Por fin nuestro Partido Socialista, tan poco obrero él, se ha decidido convocar elecciones primarias para elegir a su futuro líder o "lideresa". La fecha escogida es el próximo noviembre, que a los mortales comunes, acostumbrados últimamente a ciclogénisis y vientos huracanados, nos parece lejanísima, pero que a ellos les debe de semejar de lo más cercana, a tenor de la adrenalina que se ha extendido por las cabezas pensantes, y sobre todo parlantes, de este partido español que parece de izquierdas pero, a lo mejor, no lo es tanto.
A pesar de mis reservas acerca de dónde vienen y, sobre todo, hacia dónde van los socialistas y en qué transformó la Transición a su progresista ideología, reconozco que este invento de las primarias nos va a tener a muchos en un ay, observando las trampas, las patadas bajo la mesa y los entuertos hasta descubrir, allá por el otoño, quién demonios es el asesino. El asesino de compañeros supuestamente carismáticos, quiero decir.
Dicha emoción sin límites se ha acrecentado tras declarar el propio partido que las dichosas primarias van a estar abiertas a todo quisque. Esto es, que si usted o yo somos simpatizantes del partido y pagamos dos euros, podemos rellenar la correspondiente papeleta y echarle flores al líder que nos parezca más zalamero. ¿A que mola? Me dan ganas de participar y todo. El único inconveniente es que no me considero simpatizante socialista, y parece que aquí los próceres de la humanidad consideran requisito imprescindible que uno le tenga cierto cariño a los colores. Lo cual me lleva a pensar que este truco de marketing global, en realidad esconde la voluntad de crear una inmensa base de datos de gente que tenga el corazón escorado a la izquierda. Aunque no sé cómo lo van a demostrar... ¿Harán un cuestionario a pie de urna para preguntar cosas tan folclóricas como las que figuran en el cuestionario de migración estadounidense? ¿Querrán saber si durante la Segunda Guerra Mundial simpatizamos con el partido nazi o tuvimos la desfachatez de alojar en nuestra casa a algún terrorista en el último año? ¿Pretenderán averiguar si nos gustan más las rosas o los claveles? ¿Las gaviotas o los ruiseñores? Estoy en un sinvivir.
Mientras analizo si voto o no y me visto de simpática simpatizante por un día, declaro desde ya que me caen razonablemente bien (tampoco nos pasemos) Madina y Patxi López y que se me tuerce el gesto cada vez que oigo en la tele el parlamento de Susana Díaz o el de Carme Chacón. De la primera porque desconfío de su discurso, de su currículum y de sus intenciones; de la segunda, porque aunque ya no me gustaba antes, ahora menos: a mi entender, se ha marcado un Soraya Sáenz, esto es, desaparecer convenientemente de los flashes, salvo cuando las noticias eran buenas, y dejar que se quemen otros. Semejantes fobias y filias, encima, me hacen sentir fatal, porque, a pesar de mi defensa de la participación de las mujeres en política, reconozco que, en mi fuero interno, el cartel de vedettes que nos plantea el Partido Socialista me parece cutre salchichero y más falso que una moneda de cinco euros.
Después de la experiencia de las Pajines, las Aídos, y ahora mismo las Báñez o las Botella, creo firmemente que la auténtica cantera femenina de los partidos no se haya en la primera fila del front row, sino en la segunda y hasta la tercera. Pero, claro, como también dije en su día, ser mujer, ocuparse de tu trabajo, de tu familia y de tus reuniones no puede ser fácil, a no ser que te hayas criado al calor del partido y tu trabajo y tu familia se reconcentren en la misma sede, con lo que el asunto está chupado (perdón por la machista expresión). A los casos de Díaz y Báñez me remito.
Pero, bueno, no seré yo quien diga que Chacón no tiene el mismo derecho que Rubalcaba a llevar a los socialista hasta las más altas cotas de la miseria. Desde el momento que ejerció como ministra de Defensa (ay, Zapatero) sin conocer apenas nada de los entresijos de las Fuerzas Armadas salvo lo visto en la Teniente O'Neil, la creo capaz de todo. Incluso de demostrarme que estoy equivocada y que se trata de una de las gestoras más eficaces que ha dado este país. Porque, sí, por mucho que amemos el carisma, lo que este país necesita ahora mismo es un buen gestor que sepa coordinar la bonanza macroeconómica con la evolución microeconómica y que pueda rodearse de asesores competentes que no le aconsejen, sin ir más lejos, que practicar sexo es bueno solamente si está destinado a lograr un embarazo, o le sugiera como Ministro del Interior a ejemplares como Fernández Díaz, miembro emérito del ultracatolicismo y a quien le han encargado velar por nuestras cosas con mano de hierro. Literalmente.
Lo más interesante de este asunto de las primarias va a ser, insisto, contemplar las alianzas, los encuentros y desencuentros y el peloteo sin fin entre la cúpula. Aunque lo verdaderamente revolucionario, para un gran partido, sería que todo el mundo se pudiera postular candidato sin necesidad de avales ni demás gaitas. Hay pelotas, pero, a lo mejor, lo que no hay son huevos.
domingo, 19 de enero de 2014
sábado, 11 de enero de 2014
Desamor
Ese estupendo invento llamado Museo de las Relaciones Rotas, que surgió en Croacia hace ya un tiempo, ha llegado a México. El 12 de marzo abrirá sus puertas en el DF el rincón que convierte el desamor en arte y, por ello, los mexicanos han sido invitados a legar las pertenencias de una historia que pudo ser y no fue. Bajo el lema "déjalo ir, suelta el pasado y avanza", una multitud de hombres y mujeres han ido entregando aquellos recuerdos que les impiden seguir adelante. La convocatoria ha tenido tanto éxito que México, a día de hoy, ostenta el récord de país con mayores aportaciones a la curiosa galería de llantinas y dolores fuertes.
Los medios opinan que, a lo mejor, lo que pasa es que los mexicanos sufren más por amor. Yo creo que las razones son bastantes más prosaicas, y pueden ir desde que el DF es una de las capitales con mayor número de habitantes del planeta, con lo que el éxito del casting está asegurado, hasta la querencia de los latinoamericanos (ellos también; no solo ellas) por las telenovelas que te dejan el corazón como un guiñapo: churruscadito y en carne viva. A lo mejor esto incide en que vivan sus historias sentimentales de manera mucho menos vulgar que los europeos, por ejemplo, a quienes las ansias de superarlo y presumir de ello nos ciegan. Más incluso que el sufrimiento producido y/o causado.
Yo siempre he sido de la idea de que, cuando algo se acaba, adiós muy buenas y, si eso, que te recuerde tu santa madre. Ahora, sin embargo, cuando he entendido que el tiempo no lo cura todo, que no puedes ser amigo de quien te hizo daño hasta que deje de dolerte (algo que puede durar unos meses como mínimo) etc, creo que hay que conservar los recuerdos. Físicos y emocionales. Con ello no quiero decir que debamos ponerle altares al finado con aquellas cosas que nos legó en nuestra vida juntos, pero al menos sí asumir que forma parte de nosotros, como las conchas que recogimos en aquella playa remota o las joyas que nos legó la abuela. Si atesoramos souvenir que, al fin y al cabo, no nos importan tanto, ¿por qué deshacernos de aquello que nos marcó?
Creo que el secreto para apagar los rescoldos de una relación que en su día fue fuego y hoy es ceniza, no está en olvidar. De hecho, el empeño en olvidar dice muy poco de nosotros, en tanto en cuanto deseamos relativizar algo que, nos fastidie o no, tiene y ha tenido mucha importancia en un determinado momento de nuestra existencia. La llave del éxito esté, quizás, en asumir todo el proceso como una experiencia de vida, y encarar el futuro sabiendo que llevamos ahí una mochila que, cada día que pase, se hará más ligera, pero también nos convertirá en personas más sabias si nos proponemos aprender de lo hecho.
Nunca he entendido a la gente que se fustiga intentando revivir historias caducas hasta rozar el acoso. Uno tiene que poner distancia y tiempo para que renazca el cariño. Tal vez, algún día, las dos partes del todo coincidan de nuevo y puedan, si el corazón y la cabeza lo permiten, intentar ser amigos y estrechar lazos sin que sobre los tejados de su estrenado templo emocional sobrevuelen la culpa, la desconfianza y el miedo. Cuidado con los nubarrones, porque siempre traen lluvia y, algunos, incluso rayos y truenos.
Aun así, entiendo perfectamente que la primera reacción de un corazón roto sea deshacerse de los cartuchos que dejaron las balas. Ello no nos sana, pero al menos crea el espejismo de un cierto alivio. Porque por mucho que nos empeñemos en quemar/donar/tirar objetos, el recuerdo va más allá de lo tangible, y cualquier cosa (un paseo, una frase, una calle) nos traerá a la memoria lo perdido. Solo dejando de vivir se podría poner punto y final a la memoria y no creo sinceramente que ningún desamor merezca un The End tan estrafalario.
La colección que ahora mantiene embobados a los mexicanos, hurgando en la caja de sus tesoros, tal vez no sea una estrategia maravillosa para mandar a la porra lo que no funcionó, pero sí una estupenda aventura que nos permitirá darnos cuenta de que nadie está solo ni a salvo en esta historia del desamor. Además, claro, de alucinar con el valor sentimental que le conceden algunos a objetos tan nimios como las figuritas de Pokemon; a otros tan sorprendentes como distintas prótesis del cuerpo (eso sí es una ruptura, literal y metafóricamente hablando) o a algunos tan poco imaginativos como un cuchillo. No entremos en detalles de por qué los recuerdos de un amante se centralizan en dicho elemento cortante. Corramos un "estúpido" velo.
Mientras, mi teoría seguirá siendo la misma: es incierto que el tiempo lo sane todo, pero sí consigue que pongamos las cosas en perspectiva, asimilemos lo vivido y crezcamos con ello y gracias a ello; olvidar una gran amistad o un gran amor es uno de los empeños más mezquinos del ser humano, un desprecio a lo que hemos sido y que, en gran parte, nos ha hecho lo que somos; todos tenemos que asumir que las personas que se cruzan en nuestro camino han tenido una vida a la que debemos respetar y hasta cuidar; recordar es noble, y sentimientos como la ira y el deseo de venganza no deben ser tomados como algo pecaminoso sino como un vehículo en el que pasear el dolor durante los momentos de desgarro emocional.
E, insisto, que el Museo de las Relaciones Rotas es un grandísimo invento.
Los medios opinan que, a lo mejor, lo que pasa es que los mexicanos sufren más por amor. Yo creo que las razones son bastantes más prosaicas, y pueden ir desde que el DF es una de las capitales con mayor número de habitantes del planeta, con lo que el éxito del casting está asegurado, hasta la querencia de los latinoamericanos (ellos también; no solo ellas) por las telenovelas que te dejan el corazón como un guiñapo: churruscadito y en carne viva. A lo mejor esto incide en que vivan sus historias sentimentales de manera mucho menos vulgar que los europeos, por ejemplo, a quienes las ansias de superarlo y presumir de ello nos ciegan. Más incluso que el sufrimiento producido y/o causado.
Yo siempre he sido de la idea de que, cuando algo se acaba, adiós muy buenas y, si eso, que te recuerde tu santa madre. Ahora, sin embargo, cuando he entendido que el tiempo no lo cura todo, que no puedes ser amigo de quien te hizo daño hasta que deje de dolerte (algo que puede durar unos meses como mínimo) etc, creo que hay que conservar los recuerdos. Físicos y emocionales. Con ello no quiero decir que debamos ponerle altares al finado con aquellas cosas que nos legó en nuestra vida juntos, pero al menos sí asumir que forma parte de nosotros, como las conchas que recogimos en aquella playa remota o las joyas que nos legó la abuela. Si atesoramos souvenir que, al fin y al cabo, no nos importan tanto, ¿por qué deshacernos de aquello que nos marcó?
Creo que el secreto para apagar los rescoldos de una relación que en su día fue fuego y hoy es ceniza, no está en olvidar. De hecho, el empeño en olvidar dice muy poco de nosotros, en tanto en cuanto deseamos relativizar algo que, nos fastidie o no, tiene y ha tenido mucha importancia en un determinado momento de nuestra existencia. La llave del éxito esté, quizás, en asumir todo el proceso como una experiencia de vida, y encarar el futuro sabiendo que llevamos ahí una mochila que, cada día que pase, se hará más ligera, pero también nos convertirá en personas más sabias si nos proponemos aprender de lo hecho.
Nunca he entendido a la gente que se fustiga intentando revivir historias caducas hasta rozar el acoso. Uno tiene que poner distancia y tiempo para que renazca el cariño. Tal vez, algún día, las dos partes del todo coincidan de nuevo y puedan, si el corazón y la cabeza lo permiten, intentar ser amigos y estrechar lazos sin que sobre los tejados de su estrenado templo emocional sobrevuelen la culpa, la desconfianza y el miedo. Cuidado con los nubarrones, porque siempre traen lluvia y, algunos, incluso rayos y truenos.
Aun así, entiendo perfectamente que la primera reacción de un corazón roto sea deshacerse de los cartuchos que dejaron las balas. Ello no nos sana, pero al menos crea el espejismo de un cierto alivio. Porque por mucho que nos empeñemos en quemar/donar/tirar objetos, el recuerdo va más allá de lo tangible, y cualquier cosa (un paseo, una frase, una calle) nos traerá a la memoria lo perdido. Solo dejando de vivir se podría poner punto y final a la memoria y no creo sinceramente que ningún desamor merezca un The End tan estrafalario.
La colección que ahora mantiene embobados a los mexicanos, hurgando en la caja de sus tesoros, tal vez no sea una estrategia maravillosa para mandar a la porra lo que no funcionó, pero sí una estupenda aventura que nos permitirá darnos cuenta de que nadie está solo ni a salvo en esta historia del desamor. Además, claro, de alucinar con el valor sentimental que le conceden algunos a objetos tan nimios como las figuritas de Pokemon; a otros tan sorprendentes como distintas prótesis del cuerpo (eso sí es una ruptura, literal y metafóricamente hablando) o a algunos tan poco imaginativos como un cuchillo. No entremos en detalles de por qué los recuerdos de un amante se centralizan en dicho elemento cortante. Corramos un "estúpido" velo.
Mientras, mi teoría seguirá siendo la misma: es incierto que el tiempo lo sane todo, pero sí consigue que pongamos las cosas en perspectiva, asimilemos lo vivido y crezcamos con ello y gracias a ello; olvidar una gran amistad o un gran amor es uno de los empeños más mezquinos del ser humano, un desprecio a lo que hemos sido y que, en gran parte, nos ha hecho lo que somos; todos tenemos que asumir que las personas que se cruzan en nuestro camino han tenido una vida a la que debemos respetar y hasta cuidar; recordar es noble, y sentimientos como la ira y el deseo de venganza no deben ser tomados como algo pecaminoso sino como un vehículo en el que pasear el dolor durante los momentos de desgarro emocional.
E, insisto, que el Museo de las Relaciones Rotas es un grandísimo invento.
martes, 7 de enero de 2014
Nadie me quiere
Eso es lo que tiene que estar pensando ahora mismo Su Campechana Majestad mientras a estas horas, calculo, degusta su exquisita cena y tira dardos a los presentadores de informativos, ocupados en analizar y repasar este asunto de la reimputación de su real hija, la infanta Cristina. Menudo incordio para tan máxima autoridad.
Esperemos que no se cumpla aquello de que no hay dos sin tres y ésta sea la "redefinitiva" "reimputación" de la "reinona". Más que nada porque si la consorte del presunto no se presenta el día 8 a contarle el preceptivo cuento al señor juez, el pueblo se va a volver más soberano que nunca. Durante meses hemos asistido a una escenificación de ese sainete interpretado por jueces, fiscales, agentes tributarios, partidos pseudopolíticos, lameculos en general y aristócratas en particular, tirando de una ficticia cuerda en la que a un lado están lo más noble y granado de la sociedad y, al otro, un juez solitario acompañado de la mayor parte de la ciudadanía de este país. En un primer asalto ganaron los otros, y los demás nos fuimos a casa con las manos escocidas de tanto tirar; esta mañana nos han despertado con la noticia de que la cosa está igualada y que, solo a lo mejor, la infanta lista y consentidora va a tener que sentar sus nobles posaderas en un banquillo para contar lo que sabe de los chanchullos de su marido que eran también los suyos. Y todo ello es una muy buena nueva, tanto para los de a pie, que seguimos ilusionados con aquello de que la justicia es igual para todos, como para la infanta, que gracias a este nuevo auto del juez Castro tendrá la posibilidad de defenderse y argumentar su inocencia, algo de lo que, gracias a la callada por respuesta, hasta el momento no tenemos constancia.
Así que ojalá todo siga su curso pertinente y no vengan los palmeros de la realeza a amargarnos el banquete de noticias que nos estamos dando. Ahora mismo, la ilusión del españolito medio es que los corruptos paguen por sus hazañas y que, como en las películas de Hollywood, al final ganen los buenos y los hombres de la calle puedan ejercer el papel de héroe que se barrunta desde los títulos de crédito.
Deseos aparte, el rey tiene que estar que se sube por las paredes con muletas ergonómicas y todo. En estos días, cuando se ha abierto la veda y conocemos otra cara de don Juan Carlos, de una chulería que raya la desfachatez y un apego al trono y a los dineros que roza la insensibilidad cuando no la penetra directamente y no solo con la puntita, todos son malas noticias para la monarquía, que no logra contactar con el ciudadano. No se entiende. No se entiende que un rey diga que la justicia es igual para todos en público mientras en privado predica lo contrario; no se entiende que este señor se llene la boca con mensajes de solidaridad hacia el sufrimiento de su pueblo mientras se gasta millones de euros en construir una casita donde exhibir sus trofeos de caza a cargo de Patrimonio Nacional o, lo que es lo mismo, a cargo de nuestros bolsillos; no se entiende que aplauda y apoye en la intimidad a quienes atacan los principios constitucionales en aras de una protección a la monarquía que, si fuera una institución cabal y moderna (al margen de las razones tan memas de su simple existencia) no necesitaría de adalides de la verdad y de la justicia que sacaran a pasear sus viperinas lenguas deshonrando aquello que tanto presumen defender.
El sufrimiento real se entiende, pero resulta casi chulesco viniendo de gentes que solo han disfrutado de prebendas en sus vidas y las siguen teniendo mientras que los demás, ni las hemos olido. No es de extrañar que la valoración de la monarquía esté por los suelos en las encuestas: lo que me resulta extraño es que el príncipe, que no ha hecho nada más que presumir de apostura, se encuentre tan bien valorado. A qué extremos hemos llegado que damos crédito a quien no ha demostrado atisbo de lo mejor solo porque no ha dado señales de lo peor.
En esta Casa Real todo son rémoras, desde el Rey a Letizia, muy segura en su papel de madrastra de Blancanieves. Lo único que congraciaría a la institución con los españoles es que alguien de esa familia saliera en defensa de su pueblo, rechazando los recortes y la corrupción y ejecutando actos para hacer valer sus palabras. Aquella salida a la plaza de don Juan Carlos el 23 F estuvo muy bien, pero todo hace pensar que fue algo orquestado en tanto en cuanto ahora, víctimas como somos de un golpe de Estado político, nadie es capaz de dar la cara por nosotros. A todo lo más, felicitarnos el año y recordarnos lo miserables que somos y lo mucho que nos tenemos que ayudar y acompañar. Siempre entre nosotros, claro. En estos momentos es cuando necesitaríamos una monarquía ejemplar y cabreada con las injusticias. En su lugar, tenemos una institución amoral y enfadada con la justicia.
Sinceramente, creo que a la Casa Real le vendría mucho mejor que la infanta hiciera el paseíllo hasta los juzgados y contara su verdad que torpedear a la opinión pública con noticias tan perturbadoras como el hastío real ante la tardanza en la instrucción de la causa de Noos y Aizoon o que la infanta y su presuntamente corrupto consorte hayan disfrutado de la cena de Nochebuena en Zarzuela, en amor y compaña de padres y hermanos. Uno tiene derecho a cenar con sus parientes y compartir momentos con ellos, pero cuando se trata de la monarquía, una cosa es hacerlo y otra, mucho más peligrosa, contarlo.
Al Rey, ese señor mayor de salud delicada, como lo definió su última y simpática supuesta amante, ya no le quiere casi nadie. Aun así, son muchos los que le siguen utilizando y, entre todos, nos usan a los demás. No le llamemos amor cuando, en realidad, lo que queremos decir es dar por saco.
Esperemos que no se cumpla aquello de que no hay dos sin tres y ésta sea la "redefinitiva" "reimputación" de la "reinona". Más que nada porque si la consorte del presunto no se presenta el día 8 a contarle el preceptivo cuento al señor juez, el pueblo se va a volver más soberano que nunca. Durante meses hemos asistido a una escenificación de ese sainete interpretado por jueces, fiscales, agentes tributarios, partidos pseudopolíticos, lameculos en general y aristócratas en particular, tirando de una ficticia cuerda en la que a un lado están lo más noble y granado de la sociedad y, al otro, un juez solitario acompañado de la mayor parte de la ciudadanía de este país. En un primer asalto ganaron los otros, y los demás nos fuimos a casa con las manos escocidas de tanto tirar; esta mañana nos han despertado con la noticia de que la cosa está igualada y que, solo a lo mejor, la infanta lista y consentidora va a tener que sentar sus nobles posaderas en un banquillo para contar lo que sabe de los chanchullos de su marido que eran también los suyos. Y todo ello es una muy buena nueva, tanto para los de a pie, que seguimos ilusionados con aquello de que la justicia es igual para todos, como para la infanta, que gracias a este nuevo auto del juez Castro tendrá la posibilidad de defenderse y argumentar su inocencia, algo de lo que, gracias a la callada por respuesta, hasta el momento no tenemos constancia.
Así que ojalá todo siga su curso pertinente y no vengan los palmeros de la realeza a amargarnos el banquete de noticias que nos estamos dando. Ahora mismo, la ilusión del españolito medio es que los corruptos paguen por sus hazañas y que, como en las películas de Hollywood, al final ganen los buenos y los hombres de la calle puedan ejercer el papel de héroe que se barrunta desde los títulos de crédito.
Deseos aparte, el rey tiene que estar que se sube por las paredes con muletas ergonómicas y todo. En estos días, cuando se ha abierto la veda y conocemos otra cara de don Juan Carlos, de una chulería que raya la desfachatez y un apego al trono y a los dineros que roza la insensibilidad cuando no la penetra directamente y no solo con la puntita, todos son malas noticias para la monarquía, que no logra contactar con el ciudadano. No se entiende. No se entiende que un rey diga que la justicia es igual para todos en público mientras en privado predica lo contrario; no se entiende que este señor se llene la boca con mensajes de solidaridad hacia el sufrimiento de su pueblo mientras se gasta millones de euros en construir una casita donde exhibir sus trofeos de caza a cargo de Patrimonio Nacional o, lo que es lo mismo, a cargo de nuestros bolsillos; no se entiende que aplauda y apoye en la intimidad a quienes atacan los principios constitucionales en aras de una protección a la monarquía que, si fuera una institución cabal y moderna (al margen de las razones tan memas de su simple existencia) no necesitaría de adalides de la verdad y de la justicia que sacaran a pasear sus viperinas lenguas deshonrando aquello que tanto presumen defender.
El sufrimiento real se entiende, pero resulta casi chulesco viniendo de gentes que solo han disfrutado de prebendas en sus vidas y las siguen teniendo mientras que los demás, ni las hemos olido. No es de extrañar que la valoración de la monarquía esté por los suelos en las encuestas: lo que me resulta extraño es que el príncipe, que no ha hecho nada más que presumir de apostura, se encuentre tan bien valorado. A qué extremos hemos llegado que damos crédito a quien no ha demostrado atisbo de lo mejor solo porque no ha dado señales de lo peor.
En esta Casa Real todo son rémoras, desde el Rey a Letizia, muy segura en su papel de madrastra de Blancanieves. Lo único que congraciaría a la institución con los españoles es que alguien de esa familia saliera en defensa de su pueblo, rechazando los recortes y la corrupción y ejecutando actos para hacer valer sus palabras. Aquella salida a la plaza de don Juan Carlos el 23 F estuvo muy bien, pero todo hace pensar que fue algo orquestado en tanto en cuanto ahora, víctimas como somos de un golpe de Estado político, nadie es capaz de dar la cara por nosotros. A todo lo más, felicitarnos el año y recordarnos lo miserables que somos y lo mucho que nos tenemos que ayudar y acompañar. Siempre entre nosotros, claro. En estos momentos es cuando necesitaríamos una monarquía ejemplar y cabreada con las injusticias. En su lugar, tenemos una institución amoral y enfadada con la justicia.
Sinceramente, creo que a la Casa Real le vendría mucho mejor que la infanta hiciera el paseíllo hasta los juzgados y contara su verdad que torpedear a la opinión pública con noticias tan perturbadoras como el hastío real ante la tardanza en la instrucción de la causa de Noos y Aizoon o que la infanta y su presuntamente corrupto consorte hayan disfrutado de la cena de Nochebuena en Zarzuela, en amor y compaña de padres y hermanos. Uno tiene derecho a cenar con sus parientes y compartir momentos con ellos, pero cuando se trata de la monarquía, una cosa es hacerlo y otra, mucho más peligrosa, contarlo.
Al Rey, ese señor mayor de salud delicada, como lo definió su última y simpática supuesta amante, ya no le quiere casi nadie. Aun así, son muchos los que le siguen utilizando y, entre todos, nos usan a los demás. No le llamemos amor cuando, en realidad, lo que queremos decir es dar por saco.
sábado, 4 de enero de 2014
Naderías
Ayer fue un día grande para los medios en general y para el PP en particular. Ante una oposición que se arrastra (luego no podrás gritar cuando te pisen), el Gobierno y sus redes anunciaban a bombo y platillo que el paro había bajado en nuestro país como (casi) nunca antes y que la prima de riesgo era poco menos que un dato ridículo que se paseaba por los mercados. Y no solo los partidarios del PP, resacosos ante las estadísticas que confirman que el partido de sus amores ganaría las próximas elecciones, estaban con ganas de celebrarlo: media España a punto anduvo de descorchar el champán caro, ése que los republicanos guardan para el advenimiento de la III.
No entiendo mucho de qué va esto. De hecho, creo que la mayoría de la población no sabe qué es la prima de riesgo y que, en sus cabezas, ha adquirido la categoría de coco, de monstruo de enormes fauces e infinidad de dientes, que un día vendrá y nos devorará por encima de nuestras posibilidades. En una entrada anterior ya me extendía sobre la prima y demás familia, así que no voy a explayarme, aunque sí indicar que, sin campaña de marketing mediante, el conflictivo dato se ha convertido en una máquina de asustar y agarrotar para aquellos que manejan el cotarro económico y que no somos ni yo, ni tú ni nosotros, sino más bien ellos.
Respecto al dato del paro, algunos analistas se echan las manos a la cabeza comparándolo con las espantosas cifras de población activa, pero lo suyo es como clamar en el desierto. La supuesta bonanza se alimenta de empleos precarios (que alguien se moleste en comprobar cuántos contratos indefinidos se eliminaron el año pasado) y del abandono forzoso de muchos integrantes de esta lista de empleo, expulsados por el sistema, que ya no contempla ayudas para ellos, o desalentados ante la imposibilidad de encontrar un trabajo. A todo ello habría que sumar la ausencia de los emigrantes retornados, los españoles que emigran y analizar a fondo el tema de la economía sumergida, reducto de aquellos a los que el dichoso sistema (qué anárquico suena todo) ha dejado de acoger entre sus brazos. De hecho, el fenómeno de la economía sumergida, o la latinización de nuestros mercados, como algunos lo llaman, tendría que ser fuente importante de preocupación del gobierno: de no existir, no creo que la población española, tan dada al siesteo, se mostrara igual de plácida y comprensiva ante el ahogamiento sistemático al que nos somete el PP armado de mentiras y falto de ideas. Aquí está pasando algo, y por mucho que Fátima Báñez, ungida por su virgen, inste a denunciarnos entre vecinos y parientes (al más puro estilo cubano; qué revolucionarios somos), la picaresca española tiende más a aquello de admirar al tramposo que a ponerle al pie de los caballos. O de las gaviotas, que para el caso da igual.
Sin embargo, la noticia verdaderamente deslumbrante del día fue el nacimiento del primer retoño de una pareja. Ni son de la realeza ni se les espera, pero parece que, para este país, un portero de fútbol y una chica guapa representan lo más de lo más del estrato social. Personalmente, les doy mi enhorabuena, pero no entiendo que este par, que no ha hecho nada destacable en pro del bien de la humanidad ni el progreso social y económico, ocupe las primeras páginas de la prensa "seria". Sería absurdo que no aparecieran en las revistas del corazón y los medios amarillentas, aunque no creo que lo suyo, tan pueril en su normalidad, merezca el tratamiento principesco que se le está dando. A no ser que, claro, en un país donde, según Gallardón, solo eres una auténtica mujer cuando te pones a parir, lo mismo este tipo de noticias merezcan un lugar de privilegio en el No-Do de los informativos ad hoc. Así nos va.
La mejor noticia (y con reparos) es que el libro de El Gran Wyoming, No estamos locos, es el más regalado de estas fiestas, por encima del engendro que cuenta la vida de Belén Esteban y que se ha convertido en el opio cultural del pueblo, deseoso de ser "salvado" por la nada absoluta. Reconozco que el escrito de Wyoming está lleno de obviedades, pero son obviedades muy sensatas que todos deberíamos releer de vez en cuando para saber quiénes somos y dónde estamos. Ni siquiera exige un ejercicio profundo de reflexión y comprensión, sino de mero sentido común. Basta con echar un vistazo a las "reacciones de los reaccionarios" ante la aparición de Wyoming en el top ten de los más leídos (llamándole cosas tan bonitas como feo, engendro y sinvergüenza) para saber que lo suyo escuece. Así que sigámosle de cerca ahora que aún nos dejan.
Mientras, yo me debato entre una lectura sobre la dinámica del anarquismo en la Patagonia y Tierra de Fuego, y otra sobre Práxedis G. Guerrero, un anarquista en la Revolución Mexicana. Si alguien me llama rara o pedante, a lo mejor es que lo soy, pero ¿y lo a gustito que me quedo?
No entiendo mucho de qué va esto. De hecho, creo que la mayoría de la población no sabe qué es la prima de riesgo y que, en sus cabezas, ha adquirido la categoría de coco, de monstruo de enormes fauces e infinidad de dientes, que un día vendrá y nos devorará por encima de nuestras posibilidades. En una entrada anterior ya me extendía sobre la prima y demás familia, así que no voy a explayarme, aunque sí indicar que, sin campaña de marketing mediante, el conflictivo dato se ha convertido en una máquina de asustar y agarrotar para aquellos que manejan el cotarro económico y que no somos ni yo, ni tú ni nosotros, sino más bien ellos.
Respecto al dato del paro, algunos analistas se echan las manos a la cabeza comparándolo con las espantosas cifras de población activa, pero lo suyo es como clamar en el desierto. La supuesta bonanza se alimenta de empleos precarios (que alguien se moleste en comprobar cuántos contratos indefinidos se eliminaron el año pasado) y del abandono forzoso de muchos integrantes de esta lista de empleo, expulsados por el sistema, que ya no contempla ayudas para ellos, o desalentados ante la imposibilidad de encontrar un trabajo. A todo ello habría que sumar la ausencia de los emigrantes retornados, los españoles que emigran y analizar a fondo el tema de la economía sumergida, reducto de aquellos a los que el dichoso sistema (qué anárquico suena todo) ha dejado de acoger entre sus brazos. De hecho, el fenómeno de la economía sumergida, o la latinización de nuestros mercados, como algunos lo llaman, tendría que ser fuente importante de preocupación del gobierno: de no existir, no creo que la población española, tan dada al siesteo, se mostrara igual de plácida y comprensiva ante el ahogamiento sistemático al que nos somete el PP armado de mentiras y falto de ideas. Aquí está pasando algo, y por mucho que Fátima Báñez, ungida por su virgen, inste a denunciarnos entre vecinos y parientes (al más puro estilo cubano; qué revolucionarios somos), la picaresca española tiende más a aquello de admirar al tramposo que a ponerle al pie de los caballos. O de las gaviotas, que para el caso da igual.
Sin embargo, la noticia verdaderamente deslumbrante del día fue el nacimiento del primer retoño de una pareja. Ni son de la realeza ni se les espera, pero parece que, para este país, un portero de fútbol y una chica guapa representan lo más de lo más del estrato social. Personalmente, les doy mi enhorabuena, pero no entiendo que este par, que no ha hecho nada destacable en pro del bien de la humanidad ni el progreso social y económico, ocupe las primeras páginas de la prensa "seria". Sería absurdo que no aparecieran en las revistas del corazón y los medios amarillentas, aunque no creo que lo suyo, tan pueril en su normalidad, merezca el tratamiento principesco que se le está dando. A no ser que, claro, en un país donde, según Gallardón, solo eres una auténtica mujer cuando te pones a parir, lo mismo este tipo de noticias merezcan un lugar de privilegio en el No-Do de los informativos ad hoc. Así nos va.
La mejor noticia (y con reparos) es que el libro de El Gran Wyoming, No estamos locos, es el más regalado de estas fiestas, por encima del engendro que cuenta la vida de Belén Esteban y que se ha convertido en el opio cultural del pueblo, deseoso de ser "salvado" por la nada absoluta. Reconozco que el escrito de Wyoming está lleno de obviedades, pero son obviedades muy sensatas que todos deberíamos releer de vez en cuando para saber quiénes somos y dónde estamos. Ni siquiera exige un ejercicio profundo de reflexión y comprensión, sino de mero sentido común. Basta con echar un vistazo a las "reacciones de los reaccionarios" ante la aparición de Wyoming en el top ten de los más leídos (llamándole cosas tan bonitas como feo, engendro y sinvergüenza) para saber que lo suyo escuece. Así que sigámosle de cerca ahora que aún nos dejan.
Mientras, yo me debato entre una lectura sobre la dinámica del anarquismo en la Patagonia y Tierra de Fuego, y otra sobre Práxedis G. Guerrero, un anarquista en la Revolución Mexicana. Si alguien me llama rara o pedante, a lo mejor es que lo soy, pero ¿y lo a gustito que me quedo?
jueves, 2 de enero de 2014
Con las manos en la masa
No tengo nada en contra de los concursos de cocina. Tampoco nada a favor. Como se deduce de mis palabras, lo cierto es que no he visto ninguno, ni Top Chef, ni MasterChef ni el Chef que parió a Peneque. Supongo que cada época tiene sus modas, y como ahora mismo la cocina no se encuentra entre las prioridades del hombre o la mujer modernos, este tipo de programas despiertan en nosotros la misma curiosidad que el Quimicefa que nos regalaban de niños y que nos servía para llenar nuestros acogedores hogares de aromas nunca olidos por ser vivo alguno.
Reconozco que la cocina no es precisamente una disciplina que se me de mal: le dedico tiempo, cariño e intuición y, tal vez por eso, los espacios televisivos en los que un chef se recrea mandando a sus tropas no me despierta la mínima curiosidad. De vez en cuando leo alguna crítica, como la última del MasterChef junior, donde, al parecer, les mostraron a los niños un dulce ternerillo para, acto seguido, enseñarles el partido que podían sacarle armados con un cuchillo y un poco de fuego. Para que luego nos quejemos del trauma de la madre de Bambi o del daño que ha hecho Cenicienta a los conceptos de familia moderna.
Sin embargo, reconozco que sí estoy enganchada (en la medida de lo posible) a otro formato, Renovators (Divinity), curiosamente de los mismos ideólogos que el famosísimo MasterChef. Ambos beben de sus raíces australianas, un país del que, como se suele decir, me gustan hasta los andares. Si algún día consigo darme un garbeo por las Antípodas ya estaré en paz con la vida, con el mundo y hasta con el Real Madrid. En fin… sea por lo que sea, a mí esto de ver a un puñado de mozos y mozas ejerciendo de paletas, enladrillando, amartillando y encofrando, me sube la bilirrubina. Sí, al más puro estilo Juan Luis Guerra.
Me considero uno de esos aburridos seres a los que se le da bien idear cosas pero muy mal llevarlas a la práctica. Sería una especie de Santiago Calatrava en zapatillas: puedo soñar naves más allá de Orión que, a la hora de reconstruirlas, lo mismo me sale un zurullo con pinta de higo chumbo. Mi cabeza y mis manos van cada una a su bola, aunque confieso que siempre he sacado muy buena nota en las asignaturas que tenían algo que ver con el arte y la creatividad. Supongo que poner mucha voluntad cuenta, porque si no, no me lo explico. De ahí que sienta tanta fascinación hacia la gente que puede crear cosas con las manos. Y, gracias a Renovators, me he dado cuenta que, si pusiera pedir un deseo, me parecería más a Pepe Gotera que a Pablo Alborán, aunque en la realidad me asemeje a los dos lo mismo que un capitel románico a un neumático.
Los chicos de Renovators tienen que afrontar retos semanales para ganar dinero y reformar una casa asignada a cada equipo. Porque sí, trabajan en grupo, aunque los miembros de los equipos que pierden los retos periódicos se ven a obligados a enfrentarse entre ellos. El que pierda es eliminado. De esa forma, cada vez van quedando menos para cumplir el reto, que es dejar la casa adjudicada hecha un pincel y ponerla a subasta. El concursante que logre mayor beneficio de la transacción será el ganador.
Como el programa se grabó en 2011, una, que es muy curiosa, ya sabe quién fue el vencedor y, por una vez y sin que sirva de precedente, el campeón coincide con mi favorito. Pero al margen del factor concurso/carrera/premio, lo que me llama la atención de Renovators es que es un programa amable, donde todos intentan superarse día a día y con un jurado fantástico al que te gustaría invitar a tu casa en Nochebuena y atarlos a la pata de la cama para que se quedaran, como mínimo, hasta San Valentín.
Pero, además de babear con la pericia y la simpatía de los jueces, me quedo embobada con la resolución de los retos y las masterclass que nos dan de albañilería, fontanería y hasta de combinación de colores y texturas. Recuerdo, por ejemplo, una prueba en la que los distintos equipos tenían que desguazar un coche y crear con las piezas un espacio, que podía ser una habitación de hotel, una sala de esparcimiento, un restaurante etc. Todavía estoy flipando con el resultado final de las distintas propuestas y la imaginación desatada de este puñado de australianos a los que contrataría, desde ya, para ejecutar la obra pública de cualquier ciudad española.
Sin embargo, por encima de todo, lo que me gusta de Renovators (supongo que también de MasterChef si lo viera) es que no hay gritos ni faltas de respeto y, no obstante, persiste la emoción; que el espectador aprende algo sin dejar de sentir los "colores" (en este caso literalmente, porque los equipos se identifican por el tono de su uniforme); que los retos superan nuestras expectativas cada semana y que podemos ser capaces de empatizar con las alegrías y las frustraciones de los concursantes sin sentirnos culpables por ello. Para mí es el show redondo, aunque dudo de que muchos espectadores españoles estén de acuerdo con mis apreciaciones.
Me encantaría que alguna productora patria asumiera el reto de crear un Renovators a la española, aunque imagino que los costes serían desorbitados: solo montar la parafernalia del hangar de pruebas y las casas para reformar ya valdría una pasta indecente. A lo mejor les saldría un programa tipo Reforma sorpresa pero con más peña; a lo peor, un engendro del palo de Esta casa es una ruina, versión salchichera de un programa norteamericano, y que pasó a la historia por acoger entre sus "expertos" a un ex novio de cierto presentador de televisión al que ya hace mucho tiempo que se le fue la pinza. Toquemos madera, nunca mejor dicho.
Reconozco que la cocina no es precisamente una disciplina que se me de mal: le dedico tiempo, cariño e intuición y, tal vez por eso, los espacios televisivos en los que un chef se recrea mandando a sus tropas no me despierta la mínima curiosidad. De vez en cuando leo alguna crítica, como la última del MasterChef junior, donde, al parecer, les mostraron a los niños un dulce ternerillo para, acto seguido, enseñarles el partido que podían sacarle armados con un cuchillo y un poco de fuego. Para que luego nos quejemos del trauma de la madre de Bambi o del daño que ha hecho Cenicienta a los conceptos de familia moderna.
Sin embargo, reconozco que sí estoy enganchada (en la medida de lo posible) a otro formato, Renovators (Divinity), curiosamente de los mismos ideólogos que el famosísimo MasterChef. Ambos beben de sus raíces australianas, un país del que, como se suele decir, me gustan hasta los andares. Si algún día consigo darme un garbeo por las Antípodas ya estaré en paz con la vida, con el mundo y hasta con el Real Madrid. En fin… sea por lo que sea, a mí esto de ver a un puñado de mozos y mozas ejerciendo de paletas, enladrillando, amartillando y encofrando, me sube la bilirrubina. Sí, al más puro estilo Juan Luis Guerra.
Me considero uno de esos aburridos seres a los que se le da bien idear cosas pero muy mal llevarlas a la práctica. Sería una especie de Santiago Calatrava en zapatillas: puedo soñar naves más allá de Orión que, a la hora de reconstruirlas, lo mismo me sale un zurullo con pinta de higo chumbo. Mi cabeza y mis manos van cada una a su bola, aunque confieso que siempre he sacado muy buena nota en las asignaturas que tenían algo que ver con el arte y la creatividad. Supongo que poner mucha voluntad cuenta, porque si no, no me lo explico. De ahí que sienta tanta fascinación hacia la gente que puede crear cosas con las manos. Y, gracias a Renovators, me he dado cuenta que, si pusiera pedir un deseo, me parecería más a Pepe Gotera que a Pablo Alborán, aunque en la realidad me asemeje a los dos lo mismo que un capitel románico a un neumático.
Los chicos de Renovators tienen que afrontar retos semanales para ganar dinero y reformar una casa asignada a cada equipo. Porque sí, trabajan en grupo, aunque los miembros de los equipos que pierden los retos periódicos se ven a obligados a enfrentarse entre ellos. El que pierda es eliminado. De esa forma, cada vez van quedando menos para cumplir el reto, que es dejar la casa adjudicada hecha un pincel y ponerla a subasta. El concursante que logre mayor beneficio de la transacción será el ganador.
Como el programa se grabó en 2011, una, que es muy curiosa, ya sabe quién fue el vencedor y, por una vez y sin que sirva de precedente, el campeón coincide con mi favorito. Pero al margen del factor concurso/carrera/premio, lo que me llama la atención de Renovators es que es un programa amable, donde todos intentan superarse día a día y con un jurado fantástico al que te gustaría invitar a tu casa en Nochebuena y atarlos a la pata de la cama para que se quedaran, como mínimo, hasta San Valentín.
Pero, además de babear con la pericia y la simpatía de los jueces, me quedo embobada con la resolución de los retos y las masterclass que nos dan de albañilería, fontanería y hasta de combinación de colores y texturas. Recuerdo, por ejemplo, una prueba en la que los distintos equipos tenían que desguazar un coche y crear con las piezas un espacio, que podía ser una habitación de hotel, una sala de esparcimiento, un restaurante etc. Todavía estoy flipando con el resultado final de las distintas propuestas y la imaginación desatada de este puñado de australianos a los que contrataría, desde ya, para ejecutar la obra pública de cualquier ciudad española.
Sin embargo, por encima de todo, lo que me gusta de Renovators (supongo que también de MasterChef si lo viera) es que no hay gritos ni faltas de respeto y, no obstante, persiste la emoción; que el espectador aprende algo sin dejar de sentir los "colores" (en este caso literalmente, porque los equipos se identifican por el tono de su uniforme); que los retos superan nuestras expectativas cada semana y que podemos ser capaces de empatizar con las alegrías y las frustraciones de los concursantes sin sentirnos culpables por ello. Para mí es el show redondo, aunque dudo de que muchos espectadores españoles estén de acuerdo con mis apreciaciones.
Me encantaría que alguna productora patria asumiera el reto de crear un Renovators a la española, aunque imagino que los costes serían desorbitados: solo montar la parafernalia del hangar de pruebas y las casas para reformar ya valdría una pasta indecente. A lo mejor les saldría un programa tipo Reforma sorpresa pero con más peña; a lo peor, un engendro del palo de Esta casa es una ruina, versión salchichera de un programa norteamericano, y que pasó a la historia por acoger entre sus "expertos" a un ex novio de cierto presentador de televisión al que ya hace mucho tiempo que se le fue la pinza. Toquemos madera, nunca mejor dicho.
miércoles, 1 de enero de 2014
Deseos de año nuevo
Estamos que lo tiramos. El gobierno se ha calzado la túnica de Rappel, ha echado mano de bola de cristal y ha empezado a lanzar pronósticos al aire como árbol que escupe polen. Por supuesto, en 2014 bajarán los impuestos, se crearán empleos a un ritmo desenfrenado y nuestra economía irá como un cohete, entre otras señales de incalculables bonanzas. Lancémonos compañeros y compañeras a vivir por encima de nuestras posibilidades, demotizar nuestras viviendas, dar la vuelta al mundo del derecho y del revés (más del derecho) y a gastar como si no hubiera un mañana. Sobre todo porque, a lo mejor, no lo hay...
Lo que el gobierno no nos cuenta es que las bajadas de algunos impuestos es algo que, como en la Comunidad de Madrid, ya estaba previsto y no encierra nada novedoso sino que, en realidad, viene a "tapar" otras lamentables y muy dolorosas subidas (al tiempo); que la creación de empleo pasa por la "invención" de nuevas y entretenidas formas de precariedad que tal vez rocen la esclavitud y que parte de ese crecimiento económico augurado se debe a que nuestro país está de rebajas: todo se vende a precios de risa, lo que conlleva una masiva entrada de especuladores internacionales dispuestos a llevarse la marca España, con productos de todo a un euro. Bueno, y las remesas que nos envían nuestros emigrantes también cuentan; sí esas personas que, no es que emigren, sino que se van por ahí a ver mundo y luego contárnoslo. El orgullo de ser español, como diría un conmovedor anuncio de chorizos (¿alguien ha pensado en la paradoja?).
Al margen de que a los ínclitos miembros del desgobierno español se les haya subido el champán a la cabeza (champán, no cava; a los catalanes ni agua de Valencia), yo tengo varios deseos que formularles para el año que empieza:
-Que ya que ser español es una pena, no centren sus esfuerzos en que ser española y, además, mujer, sea una miseria. Unos rancios señores no tienen el más mínimo derecho a legislar sobre el uso del cuerpo femenino ni la intimidad del ser humano. Nadie le puede obligar a otro a vivir de una determinada manera. Por supuesto que le puede indicar cómo debería hacerlo (en su opinión), pero nunca decidir por él como si fuera un deficiente mental. El Estado debe proporcionar los mecanismos a los ciudadanos para convivir en libertad y armonía, no fomentar el odio ni ejercer de padre castrador. Es algo ruin y roza la indecencia si no es que ya la penetra profundamente.
-Que abandonen sus propósitos de seguir comerciando con nuestros bienes públicos más preciados. La sanidad y la educación constituyen nuestro tesoro y ellos son el dragón de Smaug que quiere esquilmarlos para hacer caja. Además, estoy convencida de que la privatización express de determinados servicios sanitarios no va a solucionar problemas sino a crearlos. Y, claro, no será este gobierno el que se comerá el marrón: lo hará el que venga (aunque el deseo no sea para este año, gane quien gane las próximas elecciones, por favor, que no le toque el gordo de la mayoría absoluta).
-Que los salarios dejen de ser los de un país bananero (más parecidos a los africanos que a los europeos) y suban acorde a ese milagroso crecimiento que pronostica De Guindos poniendo cara de perrito tristón. No pedimos grandes desembolsos, simplemente que nos llegue para cubrir el alza de los servicios básicos que, mire usted por dónde, hoy mismo se han subido a la parra de las uvas que nos tragamos ayer. Y si, además, nos sobra para comprar comida, pagar libros de texto y costearnos alguna que otra medicina, mejor que mejor.
-Que personajes como Ana Botella, Ignacio González, Esperanza Aguirre, José María Aznar y otros próceres del partido impopular, alguno de ellos en ejercicios de sus funciones, que no de sus facultades, desaparezcan de la vida pública y sean desahuciados de sus poltronas (a ver si así entienden lo que se siente). Todos a la vez, si es posible y saltando la valla de Melilla en sentido contrario. Para probar que, como ellos dicen, las famosas alambradas solo causan cosquillas y dan un gustirrilín primoroso.
-Que los corruptos renuncien a sus cargos públicos y sean condenados por sus delitos. Que se impute a tontas y a listas y que las penas de toda esta panda de sinvergüenza no causen entre risa y asco.
-Que la Iglesia pague impuestos de una vez; que de verdad ejerza su primitiva función de defensa de los pobres y desamparados y no de los ricos y poderosos. Que cambie la ley de financiación de los partidos y que la monarquía haga acto de contrición y vaya pensando que su existencia, ahora mismo, es absurda, y que, solo tal vez, una retirada a tiempo sería una inmensa victoria.
-Que, personalmente, vuelva a creer que los milagros existen y que los sueños se cumplen. Los que no somos imbéciles -al menos, no demasiado- también tenemos derecho a nuestros momentos de gloria.
Y si hay alguien ahí fuera que se preste a leer esta entrada, buen 2014. Como dije en mis felicitaciones de rigor, ya toca que este nuevo año se porte un caballero y nos invite a cenar o, al menos, nos ceda al paso. Estamos hartos de gañamos. Y si, como sus predecesores, se empeña en seguir dándonos por el orto, que al menos lo haga con cariño. Nos lo hemos ganado.
Lo que el gobierno no nos cuenta es que las bajadas de algunos impuestos es algo que, como en la Comunidad de Madrid, ya estaba previsto y no encierra nada novedoso sino que, en realidad, viene a "tapar" otras lamentables y muy dolorosas subidas (al tiempo); que la creación de empleo pasa por la "invención" de nuevas y entretenidas formas de precariedad que tal vez rocen la esclavitud y que parte de ese crecimiento económico augurado se debe a que nuestro país está de rebajas: todo se vende a precios de risa, lo que conlleva una masiva entrada de especuladores internacionales dispuestos a llevarse la marca España, con productos de todo a un euro. Bueno, y las remesas que nos envían nuestros emigrantes también cuentan; sí esas personas que, no es que emigren, sino que se van por ahí a ver mundo y luego contárnoslo. El orgullo de ser español, como diría un conmovedor anuncio de chorizos (¿alguien ha pensado en la paradoja?).
Al margen de que a los ínclitos miembros del desgobierno español se les haya subido el champán a la cabeza (champán, no cava; a los catalanes ni agua de Valencia), yo tengo varios deseos que formularles para el año que empieza:
-Que ya que ser español es una pena, no centren sus esfuerzos en que ser española y, además, mujer, sea una miseria. Unos rancios señores no tienen el más mínimo derecho a legislar sobre el uso del cuerpo femenino ni la intimidad del ser humano. Nadie le puede obligar a otro a vivir de una determinada manera. Por supuesto que le puede indicar cómo debería hacerlo (en su opinión), pero nunca decidir por él como si fuera un deficiente mental. El Estado debe proporcionar los mecanismos a los ciudadanos para convivir en libertad y armonía, no fomentar el odio ni ejercer de padre castrador. Es algo ruin y roza la indecencia si no es que ya la penetra profundamente.
-Que abandonen sus propósitos de seguir comerciando con nuestros bienes públicos más preciados. La sanidad y la educación constituyen nuestro tesoro y ellos son el dragón de Smaug que quiere esquilmarlos para hacer caja. Además, estoy convencida de que la privatización express de determinados servicios sanitarios no va a solucionar problemas sino a crearlos. Y, claro, no será este gobierno el que se comerá el marrón: lo hará el que venga (aunque el deseo no sea para este año, gane quien gane las próximas elecciones, por favor, que no le toque el gordo de la mayoría absoluta).
-Que los salarios dejen de ser los de un país bananero (más parecidos a los africanos que a los europeos) y suban acorde a ese milagroso crecimiento que pronostica De Guindos poniendo cara de perrito tristón. No pedimos grandes desembolsos, simplemente que nos llegue para cubrir el alza de los servicios básicos que, mire usted por dónde, hoy mismo se han subido a la parra de las uvas que nos tragamos ayer. Y si, además, nos sobra para comprar comida, pagar libros de texto y costearnos alguna que otra medicina, mejor que mejor.
-Que personajes como Ana Botella, Ignacio González, Esperanza Aguirre, José María Aznar y otros próceres del partido impopular, alguno de ellos en ejercicios de sus funciones, que no de sus facultades, desaparezcan de la vida pública y sean desahuciados de sus poltronas (a ver si así entienden lo que se siente). Todos a la vez, si es posible y saltando la valla de Melilla en sentido contrario. Para probar que, como ellos dicen, las famosas alambradas solo causan cosquillas y dan un gustirrilín primoroso.
-Que los corruptos renuncien a sus cargos públicos y sean condenados por sus delitos. Que se impute a tontas y a listas y que las penas de toda esta panda de sinvergüenza no causen entre risa y asco.
-Que la Iglesia pague impuestos de una vez; que de verdad ejerza su primitiva función de defensa de los pobres y desamparados y no de los ricos y poderosos. Que cambie la ley de financiación de los partidos y que la monarquía haga acto de contrición y vaya pensando que su existencia, ahora mismo, es absurda, y que, solo tal vez, una retirada a tiempo sería una inmensa victoria.
-Que, personalmente, vuelva a creer que los milagros existen y que los sueños se cumplen. Los que no somos imbéciles -al menos, no demasiado- también tenemos derecho a nuestros momentos de gloria.
Y si hay alguien ahí fuera que se preste a leer esta entrada, buen 2014. Como dije en mis felicitaciones de rigor, ya toca que este nuevo año se porte un caballero y nos invite a cenar o, al menos, nos ceda al paso. Estamos hartos de gañamos. Y si, como sus predecesores, se empeña en seguir dándonos por el orto, que al menos lo haga con cariño. Nos lo hemos ganado.
domingo, 8 de diciembre de 2013
Profecías
Hace poco recibí un email en el que se me hacía un somero resumen de las conclusiones a las que había llegado un congreso de magos y adivinación que se celebró en Barcelona el mes pasado. Enhorabuena a todos los presentes y, más aún, a los ausentes.
En dichas conclusiones se comentaba que los expertos invitados habían hecho elucubraciones sobre personajes o acontecimientos más o menos relevantes para la humanidad. Yo diría que menos, pero aquí cada uno con su cadaunada. Entre los acertijos resueltos estaban el de la independencia de Cataluña (sí a lo grande) la de Escocia (sí también; parece que se pasaron por la entrepierna los últimos sondeos), la evolución de Messi (dicen que al pobre le han echado un mal de ojo), la del Rey (va a seguir renqueando todo el año entrante) o la de Belén Esteban (seguirá a lo suyo, o sea mal). Pues muy bien.
Me parece fantástico que los adivinos Cataluña vaticinen la independencia de la Comunidad Autónoma sin tener en cuenta intervenciones empresariales. No es lo mismo verlo desde fuera que desde dentro. El asunto escocés ya me parece más raro, sobre todo teniendo en cuenta que los escoceses, a menos de un año vista, no parecen por la labor de irse por los cerros de Úbeda (o de las Highlands). La última vez que estuve allí, en muchas de las viviendas convivían pacíficamente y sin traumas la Union Jack con la bandera escocesa. Algo, por otra parte, bastante extravagante desde el punto de vista del español separatista: difícil imaginar la bandera rojigualda ondeando al viento junto a la senyera en una casa particular que no tenga absolutamente relación alguna con un organismo oficial. Pero, bueno, la videncia es la videncia y no vamos a quitar méritos al que ansía respuestas.
Lo de Messi, Belén Esteban etc. ya es otra película. Sobre todo en el caso de esta última, que no creo yo que haya hecho propósito de enmienda, más que nada porque la panda de buitres que la rodean no se lo permitirían. La rubia sigue ahí, impertérrita en su venganza por desamor y no seré yo quien le diga que tiene que perdonar y adorar a quien le fastidió la vida. A algunos, el rencor y la desilusión les duran años mientras otros hacen de ello su profesión. Mejor aceptarlo y gritarlo que interiorizarlo permitiendo que te devore o, lo que es peor, poner la otra mejilla para que te la dejen hecha unos zorros.
En resumen, que a mí esto de las profecías me suena como muy antiguo. Es fácil pronosticar que una persona que ha venido sufriendo una mala salud de hierro, caso de Su Majestad, seguirá estable en su inestabilidad a no ser que obre un milagro (Hacienda puede arreglarle los dineros y los delitos, pero no la tensión). Del mismo modo, también es muy sencillo concluir que Messi ya no tiene 20 años, que ha corrido mucho y que, algún día, su forma ya no será la de antaño y su físico se resentirá. No hace falta reivindicar los poderes de Nostradamus para imaginarse ciertos escenarios.
Como ya dije en otra entrada, hay pocas cosas más fáciles que pronosticar lo que le va a ocurrir a alguien al que conoces bien, ya sea personal o mediáticamente. Otra cosa es no querer verlo. Hace unos días comentaba con una amiga el caso de una tercera persona que siempre se había rodeado de impresentables y que, justo ahora, precisamente veía la luz y se daba cuenta de las joyas que tenía al lado. No necesitó ninguna bola de cristal; solo observar las cosas en perspectiva, tomar cierta distancia y dejar de intentar creer lo que quería creer y centrarse únicamente en el ser y el estar. Así de evidente.
También reconozco que es más fácil intuir la trayectoria o destino de los demás que la propia, sobre todo cuando no nos involucra. De hecho, yo misma, que carezco de poderes (si los tuviera, Carrie sería una mera principiante al lado de mi mala leche), confieso que puedo alcanzar un porcentaje de un 99% de aciertos cuando me atrevo a barruntar acerca de la evolución de determinadas personas con las que tengo o he tenido cierta proximidad. Incluso contemplando las posibles variables, porque sabría por cuáles se decantaría en el caso de que surgieran. No es magia; es lógica.
La adivinación es la intuición rodeada de elementos de cuento. O de fábula. Simplemente se trata de mirar (no solo sirve ver) y aceptar lo entendido. Cuando sabes algo lo sabes, aunque ni siquiera puedas explicarlo de una manera medianamente racional. Pero, en el fondo, una parte de tu mente ha evaluado las circunstancias, los protagonistas y los argumentos y ha llegado a una conclusión bastante certera. Además, la vida, que es muy puñetera, suele encargarse de darte la razón, sobre todo cuando se trata de la caída en picado de determinados personajes. Y aquí viene lo curioso, porque solemos adelantarnos a las desgracias ajenas, pero somos incapaces de adivinar lo bueno. Sabemos cuándo alguien va a caer, pero nos resulta más complicado verle volar.
Por eso precisamente quiero adivinos que pronostiquen dicha, videntes que vean felicidad, tarotistas que revelen maravillas. Porque para aventurar males, ya estoy yo y, además, completamente gratis. 100% de éxitos. Disponible las 24 horas. ¿Hay acaso una oferta mejor?
En dichas conclusiones se comentaba que los expertos invitados habían hecho elucubraciones sobre personajes o acontecimientos más o menos relevantes para la humanidad. Yo diría que menos, pero aquí cada uno con su cadaunada. Entre los acertijos resueltos estaban el de la independencia de Cataluña (sí a lo grande) la de Escocia (sí también; parece que se pasaron por la entrepierna los últimos sondeos), la evolución de Messi (dicen que al pobre le han echado un mal de ojo), la del Rey (va a seguir renqueando todo el año entrante) o la de Belén Esteban (seguirá a lo suyo, o sea mal). Pues muy bien.
Me parece fantástico que los adivinos Cataluña vaticinen la independencia de la Comunidad Autónoma sin tener en cuenta intervenciones empresariales. No es lo mismo verlo desde fuera que desde dentro. El asunto escocés ya me parece más raro, sobre todo teniendo en cuenta que los escoceses, a menos de un año vista, no parecen por la labor de irse por los cerros de Úbeda (o de las Highlands). La última vez que estuve allí, en muchas de las viviendas convivían pacíficamente y sin traumas la Union Jack con la bandera escocesa. Algo, por otra parte, bastante extravagante desde el punto de vista del español separatista: difícil imaginar la bandera rojigualda ondeando al viento junto a la senyera en una casa particular que no tenga absolutamente relación alguna con un organismo oficial. Pero, bueno, la videncia es la videncia y no vamos a quitar méritos al que ansía respuestas.
Lo de Messi, Belén Esteban etc. ya es otra película. Sobre todo en el caso de esta última, que no creo yo que haya hecho propósito de enmienda, más que nada porque la panda de buitres que la rodean no se lo permitirían. La rubia sigue ahí, impertérrita en su venganza por desamor y no seré yo quien le diga que tiene que perdonar y adorar a quien le fastidió la vida. A algunos, el rencor y la desilusión les duran años mientras otros hacen de ello su profesión. Mejor aceptarlo y gritarlo que interiorizarlo permitiendo que te devore o, lo que es peor, poner la otra mejilla para que te la dejen hecha unos zorros.
En resumen, que a mí esto de las profecías me suena como muy antiguo. Es fácil pronosticar que una persona que ha venido sufriendo una mala salud de hierro, caso de Su Majestad, seguirá estable en su inestabilidad a no ser que obre un milagro (Hacienda puede arreglarle los dineros y los delitos, pero no la tensión). Del mismo modo, también es muy sencillo concluir que Messi ya no tiene 20 años, que ha corrido mucho y que, algún día, su forma ya no será la de antaño y su físico se resentirá. No hace falta reivindicar los poderes de Nostradamus para imaginarse ciertos escenarios.
Como ya dije en otra entrada, hay pocas cosas más fáciles que pronosticar lo que le va a ocurrir a alguien al que conoces bien, ya sea personal o mediáticamente. Otra cosa es no querer verlo. Hace unos días comentaba con una amiga el caso de una tercera persona que siempre se había rodeado de impresentables y que, justo ahora, precisamente veía la luz y se daba cuenta de las joyas que tenía al lado. No necesitó ninguna bola de cristal; solo observar las cosas en perspectiva, tomar cierta distancia y dejar de intentar creer lo que quería creer y centrarse únicamente en el ser y el estar. Así de evidente.
También reconozco que es más fácil intuir la trayectoria o destino de los demás que la propia, sobre todo cuando no nos involucra. De hecho, yo misma, que carezco de poderes (si los tuviera, Carrie sería una mera principiante al lado de mi mala leche), confieso que puedo alcanzar un porcentaje de un 99% de aciertos cuando me atrevo a barruntar acerca de la evolución de determinadas personas con las que tengo o he tenido cierta proximidad. Incluso contemplando las posibles variables, porque sabría por cuáles se decantaría en el caso de que surgieran. No es magia; es lógica.
La adivinación es la intuición rodeada de elementos de cuento. O de fábula. Simplemente se trata de mirar (no solo sirve ver) y aceptar lo entendido. Cuando sabes algo lo sabes, aunque ni siquiera puedas explicarlo de una manera medianamente racional. Pero, en el fondo, una parte de tu mente ha evaluado las circunstancias, los protagonistas y los argumentos y ha llegado a una conclusión bastante certera. Además, la vida, que es muy puñetera, suele encargarse de darte la razón, sobre todo cuando se trata de la caída en picado de determinados personajes. Y aquí viene lo curioso, porque solemos adelantarnos a las desgracias ajenas, pero somos incapaces de adivinar lo bueno. Sabemos cuándo alguien va a caer, pero nos resulta más complicado verle volar.
Por eso precisamente quiero adivinos que pronostiquen dicha, videntes que vean felicidad, tarotistas que revelen maravillas. Porque para aventurar males, ya estoy yo y, además, completamente gratis. 100% de éxitos. Disponible las 24 horas. ¿Hay acaso una oferta mejor?
sábado, 7 de diciembre de 2013
Caza al hombre
El excelso Ministor de Hacienda, don Cristobal Montoro, ha explicado las purgas que se vienen realizando en los últimos tiempos en el organismo tributario con una peregrina justificación: "estaba lleno de socialistas". Sinceramente, de todas las excusas posibles, ésta, aún siendo bastante creíble, resulta la más patética.
Hace muchos años, cuando nos empezaron a sangrar con los impuestos, el Gobierno de turno se inventó un slogan la mar de molón: "Hacienda somos todos". Ergo, si somos todos, nos toca apoquinar y mantener el país a flote a ti, a mí y al vecino del quinto. Durante décadas nos lo creímos; nos fastidiaba pero entendíamos que, como país moderno, miembro privilegiado del primer mundo, nos tocaba dar para obtener a cambio el privilegio de unos servicios públicos decentes y hasta, en ciertos casos, estupendos.
Pero llegó la crisis y, de repente, comprendimos que nuestros impuestos no han ido (o al menos no en su totalidad) a mantener y retener los servicios públicos que hoy se encuentran a la venta, sino a fomentar la riqueza y los vicios privados de unos desalmados. Hacienda somos todos, pero menos.
Luego, un juez de las islas Baleares, empeñado en sacarle los colores al marido de la infanta más lela de la historia de España, empezó a pedirle cuentas al organismo sobre el presunto delincuente y la esposa que no se enteraba de nada salvo a la hora de poner el cazo. Fue entonces cuando se armó el Belén, con la Agencia Tributaria "escupiendo" documentos inculpatorios para, en lo que ya tardo en escribir un post, entregar justo el contrario atribuyendo al primero a un posible error humano. La intervención del hombre se podría entender si la tremenda equivocación (siempre para salvar las reales posaderas de doña Cristina) se hubiera producido en uno o dos informes, pero, que yo sepa, ya llevamos tantos como para encuadernar un folletín más o menos lustroso. Tantos como para que un hombre formal como Montoro dejara de echar la culpa a los funcionarios de lo suyo y empezara a cargarle el muerto a Dios.
Pero lejos de reclamar la intervención divina, en una especie de vuelta de tuerca filosoviética, el ministro que todo lo controla apeló al descontrol y a la infestación de su Ministerio por parte de los rojos. Si suena a purga es porque, a lo mejor, lo es.
No sé si todos los dimitidos u obligados a dimitir son socialistas, pero lo cierto es que intuimos que resultaban incómodos a la hora de mantener el status quo del privilegio y la mandanga. Obviamente, todo partido, cuando llega al poder, tiene la tentación de colocar a los suyos donde estaban los de ellos; lo que ocurre es que, en ocasiones, se hace con una desvergüenza que asusta, como es el caso que hoy me ocupa o la renovación de ciertos órganos judiciales con el beneplácito de la Constitución.
En una Agencia Tributaria que, repito, somos todos, y cuya actividad está guiada día a día por funcionarios que, al margen de su ideario político, han accedido a su puesto por oposición, resulta bochornoso este baile de números y personas de las que viene haciendo gala. Imagino que Montoro, cortando cabezas cual reina del País de las Maravillas, ha intentado poner freno a este festival de filtraciones que nos han demostrado que Hacienda somos realmente cuatro remeros mal contados cuya misión en esta vida es descuernarse para mantener a los jefes.
Flaco favor se está haciendo a sí mismo Montoro con semejante movimiento de tropas en momento tan delicado, justo cuando sale a relucir la contabilidad B del PP, los pagos en negro y esos gastos desviados de la muy serena doña Cristina. Pero es que, además, pone en evidencia una purga ideológica que lo convierte en un ser mezquino, cuando no despreciable.
Imagino que todos tenemos a nuestro alrededor gentes con diferentes tendencias políticas. En mi caso y, que yo sepa, nadie de mi familia es de izquierdas, incluso un tío mío ejerció durante muchos años de alcalde del PP y siempre lo consideré un excelente persona. Jamás se me ha ocurrido renegar de los míos porque piensen distinto; si reniego, será por otras cosas. Del mismo modo, no son tantos los amigos que comparten mi forma de pensar: digamos que el espectro se mueve entre la derecha moderada y la izquierda sindical, sin mayores extremismos por arriba ni por abajo. Respeto y reconozco sus ideas igual que ellos saben perfectamente cuáles son las mías.
Sin embargo, está claro que la estupidez de las dos Españas de tan triste recuerdo está muy presente todavía en el hacer de algunos. Nos acusan de verlo todo en rojo o en azul, cuando lo cierto es que el duelo nos viene impuesto por aquellos que rechazan a quien piensa diferente. Y lo peor es que no lo hacen tanto por convicción ideológica como por sentido práctico: el mantener, promover y, a ser posible, aumentar, sus prebendas y las de aquellos que les sostienen. La perversión de la ideología aplicada a la simple codicia.
Hacienda ya no somos nosotros: son ellos. Y los demás, en algún momento u otro, tendremos la mala suerte de pasar por allí.
Hace muchos años, cuando nos empezaron a sangrar con los impuestos, el Gobierno de turno se inventó un slogan la mar de molón: "Hacienda somos todos". Ergo, si somos todos, nos toca apoquinar y mantener el país a flote a ti, a mí y al vecino del quinto. Durante décadas nos lo creímos; nos fastidiaba pero entendíamos que, como país moderno, miembro privilegiado del primer mundo, nos tocaba dar para obtener a cambio el privilegio de unos servicios públicos decentes y hasta, en ciertos casos, estupendos.
Pero llegó la crisis y, de repente, comprendimos que nuestros impuestos no han ido (o al menos no en su totalidad) a mantener y retener los servicios públicos que hoy se encuentran a la venta, sino a fomentar la riqueza y los vicios privados de unos desalmados. Hacienda somos todos, pero menos.
Luego, un juez de las islas Baleares, empeñado en sacarle los colores al marido de la infanta más lela de la historia de España, empezó a pedirle cuentas al organismo sobre el presunto delincuente y la esposa que no se enteraba de nada salvo a la hora de poner el cazo. Fue entonces cuando se armó el Belén, con la Agencia Tributaria "escupiendo" documentos inculpatorios para, en lo que ya tardo en escribir un post, entregar justo el contrario atribuyendo al primero a un posible error humano. La intervención del hombre se podría entender si la tremenda equivocación (siempre para salvar las reales posaderas de doña Cristina) se hubiera producido en uno o dos informes, pero, que yo sepa, ya llevamos tantos como para encuadernar un folletín más o menos lustroso. Tantos como para que un hombre formal como Montoro dejara de echar la culpa a los funcionarios de lo suyo y empezara a cargarle el muerto a Dios.
Pero lejos de reclamar la intervención divina, en una especie de vuelta de tuerca filosoviética, el ministro que todo lo controla apeló al descontrol y a la infestación de su Ministerio por parte de los rojos. Si suena a purga es porque, a lo mejor, lo es.
No sé si todos los dimitidos u obligados a dimitir son socialistas, pero lo cierto es que intuimos que resultaban incómodos a la hora de mantener el status quo del privilegio y la mandanga. Obviamente, todo partido, cuando llega al poder, tiene la tentación de colocar a los suyos donde estaban los de ellos; lo que ocurre es que, en ocasiones, se hace con una desvergüenza que asusta, como es el caso que hoy me ocupa o la renovación de ciertos órganos judiciales con el beneplácito de la Constitución.
En una Agencia Tributaria que, repito, somos todos, y cuya actividad está guiada día a día por funcionarios que, al margen de su ideario político, han accedido a su puesto por oposición, resulta bochornoso este baile de números y personas de las que viene haciendo gala. Imagino que Montoro, cortando cabezas cual reina del País de las Maravillas, ha intentado poner freno a este festival de filtraciones que nos han demostrado que Hacienda somos realmente cuatro remeros mal contados cuya misión en esta vida es descuernarse para mantener a los jefes.
Flaco favor se está haciendo a sí mismo Montoro con semejante movimiento de tropas en momento tan delicado, justo cuando sale a relucir la contabilidad B del PP, los pagos en negro y esos gastos desviados de la muy serena doña Cristina. Pero es que, además, pone en evidencia una purga ideológica que lo convierte en un ser mezquino, cuando no despreciable.
Imagino que todos tenemos a nuestro alrededor gentes con diferentes tendencias políticas. En mi caso y, que yo sepa, nadie de mi familia es de izquierdas, incluso un tío mío ejerció durante muchos años de alcalde del PP y siempre lo consideré un excelente persona. Jamás se me ha ocurrido renegar de los míos porque piensen distinto; si reniego, será por otras cosas. Del mismo modo, no son tantos los amigos que comparten mi forma de pensar: digamos que el espectro se mueve entre la derecha moderada y la izquierda sindical, sin mayores extremismos por arriba ni por abajo. Respeto y reconozco sus ideas igual que ellos saben perfectamente cuáles son las mías.
Sin embargo, está claro que la estupidez de las dos Españas de tan triste recuerdo está muy presente todavía en el hacer de algunos. Nos acusan de verlo todo en rojo o en azul, cuando lo cierto es que el duelo nos viene impuesto por aquellos que rechazan a quien piensa diferente. Y lo peor es que no lo hacen tanto por convicción ideológica como por sentido práctico: el mantener, promover y, a ser posible, aumentar, sus prebendas y las de aquellos que les sostienen. La perversión de la ideología aplicada a la simple codicia.
Hacienda ya no somos nosotros: son ellos. Y los demás, en algún momento u otro, tendremos la mala suerte de pasar por allí.
viernes, 6 de diciembre de 2013
Quiero ser como Cheney
Una de las costumbres más detestables de nuestros políticos (no todos, pero sí bastantes) es aprovechar su trayectoria de servicio público para hacer negocio. Esto se convierte en aberración cuando, obedeciendo a los cantos de sirena del peor neoliberalismo, convierten lo público en privado para, una vez abandonada en la cuneta su carrera política, sacar los consiguientes dividendos de nuevos cargos nacidos al calor de las miserias humanas.
En la Comunidad de Madrid tenemos varios y gloriosos ejemplos de esta endiosada forma de darle la vuelta al término de servicio público para convertirlo en placer privado. El problema no es que nosotros veamos que dicho proceso está mal, muy mal, sino que los propios interesados lo contemplen como un bien necesario y un paso obligado hacia la gloria individual y el caos común.
Al margen de estos cachorros de los partidos, preparados para chupar del bote desde su más tierna formación, hay que reflexionar sobre sus ejemplos a seguir, aquellos laureados ex presidentes que han hecho carrera a costa de pasear su palmito por las poltronas de empresas y corporaciones empeñadas en construir riqueza fomentando la pobreza extrema. Entre estos grandes próceres destaca, cómo no, José María Aznar, omnipresente en las consejerías de grandes emporios al servicio de magnates de dudosa reputación y cuestionables objetivos.
En las últimas semanas nos hemos enterado de que Aznar estaba metido hasta el cuello en ese lodazal del tráfico de armas en el que le introdujo su mejor e imputado amigo Miguel Blesa. No creo que este último tuviera que ponerle una Glock al cuello para que nuestro ínclito Jose Mari se decidiera a probar suerte en tan turbio asunto, que mueve a diario miles de millones de dólares. Un hombre que no tiene el mínimo reparo en llevar a su país a una guerra estúpida para mayor provecho de él y sus colegas, no creo que albergara muchos reparos en hacer negocios a costa del bienestar físico y moral de otros.
Ya he dicho alguna vez que, en mi opinión, y observando al personaje desde lejos, José María Aznar tuvo que ser un niño y adolescente sumido en mil complejos. Y también he comentado que hay pocas cosas más peligrosas que darle poder a un acomplejado, ya que, o bien buscará la venganza, o bien la demostración continua de que él es el "más mejor", aunque para ello tenga que mercadear con el sufrimiento ajeno.
También albergo la muy posiblemente infeliz idea de que nuestro ex presidente, ese político de bajura que cada día amenaza con volver a darnos la tabarra por el bien de España, siempre ha deseado ser Dick Cheney. Sí, aquel singular individuo que medró a la sombra de los Bush y que, durante muchos años, fue presidente ejecutivo de Halliburton, la empresa que, oficialmente (no vamos a entrar en detalles oficiosos) se dedica a prestar servicios a yacimientos petroleros. Los entresijos de esta compañía son, quizás, los más intrigantes de la economía mundial, mucho más desde que nos enteramos del deshonroso papel y aprovechamiento máximo que tuvo y obtuvo en los conflictos de Kuwait, los Balcanes e Irak. Sobre todo Irak.
Halliburton fue la principal beneficiaria de los contratos otorgados para reconstruir Irak, el país que su ex presidente, el señor Cheney, se encargó de destruir previamente. Si en España nos escandalizamos con casos como el de Sonia Castedo, la alcaldesa de Alicante, empeñada en otorgar contratos de obras públicas a uno de sus más íntimos amigos a cambio de un chorreo de obsequios, no sé cómo se nos quedaría de perjudicada la almendra al transpolar semejantes chanchullos pueblerinos a la política internacional. Si nuestra opinión sobre Sonia Castedo es tirando a penosa, no quiero imaginar lo que pensaríamos si supiéramos toda la verdad sobre Dick Cheney y sus tejemanejes en la muy alta y envarada política.
Probablemente, el tal Cheney fue el tipo más poderoso de finales de la década de los 90. Además del más detestado por parte de la opinión pública pensante, digno heredero de John Edgar Hoover, un elemento igual de taimado pero bastante más torpe. No dudo en que muchas almas poco cándidas que le conocieron envidiaron su utilización de las personas y las cosas en beneficio propio, su habilidad para tejer redes de influencias y su vigor político para tomar decisiones impopulares y cargarlas sobre espaldas más cándidas.
Cheney, tan ladino él, atesora un gran mérito que a otros les falta: saber retirarse a su cueva del tesoro (aunque en este caso se parecería más a la de Batman, con todos los controles sobre Gotham City) cuando la tormenta comenzaba a aparecer sobre el horizonte. Vale, la salud tampoco le acompañó, pero no hay que privar al hombre de las virtudes que le han acompañado. Y es en esto en lo que sus alumnos meritorios se equivocan, porque cuando uno ha sabido retirarse en el momento más adecuado, no puede volver a arrastrase por las plazas como un torero ajado que reivindica las orejas y rabos de otro: debe ser listo y aprender a juzgar desde la barrera, mover los hilos sin que se note y disfrutar de sus tesoros sin que lo parezca.
Ahí es donde la soberbia y la insolencia de Azar le pierden, para delirio íntimo y estupor ajeno. Uno no puede conformarse con ser un imitador de Cheney: tiene que ser mejor. El problema es que, hasta para ser malo, hay que tener clase.
En la Comunidad de Madrid tenemos varios y gloriosos ejemplos de esta endiosada forma de darle la vuelta al término de servicio público para convertirlo en placer privado. El problema no es que nosotros veamos que dicho proceso está mal, muy mal, sino que los propios interesados lo contemplen como un bien necesario y un paso obligado hacia la gloria individual y el caos común.
Al margen de estos cachorros de los partidos, preparados para chupar del bote desde su más tierna formación, hay que reflexionar sobre sus ejemplos a seguir, aquellos laureados ex presidentes que han hecho carrera a costa de pasear su palmito por las poltronas de empresas y corporaciones empeñadas en construir riqueza fomentando la pobreza extrema. Entre estos grandes próceres destaca, cómo no, José María Aznar, omnipresente en las consejerías de grandes emporios al servicio de magnates de dudosa reputación y cuestionables objetivos.
En las últimas semanas nos hemos enterado de que Aznar estaba metido hasta el cuello en ese lodazal del tráfico de armas en el que le introdujo su mejor e imputado amigo Miguel Blesa. No creo que este último tuviera que ponerle una Glock al cuello para que nuestro ínclito Jose Mari se decidiera a probar suerte en tan turbio asunto, que mueve a diario miles de millones de dólares. Un hombre que no tiene el mínimo reparo en llevar a su país a una guerra estúpida para mayor provecho de él y sus colegas, no creo que albergara muchos reparos en hacer negocios a costa del bienestar físico y moral de otros.
Ya he dicho alguna vez que, en mi opinión, y observando al personaje desde lejos, José María Aznar tuvo que ser un niño y adolescente sumido en mil complejos. Y también he comentado que hay pocas cosas más peligrosas que darle poder a un acomplejado, ya que, o bien buscará la venganza, o bien la demostración continua de que él es el "más mejor", aunque para ello tenga que mercadear con el sufrimiento ajeno.
También albergo la muy posiblemente infeliz idea de que nuestro ex presidente, ese político de bajura que cada día amenaza con volver a darnos la tabarra por el bien de España, siempre ha deseado ser Dick Cheney. Sí, aquel singular individuo que medró a la sombra de los Bush y que, durante muchos años, fue presidente ejecutivo de Halliburton, la empresa que, oficialmente (no vamos a entrar en detalles oficiosos) se dedica a prestar servicios a yacimientos petroleros. Los entresijos de esta compañía son, quizás, los más intrigantes de la economía mundial, mucho más desde que nos enteramos del deshonroso papel y aprovechamiento máximo que tuvo y obtuvo en los conflictos de Kuwait, los Balcanes e Irak. Sobre todo Irak.
Halliburton fue la principal beneficiaria de los contratos otorgados para reconstruir Irak, el país que su ex presidente, el señor Cheney, se encargó de destruir previamente. Si en España nos escandalizamos con casos como el de Sonia Castedo, la alcaldesa de Alicante, empeñada en otorgar contratos de obras públicas a uno de sus más íntimos amigos a cambio de un chorreo de obsequios, no sé cómo se nos quedaría de perjudicada la almendra al transpolar semejantes chanchullos pueblerinos a la política internacional. Si nuestra opinión sobre Sonia Castedo es tirando a penosa, no quiero imaginar lo que pensaríamos si supiéramos toda la verdad sobre Dick Cheney y sus tejemanejes en la muy alta y envarada política.
Probablemente, el tal Cheney fue el tipo más poderoso de finales de la década de los 90. Además del más detestado por parte de la opinión pública pensante, digno heredero de John Edgar Hoover, un elemento igual de taimado pero bastante más torpe. No dudo en que muchas almas poco cándidas que le conocieron envidiaron su utilización de las personas y las cosas en beneficio propio, su habilidad para tejer redes de influencias y su vigor político para tomar decisiones impopulares y cargarlas sobre espaldas más cándidas.
Cheney, tan ladino él, atesora un gran mérito que a otros les falta: saber retirarse a su cueva del tesoro (aunque en este caso se parecería más a la de Batman, con todos los controles sobre Gotham City) cuando la tormenta comenzaba a aparecer sobre el horizonte. Vale, la salud tampoco le acompañó, pero no hay que privar al hombre de las virtudes que le han acompañado. Y es en esto en lo que sus alumnos meritorios se equivocan, porque cuando uno ha sabido retirarse en el momento más adecuado, no puede volver a arrastrase por las plazas como un torero ajado que reivindica las orejas y rabos de otro: debe ser listo y aprender a juzgar desde la barrera, mover los hilos sin que se note y disfrutar de sus tesoros sin que lo parezca.
Ahí es donde la soberbia y la insolencia de Azar le pierden, para delirio íntimo y estupor ajeno. Uno no puede conformarse con ser un imitador de Cheney: tiene que ser mejor. El problema es que, hasta para ser malo, hay que tener clase.
lunes, 25 de noviembre de 2013
El hombre violento
Hoy es el Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Un día en el que, por ejemplo, quienes nos gobiernan deben de haber mirado para otro lado, pues es sabido que eso de destinar recursos a luchar contra la violencia de género es algo que no les llena precisamente de orgullo y satisfacción. También es un día al que llegamos tras una semana recopilando datos sobre el ejercicio de la violencia por parte de nuestros adolescentes (ellos como actores; ellas como receptoras) o acerca del machismo en las redes sociales. Y de todos esos datos que hemos sabido últimamente, uno brilla cual quincalla: a las mujeres nos gusta el hombre violento.
No sé qué se entiende exactamente por "hombre violento", ya que entre Chuck Norris y el vaquero de Marlboro (dos paradigmas de macho man) media un abismo de series malas y anuncios aún peores. Puede ser que las mujeres nos sintamos atraídas por el hombre recio y duro, pero ello no quiere decir que bebamos los vientos por un varón capaz de soltarte un mandoble en cuanto le pides la hora. Es más: estoy convencida de que la expresión "tipo duro" no tiene por qué ser sinónimo de la palabra "maltratador".
El maltrato es en sí una figura demasiado compleja para reducirla a un solo tipo de ejercicio. Es maltratador quien emplea la violencia física, pero también quien te dice continuamente lo mucho que te aprecia y utiliza sus pomposas palabras para ocultar el hecho de que, en realidad, te trata como una mierda. Lo sabes, lo sientes, aunque él insista que estás equivocada, que has perdido la razón porque eres incapaz de ver que ocupas el primer puesto en su lista de afectos. La verdad es que te has encaramado al top 1 de su lista de desperfectos.
Maltrato es una acepción amplísima que, muy probablemente, mute en cada interpretación individual que se haga de ella. Puede haber evidencias externas o graves daños internos, pero el resultado es siempre el mismo: desfallecimiento personal, tristeza, depresión, inseguridad, falta de autoestima, miedo, angustia... Generalizar por tanto que a las mujeres nos pone berracas el hombre violento no solo resulta peligroso sino también estigmatizante, ya que contribuye a que determinados individuos se aferren a unos comportamientos inasumibles y que los conviertan en credo de seducción.
Sin embargo, resulta innegable que a las mujeres nos gusta el hombre fuerte, entendiendo por ello al individuo que es capaz de cuidarte y defenderte cuando no es él sino la vida quien se lía contigo a bofetada limpia. Nosotras somos cuidadoras por naturaleza, y por ello valoramos tanto el que, de repente, aparezca alguien capaz de ayudarnos a levantarnos cuando caemos; alguien que se preocupe por nosotras, camine a nuestro lado y comparta los problemas, pero también las soluciones. El hombre cuidador es, por tanto, ese príncipe azul del cuento clásico, la joya vintage de nuestra caja de tesoros. Pero una figura así también tiene que estar provista de las virtudes asociadas desde tiempos inmemoriales al eterno masculino: seguridad, confianza, valentía... Que nos demuestre lo importante y lo maravillosas que somos aun cuando no lo necesitemos. Y para hacerlo sin que resulte impostado necesita tener carácter y arrojo, porque no es tan fácil encontrar a gente que de la cara por ti cuando más lo necesitas o, incluso, cuando menos lo mereces.
El hombre fuerte, el hombre cuidador no es, por tanto, el hombre violento, pero sí puede compartir con él una imagen icónica en tanto y cuanto los dos serían representados en la imaginería popular por machos aguerridos, tal vez rudos. Pero mientras en uno la rudeza es símbolo de personalidad, en el otro lo es de inconsciencia y locura. Quizás, la confusión de los conceptos se deba a una simple caricatura trazada al aire, cuando, en realidad, el ejercicio de la violencia no es tanto una demostración de fuerza como una enorme exhibición de cobardía.
Tal vez sea generalizar en exceso, pero yo creo que las mujeres tenemos muy claro el tipo de hombre que nos gusta y que, de hecho, se nos prepara desde muy niñas para abrazar determinados valores masculinos. Consciente o inconscientemente. Otra cosa es que no seamos capaces de vislumbrar las migas en el camino (o no queramos hacerlo) o que la vida nos coloque en una situación extrema de dependencia, lo cual nos vuelve tan vulnerables como ciegas.
Eso sí, mientras los medios sigan berreando frases como ésta de lo mucho que nos ponen los mamporreros, vamos aviadas. Nosotras, vosotros y ellos.
No sé qué se entiende exactamente por "hombre violento", ya que entre Chuck Norris y el vaquero de Marlboro (dos paradigmas de macho man) media un abismo de series malas y anuncios aún peores. Puede ser que las mujeres nos sintamos atraídas por el hombre recio y duro, pero ello no quiere decir que bebamos los vientos por un varón capaz de soltarte un mandoble en cuanto le pides la hora. Es más: estoy convencida de que la expresión "tipo duro" no tiene por qué ser sinónimo de la palabra "maltratador".
El maltrato es en sí una figura demasiado compleja para reducirla a un solo tipo de ejercicio. Es maltratador quien emplea la violencia física, pero también quien te dice continuamente lo mucho que te aprecia y utiliza sus pomposas palabras para ocultar el hecho de que, en realidad, te trata como una mierda. Lo sabes, lo sientes, aunque él insista que estás equivocada, que has perdido la razón porque eres incapaz de ver que ocupas el primer puesto en su lista de afectos. La verdad es que te has encaramado al top 1 de su lista de desperfectos.
Maltrato es una acepción amplísima que, muy probablemente, mute en cada interpretación individual que se haga de ella. Puede haber evidencias externas o graves daños internos, pero el resultado es siempre el mismo: desfallecimiento personal, tristeza, depresión, inseguridad, falta de autoestima, miedo, angustia... Generalizar por tanto que a las mujeres nos pone berracas el hombre violento no solo resulta peligroso sino también estigmatizante, ya que contribuye a que determinados individuos se aferren a unos comportamientos inasumibles y que los conviertan en credo de seducción.
Sin embargo, resulta innegable que a las mujeres nos gusta el hombre fuerte, entendiendo por ello al individuo que es capaz de cuidarte y defenderte cuando no es él sino la vida quien se lía contigo a bofetada limpia. Nosotras somos cuidadoras por naturaleza, y por ello valoramos tanto el que, de repente, aparezca alguien capaz de ayudarnos a levantarnos cuando caemos; alguien que se preocupe por nosotras, camine a nuestro lado y comparta los problemas, pero también las soluciones. El hombre cuidador es, por tanto, ese príncipe azul del cuento clásico, la joya vintage de nuestra caja de tesoros. Pero una figura así también tiene que estar provista de las virtudes asociadas desde tiempos inmemoriales al eterno masculino: seguridad, confianza, valentía... Que nos demuestre lo importante y lo maravillosas que somos aun cuando no lo necesitemos. Y para hacerlo sin que resulte impostado necesita tener carácter y arrojo, porque no es tan fácil encontrar a gente que de la cara por ti cuando más lo necesitas o, incluso, cuando menos lo mereces.
El hombre fuerte, el hombre cuidador no es, por tanto, el hombre violento, pero sí puede compartir con él una imagen icónica en tanto y cuanto los dos serían representados en la imaginería popular por machos aguerridos, tal vez rudos. Pero mientras en uno la rudeza es símbolo de personalidad, en el otro lo es de inconsciencia y locura. Quizás, la confusión de los conceptos se deba a una simple caricatura trazada al aire, cuando, en realidad, el ejercicio de la violencia no es tanto una demostración de fuerza como una enorme exhibición de cobardía.
Tal vez sea generalizar en exceso, pero yo creo que las mujeres tenemos muy claro el tipo de hombre que nos gusta y que, de hecho, se nos prepara desde muy niñas para abrazar determinados valores masculinos. Consciente o inconscientemente. Otra cosa es que no seamos capaces de vislumbrar las migas en el camino (o no queramos hacerlo) o que la vida nos coloque en una situación extrema de dependencia, lo cual nos vuelve tan vulnerables como ciegas.
Eso sí, mientras los medios sigan berreando frases como ésta de lo mucho que nos ponen los mamporreros, vamos aviadas. Nosotras, vosotros y ellos.
sábado, 23 de noviembre de 2013
Andar el camino
El camino se realiza andando. Vale, es una frase la mar de simple, pero como todas las simplezas, también encierra su parte racional y hasta mística.
Esta misma semana nos hemos enterado de que aquellos estudiantes que pusieron voz y cara a la protesta del movimiento estudiantil chileno han sido elegido diputados. Que sea enhorabuena. Enhorabuena a Camila, Karol, Gabriel… a sus compañeros de lucha, a quienes les escucharon y a los votantes. En el caso de Camila Vallejo, como ya expliqué en otra entrada, mi enhorabuena se haría extensiva a su pareja, Julio Sarmiento, ideólogo comunista y auténtica "inteligencia en la sombra" de aquel movimiento estudiantil que reventó las calles de Santiago. Si hacemos un poco de historia, Julio siempre fue llamado a ocupar un puesto de liderazgo ante el público y su propia formación, pero al ser cubano (recordemos que llegó a Chile para estudiar en el año 2002), creyó conveniente delegar el protagonismo en otro (otra) para no mezclar churras con merinas, esto es, para no recibir los dardos fáciles destinados al revolucionario oportunista. Sin desmerecer el talento y el carisma de Camila Vallejo, hay que incidir en la suerte que ha tenido al ser respaldada por un gran -inmenso- hombre. Si tantas veces pronunciamos esa condescendiente sentencia de "detrás de cada hombre hay una gran mujer", hay que reconocer que, en ocasiones, detrás de una gran mujer también hay un gran hombre, un tipo magnífico, capaz de renunciar a su ego (o canalizarlo de otra forma) para trabajar por y para la fémina que tiene al lado, sin envidias, sin celos, sin estupideces. Hay que ser un hombre diez para amar a una mujer excepcional.
Pero, al margen de mis teorías sobre mujeres, hombres y viceversa, a lo que quería referirme en el día de hoy es al envidiable proceso que ha seguido este movimiento estudiantil chileno, que después de sacudir el país con sus proclamas "incendiarias", ha llegado hasta el Parlamento. Al margen de que estemos o no de acuerdo con los planteamientos de estos chicos, es de justicia reconocerles el mérito de la inteligencia aplicada a la política. En su día, y a raíz del 15M, expliqué que a dicho movimiento le veía un amargo futuro si no se decidía a dar el salto a la política obviando las opiniones de todos aquellos empeñados en negarle cualquier adhesión ideológica (algo imposible, por otro lado). Lo mismo dije en su día de la revolución zapatista, a la que vaticiné un relativo gran fracaso si no se decidían a batirse en duelo en las urnas, aun con todas las dificultades que encierra la política mexicana.
Creo (y cada día estoy más convencida de ello) de que cualquier movimiento social con vocación de triunfo debe atravesar ciertas fronteras si tiene aspiraciones de continuidad y acción. El paso lógico, por tanto, es posicionarse en el marco político y plegarse a las reglas democráticas para trabajar en pos de los ideales. Porque tener ideas está muy bien, pero también hay que saber cómo concretarlas: es relativamente fácil ilusionar a la gente con promesas; lo complicado es intentar que esas promesas, esas metas fraguadas al carón de la revolución social, no se queden en cuentos.
En España sobrellevamos como podemos el estigma de una clase política chanchullera y hasta malévola. Ahora mismo, el dedicarse a la política es casi caer en lo más bajo de la escala social. Y, sin embargo, estoy convencida de que hay gente estupenda trabajando en política, ya sea en las filas de la izquierda o de esa derecha que tan poco se parece a la derecha europea. También confieso que conozco a gente que haría muy buen papel bajando al ruedo político, pero jamás aspiraría a ello porque no le apetece perder la conciencia y la dignidad en el intento. Sin embargo, normalmente solo se puede ganar si te arriesgas.
La maniobra fácil, por tanto, es agitar las calles, remover conciencias, pero siempre desde la trastienda, sin aventurarse a que aquellos que has movilizado te acusen de "político". Y eso es una pena. porque, como ya he insistido dos, tres, o quinientas veces, la única forma de cambiar el sistema, sin coste de vidas humanas, es hacerlo desde dentro. No obstante, ahí estamos, temerosos de perder apoyos, de ser acusados de desleales si nos liamos la manta a la cabeza y luchamos por lo nuestro, por lo de todos, desde las listas electorales.
Estoy convencida de que a estos jóvenes parlamentarios chilenos también les han llovido las críticas de los llamados antisistema o los que se declaran anarquistas sin serlo de facto. De hecho, Camila y Karol se han visto obligadas a dar una rueda de prensa para expresar por qué y para qué están en el Parlamento. Algo que, por otra parte, debería ser obvio: hemos hecho algo grande, hemos creado una revuelta social y ahora vamos a trabajar por vosotros de todas las maneras posibles que nos permita la ley. En España esto, ahora mismo, no sucedería. De hecho, IU nos ha vendido a su diputado Alberto Garzón como representante del 15M, cuando el perfil de Garzón es mucho más político y económico que de activismo social y revuelta callejera.
Me encantaría ver cómo los agitadores sociales (representantes de las mareas, del 15 M o del sindicato de estudiantes, quien, por cierto, tiene entre sus líderes a gente muy interesante) toman el Parlamento por las urnas. Y que no tengan miedo hacerlo, porque si no se deciden llegarán usurpadores como esta chica de las juventudes socialistas, la tal Beatriz Talegón, que me parece uno de los personajes más oscuros que ha entrado en política. Y una de las personas que más cadáveres ha dejado en su camino hacia la fama y fortuna.
Ojalá tomemos ejemplo del caso chileno. Puede triunfar o fracasar, pero es un camino andado que nos devuelve un poco la ilusión de los años 60 y a aquellos cachorros políticos que querían cambiar el mundo y que utilizaron todos los recursos democráticos para ello. La democracia nos garantiza el voto, y las constituciones que maman de su teta el derecho a la huelga, el derecho de manifestación y el de reunión (ay, esa Ley de Seguridad Ciudadana, qué enorme y soberana estupidez), pero también nos da el poder de representación y los cauces para luchar por nuestras ideas y nuestra gente. Entonces, ¿por qué no lo hacemos?
Y como, lo confieso, yo he sido siempre más de Camilo que de Camila (ya no digamos del Che o Fidel), aquí va la "rola".
Esta misma semana nos hemos enterado de que aquellos estudiantes que pusieron voz y cara a la protesta del movimiento estudiantil chileno han sido elegido diputados. Que sea enhorabuena. Enhorabuena a Camila, Karol, Gabriel… a sus compañeros de lucha, a quienes les escucharon y a los votantes. En el caso de Camila Vallejo, como ya expliqué en otra entrada, mi enhorabuena se haría extensiva a su pareja, Julio Sarmiento, ideólogo comunista y auténtica "inteligencia en la sombra" de aquel movimiento estudiantil que reventó las calles de Santiago. Si hacemos un poco de historia, Julio siempre fue llamado a ocupar un puesto de liderazgo ante el público y su propia formación, pero al ser cubano (recordemos que llegó a Chile para estudiar en el año 2002), creyó conveniente delegar el protagonismo en otro (otra) para no mezclar churras con merinas, esto es, para no recibir los dardos fáciles destinados al revolucionario oportunista. Sin desmerecer el talento y el carisma de Camila Vallejo, hay que incidir en la suerte que ha tenido al ser respaldada por un gran -inmenso- hombre. Si tantas veces pronunciamos esa condescendiente sentencia de "detrás de cada hombre hay una gran mujer", hay que reconocer que, en ocasiones, detrás de una gran mujer también hay un gran hombre, un tipo magnífico, capaz de renunciar a su ego (o canalizarlo de otra forma) para trabajar por y para la fémina que tiene al lado, sin envidias, sin celos, sin estupideces. Hay que ser un hombre diez para amar a una mujer excepcional.
Pero, al margen de mis teorías sobre mujeres, hombres y viceversa, a lo que quería referirme en el día de hoy es al envidiable proceso que ha seguido este movimiento estudiantil chileno, que después de sacudir el país con sus proclamas "incendiarias", ha llegado hasta el Parlamento. Al margen de que estemos o no de acuerdo con los planteamientos de estos chicos, es de justicia reconocerles el mérito de la inteligencia aplicada a la política. En su día, y a raíz del 15M, expliqué que a dicho movimiento le veía un amargo futuro si no se decidía a dar el salto a la política obviando las opiniones de todos aquellos empeñados en negarle cualquier adhesión ideológica (algo imposible, por otro lado). Lo mismo dije en su día de la revolución zapatista, a la que vaticiné un relativo gran fracaso si no se decidían a batirse en duelo en las urnas, aun con todas las dificultades que encierra la política mexicana.
Creo (y cada día estoy más convencida de ello) de que cualquier movimiento social con vocación de triunfo debe atravesar ciertas fronteras si tiene aspiraciones de continuidad y acción. El paso lógico, por tanto, es posicionarse en el marco político y plegarse a las reglas democráticas para trabajar en pos de los ideales. Porque tener ideas está muy bien, pero también hay que saber cómo concretarlas: es relativamente fácil ilusionar a la gente con promesas; lo complicado es intentar que esas promesas, esas metas fraguadas al carón de la revolución social, no se queden en cuentos.
En España sobrellevamos como podemos el estigma de una clase política chanchullera y hasta malévola. Ahora mismo, el dedicarse a la política es casi caer en lo más bajo de la escala social. Y, sin embargo, estoy convencida de que hay gente estupenda trabajando en política, ya sea en las filas de la izquierda o de esa derecha que tan poco se parece a la derecha europea. También confieso que conozco a gente que haría muy buen papel bajando al ruedo político, pero jamás aspiraría a ello porque no le apetece perder la conciencia y la dignidad en el intento. Sin embargo, normalmente solo se puede ganar si te arriesgas.
La maniobra fácil, por tanto, es agitar las calles, remover conciencias, pero siempre desde la trastienda, sin aventurarse a que aquellos que has movilizado te acusen de "político". Y eso es una pena. porque, como ya he insistido dos, tres, o quinientas veces, la única forma de cambiar el sistema, sin coste de vidas humanas, es hacerlo desde dentro. No obstante, ahí estamos, temerosos de perder apoyos, de ser acusados de desleales si nos liamos la manta a la cabeza y luchamos por lo nuestro, por lo de todos, desde las listas electorales.
Estoy convencida de que a estos jóvenes parlamentarios chilenos también les han llovido las críticas de los llamados antisistema o los que se declaran anarquistas sin serlo de facto. De hecho, Camila y Karol se han visto obligadas a dar una rueda de prensa para expresar por qué y para qué están en el Parlamento. Algo que, por otra parte, debería ser obvio: hemos hecho algo grande, hemos creado una revuelta social y ahora vamos a trabajar por vosotros de todas las maneras posibles que nos permita la ley. En España esto, ahora mismo, no sucedería. De hecho, IU nos ha vendido a su diputado Alberto Garzón como representante del 15M, cuando el perfil de Garzón es mucho más político y económico que de activismo social y revuelta callejera.
Me encantaría ver cómo los agitadores sociales (representantes de las mareas, del 15 M o del sindicato de estudiantes, quien, por cierto, tiene entre sus líderes a gente muy interesante) toman el Parlamento por las urnas. Y que no tengan miedo hacerlo, porque si no se deciden llegarán usurpadores como esta chica de las juventudes socialistas, la tal Beatriz Talegón, que me parece uno de los personajes más oscuros que ha entrado en política. Y una de las personas que más cadáveres ha dejado en su camino hacia la fama y fortuna.
Ojalá tomemos ejemplo del caso chileno. Puede triunfar o fracasar, pero es un camino andado que nos devuelve un poco la ilusión de los años 60 y a aquellos cachorros políticos que querían cambiar el mundo y que utilizaron todos los recursos democráticos para ello. La democracia nos garantiza el voto, y las constituciones que maman de su teta el derecho a la huelga, el derecho de manifestación y el de reunión (ay, esa Ley de Seguridad Ciudadana, qué enorme y soberana estupidez), pero también nos da el poder de representación y los cauces para luchar por nuestras ideas y nuestra gente. Entonces, ¿por qué no lo hacemos?
Y como, lo confieso, yo he sido siempre más de Camilo que de Camila (ya no digamos del Che o Fidel), aquí va la "rola".
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lunes, 18 de noviembre de 2013
La pianista
Estos últimos días, los medios nos han deleitado con una noticia la mar de pintoresca: una estudiante de piano estaba siendo juzgada por "maltratar psicológicamente" a su vecina al hacer prácticas con el instrumento en horas de oficina. Por instrumento me refiero al piano.
Al parecer, la vecina de marras habría llegado a padecer serios episodios de angustia y hasta problemas físicos al verse obligada a escuchar, día tras día, a la moza perpetrando sus acordes. Por semejante delito, el fiscal había solicitado una pena de siete años de cárcel para la artista, pero se ve que la chica ha pulsado la tecla sensible del personal, porque el servidor de lo público ha rebajado la petición a 20 meses, lo que le ahorraría el mal trago de pisar la cárcel pero le colgaría en su currículum unos bonitos antecedentes. Y ya sabemos lo quisquillosos que son algunos países con esto de los delitos, que lo mismo no te dejan poner un pie en el Wal Mart más próximo por muy pianista que seas o muy bien que se te dé esto de los tocamientos.
Desconozco si el caso es para tanto. Según parece, la chica aporreaba el instrumento durante el día y por las noches se dedicaba a vivir una aventura tan prosaica como es el buen dormir, lo que, en mi modesta opinión, suma un punto a su favor. A mi entender, no tiene nada que ver ensayar en horas de oficina con hacerlo a las dos de la madrugada, cuando a uno le espera un día de recortes, ajustes y mamandurrias varias. A lo mejor lo que ocurre es que la aspirante a llevarse el premio de Tú sí que vales producía una música nefasta y, claro, hay cosas que no se pueden aguantar. Aunque, pensándolo bien, por esta regla de tres, las cárceles estarían llenas de progenitores de bebés berreantes, aficionados al heavy metal, propietarios de bares y discotecas y fans recalcitrantes de José Luis Perales. Confieso que si mis vecinos me ponen a Green Day a toda pastilla 12 horas al día, lo mismo hasta les hago una tarta, pero si les da por pincharme una sesión intensiva de Bisbal, a lo mejor lo que les doy es una torta. O varias.
Lo siento por la pianista entregada, la vecina achacosa, amigos y familiares, pero también lo lamento por este país, en el que una chica cuyo delito es tocar el piano vive bajo la amenaza de la cárcel mientras otros y otras, tras haber cometido delitos graves (presumiblemente) están más anchos que panchos. Ahí tenemos, por ejemplo, al ex presidente Camps, escondiéndose como una rata en las alcantarillas de Valencia para no ser interrogado por el juez Castro como testigo del caso Noos (no vaya a ser que se revuelva aquel tema añejo de los trajes y se den cuenta de que lo que de verdad le sienta bien es el mono a rayas); o, sin alejarnos mucho de lo que importa o imputa, el traspiés de la justicia con la impoluta infanta Cristina, que, visto lo visto, ya puede arrancarle la cabeza a un bebé delante de toda España que todos miraremos hacia otro lado y fingiremos que la importante no nos ha importunado. Y es que aquí lo realmente grave pasa... de largo. El PP borra el disco duro de los ordenadores de Bárcenas y hacemos borrón y cuenta nueva; una ministra del PP recibe dinero de una trama corrupta y el resto le arrojamos confetis; unos ancianos son estafados por los grandes bancos y los detenemos por protestar mientras a los mentirosos que les engañaron les premiamos con una jubilación de pandereta. Bonito a la par que edificante.
No sé cómo acabará la desventura de la pianista, pero yo llamaría a la ciudadanía a presentar una queja al Estado por motivos igual de fundamentados. Por ejemplo, la murga que nos dio Richar Clayderman con su Balada para Adelina; o el empeño de María Jesús y su acordeón, pervirtiendo a venerables ancianos en Benidorm a ritmo de Los Pajaritos; o el pianista de Parada amargándonos la siesta de los sábados... Y no sigo porque no me llegaría el blog para hilvanar tanta protesta social. Lo mismo, entre denuncia y denuncia, haríamos un bien a España: tener a Gallardón entretenido e impedirle trabajar en su máquina del tiempo, ésa que yace en el subsuelo del Ministerio de Justicia y que está a punto de trasladarnos a la Baja Edad Media, época gloriosa del vasallaje y el derecho de pernada. No hay mal que por bien no venga... ni vecinos que lo resistan.
Al parecer, la vecina de marras habría llegado a padecer serios episodios de angustia y hasta problemas físicos al verse obligada a escuchar, día tras día, a la moza perpetrando sus acordes. Por semejante delito, el fiscal había solicitado una pena de siete años de cárcel para la artista, pero se ve que la chica ha pulsado la tecla sensible del personal, porque el servidor de lo público ha rebajado la petición a 20 meses, lo que le ahorraría el mal trago de pisar la cárcel pero le colgaría en su currículum unos bonitos antecedentes. Y ya sabemos lo quisquillosos que son algunos países con esto de los delitos, que lo mismo no te dejan poner un pie en el Wal Mart más próximo por muy pianista que seas o muy bien que se te dé esto de los tocamientos.
Desconozco si el caso es para tanto. Según parece, la chica aporreaba el instrumento durante el día y por las noches se dedicaba a vivir una aventura tan prosaica como es el buen dormir, lo que, en mi modesta opinión, suma un punto a su favor. A mi entender, no tiene nada que ver ensayar en horas de oficina con hacerlo a las dos de la madrugada, cuando a uno le espera un día de recortes, ajustes y mamandurrias varias. A lo mejor lo que ocurre es que la aspirante a llevarse el premio de Tú sí que vales producía una música nefasta y, claro, hay cosas que no se pueden aguantar. Aunque, pensándolo bien, por esta regla de tres, las cárceles estarían llenas de progenitores de bebés berreantes, aficionados al heavy metal, propietarios de bares y discotecas y fans recalcitrantes de José Luis Perales. Confieso que si mis vecinos me ponen a Green Day a toda pastilla 12 horas al día, lo mismo hasta les hago una tarta, pero si les da por pincharme una sesión intensiva de Bisbal, a lo mejor lo que les doy es una torta. O varias.
Lo siento por la pianista entregada, la vecina achacosa, amigos y familiares, pero también lo lamento por este país, en el que una chica cuyo delito es tocar el piano vive bajo la amenaza de la cárcel mientras otros y otras, tras haber cometido delitos graves (presumiblemente) están más anchos que panchos. Ahí tenemos, por ejemplo, al ex presidente Camps, escondiéndose como una rata en las alcantarillas de Valencia para no ser interrogado por el juez Castro como testigo del caso Noos (no vaya a ser que se revuelva aquel tema añejo de los trajes y se den cuenta de que lo que de verdad le sienta bien es el mono a rayas); o, sin alejarnos mucho de lo que importa o imputa, el traspiés de la justicia con la impoluta infanta Cristina, que, visto lo visto, ya puede arrancarle la cabeza a un bebé delante de toda España que todos miraremos hacia otro lado y fingiremos que la importante no nos ha importunado. Y es que aquí lo realmente grave pasa... de largo. El PP borra el disco duro de los ordenadores de Bárcenas y hacemos borrón y cuenta nueva; una ministra del PP recibe dinero de una trama corrupta y el resto le arrojamos confetis; unos ancianos son estafados por los grandes bancos y los detenemos por protestar mientras a los mentirosos que les engañaron les premiamos con una jubilación de pandereta. Bonito a la par que edificante.
No sé cómo acabará la desventura de la pianista, pero yo llamaría a la ciudadanía a presentar una queja al Estado por motivos igual de fundamentados. Por ejemplo, la murga que nos dio Richar Clayderman con su Balada para Adelina; o el empeño de María Jesús y su acordeón, pervirtiendo a venerables ancianos en Benidorm a ritmo de Los Pajaritos; o el pianista de Parada amargándonos la siesta de los sábados... Y no sigo porque no me llegaría el blog para hilvanar tanta protesta social. Lo mismo, entre denuncia y denuncia, haríamos un bien a España: tener a Gallardón entretenido e impedirle trabajar en su máquina del tiempo, ésa que yace en el subsuelo del Ministerio de Justicia y que está a punto de trasladarnos a la Baja Edad Media, época gloriosa del vasallaje y el derecho de pernada. No hay mal que por bien no venga... ni vecinos que lo resistan.
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viernes, 15 de noviembre de 2013
Eso del cambio climático
No sé de qué forma describir cómo se nos quedó el cuerpo tras ver las imágenes de Filipinas después del paso del tifón Haiyan. Desolación, muerte, corrupción, pobreza.... las instantáneas nos retrotaían a aquella imagen de los jinetes del Apocalipsis, esos simpáticos chicos a caballo que arrasan por donde pasan.
Hablando de pasar, la tragedia filipina nos ha demostrado dos cosas: que el país está muy mal preparado para afrontar desastres naturales que a menudo les pillan con el pie cambiado, y que la comunidad internacional, salvo el esfuerzo de ciertas ONG's y algún gobierno en estado de shock, pasa de todo. Y la dejadez roza ya la indecencia, no solo porque las imágenes que nos llegan del desastre asiático ponen los pelos de punta, sino porque en estos momentos se está celebrando la Conferencia del Cambio Climático, orquestada por el ente que obedece a las siglas de ONU y que viene a ser algo así como el Senado: un organismo que sirve para poco más que para que la gente se pregunte el por qué de su existencia.
El otro día, el representante filipino en la conferencia de marras se echó a llorar mientras pronunciaba un discurso que se movía entre la súplica y la resignación. Yeb Sano intuye, como intuimos todos nosotros, que la plaga de desastres naturales obedece a la acción del mayor de los desastres que habita la tierra: el hombre. La Tierra se desgasta por el uso, pero también por el abuso que hacemos de ella cada minuto de nuestra existencia. Y no hace falta que venga el sr. Sano a recordarnos lo que somos y lo que hacemos (por cierto, el hombre se ha puesto en huelga de hambre, o de ayuno, mientras dura la Conferencia, pero creo que muy pocos se han dado por aludidos); somos plenamente conscientes de que los gobiernes asumen el problema del clima como nosotros los propósitos de Año Nuevo: con buena intención y nulo cumplimiento.
Y es que las autoridades no están por la labor de reducir las emisiones y controlar nuestra defenestración en la medida de lo posible. No solo porque elijan para cargos comprometidos con el entorno a gentes tan ineptas como Ana Botella (durante muchos años concejal de Medio Ambiente del ayuntamiento de Madrid y actualmente pésima gestora de la huelga de recogida de basuras que tanto nos está tocando las narices) sino porque son arte y parte de todo el conglomerado económico que maneja el chollazo de las energías más contaminantes. Véase, por ejemplo, un país como España, cuyo principal activo, muy por encima del turismo, sería el sol. Pues bien, éste nuestro gobierno, en lugar de tirar de energía solar para revalorizar y potenciar nuestra economía, ha hecho justo lo contrario: reducir las licencias que permitirían explotar una de nuestras grandes riquezas y regalarle a cambio todo tipo de trabas. Así nos las gastamos.
De cara a la galería nos preocupa mucho la cosa del clima, pero más nos preocupan nuestros bolsillos. Y, claro, si acabamos con el chollo del petróleo, hay varias naciones, corporaciones y lobbies que lo mismo se cabrearían. Menos mal que a nuestro rey le quitaron ese privilegio otorgado por Franco de llevarse un porcentaje por cada barril de petróleo que compraba España a sus amigos los árabes; si no, lo mismo nuestro querido monarca estaría a esta misma hora fustigándonos con el andador por ser malos españoles y peores súbditos.
No le veo yo mucho remedio a esta situación más allá de la buena voluntad de los habitantes del planeta que no estemos comprometidos económicamente con las fuentes de energía más contaminantes. Lo tenemos todo en contra. Y no solo hablo de los desastres naturales; también de los impostados. Por ejemplo, esa sentencia absolutoria en el litigio del hundimiento de Prestige, aquel barco que dejó 1.700 km de costa (no solo española) hecha unos zorros, causó problemas de salud a muchos voluntarios que acudieron a limpiar las playas afectadas y desastibilizó a un gobierno torticero (el mismo que ahora nos adorna) cuyos máximos responsables se encontraban de cacería o directamente en Babia en el momento de autos. La sentencia no encuentra culpables de semejante horror salvo el barco mismo, al que le entró la estúpida manía de vomitar mierda a cascoporro. Resulta indignante, pero lo peor es que da carta libre para que armadores, capitanes, políticos etc, se paseen por los mares en barcos que no valdrían ni para desguazarlos y obtener cobre de sus ruinas: total, si pasa algo, será porque Dios lo ha querido. Ajo y, sobre todo, agua. La justicia de los hombres es así de divina.
Hablando de pasar, la tragedia filipina nos ha demostrado dos cosas: que el país está muy mal preparado para afrontar desastres naturales que a menudo les pillan con el pie cambiado, y que la comunidad internacional, salvo el esfuerzo de ciertas ONG's y algún gobierno en estado de shock, pasa de todo. Y la dejadez roza ya la indecencia, no solo porque las imágenes que nos llegan del desastre asiático ponen los pelos de punta, sino porque en estos momentos se está celebrando la Conferencia del Cambio Climático, orquestada por el ente que obedece a las siglas de ONU y que viene a ser algo así como el Senado: un organismo que sirve para poco más que para que la gente se pregunte el por qué de su existencia.
El otro día, el representante filipino en la conferencia de marras se echó a llorar mientras pronunciaba un discurso que se movía entre la súplica y la resignación. Yeb Sano intuye, como intuimos todos nosotros, que la plaga de desastres naturales obedece a la acción del mayor de los desastres que habita la tierra: el hombre. La Tierra se desgasta por el uso, pero también por el abuso que hacemos de ella cada minuto de nuestra existencia. Y no hace falta que venga el sr. Sano a recordarnos lo que somos y lo que hacemos (por cierto, el hombre se ha puesto en huelga de hambre, o de ayuno, mientras dura la Conferencia, pero creo que muy pocos se han dado por aludidos); somos plenamente conscientes de que los gobiernes asumen el problema del clima como nosotros los propósitos de Año Nuevo: con buena intención y nulo cumplimiento.
Y es que las autoridades no están por la labor de reducir las emisiones y controlar nuestra defenestración en la medida de lo posible. No solo porque elijan para cargos comprometidos con el entorno a gentes tan ineptas como Ana Botella (durante muchos años concejal de Medio Ambiente del ayuntamiento de Madrid y actualmente pésima gestora de la huelga de recogida de basuras que tanto nos está tocando las narices) sino porque son arte y parte de todo el conglomerado económico que maneja el chollazo de las energías más contaminantes. Véase, por ejemplo, un país como España, cuyo principal activo, muy por encima del turismo, sería el sol. Pues bien, éste nuestro gobierno, en lugar de tirar de energía solar para revalorizar y potenciar nuestra economía, ha hecho justo lo contrario: reducir las licencias que permitirían explotar una de nuestras grandes riquezas y regalarle a cambio todo tipo de trabas. Así nos las gastamos.
De cara a la galería nos preocupa mucho la cosa del clima, pero más nos preocupan nuestros bolsillos. Y, claro, si acabamos con el chollo del petróleo, hay varias naciones, corporaciones y lobbies que lo mismo se cabrearían. Menos mal que a nuestro rey le quitaron ese privilegio otorgado por Franco de llevarse un porcentaje por cada barril de petróleo que compraba España a sus amigos los árabes; si no, lo mismo nuestro querido monarca estaría a esta misma hora fustigándonos con el andador por ser malos españoles y peores súbditos.
No le veo yo mucho remedio a esta situación más allá de la buena voluntad de los habitantes del planeta que no estemos comprometidos económicamente con las fuentes de energía más contaminantes. Lo tenemos todo en contra. Y no solo hablo de los desastres naturales; también de los impostados. Por ejemplo, esa sentencia absolutoria en el litigio del hundimiento de Prestige, aquel barco que dejó 1.700 km de costa (no solo española) hecha unos zorros, causó problemas de salud a muchos voluntarios que acudieron a limpiar las playas afectadas y desastibilizó a un gobierno torticero (el mismo que ahora nos adorna) cuyos máximos responsables se encontraban de cacería o directamente en Babia en el momento de autos. La sentencia no encuentra culpables de semejante horror salvo el barco mismo, al que le entró la estúpida manía de vomitar mierda a cascoporro. Resulta indignante, pero lo peor es que da carta libre para que armadores, capitanes, políticos etc, se paseen por los mares en barcos que no valdrían ni para desguazarlos y obtener cobre de sus ruinas: total, si pasa algo, será porque Dios lo ha querido. Ajo y, sobre todo, agua. La justicia de los hombres es así de divina.
martes, 12 de noviembre de 2013
Censura
Lamento mucho la pesadilla que están viviendo los compañeros de Canal Nou, testigos del ocaso de la televisión valenciana, tanto tiempo rendida a los pies del PP. La pésima gestión perpetrada por el partido es otro fruto más de esta perversión del neoliberalismo que tanto gusta a los señores y señoras de la derechona, que siempre entendieron que dicha doctrina económica no era otra cosa que un traje hecho a medida de sus despropósitos y un vehículo de su enriquecimiento, ilícito o no, aunque siempre poco ético. Pero, además del uso y disfrute de la economía de barrial por parte de unos cuantos, la desgracia de Canal Nou ha sido la regresión en la forma de comprender la información, no como un vínculo de conocimiento entre las partes, sino como una máquina propagandística a mayor gloria de los caciques de turno.
Y es esa forma dictatorial de enfrentar a los medios de comunicación lo que nos ha llevado a estar donde estamos, con canales autonómicos víctimas de las corrientes amigas y los enchufes trifásicos, opiniones sesgadas y mentiras a la carta. Lo que ha ocurrido en Canal Nou no es ajeno a ninguna televisión autónomica, en tanto en cuanto nuestros políticos las conciben como "sus" canales o, lo que es lo mismo, módulos para "canalizar" sus ideas. El trabajador no sirve a la imparcialidad, si eso existiera, que ya lo dudo, sino que se le contrata para rendir pleitesía al gobernante de turno e influir en los televidentes a modo de sedante. Encima, en el caso de España, esto tiene un componente moral un tanto conflictivo: las televisiones autonómicas nacieron en un momento de reivindicación territorial, nacionalista y cultural, convirtiéndose en activos ejemplarizantes para divulgar una determinada lengua y una cultura en particular, de ahí que gran parte de la población simpatizara bien pronto con sus predicamentos que enseguida pasaron de la "evangelización" cultural a la "evangelización" política, económica y social. La base era buena; el objetivo, maligno.
Con el controvertido cierre de Canal Nou, en la ruina total dentro de esa debacle económica que obedece al nombre de Comunidad Valenciana, han sacado pecho alguno de sus trabajadores (o ex) pidiendo perdón por los desmadres cometidos: por informar sin ecuanimidad, haberse plegado a los requerimientos del gobierno autonómico o, directamente, por mentir. Me parece muy bien y siempre es de agradecer que alguien haga acto de contrición, pero yo me pregunto: si tanta conciencia teníamos, ¿por qué no nos quejamos antes? ¿Por qué no demandamos cuando era gratuito hacerlo? ¿Por qué no nos rebelamos cuando la profesión estaba en una situación boyante y no era tan complicado encontrar trabajo como lo es ahora? ¿Por qué no nos sublevamos cuando no nos faltaban las ganas ni el futuro? Siempre me ha parecido que a toro pasado todos somos Manolete, pero la verdadera valentía y las verdaderas agallas se demuestran sacando la cara en el momento justo y con las personas justas. Ya sé que es muy fácil decirlo y muy complicado llevarlo a la práctica, y que me experiencia me apunta que, a la hora de despedir, los empresarios se ceban en quien más molesta y menos adorna. Una verdad sobre la que deberían reflexionar aquellos que convierten el peloteo y la sumisión en su forma de vida. Conozco a algunos que ya se les ha olvidado la conciencia y hasta la dignidad de tanto arrastrarse.
Me imagino a los familiares de los muertos y heridos en el accidente del Metro de Valencia ojipláticos, comprobando cómo los periodistas de su canal autonómico afirman que, efectivamente, mintieron cuando aplaudieron y publicitaron el yo no fui de las autoridades. Y los supongo preguntándose por qué gritan ahora, cuando ya no tienen nada que perder, y no se pronunciaron antes, testificando en el juicio y levantando la liebre a perdigonazos. Triste consuelo para quienes fueron acusados de fabuladores y vengativos solo por exigir responsabilidades a quien, al parecer, las tenía y lo negaba.
Somos un pueblo triste que asiente y consiente, que creemos que los padres de la Constitución eran "lo más mejor" (ese blindaje de la Corona, lo que nos está doliendo...), que la Iglesia nos llevará al cielo (olé el arzobispo de Granada con su último manual para que las mujeres nos casemos y seamos sumisas) o que quien nos hace llorar es porque, en el fondo, nos quiere bien. Nuestra existencia es como aquel programa de televisión que despertaba pasiones cuando yo era una niña, el Un, dos tres. En él, varias parejas optaban a un premio que podía ser un apartamento en Torrevieja (la burbuja empezó aquí) o un coche. Si perdían, se llevaban una inmensa calabaza. Y así estamos nosotros, jugándonos la existencia como concursantes del Un, dos, tres, y bregando con nuestras bestias negras, herederos sin gracia de aquellos Don Cicuta, el profesor Lápiz, Don Rácano y Don Estrecho, dignos hijos de Tacañón del Todo, que velaban por nuestros dineros y nuestra moralidad, para que no nos lleváramos un duro de más ni se nos ocurriera decir nada inapropiado que pronto sería censurado. Para compensar, el programa distraía a los concursantes con señoritas de buen ver que necesitaban una calculadora cuando querían sumar dos más dos, no vaya a ser que les saliera ocho, que no rima con nada. Igualito que nuestros políticos de raza, a quienes le encanta buscar señuelos, a cada cual más tonto, para distraernos de sus infinitas tropelías.
Lástima que ahora ni siquiera podamos optar al apartamento y nos tengamos que conformar con la calabaza. Y sin que ni siquiera nos hayan dejado concursar...
Y es esa forma dictatorial de enfrentar a los medios de comunicación lo que nos ha llevado a estar donde estamos, con canales autonómicos víctimas de las corrientes amigas y los enchufes trifásicos, opiniones sesgadas y mentiras a la carta. Lo que ha ocurrido en Canal Nou no es ajeno a ninguna televisión autónomica, en tanto en cuanto nuestros políticos las conciben como "sus" canales o, lo que es lo mismo, módulos para "canalizar" sus ideas. El trabajador no sirve a la imparcialidad, si eso existiera, que ya lo dudo, sino que se le contrata para rendir pleitesía al gobernante de turno e influir en los televidentes a modo de sedante. Encima, en el caso de España, esto tiene un componente moral un tanto conflictivo: las televisiones autonómicas nacieron en un momento de reivindicación territorial, nacionalista y cultural, convirtiéndose en activos ejemplarizantes para divulgar una determinada lengua y una cultura en particular, de ahí que gran parte de la población simpatizara bien pronto con sus predicamentos que enseguida pasaron de la "evangelización" cultural a la "evangelización" política, económica y social. La base era buena; el objetivo, maligno.
Con el controvertido cierre de Canal Nou, en la ruina total dentro de esa debacle económica que obedece al nombre de Comunidad Valenciana, han sacado pecho alguno de sus trabajadores (o ex) pidiendo perdón por los desmadres cometidos: por informar sin ecuanimidad, haberse plegado a los requerimientos del gobierno autonómico o, directamente, por mentir. Me parece muy bien y siempre es de agradecer que alguien haga acto de contrición, pero yo me pregunto: si tanta conciencia teníamos, ¿por qué no nos quejamos antes? ¿Por qué no demandamos cuando era gratuito hacerlo? ¿Por qué no nos rebelamos cuando la profesión estaba en una situación boyante y no era tan complicado encontrar trabajo como lo es ahora? ¿Por qué no nos sublevamos cuando no nos faltaban las ganas ni el futuro? Siempre me ha parecido que a toro pasado todos somos Manolete, pero la verdadera valentía y las verdaderas agallas se demuestran sacando la cara en el momento justo y con las personas justas. Ya sé que es muy fácil decirlo y muy complicado llevarlo a la práctica, y que me experiencia me apunta que, a la hora de despedir, los empresarios se ceban en quien más molesta y menos adorna. Una verdad sobre la que deberían reflexionar aquellos que convierten el peloteo y la sumisión en su forma de vida. Conozco a algunos que ya se les ha olvidado la conciencia y hasta la dignidad de tanto arrastrarse.
Me imagino a los familiares de los muertos y heridos en el accidente del Metro de Valencia ojipláticos, comprobando cómo los periodistas de su canal autonómico afirman que, efectivamente, mintieron cuando aplaudieron y publicitaron el yo no fui de las autoridades. Y los supongo preguntándose por qué gritan ahora, cuando ya no tienen nada que perder, y no se pronunciaron antes, testificando en el juicio y levantando la liebre a perdigonazos. Triste consuelo para quienes fueron acusados de fabuladores y vengativos solo por exigir responsabilidades a quien, al parecer, las tenía y lo negaba.
Somos un pueblo triste que asiente y consiente, que creemos que los padres de la Constitución eran "lo más mejor" (ese blindaje de la Corona, lo que nos está doliendo...), que la Iglesia nos llevará al cielo (olé el arzobispo de Granada con su último manual para que las mujeres nos casemos y seamos sumisas) o que quien nos hace llorar es porque, en el fondo, nos quiere bien. Nuestra existencia es como aquel programa de televisión que despertaba pasiones cuando yo era una niña, el Un, dos tres. En él, varias parejas optaban a un premio que podía ser un apartamento en Torrevieja (la burbuja empezó aquí) o un coche. Si perdían, se llevaban una inmensa calabaza. Y así estamos nosotros, jugándonos la existencia como concursantes del Un, dos, tres, y bregando con nuestras bestias negras, herederos sin gracia de aquellos Don Cicuta, el profesor Lápiz, Don Rácano y Don Estrecho, dignos hijos de Tacañón del Todo, que velaban por nuestros dineros y nuestra moralidad, para que no nos lleváramos un duro de más ni se nos ocurriera decir nada inapropiado que pronto sería censurado. Para compensar, el programa distraía a los concursantes con señoritas de buen ver que necesitaban una calculadora cuando querían sumar dos más dos, no vaya a ser que les saliera ocho, que no rima con nada. Igualito que nuestros políticos de raza, a quienes le encanta buscar señuelos, a cada cual más tonto, para distraernos de sus infinitas tropelías.
Lástima que ahora ni siquiera podamos optar al apartamento y nos tengamos que conformar con la calabaza. Y sin que ni siquiera nos hayan dejado concursar...
jueves, 7 de noviembre de 2013
Papa, ven
Madrid está hecha un asco. Más de lo habitual, que ya es decir. Todo por una tontada de nada: un ERE de estos tipo "Terminator" capaz de poner a mil y pico trabajadores en la calle y a un importante número de familias camino de la indigencia. Lógicamente, el personal que se encarga de dejar nuestras aceras presentables y adecentar nuestros parques tras el correspondiente botellón, ha decidido encerrar rastrillos y cubos y plantarle cara a quien se la tiene que plantar.
Vaya por delante mi solidaridad con los trabajadores de la limpieza. Ni su tarea ni la huelga son gratas, pero alguien tiene que cantarles las cuarenta a esta camada de aprendices de Harry el Sucio que ejerce el mal gobierno en la ciudad de Madrid. Y ahí viene lo bueno, porque entre semejante terna de ladrones, especuladores y déspotas varios, nadie se da por aludido; es decir, que a ninguna de nuestras autoridades, amigos y conocidos parece competerle la resolución del conflicto.
Como viene siendo habitual en este infierno neoliberal en el que se ha convertido España gracias a las malas artes del PP, el ayuntamiento de Madrid decidió en su día externalizar los servicios de limpieza y "regalárselos" (alguien tiene que decirlo) a sus grandes amigos, ese puñado de constructoras que, supuestamente, financió ilegalmente al Partido Popular mientras nos llevaba de cabeza a la crisis inmobiliaria y a la ruina más absoluta. Lógicamente, había que devolverles los favores prestados y untarles para que prestaran un servicio que hubiera sido infinitamente más barato si hubiera seguido siendo gestionado por el Ayuntamiento. Pero, claro, uno no siempre se hace rico practicando el bien.
Total, que, a día de hoy, las empresas que tienen la concesión de nuestros parques, plazas y monumentos, están sumergidas en el bucle infame del recorte, esto es, hacer ricos a los de arriba mientras se ahogan los de abajo. Y para que los de siempre obtengan beneficios, los de nunca deben irse a la "puta rue". Y no precisamente a limpiarla.
A todo esto, nuestros ínclitos colegas del Ayuntamiento, un organismo al que los Populares han dejado sin fondos y hasta sin sangre, tiran balones fuera y se desentienden del conflicto que ellos mismos han contribuido a crear con su pésima gestión y sus ganas infinitas de obtener dividendos hasta de la porquería que generamos. Dicen que el problema es de las empresas encargadas de adecentar la ciudad, como si el consistorio madrileño no fuera el origen de esta insana cadena de favores y despropósitos con la que ahora nos ahogamos los censados en Madrid.
A Ana Botella, esto de las basuras parece darle absolutamente igual. Ella vive en Pozuelo y se mueve por la ciudad en coche oficial, sin tener que apartar de su camino tapas de yogures o excrementos de perro. Así no me extraña que suelte devaríos y que insinúe que en Madrid se ha limpiado por encima de nuestras posibilidades. También se han cobrado sobresueldos y se han costeado tejemanejes por encima de las ídem, pero de esto mejor no se dice nada, no vaya a ser que fastidiemos esa encuesta tan favorable para el PP que acaba de salir del horno del CIS, un organismo férreamente controlado por la autoridad pertinente y que pare sondeos con cuentagotas que, curiosamente, siempre favorecen a los de mismos. Misterios de la vida.
La última huelga de limpieza que sufrimos, allá por los 90, duró más de un mes y fue mucho más violenta que la que ahora tenemos, tal vez porque, en estos momentos, la mayoría seguimos en estado catatónico, enfrascados en el duro arte de sobrevivir. No sé cómo evolucionará el conflicto, aunque insisto en mi solidaridad con aquellos que padecen todo el despropósito chanchullero al que nos ha conducido la avaricia de cierta banda de sobrados. Alguien debería decirle a Ana Botella que la Marca España se devalúa mucho si la capital del país da más pena que gloria; o que los turistas rechazarán gastarse sus dineros en una ciudad bañada en mierda. Pero, sobre todo, alguien debería pedirle al Papa que nos hiciera una visita; sinceramente, solo un paseo de Su Santidad conseguiría que estos devotos catetos que pierden el oremus por ponerse mantillas y besarle el anillo al Santo Padre se decidan a arreglarle el pavimento por donde tenga a bien pasearse. Comprobaríamos entonces admirados como Botella, González, Rajoy y otros chicos del montón se pondrían las pilas y jalearían a sus amigos constructores para que solucionaran el entuerto lo antes posible. Incluso subiéndoles el sueldo a los huelguistas si fuera menester.
Francisco, tú que puedes, obra el milagro. Anda....
Vaya por delante mi solidaridad con los trabajadores de la limpieza. Ni su tarea ni la huelga son gratas, pero alguien tiene que cantarles las cuarenta a esta camada de aprendices de Harry el Sucio que ejerce el mal gobierno en la ciudad de Madrid. Y ahí viene lo bueno, porque entre semejante terna de ladrones, especuladores y déspotas varios, nadie se da por aludido; es decir, que a ninguna de nuestras autoridades, amigos y conocidos parece competerle la resolución del conflicto.
Como viene siendo habitual en este infierno neoliberal en el que se ha convertido España gracias a las malas artes del PP, el ayuntamiento de Madrid decidió en su día externalizar los servicios de limpieza y "regalárselos" (alguien tiene que decirlo) a sus grandes amigos, ese puñado de constructoras que, supuestamente, financió ilegalmente al Partido Popular mientras nos llevaba de cabeza a la crisis inmobiliaria y a la ruina más absoluta. Lógicamente, había que devolverles los favores prestados y untarles para que prestaran un servicio que hubiera sido infinitamente más barato si hubiera seguido siendo gestionado por el Ayuntamiento. Pero, claro, uno no siempre se hace rico practicando el bien.
Total, que, a día de hoy, las empresas que tienen la concesión de nuestros parques, plazas y monumentos, están sumergidas en el bucle infame del recorte, esto es, hacer ricos a los de arriba mientras se ahogan los de abajo. Y para que los de siempre obtengan beneficios, los de nunca deben irse a la "puta rue". Y no precisamente a limpiarla.
A todo esto, nuestros ínclitos colegas del Ayuntamiento, un organismo al que los Populares han dejado sin fondos y hasta sin sangre, tiran balones fuera y se desentienden del conflicto que ellos mismos han contribuido a crear con su pésima gestión y sus ganas infinitas de obtener dividendos hasta de la porquería que generamos. Dicen que el problema es de las empresas encargadas de adecentar la ciudad, como si el consistorio madrileño no fuera el origen de esta insana cadena de favores y despropósitos con la que ahora nos ahogamos los censados en Madrid.
A Ana Botella, esto de las basuras parece darle absolutamente igual. Ella vive en Pozuelo y se mueve por la ciudad en coche oficial, sin tener que apartar de su camino tapas de yogures o excrementos de perro. Así no me extraña que suelte devaríos y que insinúe que en Madrid se ha limpiado por encima de nuestras posibilidades. También se han cobrado sobresueldos y se han costeado tejemanejes por encima de las ídem, pero de esto mejor no se dice nada, no vaya a ser que fastidiemos esa encuesta tan favorable para el PP que acaba de salir del horno del CIS, un organismo férreamente controlado por la autoridad pertinente y que pare sondeos con cuentagotas que, curiosamente, siempre favorecen a los de mismos. Misterios de la vida.
La última huelga de limpieza que sufrimos, allá por los 90, duró más de un mes y fue mucho más violenta que la que ahora tenemos, tal vez porque, en estos momentos, la mayoría seguimos en estado catatónico, enfrascados en el duro arte de sobrevivir. No sé cómo evolucionará el conflicto, aunque insisto en mi solidaridad con aquellos que padecen todo el despropósito chanchullero al que nos ha conducido la avaricia de cierta banda de sobrados. Alguien debería decirle a Ana Botella que la Marca España se devalúa mucho si la capital del país da más pena que gloria; o que los turistas rechazarán gastarse sus dineros en una ciudad bañada en mierda. Pero, sobre todo, alguien debería pedirle al Papa que nos hiciera una visita; sinceramente, solo un paseo de Su Santidad conseguiría que estos devotos catetos que pierden el oremus por ponerse mantillas y besarle el anillo al Santo Padre se decidan a arreglarle el pavimento por donde tenga a bien pasearse. Comprobaríamos entonces admirados como Botella, González, Rajoy y otros chicos del montón se pondrían las pilas y jalearían a sus amigos constructores para que solucionaran el entuerto lo antes posible. Incluso subiéndoles el sueldo a los huelguistas si fuera menester.
Francisco, tú que puedes, obra el milagro. Anda....
martes, 5 de noviembre de 2013
Pornomusic
A mí me da igual que las chicas Disney, inocentes, castas y puras hasta la náusea, se vuelvan pendones al cumplir los 18 y cabras legionarias al entrar en los 21. De hecho, entiendo que no debe de ser nada fácil mantener una postura comedida y una ética virginal cuando lo que más te apetece en el mundo es restregarte en directo y hasta en diferido con ese chulazo que ejerce de modelo de Calvin Klein y que se te pone a tiro cada vez que te peinas las coletas. Tanta austeridad y santa moral tiene que ser una mierda y también, por qué no, un tremendo coñazo.
Lo que ya me hace torcer el morro es que esta panda de buenas y santas se desmelenen tanto que lleguen a extenuarte a base de poner poses, enseñar morro, insinuar tetamen y realizar movimientos pélvicos que harían bostezar hasta al mismísimo Elvis Presley. No es que les niegue el derecho a pasarse por la entrepierna lo que les de la gana, desde el dedo índice a Rober Rabbit en calzoncillos, pero el exhibicionismo continuo me aburre. Sobre todo porque pareciera que el objetivo final de semejante alarde de amaneramientos varios fuera el simular que no cantan un mojón.
A lo mejor es que yo soy muy de la vieja escuela y admiro a la gente que hace bien su trabajo y se entrega a ello. De ahí que me choque comprobar cómo hay tantos que se empeñan en distraer al personal para que no nos demos cuenta de que son de natural lerdo. En el caso de estas simpáticas señoritas, la cosa encierra mayor injundia, porque cuanto más pierden la compostura, más se habla de ellas, ergo más facturan. ¿De verdad necesitamos vera Miley Cyrus imitando tristemente a las chicas Playboy más pasadas de rosca para que nos suene su nombre? ¿No nos bastó con admirarla en Hannah Montana pegando gritos y saltos sin rubor para desear que se retire pronto a un monasterio de monjas benedictinas, a poder ser acompañada de su santo padre? ¿Somos víctimas de una simple estrategia de marketing diseñada para agitar nuestros instintos más primarios?
Hay un dicho que a mí me gusta mucho y que habla de virtudes públicas y vicios privados. Según él, las personas que ejercen de santas, en realidad son fieles a sus propios pecados. Del mismo modo, creo que podría darse la situación contraria, es decir, que aquellos que alardean todo el tiempo de su sexualidad, en realidad son víctimas de una ética pseudocalvinista que constriñe su vida. Sí, también la más íntima. Creo que es fácil que se de una dualidad entre la imagen que la persona proyecta y la que tiene de sí misma, hasta el punto de que una y la otra entren en serio conflicto. Pero, bueno, eso sería aplicar la psicología más sesuda a asuntos que parecen demasiado superficiales como para resultar mentira.
Y no solo las chicas Disney tienden a desbocarse en esta caída incontrolable hacia la sordidez: su camino parece ejemplarizante a tenor de casos como el de Lady Gaga o Rihanna. Aunque yo diría que en estos dos hay factores muy claros que condicionan su exhibicionismo: Lady Gaga es un producto de marketing muy, muy currado, mientras que las aventuras de Rihanna parecen obedecer en gran parte a la sed de venganza. Algo parecido a cuando te deja un novio y, además de ligarte a su mejor amigo, te pones mechas y pechamen nuevo al grito de "que le den". En realidad, lo que quieres decir es que le den remordimientos y arcadas al ver lo que se ha perdido. Y, ya puestos, que se arrastre para volver contigo, aunque si acabas arrastrándote tú, tampoco pasa nada: que viva el amor.
Pero volviendo al principio de los tiempos, reconozco que determinados tipos de música pueden gustarte o no. Lo mismo ocurre con el porno. Pero la pornomusic lleva todas las de perder porque no es porno ni es música, sino un estupendo gatillazo por el que pagamos hoy y nos lamentaremos mañana. Y es que, queridas niñas, la vida es dura y la competencia máxima. Hoy estáis enseñando nalga y dentro de nada consultando a los mejores cirujanos para reducir la cartuchera mientras otra luce como ninguna tu bikini de faralaes. Eso sí, que te quiten lo meneado, porque la cantidad indecente de dinero que has ganado calentando al personal a cambio de soltar dos gorgoritos compensa todas las cuitas. Aunque yo, si fuera ellas, tan bellas, me preguntaría por qué otras no necesitan comprar la equipación en un sex shop de todo a cien para vender discos como churros (¿o era como porras?). Por qué esas listillas por las que se pelean los chulazos de Calvin Klein no toleran que ningún cantautor de karaoke les arrime el saxo mientras entonan juntos el himno nacional en tanga. Menudas zorras. Pero, bueno, que piensen otros, que para eso les pagamos.
Lo que ya me hace torcer el morro es que esta panda de buenas y santas se desmelenen tanto que lleguen a extenuarte a base de poner poses, enseñar morro, insinuar tetamen y realizar movimientos pélvicos que harían bostezar hasta al mismísimo Elvis Presley. No es que les niegue el derecho a pasarse por la entrepierna lo que les de la gana, desde el dedo índice a Rober Rabbit en calzoncillos, pero el exhibicionismo continuo me aburre. Sobre todo porque pareciera que el objetivo final de semejante alarde de amaneramientos varios fuera el simular que no cantan un mojón.
A lo mejor es que yo soy muy de la vieja escuela y admiro a la gente que hace bien su trabajo y se entrega a ello. De ahí que me choque comprobar cómo hay tantos que se empeñan en distraer al personal para que no nos demos cuenta de que son de natural lerdo. En el caso de estas simpáticas señoritas, la cosa encierra mayor injundia, porque cuanto más pierden la compostura, más se habla de ellas, ergo más facturan. ¿De verdad necesitamos vera Miley Cyrus imitando tristemente a las chicas Playboy más pasadas de rosca para que nos suene su nombre? ¿No nos bastó con admirarla en Hannah Montana pegando gritos y saltos sin rubor para desear que se retire pronto a un monasterio de monjas benedictinas, a poder ser acompañada de su santo padre? ¿Somos víctimas de una simple estrategia de marketing diseñada para agitar nuestros instintos más primarios?
Hay un dicho que a mí me gusta mucho y que habla de virtudes públicas y vicios privados. Según él, las personas que ejercen de santas, en realidad son fieles a sus propios pecados. Del mismo modo, creo que podría darse la situación contraria, es decir, que aquellos que alardean todo el tiempo de su sexualidad, en realidad son víctimas de una ética pseudocalvinista que constriñe su vida. Sí, también la más íntima. Creo que es fácil que se de una dualidad entre la imagen que la persona proyecta y la que tiene de sí misma, hasta el punto de que una y la otra entren en serio conflicto. Pero, bueno, eso sería aplicar la psicología más sesuda a asuntos que parecen demasiado superficiales como para resultar mentira.
Y no solo las chicas Disney tienden a desbocarse en esta caída incontrolable hacia la sordidez: su camino parece ejemplarizante a tenor de casos como el de Lady Gaga o Rihanna. Aunque yo diría que en estos dos hay factores muy claros que condicionan su exhibicionismo: Lady Gaga es un producto de marketing muy, muy currado, mientras que las aventuras de Rihanna parecen obedecer en gran parte a la sed de venganza. Algo parecido a cuando te deja un novio y, además de ligarte a su mejor amigo, te pones mechas y pechamen nuevo al grito de "que le den". En realidad, lo que quieres decir es que le den remordimientos y arcadas al ver lo que se ha perdido. Y, ya puestos, que se arrastre para volver contigo, aunque si acabas arrastrándote tú, tampoco pasa nada: que viva el amor.
Pero volviendo al principio de los tiempos, reconozco que determinados tipos de música pueden gustarte o no. Lo mismo ocurre con el porno. Pero la pornomusic lleva todas las de perder porque no es porno ni es música, sino un estupendo gatillazo por el que pagamos hoy y nos lamentaremos mañana. Y es que, queridas niñas, la vida es dura y la competencia máxima. Hoy estáis enseñando nalga y dentro de nada consultando a los mejores cirujanos para reducir la cartuchera mientras otra luce como ninguna tu bikini de faralaes. Eso sí, que te quiten lo meneado, porque la cantidad indecente de dinero que has ganado calentando al personal a cambio de soltar dos gorgoritos compensa todas las cuitas. Aunque yo, si fuera ellas, tan bellas, me preguntaría por qué otras no necesitan comprar la equipación en un sex shop de todo a cien para vender discos como churros (¿o era como porras?). Por qué esas listillas por las que se pelean los chulazos de Calvin Klein no toleran que ningún cantautor de karaoke les arrime el saxo mientras entonan juntos el himno nacional en tanga. Menudas zorras. Pero, bueno, que piensen otros, que para eso les pagamos.
viernes, 25 de octubre de 2013
Lo público se defiende
Cada vez que visito un país
intento que la gente me hable del funcionamiento de los servicios públicos, su
sistema político o su devenir económico. Es un defecto que me viene de serie,
qué se le va a hacer. Imposible que yo
me quede mirando al mar o contemplando una palmera cuando puedo sumergirme en
el noticiero de turno o darle la plasta a algún lugareño al que acabo de
conocer y que tardará bien poco en buscar una vía de escape.
Recientemente he tenido la
suerte de ir a Isla Mauricio (si podéis, coged un avión y plantaros allí porque
es un sitio precioso) y he descubierto un país con un sistema muy anclado. Las
elecciones legislativas se suceden cada cinco años y, normalmente, la
alternancia se produce entre los dos grandes partidos: los liberales, que ahora
mismo ocupan el gobierno, y los socialistas. Lógicamente, ambos rodeados de
pequeños grupos que ejercen de partidos políticos aunque sin posibilidades
reales de hincarle el diente al gobierno. Además, la salud y la educación son
gratis. Y ahí es donde viene lo mejor: imposible explicarle a un mauriciense que
España, ese país tan evolucionado y simpático, ve peligrar su sanidad y
educación públicas por culpa de la mala gestión y la avaricia de una clase
encumbrada por sus deméritos. Simplemente, no lo entiende.
Lo que para ellos es sagrado
se ha convertido, en este ya no tercer mundo sino cuarto donde nos han
sumergido nuestros ineptos gobernantes, en modelo de cambio o arma arrojadiza
(cuando no amenazante) o ambas cosas. Ayer mismo salíamos a la calle desgañitándonos
para defender la educación pública, pero a estos ínclitos señores del PP,
sencillamente, les da igual. No se les va a mover un pelo del flequillo aunque
nos cortemos las venas en masa delante del ministerio de turno. Están vacunados
contra las emociones ajenas, algo muy fácil cuando solo se persigue el bien
propio y el resto ejercemos de cómodo sostenes de poltronas.
Tanto ensañamiento resulta
preocupante porque ataca a la línea de flotación de un país, las bases sobre
las que se han construido los Estados modernos, y aniquila de un plumazo
derechos esenciales que nos ha costado generaciones alcanzar y que, muy
probablemente, tardaremos décadas en recuperar si es que alguna vez lo
logramos. El enemigo estaba ahí, atrincherado en su cueva velando sus tesoros
mientras nosotros nos creíamos a salvo, con nuestras fiestas, nuestras becas y
nuestra cositas.
Nos han timado por encima de
nuestras posibilidades. Y ahora mismo nos están, ya no ninguneando, sino
maltratando. Nos maltratan cuando nos desprecian, cuando nos echan la culpa de
que la Marca España se parezca más a la marca blanca de un poblado chabolista
que de un país avanzado, cuando nos recortan y nos ahogan porque, al parecer,
les hemos provocado con nuestros excesos: esos deseos estúpidos de tener una
casa donde vivir, un médico que cuide nuestra salud o una educación para
nuestros hijos que les convierta en seres humanos y no en una mera mercancía
migratoria. Deseos amparados en una Constitución que algunos insisten en
pasarse por el arco del triunfo.
Ya he dicho en más de una
ocasión que este sistema de las mareas ciudadanas no me convence en absoluto:
la división nunca es buena y cuando distintos grupos luchan por separado en
aras de un fin convergente se hacen un flaco favor a ellos mismos. Sin embargo,
me resulta difícil no ilusionarme cuando veo a la gente en la calle, con ganas
de pelea, defendiendo lo que es suyo, lo que es nuestro. Y resulta frustrante
que luego nos traten a todos como niños traviesos víctimas de rabietas irracionales.
No ha lugar.
Pero lo peor llega cuando al
día siguiente observas el pírrico espacio de estos alardes sociales en los
medios o echas un vistazo a los últimos sondeos de intención de voto y
compruebas que el PP continúa invicto. Por la mínima, pero invicto. Nosotros,
los de la Europa de la cultura, la historia, la cuna de las revoluciones
sociales, sometidos y rematados por unos políticos infames. Que alguien me diga
cómo le explico todo esto a un mauriciense.
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