sábado, 19 de noviembre de 2011

Ricos, ricos

He de confesar, y estoy a punto de flagelarme por ello, que, últimamente, la MTV es una fuente de inspiración para mí. Vamos, que me quedo a cuadros viéndola. Me imagino al realizador de alguno de los programas que la cadena se saca de la manga partiéndose la caja mientras monta tanta tontada. Lanzo desde el ya el reto a cualquier Universidad cuyo nombre no sale ni en las guías: chicos, entre física cuántica y logaritmos neperianos haced un estudio sobre el tema, porque la ironía que encierran sus shows más granados es fina, fina. Tan fina, que parece un complot para aborregar al mundo.
Mi último shock brutal se llama Dulces Dieciséis y es un modesto programita en el que una niñata, cuyos papás están forrados de pasta, pretende (y, por supuesto, logra) organizar el fiestón de su vida. Cumple 16, pero lo mismo podría cumplir 34. Lo que importa no es tanto la edad sino el ensamblaje neuronal de los protagonistas del evento. En el que yo tuve la "suerte" de presenciar, una pimpolla de Atlanta, llamada Allison, pretendía movilizar a lo más florido del rap estadounidense para que ejerciera de atrezzo en su fiesta. Contaba con la ventaja de que su padre era un prestigioso abogado del mundo del espectáculo y su madre gozaba de un cociente intelectual parejo al de su retoño. Así se las ponían a Fernando VII (sí, el mismo que usaba paletón).
El, para mí, momento cumbre de los preparativos, acontece cuando la niña, la mamá y una señora que pasaba por allí van a conocer al organizador del cotarro. Allison comienza a pedir y no para, siendo lo más reseñable que "corte usted la calle principal de la ciudad para que yo pueda hacer un gran desfile". En sábado y hora punta. El organizador, que en ese momento seguramente hubiera preferido haberse dedicado a la recolección de la fresa, le dice que jamás en toda la historia de Atlanta se ha cortado la calle principal y que, además, en dicha calle hay un hospital y que qué van a hacer las ambulancias. Respuesta de Allison: "que se esperen; o, si tienen mucha prisa, que den un rodeo". Hala, haciendo el bien. Por supuesto, la santa madre entra en liza y suelta aquello de "si Allison lo quiere, Allison lo tiene"y sí, se corta la calle, los alrededores y yo, que lo estoy viendo, me corto las venas.
Educar a criaturas de mentes tan frágiles en los desmanes y los caprichos no sé yo si estará muy bien cuando son pequeños. Pero persistir en la estupidez ya en la adolescencia, incidiendo en la tontería más elemental, nos hunde a los demás, porque estos serán los retoños que tendrán el dinero, que manejarán las grandes corporaciones, que moverán los mercados para que nosotros, a miles de kilómetros de distancia, dispongamos de un plato de comida cada día. Lo pienso y se me ponen las raíces rubias.
Obviamente, igual que nadie cree (¿verdad, chicos de Intereconomía?) que la gente de izquierdas debe estar en la indigencia para vivir acorde con su ideología, no podemos reducir la ecuación al absurdo planteándonos que todos los megarricos tienen menos cerebro que una bombilla de bajo consumo.  Pero, sacando bigote y poniéndonos serios, sí es inevitable mosquearse ante el acopio ingente de riqueza que han hecho los más privilegiados durante esta crisis. Suben las ventas de artículos de lujo y los evasores de grandes fortunas -siempre protegidos por los gobiernos- se niegan a hacer públicos nombres, cuentas y patrimonios. Y cuando algún país, como recientemente Grecia, amenaza con desvelar identidades, ellos contraatacan alegando que, de ser cierto, se llevarán sus dineros a otros paraísos menguando las ya de por sí depauperadas arcas patrias. Lógicamente, no hay que hacer un cruso de ciencia forense para deducir que quien así reacciona es porque tiene mucho que ocultar.
No me preocupan en absoluto estos ricos tipo príncipe de Bell Air que salen en la MTV. Lo suyo es puro oropel y sus brillos se parecen más a la quincalla. Alardear de que se tiene mucho es alardear de que, en tu interior, no hay nada, para bien y para mal. Los que sí me tienen en un ay son esos golfos apandadores que se esconden, que manejan y desmadejan, que jamás salen en las revistas ni en los periódicos. Pocos, pero poderosos, dueños y señores de las grandes triquiñuelas que rigen el mundo. A ninguno de ellos se les ocurriría jamás organizar una fiesta hortera de 16 (ni de 34). Ni siquiera a los magnates rusos en la sombra que tanto miedo nos dan.
Como dijo alguien hace poco, "desde que me enteré de que las grandes tuneladoras llevan diamantes para hacer agujeros, me han dejado de gustar las joyas". Yo, que aborrezco las más estereotipadas muestras de riqueza, le acompaño en el sentimiento. A él, pero también a los padres de tanto niñato adolescente con posibles. Bastante tienen con lo que tienen...

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