viernes, 2 de marzo de 2012

A solas

Allá por tierras niponas se extiende como la espuma un curioso fenómeno. Y digo curioso más por el nombre que por el asunto en sí. Estoy hablando de los hikkikimori, esos jóvenes (en su mayoría varones, aunque todo se andará) que reniegan de cualquier relación social para encerrarse en las cuatro paredes de su habitación, donde, aparte de comer, dormir, jugar a los videojuegos y navegar por internet, se dedican a su máxima aspiración: vegetar.
En un principio, este singular trastorno se detectó en adolescentes incapaces de adaptarse a la presión social en un país donde la capacidad de liderazgo y la belleza se encuentran superlativamente valorados. Sin embargo, tras comprobar que las relaciones con seres de carne y hueso no son tan importantes teniendo en cuenta la de amigos virtuales que uno puede hacer cuando se afana en ello, el desvarío ha devenido en enfermedad contagiosa. Y sumamente preocupante, como lo demuestra el hecho de que haya tantas clínicas que ofrezcan programas de rehabilitación social para los casos más agudos.
El asunto es serio, porque el empeño en llevar a la práctica aquella antigua máxima de "que pare el mundo, que yo me bajo" puede tener incordios colaterales del tipo de la agorafobia (miedo a los espacios abiertos). O convertirse directamente en un estigma. De hecho, los progenitores japoneses de hikkikimoris no llevan con demasiada elegancia el contar con un ejemplar en la familia. Para ellos, es una especie de castigo divino hasta el punto de que, los más pudientes, envían a sus vástagos al extranjero con el fin de deshacerse de un elemento incómodo. Un mueble que ha empezado a ser muy poco práctico. 
Personalmente, creo que el aislamiento voluntario no es malo siempre que no se convierta en eterno. De hecho, todos necesitamos parar en boxes cada cierto tiempo para que nos reparen los neumáticos. Pero el reducir tu universo a la pantalla de un ordenador, renunciar a cualquier placer externo y limitarte a cumplir unas necesidades básicas es una enfermedad. Por mucho que el mundo te desagrade, las personas te decepcionen y seas incapaz de mantener relaciones felices, tirar la toalla puede ser una cobardía, primero, y un grave problema, después.
Recuerdo varias películas empeñadas en retratar a personas que pasaban las horas muertas ante el ordenador u obsesionados con alguna otra actividad peculiar como unos frikis que solo sabían relacionarse con los de su especie, una panda de nerds sin el menor atractivo físico y social. Sin embargo, la realidad no supera a la ficción. Conozco a varias personas normales (tal vez demasiado) que, por ejemplo, prefieren mantener el contacto con sus conocidos vía mail o red social en lugar del clásico "nos tomamos un café y lo hablamos". Y no, tampoco se trata de seres con el pelo graso y descuidado y la piel llena de cráteres, sino  individuos de apariencia igualmente normal, instaurados en la comodidad de unas relaciones tan frías como llevaderas.
El fenómeno hikkikimori comenzó a florecer en Japón a raíz de la crisis que asoló el país hace unos años. No había perspectivas de futuro y el paisaje de fuera era demasiado árido como para adentrarse en él. Confío en que esta desazón en la que vivimos, con tantas amenazas latentes (dice el gobierno que nos esperan 600.000 parados más este año tirando por lo bajo) no nos lleve a desarrollar comportamientos patológicos. O, por lo menos, no demasiados. En una lista de cosas que nos hacen felices que leí hace un tiempo, figuraban sentencias como "la lluvia en verano", "decir lo siento, te quiero, me gustas o me importas", "eliminar las distancias", "los abrazos", "hablar con alguien y saber que no solo te oye sino que te escucha", "la lealtad de los amigos", "cocinar algo especial para alguien", "completar el pensamiento de otro", "el olor de aquellos a quienes queremos", "acariciar y que te acaricien" y tantas y tantas cosas que darían para un montón, no de posts, sino de blogs. Vale la pena salir a buscarlas o recuperarlas, aunque solo sea un par de ellas. Porque nadie, ni tan siquiera la crisis o el estrés, nos puede robar los pequeños placeres que alimentan a las grandes personas. 


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