martes, 17 de julio de 2012

Objetivo: objetividad

No voy a volver a enrocarme en el tema de la subjetividad y el hecho de que todos vemos la realidad como nos sale de bolo. Ni mejor, ni peor de lo que la ven las demás; simplemente de manera distinta.
Pero una cosa es la subjetividad inevitable y disculpable por razones técnicas transitorias, y otra la falta total de objetividad motivada por mandato divino. Me refiero, cómo no, a esa peligrosa y temeraria desinformación en la que nos están sumergiendo los grandes medios de nuestros país, destinados a sembrar en las cabezas perroflautas el pensamiento único y aleccionarnos cual marmotas en el "día de...", apegados a una sola verdad que, además, es indemostrable.
En un tiempo en que ya nos vamos acostumbrando a ver a ese joven dictador que rige los destinos de la muy hermética Corea del Norte sonriendo, con pareja y muchas ganas de fiesta (a dónde vamos a parar...), en España caminamos para atrás como los cangrejos, convirtiendo la información "veraz" en un púlpito desde el que disculpar las tropelías que hace y deshace este gobierno que la vida nos ha regalado. Con la inestimable ayuda de nuestros votos, todo hay que decirlo.
Entiendo perfectamente que un medio privado esté sometido a los intereses de la empresa que lo ha creado, una especie de guirigay de altos vuelos donde se mezcla el dinero, la política y otras circunstancias de la naturaleza humana. Nadie puede exigirle, por tanto, a un medio fundado por la empresa cual, que hable mal de su dueño Fulanito de Tal. Todos adoramos a la mano que nos da de comer mientras hace lo propio; después, ahí te las den todas.
Pero lo que ocurre con los medios públicos en este país es para echarse a correr sin mirar atrás. La cosa está tan mal montada, los reglamentos son tan inconexos, que se permite que el gobierno de turno haga lo que le pete con las informaciones que nos llegan a los ciudadanos. No sé si con esto ofendo a alguien, pero creo que en tiempos de Zapatero la televisión pública vivía mejor, al menos ideológicamente hablando. Sobre todo porque quienes manejaron el cotarro tuvieron la delicadeza de poner al frente del tenderete a profesionales capaces de hacer su trabajo con rigor y sin tratar a los de alrededor como boñigas en caso de no comulgar con sus oraciones. Sin embargo, ha sido llegar el PP y tirar por la borda el trabajo de todos estos años. Con profesionales y todo, como les gusta. Porque no hay otro motivo más que la persecución ideológica para despedir a Juan Ramón Lucas de su espacio en RNE cuando había conseguido las mayores audiencias del medio; o echar a Fran Llorente de la dirección de informativos de TVE tras recibir no sé cuántos premios a su buena labor. Es de traca.
Para compensar, y por obra y gracia del Dios Enchufe, estos nuestros medios van a estar regidos por gente que sabe lo justito de televisión y radio (darle al on y al off y poco más) y, en el caso de los informativos de la televisión pública, controlados por un periodista que siguió paso a paso las directrices de Esperanza Aguirre durante su etapa en otra televisión ejemplo de objetividad: Telemadrid. Un hombre al que, por su formación, sí creo capacitado para ejercer cargos en un medio, siempre que éste sea privado y se encuentre en consonancia con su ideario. Y pensar que en su día fue delegado sindical... Los caminos de los señores del PP son inescrutables.
Me molesta la casi total carencia de medios objetivos (incluyo a los pretendidamente de izquierdas), que cuenten las noticias cómo y cuándo suceden, que critiquen a quienes son criticables y alaben a quienes lo merecen. La televisión y la radio públicas las financiamos entre todos y yo, desde luego, no pago lo que no tengo para que un grupo de personas me cuenten la realidad que a ellos les parece y cómo les parece, sobre todo cuando, mientras tanto, me asomo a la ventana y veo girar el mundo en sentido contrario.
Me siento como en una película de ciencia-ficción, siendo adocenada y condicionada en aras de un pensamiento unitario que no permite la disensión. En el cine siempre hay un héroe vestido de negro que, tras unas cuantas cabriolas, manda a los malos a freír puñetas y se queda con la chica. Yo tampoco pido tanto; solo que, por favor, haga una de sus llaves de artes marciales y arregle mi tele que, últimamente, la veo así,  como en blanco y negro.

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