sábado, 27 de abril de 2013

Mata Haris

Observo cada vez más a mi alrededor un curioso fenómeno. No sé si se trata de una realidad contrastada que percibe todo ser humano con cabeza, ojos y oídos o, simplemente, de una casualidad de ésas que ocurren en la vida, como cuando de repente te encuentras a embarazadas hasta musculándose en el gimnasio y a monjas y curas en lugares tan inhóspitos para la fe como puede ser un Zara. El caso es que percibo un número creciente de mozas, de entre 15 y treinta y tantos, que se creen en posesión de un descomunal poder de atracción hacia el sexo opuesto. Están plenamente convencidas de que todos los hombres suspiran por ellas y se ponen palotes a su paso porque sí, porque ellas lo valen. Y el que no reacciona es porque en el fondo no ha interiorizado que está loco homicida por sus huesos o, directamente, es gay. Sí, todo muy almodovariano. Hasta el punto de que, en una nueva vuelta de tuerca de estas peregrinas ideas que esgrime el director manchego en sus películas, nuestras dulces damiselas opinan que un hombre puede ser gay... hasta que se cruza con ellas, que entonces seguro, seguro, se vuelve hetero. Pues vale.
Visto así, me parece un acto de pretensión y presunción como mínimo extravagante. Por supuesto, los hombres tienen un mecanismo animal que les lleva a reaccionar con alegría ante una jamelga de buen ver, pero eso no quiere decir que quiera o pueda llevarse a la cama a la diosa o que mínimamente le guste. Simplemente, hay una serie de factores que, a la vista (ya no digamos al tacto) reaccionan con vida propia, sin que tenga demasiado que ver el hecho de que la persona que tengan enfrente les parezca un sílfide o una sífilis, a elegir.
Eso por un lado. Por otro, es de agradecer que ciertas mujeres jóvenes tengan tanta confianza en sí mismas y en sus armas femeninas. Me parece muy bien que se crean conquistadoras en tierras lejanas, dispuestas a llevarse el oro y también al moro. El problema es cuando en su camino se cruza algún elemento que no les presta la debida atención por los motivos que sean (a lo mejor, simplemente, porque su cabeza está en otras partes). Imagino que el darse cuenta de que sus cantos de sirena no afectan por igual a todos los navegantes debe ser demoledor, hasta el punto de cuestionarse continuamente el por qué y el cómo (el quién ya lo tienen resuelto). Se trata de un bucle absurdo y curioso que he tenido la ocasión de contemplar y del que es muy difícil sacar a la persona, más que nada porque procesos mentales tan sencillos como el de que es imposible gustarle a todo el mundo no entra dentro de sus acepciones, sobre todo cuando identificamos el término gustar, no referido al conjunto de cualidades de una persona que la hacen especial y diferente, sino al mero hecho de la atracción sexual. Lo que vendría siendo reducción al absurdo.
Yo no he pasado por eso en mi vida: jamás me he creído en posesión de ningún don divino que hiciera que todo ser con pantalones se interesara por mí y quisiera hacerme un hijo. Probablemente porque nunca, y menos de serie, he sido merecedora de tantas atenciones. De ahí que me resulte todo un espectáculo esta lucha de poder y esta forma de pensamiento único del porque yo lo valgo. Sin embargo, también me parece patético el que, este tipo de mujer, al llegar a cierta edad o cuando entiende que no puede despertar tantas pasiones como alguien más joven, caiga en la desesperación emocional e incluso en la aberración de tratamientos absurdos para sacar lustre al atractivo de forma proporcional al borrado del carácter y la personalidad. Cuando tu vida rota en torno al eje de atraer a los demás y el paso del tiempo te retira ese eje, solo te queda la opción de dar vueltas alrededor de ti mismo sin saber dónde agarrarte para no caer. Lógicamente, acabas pegándote un señor trompazo.
Me preocupa la importancia que le damos todos, hombres y mujeres, a un cuerpo atractivo y a una cara bonita. Y, sobre todo, el hecho de confiar la pervivencia de la relación a la supervivencia de ambos. Es una de las mayores injusticias que cometemos con nosotros mismos (la esclavitud de lo físico) y que no parecemos dispuestos a reparar, porque seguimos siendo fieles seguidores de las doctrinas de ciertas televisiones y revistas, impertérritas en sus mensajes de "cuerpo 10", "aprende a estar sexy para tu chico" "cómo atraer a los hombres" "delgada y firme en una semana" y demás estupideces a las que ciertos medios son muy afectos.
No sé si estamos creando ninfas o monstruos, o las dos cosas. A lo mejor perpetuamos la leyenda de aquellos seres de la antigüedad, que hacían lo imposible por embellecer y rejuvenecer su físico para esconder el duende deforme que había en su interior. Y lo curioso es que, ante eso, los demás, los "normales", no podemos ni queremos luchar. De hecho, lo "normal" es que ni nos miren. ¿Para qué?


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