lunes, 9 de enero de 2012

Happy pandi

Un artículo publicado en el diario El País de ayer contraponía las figuras de Carme Chacón y Alfredo Pérez Rubalcaba en un intento, imagino, de que el lector decidiera, con buen criterio, cuál de los dos merecía ser elegido secretario general del partido socialista. Al referirse a la candidata catalana, entre otras cosas, la reseña efectuaba un repaso a todos sus cargos acumulados (muchos para una mujer tan joven), pero también venía a incidir en el tema de que la Chacón no ha demostrado en ningún momento que sea merecedora del puesto al que aspira. Señalaba el periodista que, a día de hoy, desconocemos la ideología de la ex ministra, al margen de las dos que se le presuponen de serie: socialdemócrata y feminista. Durante su trabajo al lado de Zapatero no ha mostrado indicio alguno de ser excepcionalmente buena en cualquier cosa, ni ha hecho alarde de cualidades que le facultaran para acceder a lo más elevado de la cúpula socialista. Las historias que llegan de ella (su supuesto enfrentamiento con Salgado o su deseo de dejar el campo libre a Rubalcaba en primera instancia para no quemarse después) provienen siempre de terceros, afectos o desafectos a este mirlo blanco que trina sus tweets salvadores de la patria sin sonrojo alguno.
El mismo artículo venía a decir, no sin cierta sorna, que lo único que sabemos seguro de Carme Chacón  es su pertenencia a esa happy pandi (Pajín, Blanco...) que se estructuró alrededor de Zapatero y que tan malos resultados ha dado a la larga... y a la corta. Reconozco que el término happy pandi me encanta y que yo lo he utilizado en otras variantes más acordes con los integrantes que me ha tocado sufrir: chupi pandi, chachi pandi... y así hasta el aburrimiento. Y es que, más tarde o más temprano, en algún momento de tu actividad profesional, vas a encontrarte irremediablemente con una de éstas happy pandi, un grupito muy bien avenido en las formas (traicioneros y cobardes por genética) que te viene a demostrar que, en este mundo laboral, hay siempre un lugar reservado para los tontos, incluso los muy tontos.
Personalmente, he de reconocer que mi experiencia con la pandilla basura que me tocó en suerte fue, cuando menos, penosa y, cuando más, de cortarse las venas. Una banda de adolescentes ajados, ultramodernos en la superficie y fervorosos fachas en el fondo (contemplando como facha al intolerante, dictatorial y déspota), cuyo leit motiv en esta vida era criticar a los demás, reírse de quienes no estaban con ellos, quejarse de los que se situaban decididamente en su contra y, a su recto parecer, merecedores siempre de la gloria, nunca del infortunio. El problema es que también se rebelaron incapaces de ningún rasgo de generosidad y menos de un acto de valentía coherente y, sobre todo, humano. La happy pandi de mi vida vivía para el ocio en todas sus variantes (desde las más light a las más duras), se articulaban en torno a una figura que era lo más parecido que yo he conocido a la NADA (así, con mayúsculas) y seguían una disciplina de grupo que les impedía protestar, quejarse o hacer amago de abandonar la manada de hienas en la que acabaron convirtiéndose. El entramado, que se nutría a sí mismo destrozando reputaciones y desprestigiando comportamientos ajenos, acabó desperdigado por su propia idiosincrasia de falta de identidad coherente y ausencia de un medio propicio donde esparcir tanta mierda, pero no me extrañaría que continúen perpetrando sus torpezas en la trastienda, como una especie de masonería de pacotilla cuyo objetivo es tan claro como meridiano: dar por culo hasta el infinito y más allá.
Cuando uno se encuentra con gente de este tipo, mi consejo es echar a correr, y he de reconocer que, si tuviera la oportunidad de volver atrás, evitaría en lo posible el roce con cualquiera de sus componentes. Yo y otros como yo, alguno de los cuales lee este blog y estoy segura de que suscribiría mis comentarios cien por cien, aunque quizás con más talante y comprensión hacia la estupidez de los inmaduros. La happy pandi tiene, además, un valor añadido, que es la santa caradura de dejar en la cuneta a quien formó parte de ella en cuanto vienen mal dadas. La lealtad se pronuncia en un idioma que no entienden, al igual que la coherencia, la sensibilidad y la amistad de verdad, ésa que se formula con el alma, que engancha y duele, y sale de dentro sin que nadie, salvo los ángeles del infierno pandilleros, ose incluso romperla. 
No dudo que muchos de la happy pandi socialista se vuelvan contra Zapatero, su mentor, si no lo han hecho ya. Al menos en privado. Lo importante es el fin, sin que el medio para lograrlo importe, por más daño que cause. Confieso que no le veo ningún valor añadido a la candidatura de Chacón, pero después de  leer El País, todavía albergo más dudas hacia su capacidad personal y profesional, al margen de esa ambición que se le supone y que me resulta hasta simpática. Pero, en lo que a mí respecta, y tras mi dolorosa, penosa y, en algunos aspectos, muy esclarecedora experiencia personal, lo que me pide el cuerpo es entonar el "líbreme Dios de las happy pandis, que de los políticos ya me libro yo".
Por cierto, y si alguien no lo había notado, me he quedado a gusto.


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