sábado, 27 de agosto de 2011

México

Aviso a navegantes: este post es una auténtica declaración de amor. Lo digo por si alguien tiene la glucosa alta y no está preparado para semejantes "corazonadas".
Las noticias que nos llegan últimamente de México son para echarse a llorar. Hoy aún no he tenido tiempo de consultar las informaciones, pero con lo acontecido anteayer, ese narcoasalto a un casino de Monterrey con 53 muertos, creo que ya voy servida.
Desgraciadamente, noticias como ésta no son nuevas. La guerra estúpida (todas las guerras lo son) entablada entre el gobierno y los narcos amenaza con sembrar el país de cadáveres inaugurando vistosas formas de morir (en tu fiesta de graduación, en tu fiesta de 15, en la guardería...). Descabelladas y poco ejemplarizantes. Sé que, muy a mi pesar, la "colombización" del país azteca es un hecho. Y, aun así, la imagen que se da de aquellas tierras me parece irreal y tremendamente injusta.
He tenido la suerte de visitar México en cinco ocasiones –espero que haya muchas más– y puedo decir, con una mezcla de orgullo y nostalgia, que en pocos lugares del planeta me he sentido tan bien como allí. Desde luego, en ninguno mejor. Es un sentimiento que no se puede explicar: simplemente te sumerges en otros paisajes y te das cuenta de que tus códigos cambian; es algo físico, pero también espiritual, que te llena de energía positiva y te acaricia por dentro. Lógicamente, he visitado la Riviera Maya (quizás lo que menos me gusta del país), pero confieso que, para mí, no hay otra capital en el mundo como México D.F. Es una bofetada a los sentidos: sus sonidos, sus olores... Dicen que la odias o las amas y a mí me ha tocado amarla, y ya se sabe que, aunque suene cursi, no podemos luchar conta los dictados del corazón.
Cuando he estado en el país, he hecho todas esas cosas que en las agencias te insisten que te cuides mucho de hacer: he caminado sola por las calles (incluso de noche), he tomado taxis, he comido en los puestos callejeros... Y aquí sigo, jurando que la que esto escribe es una persona real y no un holograma.
Aprendemos a amar a México recorriendo sus pueblos y ciudades, recreándonos en su historia, conociendo a sus gentes, entrando en sus casas... Gracias al presidente Lázaro Cárdenas, un enorme número de españoles, exiliados durante nuestra guerra civil, tuvo la oportunidad de comenzar una nueva vida en el país. Pocos regresaron a España. Lógico. México los acogió, lamió sus heridas e hizo borrón y cuenta nueva. Imposible no amar a quien sabe de tu sufrimiento y, en un acto de generosidad casi inimaginable, lo da todo para que seas feliz.
Es cierto que la nación que hoy conocemos ya no se parece a aquella madre adoptiva del siglo pasado. La situación fronteriza del país (todos recordamos el famosísimo "tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos", de Porfirio Díaz) y unos gobiernos caciquiles, empeñados en seguir manteniendo la absurda diferencia de clases que impera en muchos paises americanos, han desgastado, no solo a la nación, sino a su imagen pública. México ha pasado de mágico a infernal sin que a las autoridades se les haya movido el tupé.
Imagino a un México, acostumbrado a hombres rudos y mujeres de leyenda, contemplando con estupor como su actual presidente, Felipe Calderón, se pasea por las calles de Ciudad Juárez, donde se suceden los asesinatos, negando la mayor (a su entender, sería algo así como la Disneylandia norteña; tiene guasa) para acto seguido rodar un spot de una cadena estadounidense donde él mismo proclama las bondades de su tierra, nadando en un zenote y practicando emocionantes deportes de aventura. Algo así como si Zapatero saliera de su letargo y nos regalara un anuncio en el que se le viera bailando Los pajaritos en Benidorm, volando cometas en el Delta del Ebro e hinchándose a queso majorero en Lanzarote. Mal del todo no estaría, por lo menos para unas risas, pero con la que cae, muchos nos preguntaríamos si no sería mejor que el presidente estuviera solucionando los problemas en su despacho y no haciéndole la competencia al gran Cantinflas. Pues lo mismo con Calderón.
México no se merece la mala prensa que le estamos dando. La mayoría de su gente sigue levantándose por la mañana, acostándose cada noche y disfrutando de la vida entre medias. Es absurdo tenerle miedo a un país que nunca ha tenido miedo de nada salvo, tal vez, de sí mismo. No voy a negar que muchas de las leyendas urbanas que se cuentan son ciertas (lo de la mordida, por ejemplo), pero es innegable que hay pocos lugares más bellos y acogedores en el planeta. Imposible no caer rendido.
Ojalá esta absurda guerra entre descerebrados amaine, pero me temo que hay ya tantos intereses subyacentes que la solución del conflicto será larga, complicada y difícil. Mientras tanto, no nos neguemos el inmemso placer de disfrutar de todo lo maravilloso que sigue ofreciéndonos el país, y no me refiero solo a sus zonas más turísticas. A mí México nunca me ha fallado ni decepcionado. Ojalá pudiera decir lo mismo de ciertas personas.


                                              Felipe Calderón, dando lo mejor de sí mismo

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