lunes, 29 de agosto de 2011

La llorona

La Llorona es uno de esos fantasmas que pululan por varios países americanos. La historia varía según el lugar, pero, así, a grandes rasgos, la leyenda cuenta los llantos de una mujer que, enamorada y no correspondida en los años de la Conquista, mató a sus hijos y luego se suicidó. Desde entonces, pena su dolor por plazas y ventanales sin importar la nación que la cobije.
La entiendo. Quiero decir que no comparto su historia, pero sí empatizo con ese empeño suyo de pasarse esta vida y la otra pañuelo en mano. De hecho, yo lloro tanto que, si hubiera otra existencia más allá de la conocida, me la pasaría ahí, erre que te erre, dándole al moco.
En mi caso, el llanto va incluso más allá de lo emocional. Es como una especie de necesidad física. No importa que tenga un buen día o un mal día, el síndrome premenstrual o los biorritmos a pleno gozo... empieza a llover por dentro y aquello no hay paraguas que lo pare. Incluso me atrevería a decir que lloro más de mayor que de pequeña o que, tal vez, ahora aflora todo lo que no salió cuando era niña.
Normalmente, suelo entrar en modo llanto por motivos de enfado y frustración. Soy de esas personas incapaces de mantener una discusión elegante sin un kleenex a su vera, lo cual añade todavía mayor frustración al episodio. La cosa es incluso más grave si tenemos en cuenta que mis ojos se vuelven acuosos aun antes de que mi cerebro comience a poner en funcionamiento los aspersores.
También lloro por pena. De hecho, la última vez que lo hice fue por este motivo. Y en los últimos meses viví muchos momentos de rabia y decepción. Como cualquiera puede comprobar, el desencadenante es lo de menos; el caso es estar siempre sorbiendo la nariz, como los críos cuando empiezan en la guardería.
En mi favor he de decir que he probado todos los métodos para mantener la compostura: relajación ("hombros alejados de la cabeza", "hombros alejados de la cabeza"), sentimientos positivos, chistes malos... ¡si incluso he llegado a morderme la lengua hasta casi hacerme sangre! Todo, sin ningún resultado.
Total, que viendo que la naturaleza se ha comportado como una madrastrona conmigo, dándome el don de poder aliviar la sequía del cuerno de África con solo un pestañeo, he decidido que hasta aquí hemos llegado y que hay que dejar que llueva por dentro. Durante muchos años he visto llover fuera día sí y día también; es lógico que, en algún momento, tanta humedad se me metiera dentro. Quienes me conocen lo saben y ya asumen que les puedo "alegrar" la vida en los momentos más inesperados con uno de mis números de magia. La mayoría de las veces no es nada personal. Los que me han visto poco pues, nada, a poner cara de póquer, que es lo que hay. A fin de cuentas, y sin caer en el Síndrome de Tourette, todos tenemos nuestros tics.
Sé que a los hombres no les gusta nada ver llorar a una mujer. En este asunto llevo todas las de perder, porque mi llanto no atiende a razones de sexo ni de edad. Qué se le va a hacer, 10 puntos menos en mi supuesto atractivo personal. Pero a ellos les diría que llorar no es malo, ni emocionarse, ni sentir, ni asumir lo que se siente. Creo que resulta sano para el espíritu e incluso estimulante para la mente. Lo que no es sano es que la gente que dice quererte te haga llorar, sea pareja, familia o amigos. Habría que soltar entonces aquello que tanto me gusta de "no me quieras tanto y quiéreme mejor". Es muy cobarde esconder la cabeza mientras cargas el sufrimiento sobre otro.
Así que aquí seguiré, dando lo mejor de mí misma incluso con los títulos de crédito de las películas, y planteándome el por qué, si tanto me "pone" soltar lágrimas, jamás he llorado de felicidad. Misterios que tiene la vida.


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