martes, 26 de abril de 2011

Karma

Me gusta la palabra karma. Es algo como etéreo, dulce y liberador. Preciosa, ya digo, si no fuera porque en España tenemos un sinónimo mucho más efectivo y puñetero: venganza. Cuando alguien siembra mal karma es que está fastidiando a todo lo que se menea. Del mismo modo, cuando se dice que fulanito tiene mal karma, significa que es un gafe de tres pares de narices. Continuando con la equivalencia, si pedimos al dichoso karma que actúe o, aún más concretos, hablamos de justicia kármica, a lo que nos referimos es, simple y llanamente, a venganza.
¿Por qué le llamamos x cuando queremos decir y? Tal vez porque estamos demasiado imbuidos de moral cristiana. Seas creyente o no, desde pequeños te meten en la cabeza la idea de que no hay que desear el mal a nadie, que hay que poner la otra mejilla y bla, bla, bla. Tonterías. No hay nada más humano ni más reconfortante que desear vengante de quien te ha hecho daño y poder llevar tus fantasías a la práctica. Ni siquiera tenemos que llegar a extremos tan duros. Basta con que le ocurra algo malo a la encarnación de tus pesadillas para que tu interior se remueva de gozo y grites a los cuatro vientos aquello de: "¡al fin se ha hecho justicia!".
Los más pacientes se dedican a esperar sentados a la puerta de su casa hasta ver pasar el cadáver de su enemigo. Una espera que puede durar años mientras el odio germina en una marmita que se alimenta día a día. Mucho más práctica es la venganza sutil, ésa que tan buen resultado da en novelas y películas y que tan difícil resulta de aplicar en la vida real. Muy bien se te tendrían que dar las cosas para urdir un plan igual de perfecto.
Pero a veces la vida te da la oportunidad y el instrumento y entonces, sí, entonces sacas lo peor (o lo mejor) que hay en ti y te vengas con dos... buenas razones. Luego lo explicas, todo ufano diciendo aquello de: "fue el karma". No, cariño, fue la venganza. ¡Y a mucha honra!

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