jueves, 14 de marzo de 2013

El precio del poder

Todos tenemos un pasado. No se trata solo de una frase hecha, si no de una verdad que, por muy relamida que parezca, a muchos les cuesta asumir. Recuerdo que, en cierta ocasión, una amiga se quejaba de que, con casi 30 años, solo se encontraba a hombres "con pasado". Normal. Hay que asumir que todos tenemos relaciones y que los ex son parte de nuestra existencia. Claro que ella se quejaba con razón, porque la ex del chico que le gustaba había vuelto a entrar en escena, con llamadas, cañas, aperitivos y no sabía si postres. En un caso así reconozco que yo me retiraría sin hacer ruido, porque creo que todos somos lo suficientemente conscientes de nuestros sentimientos, tenemos la capacidad de tomar decisiones y podemos entender qué o quién nos conviene, nos gusta o queremos. También, por supuesto, podemos equivocarnos. Al final mi amiga se quedó con el chico, no tanto por méritos propios como por decisión de él que, tras sopesarlo durante varios meses, fue consciente de que no estaba dispuesto a revivir una historia que, si fracasó en su día, muy probablemente volvería a hacerlo en el futuro.
Uno es siempre más dueño de su pasado que de su futuro. Mucho más si, con suerte, ha sabido hacer las reflexiones necesarias para poder crecer. El problema es que, a algunos, el pasado no les ha servido para crecer, si no para medrar. Cuando ves ciertos currículums (no solo profesionales, también de vida) te das cuenta de que, al margen de las conclusiones y moralejas que cada cual haya sacado de sus propias historias, las personas se han empeñado mucho en alimentar su ambición. Tal vez demasiado.
Ayer, esos señores con faldas reunidos en el Vaticano eligieron jefe. Los católicos tienen nuevo Papa, que atiende ya por el nombre de Francisco I, Papa Paco para los colegas. Las primeras informaciones que nos llegaban era que este argentino había sido el contrapunto a Ratzinger, un hombre ultraconservador al que, después de retirado, se le ensalzan muchos méritos que no tuvo en el cumplimiento del deber. Si Ratzinger era ultraconservador, "el nuevo" aparecía bajo la etiqueta de jesuita progresista. Lo de jesuita parece un consuelo en tanto en cuanto va a suponer un importante freno para el Opus y otros rancios movimientos de la Iglesia; lo de progresista supone un contrasentido. Y lo supone en la medida en que la Iglesia católica no es, ni creo que lo sea jamás, una asociación que se caracterice por sus avances sociales (uso y manejo del Twitter aparte). Salvo el comentario jocoso del cardenal norteamericano diciendo de sus colegas que, a lo mejor, iban puestos de maría (no me refiero a la Virgen), no creo que el resto de discursos den para muchas alegrías y sí para bastantes vueltas a la misma noria.Tras su nombramiento llamábamos progresista a un señor con una inusitada y preocupante alergia al matrimonio gay y al aborto; me preocupa de qué estaríamos hablando ahora si lo hubiéramos tildado de conservador.
Esta mañana conocíamos más datos sobre Bergoglio, Francisco I para los amigos. Y no son nada prometedores. Las insinuaciones de ayer de una posible connivencia con los dictadores argentinos, se traducían esta mañana en cooperación "diferida" (como diría Cospedal) en la detención de otros dos jesuítas que trabajaban en Villa Miseria y en un enfrentamiento directo con las Abuelas de la Plaza de Mayo ante la negativa de Bergoglio a declarar durante los juicios por desaparaciones. No solo Fancisco I tiene mucho que ocultar: la iglesia argentina nunca criticó la dictadura y jamás se posicionó a favor de los "rojos" (recordemos que Bergoglio es también claramente antimarxista; dentro de la progresía que nos quieren vender, claro).
No creo que el puesto que ostenta y ostentaba este argentino, hincha del mismo equipo de fútbol que Viggo Mortensen, fuera gratuito. A semejantes cotas de poder no se llega sin pagar un precio. Pero también es cierto que todos tenemos un pasado y el derecho de arrepentirnos de ciertas cosas y trabajar para cambiar aquello que no nos gusta. Ahora ha de demostrar que es competente para el cargo que ha sido elegido y, entre oración y oración, defenderse con rigor de las acusaciones que se han vertido sobre él, que son muchas y tremendamente fuertes; nada que ver con aquellos supuestos tonteos nazis del querido Ratzinger (pecadillos de juventud, como diría nuestro rey en reposo), que salieron a la luz tan pronto como el interfecto se sentó en la silla de San Pedro.
No es de extrañar que Francisco I pidiera a los católicos que rezaran por él. Dos veces. A lo mejor necesita que sean algunas más.


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