miércoles, 17 de agosto de 2011

Malos compañeros

Trabajé durante años en una empresa. Un cambio en la dirección obligó, por motivos totalmente subjetivos, a mandar a la calle a gran parte de los trabajadores, con el consiguiente desgaste psicológico para quienes se iban y se quedaban. Era como estar en el corredor de la muerte esperando a que sonara el teléfono. Esta situación, precaria en lo laboral y traumatizante en lo psicológico, tejió una curiosa red de solidaridad entre los que estaban fuera (un grupo cada vez más numeroso) y los que  quedaban dentro. Por encima de animadversiones y rencillas, funcionaba el apoyo emocional. Bastaba con que uno recibiera su carta de despido para que comenzara una cadena de llamadas, consejos e incluso visitas a domicilio. Funcionó siempre así... hasta la última persona (por ahora) a la que despidieron. En este caso no hubo telefonazos entre la red y, salvo alguno que se entregó al brindis nada más enterarse (no fui yo, que conste), la reacción general consistió en una absoluta y total indiferencia jalonada por algún hipócrita "lo siento" y "fuera se está mejor" para no caer en la descortesía. Prácticamente todos, en nuestro interior, pensábamos lo mismo del sujeto en cuestión, pero apenas lo comentábamos. Efectos colaterales de ser un mal compañero.
Cuando los artículos de psicología se ponen a analizar qué es un mal compañero, recurren a clichés que, en su mayoría, obedecen a patrones existentes, pero que, en la realidad, se vuelven mucho más complejos. Un mal compañero, normalmente, es un ser débil por dentro que ha desarrollado la habilidad de parecer fuerte por fuera. Vuelca sus obsesiones y complejos en el trabajo aparentando una personalidad bien armada y sin aristas que atrae mucho a cierto tipo de gentes y siembra la desconfianza en los de mayor experiencia. Un líder tiene que mostrar algo más que firmeza en sus palabras si quiere serlo. Para empezar, debe hacer gala de cierta generosidad, y este tipo de persona exige mucho (siempre está en posesión de mil y un derechos) pero no da nada a cambio. Se queja continuamente porque cualquier agravio, propio o ajeno, siempre que lo pueda redirigir hacia sí mismo, adquiere la categoría de catástrofe mundial. Es un buen truco: la queja suscita la empatía y simpatía sin que el receptor de la misma vaya más allá y se plantee a qué obedece en realidad tanto lloriqueo en los ratos libres.
El mal compañero pasa gran parte de su tiempo criticando a los demás ante un público entregado y dispuesto a ser convencido. De hecho, quienes le rodean, suelen acabar utilizando sus mismas palabras para definir situaciones y personas, sin darse cuenta de que esas expresiones comunes delatan su adhesión a la causa. Adoptan modos y modismo situándose en un "yo contra el mundo" que no es tal. Pero el mal compañero es traicionero, porque no duda en hablar mal, criticar y echar marrones sobre los suyos cuando pintan bastos. Utiliza conversaciones privadas para sabotear lo que no le conviene dejando con el culo al aire a quien le ha depositado su confianza, que no entiende por qué los demás empiezan a albergar serias dudas sobre su categoría humana. Así se las gasta el gran colega que se ha "adjuntado".
El mal compañero asume que los deberes como trabajador no le afectan. Es un profesional mediocre, poco dado a la entrega, siempre dispuesto a echar balones fuera y nunca a prestar ayuda (cuando se le pide lo convierte en una injusticia hacia su persona). Dicha actuación, si su labor es poco visible, acaba entorpeciendo y dañando el trabajo de otros, que siempre están en el punto de mira de sus superiores. Esto pasa incluso con sus acólitos quienes, paradójicamente, no se dan cuenta de que su gran amigo, aunque sea sin ser consciente de ello, les está haciendo la cama con su desgana profesional. Eso sí, jamás dejará de echarse flores y alabar su trabajo. Lógico, si no lo hace él, no lo hará nadie.
Al mal compañero le encanta fiscalizar las filias y odios entre los demás Decide quién tiene que relacionarse con quién y, si la cosa no sale bien, se rebota. Sus "amigos" son intocables y el resto, no vale la pena. Pondrá cara amable cuando toque, hablará bien de quienes tenga entre ceja y ceja cuando le convenga para quedar como el bueno de la película y sembrará cizaña siempre, esparciendo desconfianza y disparando metralla contra las relaciones de los demás con malos modos y peores palabras.
El mal compañero acaba desestabilizando al grupo porque quienes le ven venir (los más) lo evitan para no meterse en líos y los afines siguen ahí aun cuando duden, porque no conviene llevarse mal con quien parece dispuesto a defender una causa que ellos creen común aunque en ningún momento lo haya sido. Se trata de los desbarres de uno convertidos en ideología de minorías. Una curiosa y mal entendida solidaridad grupal que en realidad debería de tener un nombre mucho más coherente: dictadura en zapatillas.
El fin del mal compañero es la indiferencia, el olvido y las ganas de que la vida te regale el detallazo de no toparte jamás con él. Solo alguno de los suyos, obnubilado por su resplandor de quincalla, seguirá ahí, creyendo en su condición de mártir cuando ya ha arrasado con todo y con todos. Con el tiempo, el brillo se acaba convirtiendo en lo que siempre ha sido, oscuridad, pero a veces ya se ha perdido demasiado por el camino.
Mi experiencia me dice que, en general, malos compañeros tampoco hay tantos y se detectan enseguida. Si tienes el infortunio de ser objeto de sus sabotajes, tómatelo con cordura y frialdad emocional, porque uno de sus grandes defectos es la envidia y algo bueno debes de tener cuando te has hecho valedor de su inquina. Denuncia sus maniobras arteras, pide ayuda y confía en quienes son tus amigos de verdad, capaces de mantener la cabeza fría y la objetividad intacta. Mala suerte, haber tropezado con un individuo que no merece la pena. Ni él ni los que son como él, caldo de cultivo de la indiferencia. Brindemos por ello. Simpre desde el "cariño", por supuesto....


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