sábado, 18 de febrero de 2012

Noticias frescas

La semana pasada tuve que hablar sobre periodismo ante el mejor de los auditorios posibles. Lógicamente, dentro del paquete profesional tocaba explicar qué era una noticia. Les conté que todos generamos noticias de manera continua, porque la palabra viene a ser sinónimo de novedoso, algo distinto a lo que pasó antes. El hecho de levantarnos un día con dolor de cabeza constituye en sí una noticia; el asunto está en averiguar si esa información tiene interés y hay alguien dispuesto a contarla y escucharla.
Si lo pensamos, nuestro grupo más próximo de amigos y familiares se articula en torno a la creación de noticias. Se producen novedades en nuestra vida y las trasmitimos rápidamente al público que creemos puede estar interesado en ellas. La noticia se convierte así, ya no en un género periodístico, sino en una barrera de exclusión/inclusión: contamos las cosas a quienes entendemos más próximos y no se las comunicamos a alguien que esté fuera de nuestro círculo. Con esa forma de actuar, y aunque no nos demos cuenta, estamos diciendo "te aprecio, confío en ti y creo en ti" o "no te tengo ningún aprecio y no me mereces especial confianza". Eso, lógicamente, en cuanto a lo "gordo" que nos ocurre o que nosotros consideramos como tal porque las otras, las noticias genéricas y de "segunda clase", son las que nos sirven para interactuar con el resto del mundo; un instrumento que certifica nuestra condición de animal social.
Pero, a pesar de el fundamental papel que juegan en nuestras vidas, las noticias, entendidas como algo ajeno, una herramienta de los medios de comunicación, han caído en la perversión de la forma. Es innegable que interesan más las informaciones negativas que las positivas (excluyo a las deportivas y esto daría para otro post), tal vez por morbo, quizás porque siempre es un alivio comprobar que otros lo pasan peor. Pongamos un ejemplo meridianamente claro: cuando una persona desaparece, el tiempo que dicha noticia ocupa en los medios es muchísimo mayor que la de su posterior aparición, a no ser que ésta se haya producido en circunstancias extraordinariamente trágicas. No es que lo diga yo, es que cualquiera con cierta curiosidad puede comprobarlo cronómetro en mano o contando líneas. Tampoco voy a discutir la moralidad de semejante proceder, pero sí que, enfangándonos en lo malo, acabamos inmersos en un bucle del que nos cuesta salir.
Desde hace meses, por lo menos en España, estamos han habituados a recibir malas noticias que ni las supuestamente buenas nos hacen tilín. Cada día esperamos informaciones peores que las anteriores, hundiendo así uno de los principios del concepto (lo novedoso e inesperado) y entregándonos en cuerpo y alma a aquello de "si algo puede ir a peor, irá". No creemos que nada sea capaz de sorprendernos para bien. Personalmente, por ejemplo, no hay semana en la que alguien no me cuente que ha sido despedido. Y ya van tantos que he dejado de sentir pena, dolor, etc para recrearme en el "qué le vamos a hacer". Hasta que reflexiono sobre ello y me doy vergüenza de mí misma.
Hace un tiempo tuve una jefa (de infausto recuerdo) empeñada en amenazarnos, a mí y a otros, con que, si nos despedía, iríamos a parar a "la jungla de ahí fuera". Los pronósticos se cumplieron y varios nos fuimos a la dichosa jungla cual Frank de la ídem. Ahí es cuando descubrí que este personaje y yo ni siquiera coincidíamos en la visión objetiva del mundo: ella utilizaba la palabra jungla en su condición de depredadora, de ser que solo concibe su propia supervivencia aniquilando a otros; yo, en cambio, tras el shock inicial, lo vi como un parque temático de oportunidades, la posibilidad de aprender nuevas cosas, probarme a mí misma y también a los que me rodean, sabiendo quién de verdad estaba a mi lado y quién lo parecía pero no. Creedme: resultó muy, muy esclarecedor.
Ahora me he impuesto la sagrada misión de generar y/o trasmitir buenas noticias, aunque sea de vez en cuando. Como dice una compañera "os prohibo hablar de cosas negativas hasta, por lo menos, las 11 de la mañana". No es mala treta si se pretende levantar el ánimo de la concurrencia. Y, sobre todo, creo que no nos vendría mal idear una cadena de solidaridad para que quienes apreciamos, esos que están dentro de nuestro círculo de noticias frescas, afronten también la situación, a lo mejor no como un parque temático de oportunidades, pero sí como la posibilidad de reinventarse, recuperarse y medir sus fuerzas. El empeño no será fácil, porque las informaciones externas siguen llegando para contaminarnos el aire con sustancias tóxicas, pero eso no justifica que no lo intentemos. He conocido gente que, aún teniendo un trabajo agradable, estable y razonablemente bien pegado, mendigaba un segundo para compatibilizar con el primero. Les daba igual que hubiera gente en la calle muy capacitada dejándose la piel en el intento de hallar una mísera ocupación de lo que fuera. Siempre me ha parecido una objetivo egoísta e insolidario. Muy acorde con lo que esperan de nosotros aquellos que nos gobiernan. Si te tomas el panorama laboral como unas selva donde impera la ley del más fuerte, acabarás luchando a muerte con compañeros con los que antes compartías la caza.
Volviendo a los principios de este post, se suele decir también que la falta de noticias es una buena noticia. Depende. El que dejes de saber cosas de alguien a quien guardas cariño es, en sí, una mala noticia, lo mires por donde lo mires. Al contrario, el no saber de quien te importa un mojón, no es bueno, es mejor. Creo que todo hay que situarlo dentro de su contexto y no quedarnos solo en lo evidente. Nos han cascado una reforma laboral que remite a la serie Raíces y su protagonista, Kunta Kinte. Muy mala noticia. Pero mañana va a salir mucha gente a la calle a decirles a las autoridades que se metan su culto al desempleo por donde amargan los decretos. Buena noticia. La percepción de las cosas depende de la perspectiva con que lo mires. Y eso sí es una verdad indiscutible.

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