viernes, 12 de abril de 2013

Realidad extrema

Reconozco que me cuesta tomarme a bien esos anuncios que aparecen en prensa y portales ad hoc ofreciendo trabajos serios a sueldos de coña. O directamente sin sueldo, lo que ni tan siquiera se puede llamar esclavitud versión Cabaña del tío Tom, sobre todo porque el tío Tom tenía un techo donde guarecerse, cortesía del tío Sam.
Y, sin embargo, cuando el hambre aprieta y el currículum se desmorona, uno acepta hasta hacerse lavapiés de la Duquesa de Alba solo por la voluntad. Y si no hay voluntad, por lo menos que haya algo muy parecido al cariño. Tal vez por ello, en vez de plantarnos todos diciendo que estamos hasta el pinrel de que nos tomen el pelo con esta burda vuelta de tuerca del capitalismo, aceptamos propuestas inhumanas para acumular experiencias humanas, aunque sean patéticas. Si no, no se entienden casos como el de este periodista británico que murió mientras se postulaba para un trabajo en un programa de investigación de Channel 4. El chico decidió hacer un reportaje sobre los sin techo adoptando su forma de vida, lo que conllevaba pasar noches a la fresca. Teniendo en cuenta que la fresca era de -4º, al hombre no le dio tiempo ni de despedirse de sus seres queridos antes de morir congelado en la calle. Ahora comprendo por qué Samantha Villar y su sucesora, Adela Ucar, hacen reportajes tan extremos como inmiscuirse en la industria del porno, irse de fiestón con Paris Hilton o vivir en las chocitas de la Cañada Real para su programa 21 días. Un derroche de glamour, elegancia y buenrollismo si lo comparamos con las atrocidades de las que son capaces los colegas británicos.
Estoy de acuerdo con que a los vecinos (aunque sea tres puertas más allá) del Reino Unido les va lo gore. Basta con leer alguno de los periódicos gratuitos que reparten por la calle o comprar una revista de moda, para ver que entre falda de volantes y sombreros de pluma se les cuela una historia tremebunda de una top enganchada al crack y se quedan tan anchos. Así son y así los queremos. Pero parece que esto de irse al más allá para poder sacar tajada en el más acá no es solo patrimonio de los súbditos de su muy graciosa majestad. Ahí tenemos a los franceses, cuyo reality Koh-Lanta (una especie de Supervivientes galo) acumula ya dos muertes con, imagino, sendas indemnizaciones. El primero fue uno de los concursantes que, tras hacer la correspondiente prueba a nado, empezó a sufrir calambres y, después, un paro cardíaco. Tenía 25 años, por lo que deduzco que ya debía de venir tocado de casa. El segundo fue el médico que lo atendió, que se suicidó no se sabe muy bien por qué, aunque los televidentes deducen que se debió a las acusaciones de no haber atendido al primer finado con premura y prestancia.
A una, que es muy de sus labores, le cuesta entender que haya gente que esté dispuesta "a dejarse la piel en el pellejo", como diría Sofía Mazagatos, por una popularidad que, probablemente, se antoje efímera. Creemos que algunos minutos de televisión nos resuelven la vida y, de esta manera, los espectadores contemplamos complacidos casos de exhibicionismo patético y gente, en apariencia normal, perpetrando anormalidades en nombre de la audiencia. Por mi parte, no me parece de recibo que debamos humillarnos para conseguir un trabajo que ni siquiera nos permita sobrevivir, ni aceptar representar un papel que nos obligue a respirar de acuerdo con las fantasías o los deseos de otro. Mucho menos si, en el ínterin, nos jugamos, no solo los cuartos, sino también la existencia.
En España tenemos trabajos que rozan la esclavitud y la indecencia pero, afortunadamente, no se nos muere la peña ni comiendo cocos en las islas del caribe, ni acarreando bidones de agua por el Atlas marroquí, ni mucho menos haciendo acrobacias desde un trampolín vistiendo un triquini de faralaes. De hecho, el ejemplo de sufrimiento más extremo que padecen los concursantes de nuestra televisión ahora mismo está convenientemente representados por la panda de Gran Hermano y consiste (lo acabo de buscar en Google, así que es verdad de la buena) en desayunar agua con Cola-cao por no dar un palo al agua durante alguna prueba semanal. Se me licúan las entrañas y se me desenamora el alma cuando imagino semejante dolor y sufrimiento. Y es que hasta en esto, Spain is different.




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