el plano deportivo e incluso en el de las artes.
Uno de los lugares más emotivos de toda Escocia es Culloden, el escenario de la batalla que enfrentó a Jacobitas y partidarios de la Casa de Hanover a mediados del siglo XVIII. Es allí donde los escoceses perdieron finalmente una guerra de la independencia jalonada por mil batallas. Y no solo eso: en la claudicación se derrumbó el sistema de clanes (muchos de ellos combatieron unidos en el bando jacobino) e, incluso, se prohibió el uso del tradicional kilt o el sonido de la gaita escocesa. El mérito de Escocia es, tal vez, el no haber tirado nunca la toalla, admitir y asumir su propia derrota y, partiendo de ello, haber sabido recuperar su historia de un modo épico, hasta el punto de que, hoy en día, no resulta extraño ver hombres ataviados con la falda escocesa estampada con los cuadros correspondientes a los distintos clanes que poblaban las Highlands (para mí, uno de los lugares más mágicos en los que he tenido la suerte de estar).
Los escoceses son amables, educados y valientes. Pero también muy inteligentes. Saben que en la unión está la fuerza y son conscientes de que han logrado un status quo envidiable: pueden ser ellos mismos disfrutando además de todas las ventajas de formar parte de una nación poderosa. Al igual que ocurre con Gales, las nuevas generaciones tienen un envidiable acceso a su idioma propio o a su cultura sin desmerecer aquella del país al que pertenecen. No se sienten desarraigados ni económica ni culturalmente. En mi tonta opinión de extranjera diría que lo suyo, por tanto, es un debate histórico, una herencia entendida y asumida, un deber para con otros más que para con ellos mismos. Y si bien es cierto que cuando visitas Culloden sientes una tristeza inmensa y empatizas enormemente con todas las reivindicaciones del carácter y el ser escocés, comprendes también que ellos han logrado pulir las relaciones y la convivencia entre pueblos con una sabiduría envidiable. Por eso opino que el espejo en el que pretenden mirarse varias de nuestras Comunidades Autónomas es un cristal superficial, tal vez porque mirarse está bien, pero verse ya son palabras mayores que muchos no quieren asumir, no vaya a ser que lo que vean no les guste.
Desconozco lo que ocurrirá el 18 de septiembre de 2014 en Escocia, pero estoy expectante. En cualquier caso, sea cual sea el resultado de las votaciones, espero tener mucho y bueno que celebrar.
Y dejo algunas fotos de Escocia: el lago Ness, el epicentro de la batalla de Culloden, gaitas a pie de las Highlands, y de un amigo escocés, que me acompañó durante la visita a Eilean Donen (castillo donde se rodó la película de Los Inmortales) vestido ad hoc y muy orgulloso de ello. Estuve tentada a incluir algunas fotos donde aparecía una servidora (me he venido arriba) pero al final he entrado en razón y no me han parecido irrelevantes. De nada.
Ayer, 18 de septiembre, día de mi cumpleaños, empezaba la cuenta atrás para que Escocia celebre su referéndum de independencia (18-09-2014). Me hace ilusión que los escoceses decidan su destino el día de mi aniversario; hasta ahí llega mi sentimentalismo (también podría teorizar sobre México, la luna y septiembre, pero creo que no ha lugar). Aunque lo cierto es que, con la cabeza fría y el corazón a lo suyo, los independentistas parece que han empezado la carrera con el paso cambiado.
Un año da para muchos debates y teorías diferentes, pero lo que sí me llama la atención es que los independentistas españoles hayan escogido el caso escocés como un ejemplo en el que mirarse. No sé yo. Cuando estuve en Escocia comprobé que existe un sentimiento nacional muy fuerte y que, a diferencia de muchos lugares de España, convive perfectamente con otros símbolos, como la bandera de la Gran Bretaña o la figura de la reina Isabel. Es decir: nadie te va a tirar tomates si tú, por tradición o porque te sale de la peineta, cuelgas la Union Jack del balcón. Al margen de la conciencia histórica de cada cual, existe un sentimiento de hermandad, tal vez porque el separatismo se encuentra colmado tras ser conscientes del respeto externo a la propia cultura y, desde un punto de vista más prosaico, conseguir la máxima expresión de la propia identidad nacional en el plano deportivo e incluso en el de las artes.
Uno de los lugares más emotivos de toda Escocia es Culloden, el escenario de la batalla que enfrentó a Jacobitas y partidarios de la Casa de Hanover a mediados del siglo XVIII. Es allí donde los escoceses perdieron finalmente una guerra de la independencia jalonada por mil batallas. Y no solo eso: en la claudicación se derrumbó el sistema de clanes (muchos de ellos combatieron unidos en el bando jacobino) e, incluso, se prohibió el uso del tradicional kilt o el sonido de la gaita escocesa. El mérito de Escocia es, tal vez, el no haber tirado nunca la toalla, admitir y asumir su propia derrota y, partiendo de ello, haber sabido recuperar su historia de un modo épico, hasta el punto de que, hoy en día, no resulta extraño ver hombres ataviados con la falda escocesa estampada con los cuadros correspondientes a los distintos clanes que poblaban las Highlands (para mí, uno de los lugares más mágicos en los que he tenido la suerte de estar).
Los escoceses son amables, educados y valientes. Pero también muy inteligentes. Saben que en la unión está la fuerza y son conscientes de que han logrado un status quo envidiable: pueden ser ellos mismos disfrutando además de todas las ventajas de formar parte de una nación poderosa. Al igual que ocurre con Gales, las nuevas generaciones tienen un envidiable acceso a su idioma propio o a su cultura sin desmerecer aquella del país al que pertenecen. No se sienten desarraigados ni económica ni culturalmente. En mi tonta opinión de extranjera diría que lo suyo, por tanto, es un debate histórico, una herencia entendida y asumida, un deber para con otros más que para con ellos mismos. Y si bien es cierto que cuando visitas Culloden sientes una tristeza inmensa y empatizas enormemente con todas las reivindicaciones del carácter y el ser escocés, comprendes también que ellos han logrado pulir las relaciones y la convivencia entre pueblos con una sabiduría envidiable. Por eso opino que el espejo en el que pretenden mirarse varias de nuestras Comunidades Autónomas es un cristal superficial, tal vez porque mirarse está bien, pero verse ya son palabras mayores que muchos no quieren asumir, no vaya a ser que lo que vean no les guste.
Desconozco lo que ocurrirá el 18 de septiembre de 2014 en Escocia, pero estoy expectante. En cualquier caso, sea cual sea el resultado de las votaciones, espero tener mucho y bueno que celebrar.
Y dejo algunas fotos de Escocia: el lago Ness, el epicentro de la batalla de Culloden, gaitas a pie de las Highlands, y de un amigo escocés, que me acompañó durante la visita a Eilean Donen (castillo donde se rodó la película de Los Inmortales) vestido ad hoc y muy orgulloso de ello. Estuve tentada a incluir algunas fotos donde aparecía una servidora (me he venido arriba) pero al final he entrado en razón y no me han parecido irrelevantes. De nada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
