domingo, 28 de abril de 2013

Pijos sin fronteras

El mismo día en que el gobierno nos abofeteaba con la cifra de seis millones de parados (y subiendo), María de los Llanos de Luna, una señora de nombre imposible, que además es delegada del Gobierno en Cataluña, nos soltaba así, sin cortarse la melena, que es importante que haya pijos y ricos "porque son los que más consumen". Olé sus mechas.
Y lo peor es que, por mucho que nos cueste admitirlo, este personaje tiene su parte de razón, y es necesario que el dinero circule en nuestro país para que dejen de circular trabajadores camino de la cola del paro, las empresas se vuelvan a nutrir de capital y las cuentas entre ingresos y gastos den un resultado óptimo y no el desfase que ahora conocemos, cuya consecuencia directa es la aplicación de la aviesa reforma laboral que tanto complace a nuestro gobierno.
Otra cosa muy distinta es que tengamos que depositar todo nuestro exiguo capital y nuestras menguadas esperanzas en una clase social ya boyante de por sí. La cosa no funciona de tal manera y, de hecho, a las pruebas nos remitimos, con ese dadivoso gobierno untando a los bancos para sanear sus cuentas y que relajen los créditos a empresas y particulares. Lo único que han relajado, por lo menos de cara a la opinión pública, son los bolsillos de los señores banqueros, que ahora gozan de una inmejorable salud. Y si no, que se lo digan a la flamante directora del nuevo banco malo, que sin haber dado un palo al agua ni arreglar nada de lo descompuesto, ya se ha sacado 33.000 euros al mes. Así, sin que se le caiga la cara de vergüenza. ¿Para qué?
En fin, a lo que iba: que, sintiéndolo mucho, voy a tener que contradecir a María de los Llanos o como la llamen en su casa a la hora de comer, y decirle que una sociedad ideal no es aquella en que los pijos y ricos gozan de una rumbosa salud monetaria, sino ésa en la que la riqueza se reparte por igual entre sus integrantes. ¿Que eso contradice las teorías sobre las que se ancla la filosofía y el proceder de los amigos peperos? Faltaría más: ustedes son muy de derechas y tienen como misión proteger a aquellos que los sostienen e integran sus filas. Según estas premisas, ahora va a resultar que la señora De Luna es la única de su partido que dice las verdades como puños y sin que le tiemble el pulso. Ella está aquí para interceder por los pobres pijos y los paupérrimos ricos, ergo procedamos a insuflarles billetes de 500 en un intento de revivir sus maltrechos pulmones.
Pero hay otro detalle que le falla a la delegada en su planteamiento, y es que uno no se hace rico perpetrando la generosidad. Pijo tampoco. Las personas alcanzan un cierto nivel social por diferentes motivos, pero el mantenerse arriba implica siempre que las ganancias sean mayores que las pérdidas y, en este caso, está claro que hablamos de personas a las que les conviene la continuidad del injusto reparto de la riqueza. Su misión, por tanto, es acumular ganancias, no ayudar a que los demás tengamos más y lleguemos a competir con ellos.
Tampoco acierta María de los Llanos a la hora de meter en la misma saca a pijos y ricos. No tienen por qué coincidir. El rico acumula riqueza, pero puede o no jactarse de ello: la impresión que quiera dar y el tren de vida que pretenda llevar es cosa suya. El pijo, sin embargo, es el que se empeña en enviar señales al resto del mundo de un estatus concreto que se corresponde o no con una forma de vida real. Quiero decir que para ser pijo muchas veces basta con parecerlo. O, al menos, reunir unos símbolos de estatus determinado que hagan creer a la mayoría de los mortales que estamos ante una persona, por así llamarla, "especial".
Me contaba una vez una ex compañera que, cuando la despidieron, lo primero que hizo fue comprarse un bolso de Chanel de 3.000 euros. Yo no lo hubiera hecho nunca, pero está claro que ella se movía en un ámbito que tampoco era el mío. Y, sin embargo, no hubiera dicho nunca que se trataba de una persona rica y que iba a hacer gastos más aparentes y tremendistas que el famoso bolso de Chanel, como así fue. Del mismo modo, todos conocemos grupos o incluso localidades en las que gusta mucho aquello de aparentar, aunque luego sus integrantes no pasen de comer una sopa en el almuerzo y media ensalada en la cena. No porque estén a dieta, sino porque lo importante es mantener una imagen de cara al exterior, aunque no se corresponda con la realidad de las cuatro paredes de su casa. El fin justifica la ausencia de medios.
Un pijo, por tanto, no tiene por qué gastar y, mucho menos, hacerlo para favorecer a los demás. Pero es que aún hay otro error en la teoría de esta señora (y perdone por la barrila que le estoy dando), y es que el rico que debe y el pijo que puede gastan sus dineros, no en productos patrios capaces de levantar nuestra pequeña y mediana empresa, sino en productos de lujo de capital extranjero. No sé si eso puede ayudar a que remonte la industria patria de ciertos bienes, pero, claro, como yo solo soy economista (y de las malas) en mi casa, lo mismo no me entero de nada.
Lo único que ha quedado claro es que al PP, como siempre, esto del reparto de la riqueza le suena barriobajero y que sienten como sacrosanto deber fomentar la pervivencia y el disfrute de las clases más altas o, al menos, las que lo parezcan. Al resto, pan y agua, aunque de estos dos imprescindibles tampoco es que vayamos sobrados.
Dejo aquí una canción bastante añeja de Serrat pero que merece una revisión. O una versión. Y no, no es un himno del escrache... aunque bien pudiera serlo.



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